lunes, 2 de marzo de 2026

EL MOTEL

Las luces del letrero del motel y las de los faros del coche iluminaban la desierta carretera.

Los faros se detuvieron y se apagaron al llegar al motel. Salieron del coche un hombre mayor bastante rechoncho y una mujer algo más joven y también algo llenita. Caminaron hasta la entrada del motel y empujaron una puerta con las persianas bajadas y pegadas al cristal como una segunda capa. Al traspasarla, se encontraron ante un pequeño mostrador tras el cual un anciano de aspecto bonachón estaba sentado en una mecedora. Se levantó al verlos entrar.

—Buenas noches. ¿Desean una habitación?

—Así es —dijo el hombre—. ¿Queda alguna?

—Sí, sí, por supuesto—. El anciano se giró y les entregó la llave de la caseta número 2.

—Firme aquí, por favor —dijo el anciano, indicando el libro de registro.

—Oiga..., este motel es nuevo, ¿verdad? —comentó el hombre mientras escribía su nombre.

—No, lleva funcionando muchos años.

—Caray, pues nunca lo había visto... hasta hoy. Y eso que paso mucho por aquí.

—Bueno, el letrero de neón sí que es nuevo.

—Claro, eso lo explica —dijo el hombre, cogiendo de la mano a la mujer.

—La caseta es la segunda a la derecha —indicó el anciano.

Cuando se alejaron, el anciano descolgó el teléfono que tenía en el mostrador, pulsó un botón rojo y, acercándose el auricular, anunció:

—Van dos conejillos de indias a la número 2.

 

 

 

La pareja llegó a la caseta número 2. El hombre abrió la puerta con la llave y pasó al interior encendiendo la luz. La mujer pasó tras él cerrando la puerta. Los dos se acercaron a la gran cama de la habitación, pero, aunque se acercaban, la cama seguía lejos de ellos. Y el cuadro de la pared, y las dos sillas... Al llegar casi al final de la habitación, el hombre se dio cuenta del engaño visual. Al entrar, le había parecido una habitación normal; con sus muebles, sus adornos, sus cosas... Pero ahora veía que todo eso había sido un efecto óptico. La cama, los muebles y todo lo que llenaba la habitación estaba dibujado en las paredes; muy bien dibujado, por cierto. La habitación estaba completamente vacía. No había nada. Sólo ellos y las paredes pintadas.

—¿Qué broma es ésta? —dijo el hombre, perplejo.

La mujer lo miró sin poder decir nada. Se había quedado sin palabras, sin argumentos.

—Vámonos de aquí —indicó el hombre.

La mujer se volvió e intentó abrir la puerta, sin conseguirlo.

—Está cerrada —dijo abrumada—. ¡Está cerrada! ¡Nos han encerrado!

—Dios... —dijo el hombre, sintiendo un escalofrío.

Sin que ellos se dieran cuenta, por un pequeño agujero del techo empezó a entrar un extraño gas invisible, extendiéndose poco a poco por la habitación.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo la mujer, surcando la preocupación su rostro.

El hombre buscó inútilmente una salida, pero no la había. Había una ventana dibujada en una pared, pero era sólo eso, una ventana dibujada en una pared.

Entonces, sin previo aviso, los senos de la mujer empezaron a balancearse violentamente hacia arriba y hacia abajo. Como si ella estuviera bailando, como si estuviera botando. Pero ella estaba quieta como un palo.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el hombre.

—El... el sujetador —balbuceó la mujer, sin podérselo creer ella misma—. Se está moviendo. Me está estrujando las tetas.

Y pronto sintió que no sólo se movía su sujetador. Debajo de la falda, la braga se estaba abrazando a su entrepierna mucho más de la cuenta. Era como si su coño absorbiera la braga, aunque no era eso lo que ocurría. En un segundo, se soltaron los laterales de la prenda de golpe y toda ella se introdujo en su sexo.

—Mi braga... —logró articular, conmocionada.

El hombre la miró aterrado, empezando a comprender al sentir que sus calzoncillos, debajo de sus pantalones vaqueros, se cerraban sobre sus testículos como un terrible guante. También su reloj de pulsera se empezó a cerrar sobre su muñeca, sin poderse librar de él, sintiendo a la vez que su cinturón se empezaba a cerrar sobre su amplia barriga, oprimiéndole con una fuerza sobrehumana. Las venas de la muñeca explotaron, brotando la sangre a borbotones, su gorda barriga se comprimió como si fuera de goma y sintió horrorizado que el nudo de su corbata se cerraba sobre su cuello, ahogándolo.

