Se podría decir que Sara y Jaime formaban un matrimonio
feliz... si no fuera porque Jaime era demasiado celoso. Jaime estaba
obsesionado con la idea de que Sara se la pegaba con otro. Y no lo podía
soportar. “¿Hay otro hombre?”, le preguntaba temeroso. “¡Claro que no!”, respondía
ella, tronchándose de risa. Jaime no aguantaba que les sonriera a sus amigos,
detestaba que hablara sola con otro hombre y, sobre todo, no toleraba estar sin
ella. Estaba convencido de que le engañaba, pero no había ninguna prueba,
ningún miedo en la expresión de ella, nada que le hiciera dudar de su
fidelidad. Estuvo a punto de pagar a un detective para que la espiara, pero no
lo hizo porque pensó: “¿Y si me la pega con el detective?”. Y debido a sus
continuos celos, que como todos saben no traen nada bueno, empezó a sufrir unos
terribles dolores de cabeza. El médico le recetó reposo absoluto, lo que agravó
todavía más su dolor de cabeza, pues al tener que estar constantemente dentro
de la cama no podía controlar a su mujer. “No me dejes solo”, le decía,
simulando estar peor. Sin embargo, una desgraciada mañana se despertó y vio que
ella no estaba. Encima de la mesilla de noche había una nota que decía: “Me voy
a ver a mi madre. Volveré mañana sin falta”. Jaime se sintió morir. “Mentira.
Estará con otro, aprovechando que estoy enfermo”, pensó. Y su cabeza ardió de
manera increíble, formándose un calor craneal impresionante, que se acentuaba
en dos puntos, uno a cada lado de la cabeza. Se levantó trabajosamente de la
cama y se miró en el espejo. Se habían formado dos diminutos bultos en la
cabeza. “¡Me están saliendo los cuernos!”, gritó asombrado. Pero necesitaba una
confirmación, así que llamó a un vidente que le habían recomendado en una
ocasión. “Siempre sospeché que mi mujer me engañaba”, le señaló al adivino en
cuanto llegó, “Ahora, como puede ver, me han salido los cuernos. Quiero saber cuántas veces me ha engañado”, exigió Jaime. “De acuerdo”, accedió
el adivino, conforme. Se sentó en la cama plácidamente, acarició las sábanas
con delicadeza extrema y cerró los ojos. El adivino se estremeció de pronto y
abrió los ojos. “Lo he visto claro”, empezó a decir, “Su mujer... nunca le ha
engañado. Los cuernos que le han salido se deben a otra cosa. Le han salido
porque en usted se está reencarnando un demonio”. “¡Buf!”, resopló Jaime, “No
sabe el peso que me ha quitado de encima”.
"El marido celoso", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 12 de septiembre.
Asimismo, podéis leer la columna "El marido celoso", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/09/19/marido-celoso-134439138.html
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