Las luces
del letrero del motel y las de los faros del coche iluminaban la desierta
carretera.
Los faros
se detuvieron y se apagaron al llegar al motel. Salieron del coche un hombre
mayor bastante rechoncho y una mujer algo más joven y también algo llenita.
Caminaron hasta la entrada del motel y empujaron una puerta con las persianas
bajadas y pegadas al cristal como una segunda capa. Al traspasarla, se
encontraron ante un pequeño mostrador tras el cual un anciano de aspecto
bonachón estaba sentado en una mecedora. Se levantó al verlos entrar.
—Buenas
noches. ¿Desean una habitación?
—Así es —dijo
el hombre—. ¿Queda alguna?
—Sí, sí,
por supuesto—. El anciano se giró y les entregó la llave de la caseta número 2.
—Firme
aquí, por favor —dijo el anciano, indicando el libro de registro.
—Oiga...,
este motel es nuevo, ¿verdad? —comentó el hombre mientras escribía su nombre.
—No, lleva
funcionando muchos años.
—Caray,
pues nunca lo había visto... hasta hoy. Y eso que paso mucho por aquí.
—Bueno, el
letrero de neón sí que es nuevo.
—Claro, eso
lo explica —dijo el hombre, cogiendo de la mano a la mujer.
—La caseta
es la segunda a la derecha —indicó el anciano.
Cuando se
alejaron, el anciano descolgó el teléfono que tenía en el mostrador, pulsó un
botón rojo y, acercándose el auricular, anunció:
—Van dos
conejillos de indias a la número 2.
La pareja
llegó a la caseta número 2. El hombre abrió la puerta con la llave y pasó al
interior encendiendo la luz. La mujer pasó tras él cerrando la puerta. Los dos
se acercaron a la gran cama de la habitación, pero, aunque se acercaban, la
cama seguía lejos de ellos. Y el cuadro de la pared, y las dos sillas... Al
llegar casi al final de la habitación, el hombre se dio cuenta del engaño
visual. Al entrar, le había parecido una habitación normal; con sus muebles,
sus adornos, sus cosas... Pero ahora veía que todo eso había sido un efecto
óptico. La cama, los muebles y todo lo que llenaba la habitación estaba
dibujado en las paredes; muy bien dibujado, por cierto. La habitación estaba
completamente vacía. No había nada. Sólo ellos y las paredes pintadas.
—¿Qué broma
es ésta? —dijo el hombre, perplejo.
La mujer lo
miró sin poder decir nada. Se había quedado sin palabras, sin argumentos.
—Vámonos de
aquí —indicó el hombre.
La mujer se
volvió e intentó abrir la puerta, sin conseguirlo.
—Está
cerrada —dijo abrumada—. ¡Está cerrada! ¡Nos han encerrado!
—Dios... —dijo
el hombre, sintiendo un escalofrío.
Sin que
ellos se dieran cuenta, por un pequeño agujero del techo empezó a entrar un
extraño gas invisible, extendiéndose poco a poco por la habitación.
—¿Qué vamos
a hacer? —dijo la mujer, surcando la preocupación su rostro.
El hombre
buscó inútilmente una salida, pero no la había. Había una ventana dibujada en
una pared, pero era sólo eso, una ventana dibujada en una pared.
Entonces,
sin previo aviso, los senos de la mujer empezaron a balancearse violentamente
hacia arriba y hacia abajo. Como si ella estuviera bailando, como si estuviera
botando. Pero ella estaba quieta como un palo.
—¿Qué te
ocurre? —preguntó el hombre.
—El... el
sujetador —balbuceó la mujer, sin podérselo creer ella misma—. Se está
moviendo. Me está estrujando las tetas.
Y pronto
sintió que no sólo se movía su sujetador. Debajo de la falda, la braga se
estaba abrazando a su entrepierna mucho más de la cuenta. Era como si su coño
absorbiera la braga, aunque no era eso lo que ocurría. En un segundo, se
soltaron los laterales de la prenda de golpe y toda ella se introdujo en su sexo.
—Mi
braga... —logró articular, conmocionada.
El hombre
la miró aterrado, empezando a comprender al sentir que sus calzoncillos, debajo
de sus pantalones vaqueros, se cerraban sobre sus testículos como un terrible
guante. También su reloj de pulsera se empezó a cerrar sobre su muñeca, sin
poderse librar de él, sintiendo a la vez que su cinturón se empezaba a cerrar
sobre su amplia barriga, oprimiéndole con una fuerza sobrehumana. Las venas de
la muñeca explotaron, brotando la sangre a borbotones, su gorda barriga se
comprimió como si fuera de goma y sintió horrorizado que el nudo de su corbata
se cerraba sobre su cuello, ahogándolo.