La mujer no se encontraba en mejor situación. La diadema que llevaba en el pelo se cerraba sobre su cabeza como una gran tenaza; sus pendientes parecían pesar varios kilos, parecían querer escapar de ella, y los dos, tras estirar horriblemente las orejas, acabaron cayendo sobre el suelo al arrancar los lóbulos. A la vez, el brazalete que llevaba en un brazo se cerraba sobre sí mismo endiabladamente, rompiendo el radio como si fuera de cartón; y el collar de perlas que adornaba el cuello se cerraba sobre él como la dentadura de un monstruo hambriento: las perlas se clavaban en la débil carne como colmillos tremendamente afilados. La mujer gritaba como una loca, presa del delirio y el dolor.

 Entretanto la corbata del hombre se alzaba sobre su rostro increíblemente, cual serpiente de tela, y el alfiler se clavó certeramente en el ojo derecho. Gritando con horror, el hombre tiró del alfiler y lo extrajo (con tan mala fortuna que sacó también el ojo de la cuenca, pinchado en el alfiler como una aceituna). Mientras tanto el cinturón de cuero parecía que de un momento a otro iba a partirlo en dos, cerrándose horriblemente sobre la castigada barriga. A la vez, la puntera de los zapatos se levantaba ligeramente, girando luego hacia atrás y quedándose los zapatos como los calzados de los bufones, rompiendo así todos los huesos de los desgraciados pies.

Al mismo tiempo, el sujetador aplastaba con fuerza los senos de la mujer, y ella creía que de un momento a otro le iban a explotar como dos globos, su cuello seguía siendo mordido por decenas de vampiros blancos diminutos y sus zapatos de tacón se convertían poco a poco en zapatos planos, introduciéndose el tacón hacia arriba, agujereando el talón como un cruel clavo.

Al poco, el nudo de la corbata consiguió ahogar al hombre y éste murió tras una horrible agonía; con la lengua fuera, la piel morada, destrozado por varios sitios y sangrando por todas partes. A la vez, la diadema se cerró completamente sobre la cabeza de la mujer, partiéndola en dos como si fuera una nuez, destrozándola en una explosión de sangre y sesos.

Sobre el suelo de la habitación, envueltos en su propia sangre, acabaron los dos deshechos cuerpos.

 

 

 

—Ha sido un éxito —dijo un hombre en otra sala—. Tenemos en nuestras manos un arma aterradora.

—Sí, aterradora —asintió otro—. Podemos darle vida a las cosas y que éstas maten.

 

 

 

La noche seguía avanzando lentamente.

Una motocicleta se acercó hasta el motel. Bajó de ella un joven alto y delgado.

—Quisiera una habitación —indicó al entrar.

El anciano le tendió el libro de registro y la llave de la habitación número 3.

El joven firmó, tomó la llave y se fue hacia su habitación.

El anciano descolgó el teléfono y susurró:

—Va un hombre a la número 3.

 

 

 

El joven llegó a la caseta número 3. Entró, encendió la luz y cerró la puerta. Avanzó hacia la cama, y le pareció que ésta se alejaba de él. Pero en realidad no se alejaba; nunca se había movido; nunca se había movido de la pared. El joven tocó la cama dibujada en la pared, los muebles dibujados en la pared, sin saber si sonreír o echarse a llorar. ¡La habitación era un cuarto vacío! No había muebles, ni cama, ni nada. Todo estaba dibujado en las paredes.

Aturdido, fue hasta la puerta y la maldijo al comprobar que estaba cerrada a cal y canto. Y era una buena puerta. No la podía tumbar de un empujón.

En ese momento, varios agujeros se abrieron en el techo de la habitación.

El joven empezó a gritar, aunque algo le decía que nadie le iba a oír, que nadie le iba a ayudar.

Rápidamente, todo lo sólido que había en la habitación se empezó a transformar en líquido y todo lo líquido se empezó a transformar en sólido. Y lo único que había dentro de la habitación era el pobre joven. Sus ropas se derritieron como un helado puesto al sol, su carne pareció licuarse, pareció fundirse, sus huesos se eclosionaron en leche... Apenas tuvo tiempo de gritar. En un momento, se extendió sobre el suelo de la habitación, formando un enorme charco multicolor, un lago con destellos de carne y huesos.

Tumbada en el suelo quedó su macabra silueta transparente, llena de ríos rojos helados que eran sus arterias y venas.

 

 

 

—Ha ocurrido lo previsto —sonrió un hombre en la otra sala.

