Esta semana he leído el siguiente
titular en una entrevista a Miguel Ríos: “No he recibido un puto duro que no
sea por mi trabajo, por ir a cantar”. Ay, qué poco me gusta ver tacos en los
titulares. Ya me hago mayor, antes no me molestaban. Leo la entrevista y Miguel
Ríos habla de un mítico concierto que dio en la Romareda (al que yo acudí, por
cierto) y se recuerda que han pasado ya de aquel magno evento 43 años. Madre
mía, sí que me hago mayor, sí. Pero lo noto, ya digo, en mi escasa tolerancia
con las palabrotas. Recuerdo que cuando empecé a publicar cuentos y novelas,
había familiares y amigos de cierta edad que me criticaban justamente por eso,
por meter muchos tacos en los diálogos. Yo argumentaba que la gente cuando
habla utiliza muchas palabrotas, y en aras de la verosimilitud tenía que
reflejarlo tal cual, sin ningún tipo de censura o cortapisa. Creo sinceramente
que algunas de esas personas, de haber podido, me hubieran atado a la cama y me
hubieran obligado a borrar cada una de las palabras malsonantes, como si fueran
la enfermera Annie Wilkes de la novela Misery.
Sin embargo (las vueltas que da la vida, hay que ver), con los años, yo mismo
me he visto criticando a mis hijos adolescentes por abusar de los tacos en sus
frases. Me muero de vergüenza cuando en alguna reunión familiar sueltan
palabrotas a borbotones, como si no fuera concebible enunciar una oración en la
que cualquier vocablo no lleve un jodido o un puto a su lado, como si el
lenguaje sin palabrotas fuera algo utópico e inalcanzable. Y es que ahora la
juventud mete dos tacos cada tres palabras. Se nos está yendo el asunto de las
manos. Leo que hay que limitar el uso de las pantallas en los colegios de la
comunidad, y yo pienso que también habría que limitar el uso de los tacos. Qué
pena doy pensando esto, soy consciente, me estoy volviendo un gruñón
tiquismiquis. Pero es que lo del lenguaje de los adolescentes es digno de
estudio. El otro día, sin ir más lejos, en el tranvía escuché una conversación
entre dos chicas adolescentes. Hablaban de alguna amiga común que no se
encontraba en muy buena forma física. Y una de ellas decía a viva voz: “¡Que
vaya al puto gim! ¡Que haga puto deporte!”. No pude evitar sonreír, pensando
que sin duda tenía que contar esto en mi puto espacio de la columna. Soy lo
puto peor, lo sé.
"Tacos sin filtro", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 28 de marzo.
Asimismo, podéis leer la columna "Tacos sin filtro", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/03/28/tacos-filtro-128490996.html
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