La mujer no
se encontraba en mejor situación. La diadema que llevaba en el pelo se cerraba
sobre su cabeza como una gran tenaza; sus pendientes parecían pesar varios
kilos, parecían querer escapar de ella, y los dos, tras estirar horriblemente
las orejas, acabaron cayendo sobre el suelo al arrancar los lóbulos. A la vez,
el brazalete que llevaba en un brazo se cerraba sobre sí mismo endiabladamente,
rompiendo el radio como si fuera de cartón; y el collar de perlas que adornaba
el cuello se cerraba sobre él como la dentadura de un monstruo hambriento: las
perlas se clavaban en la débil carne como colmillos tremendamente afilados. La
mujer gritaba como una loca, presa del delirio y el dolor.
Entretanto la corbata del hombre se alzaba
sobre su rostro increíblemente, cual serpiente de tela, y el alfiler se clavó
certeramente en el ojo derecho. Gritando con horror, el hombre tiró del alfiler
y lo extrajo (con tan mala fortuna que sacó también el ojo de la cuenca,
pinchado en el alfiler como una aceituna). Mientras tanto el cinturón de cuero
parecía que de un momento a otro iba a partirlo en dos, cerrándose
horriblemente sobre la castigada barriga. A la vez, la puntera de los zapatos
se levantaba ligeramente, girando luego hacia atrás y quedándose los zapatos
como los calzados de los bufones, rompiendo así todos los huesos de los
desgraciados pies.
Al mismo
tiempo, el sujetador aplastaba con fuerza los senos de la mujer, y ella creía
que de un momento a otro le iban a explotar como dos globos, su cuello seguía
siendo mordido por decenas de vampiros blancos diminutos y sus zapatos de tacón
se convertían poco a poco en zapatos planos, introduciéndose el tacón hacia
arriba, agujereando el talón como un cruel clavo.
Al poco, el
nudo de la corbata consiguió ahogar al hombre y éste murió tras una horrible
agonía; con la lengua fuera, la piel morada, destrozado por varios sitios y
sangrando por todas partes. A la vez, la diadema se cerró completamente sobre
la cabeza de la mujer, partiéndola en dos como si fuera una nuez, destrozándola
en una explosión de sangre y sesos.
Sobre el
suelo de la habitación, envueltos en su propia sangre, acabaron los dos
deshechos cuerpos.
—Ha sido un
éxito —dijo un hombre en otra sala—. Tenemos en nuestras manos un arma
aterradora.
—Sí,
aterradora —asintió otro—. Podemos darle vida a las cosas y que éstas maten.
La noche
seguía avanzando lentamente.
Una
motocicleta se acercó hasta el motel. Bajó de ella un joven alto y delgado.
—Quisiera
una habitación —indicó al entrar.
El anciano
le tendió el libro de registro y la llave de la habitación número 3.
El joven
firmó, tomó la llave y se fue hacia su habitación.
El anciano
descolgó el teléfono y susurró:
—Va un
hombre a la número 3.
El joven
llegó a la caseta número 3. Entró, encendió la luz y cerró la puerta. Avanzó
hacia la cama, y le pareció que ésta se alejaba de él. Pero en realidad no se
alejaba; nunca se había movido; nunca se había movido de la pared. El joven
tocó la cama dibujada en la pared, los muebles dibujados en la pared, sin saber
si sonreír o echarse a llorar. ¡La habitación era un cuarto vacío! No había
muebles, ni cama, ni nada. Todo estaba dibujado en las paredes.
Aturdido,
fue hasta la puerta y la maldijo al comprobar que estaba cerrada a cal y canto.
Y era una buena puerta. No la podía tumbar de un empujón.
En ese
momento, varios agujeros se abrieron en el techo de la habitación.
El joven
empezó a gritar, aunque algo le decía que nadie le iba a oír, que nadie le iba
a ayudar.
Rápidamente,
todo lo sólido que había en la habitación se empezó a transformar en líquido y
todo lo líquido se empezó a transformar en sólido. Y lo único que había dentro de
la habitación era el pobre joven. Sus ropas se derritieron como un helado
puesto al sol, su carne pareció licuarse, pareció fundirse, sus huesos se
eclosionaron en leche... Apenas tuvo tiempo de gritar. En un momento, se
extendió sobre el suelo de la habitación, formando un enorme charco multicolor,
un lago con destellos de carne y huesos.
Tumbada en
el suelo quedó su macabra silueta transparente, llena de ríos rojos helados que
eran sus arterias y venas.