 

 

 

Una furgoneta aparcó al lado del motel y salieron de ella un hombre y una mujer. Cada uno de ellos tendría unos treinta años. Entraron en el motel y le pidieron una habitación al anciano que lo llevaba. Éste les dio la número 4. Cuando los dos se fueron a su habitación, el anciano tomó el teléfono y anunció:

—Va una pareja a la número 4.

 

 

 

La mujer abrió la puerta y pasaron los dos al interior. El hombre encendió la luz y cerró la puerta. Ante ellos, se extendió la amplia habitación como si fuera una alfombra con cama, muebles, paredes... Y los dos no tardaron en darse cuenta de que, en verdad, la habitación era como una alfombra. Lisa como una alfombra. No había nada en ella ni sobre ella. Lo único que había eran unas paredes con dibujos realistas tridimensionales de muebles.

—¿Qué es...? —empezó a decir la mujer sin comprender, mirando la habitación de punta a punta.

El hombre se abrió de brazos.

En el techo, varios círculos se abrieron también.

La mujer sintió miedo. Miedo con mayúsculas.

—¡La puerta! —exclamó.

El hombre comprendió y corrió hasta ella.

—¡Cerrada! —gritó con rabia.

Sin que ellos se dieran cuenta, un gas se extendía por toda la habitación.

—¿Por qué? —se dijo la mujer, pensando una explicación.

—Yo qué sé —dijo el hombre casi por decir algo, por sentirse vivo de alguna manera.

De pronto, sin saber muy bien cómo, el hombre sintió que algo entraba dentro de él. Entraba por sus oídos, por los orificios de la nariz, por la boca... La atmósfera de la habitación estaba entrando en su interior.

—¿Lo notas? —dijo.

—Sí —asintió la mujer—. Es gas. Se está metiendo dentro de nosotros.

Sí. Eso era. Gas. Algo gaseoso se estaba introduciendo en sus cuerpos. Y dicho gas no tardó apenas nada en inundarlos. Pero no se quedó ahí. Siguió expandiéndose dentro de ellos, creciendo, creciendo e hinchándolos. El hombre y la mujer empezaron a gritar, horrorizados. Sus cuerpos se estaban estirando, hinchándose como dos globos, con una presión de aire que tiraba de ellos desde dentro. Ninguno de los dos era muy gordo, pero pronto lo parecerían. Sus caras se estaban inflando; sus estómagos parecían ocupados por un imaginario bebé de aire que crecía y pedía salir con autoridad; sus piernas y brazos empezaban a doblar el grosor normal; sus ropas se rasgaban y se hacían trizas sin remedio... Los gritos de los dos inundaban la habitación. Y resonaban como algo inhumano; ninguna persona podía gritar así. Pero ellos dos ya casi no eran personas. Eran dos grandes globos de carne a punto de estallar; su piel terriblemente estirada no podía resistir mucho ya: el gas que había dentro de ellos pedía salir enérgicamente. De pronto, los ojos de las dos personas salieron despedidos de sus cuencas, como los corchos de las botellas de champán, estrellándose fuertemente contra la pared y quedándose allí aplastados como si fueran huevos fritos. Justo después, los dos globos humanos explotaron, se abrieron por el centro, por las tripas, y volaron sus cuerpos contra el techo, suelo y paredes en una monumental explosión de sangre y carne, ocultando así los dibujos de la pared y ocupando las entrañas de ellos dos tan prestigioso lugar; formaron un sanguinolento cuadro abstracto.

Mientras tanto, el gas se extendía libremente por la habitación.

 

 

 

La lucecita roja del teléfono de recepción del motel se iluminó. El anciano lo descolgó.

—Todos los experimentos han sido un completo éxito —dijo una voz—. Todo ha terminado. Ya sabes lo que hay que hacer.

 

 

 

El conductor del coche vio las luces del letrero de neón del motel que había en la carretera. Disminuyó la velocidad y se aproximó. Poco antes de llegar hasta donde había visto el letrero, éste desapareció.

—Vaya, se ha debido de fundir —comentó el hombre para sí—. Qué casualidad.

Disminuyó todavía más la velocidad y buscó el letrero apagado con la vista, pero no lo vio. Buscó también las luces del motel, pero tampoco las vio. No había luces. No había motel. ¿Lo había habido alguna vez?

Vaya, ha debido de ser un espejismo —se dijo el conductor, sonriendo amargamente, y continuó su marcha perdiéndose en la desierta carretera.


"El motel" es uno de los veinte relatos incluidos en "Sin pies ni cabeza" (El Eco de los Libres, 2025), libro escrito por Roberto Malo e ilustrado primorosamente por Miquel Zueras. 


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