—Ha
ocurrido lo previsto —sonrió un hombre en la otra sala.
Una
furgoneta aparcó al lado del motel y salieron de ella un hombre y una mujer.
Cada uno de ellos tendría unos treinta años. Entraron en el motel y le pidieron
una habitación al anciano que lo llevaba. Éste les dio la número 4. Cuando los
dos se fueron a su habitación, el anciano tomó el teléfono y anunció:
—Va una
pareja a la número 4.
La mujer
abrió la puerta y pasaron los dos al interior. El hombre encendió la luz y
cerró la puerta. Ante ellos, se extendió la amplia habitación como si fuera una
alfombra con cama, muebles, paredes... Y los dos no tardaron en darse cuenta de
que, en verdad, la habitación era como una alfombra. Lisa como una alfombra. No
había nada en ella ni sobre ella. Lo único que había eran unas paredes con
dibujos realistas tridimensionales de muebles.
—¿Qué
es...? —empezó a decir la mujer sin comprender, mirando la habitación de punta
a punta.
El hombre
se abrió de brazos.
En el
techo, varios círculos se abrieron también.
La mujer
sintió miedo. Miedo con mayúsculas.
—¡La
puerta! —exclamó.
El hombre
comprendió y corrió hasta ella.
—¡Cerrada!
—gritó con rabia.
Sin que
ellos se dieran cuenta, un gas se extendía por toda la habitación.
—¿Por qué?
—se dijo la mujer, pensando una explicación.
—Yo qué sé
—dijo el hombre casi por decir algo, por sentirse vivo de alguna manera.
De pronto,
sin saber muy bien cómo, el hombre sintió que algo entraba dentro de él.
Entraba por sus oídos, por los orificios de la nariz, por la boca... La
atmósfera de la habitación estaba entrando en su interior.
—¿Lo notas?
—dijo.
—Sí
—asintió la mujer—. Es gas. Se está metiendo dentro de nosotros.
Sí. Eso
era. Gas. Algo gaseoso se estaba introduciendo en sus cuerpos. Y dicho gas no
tardó apenas nada en inundarlos. Pero no se quedó ahí. Siguió expandiéndose
dentro de ellos, creciendo, creciendo e hinchándolos. El hombre y la mujer
empezaron a gritar, horrorizados. Sus cuerpos se estaban estirando, hinchándose
como dos globos, con una presión de aire que tiraba de ellos desde dentro.
Ninguno de los dos era muy gordo, pero pronto lo parecerían. Sus caras se
estaban inflando; sus estómagos parecían ocupados por un imaginario bebé de
aire que crecía y pedía salir con autoridad; sus piernas y brazos empezaban a
doblar el grosor normal; sus ropas se rasgaban y se hacían trizas sin
remedio... Los gritos de los dos inundaban la habitación. Y resonaban como algo
inhumano; ninguna persona podía gritar así. Pero ellos dos ya casi no eran
personas. Eran dos grandes globos de carne a punto de estallar; su piel terriblemente
estirada no podía resistir mucho ya: el gas que había dentro de ellos pedía
salir enérgicamente. De pronto, los ojos de las dos personas salieron
despedidos de sus cuencas, como los corchos de las botellas de champán,
estrellándose fuertemente contra la pared y quedándose allí aplastados como si
fueran huevos fritos. Justo después, los dos globos humanos explotaron, se
abrieron por el centro, por las tripas, y volaron sus cuerpos contra el techo,
suelo y paredes en una monumental explosión de sangre y carne, ocultando así
los dibujos de la pared y ocupando las entrañas de ellos dos tan prestigioso
lugar; formaron un sanguinolento cuadro abstracto.
Mientras
tanto, el gas se extendía libremente por la habitación.
La lucecita
roja del teléfono de recepción del motel se iluminó. El anciano lo descolgó.
—Todos los
experimentos han sido un completo éxito —dijo una voz—. Todo ha terminado. Ya
sabes lo que hay que hacer.
El
conductor del coche vio las luces del letrero de neón del motel que había en la
carretera. Disminuyó la velocidad y se aproximó. Poco antes de llegar hasta
donde había visto el letrero, éste desapareció.
—Vaya, se
ha debido de fundir —comentó el hombre para sí—. Qué casualidad.
Disminuyó
todavía más la velocidad y buscó el letrero apagado con la vista, pero no lo
vio. Buscó también las luces del motel, pero tampoco las vio. No había luces.
No había motel. ¿Lo había habido alguna vez?
—Vaya,
ha debido de ser un espejismo —se dijo el conductor, sonriendo amargamente, y
continuó su marcha perdiéndose en la desierta carretera.
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