Subir al tranvía supone siempre una
aventura. Te puedes encontrar cualquier cosa en su interior. Por ejemplo, una
improvisada pasarela de moda. El otro día, cinco modelos desfilaron por el pasillo
del vehículo ante el asombro de los viajeros, mostrando el talento y la creatividad
de los alumnos del Centro Superior de Diseño Hacer Creativo, entre las paradas
de Gran Casa y Parque Goya. No había muchos pasajeros en ese momento en el
tranvía, así que se pudo realizar el desfile con cierta comodidad y elegancia. Yo
aprovecho el trayecto en el tranvía para leer, siempre llevo algún libro
encima, pero hay veces en que lo que te encuentras sin venir a cuento hace que
pospongas la lectura para otro momento. Yo mismo participé hace unos años en el
programa Para, mira, lee, una colaboración entre el Ayuntamiento de Zaragoza
y el Patronato de Bibliotecas y Educación, donde las paradas de los tranvías se
transformaban en pequeñas bibliotecas ambulantes, ofreciendo a los ciudadanos
la oportunidad de disfrutar de un buen libro durante los viajes en tranvía y en
casa, y donde dentro del tranvía varios animadores realizábamos juegos y
contábamos cuentos para pasmo y regocijo de los ocasionales pasajeros. Qué bien
lo pasamos, madre mía, animar a leer en cualquier lado es muy satisfactorio, y
la gente lo cierto es que se lo tomaba muy bien. Supongo que es algo normal. A
mí mismo me encanta ver trabajar a la gente en el tranvía, realizando labores
cuando menos curiosas. Y no me refiero a los revisores, no, que ejercen su
función diligentemente y con gran profesionalidad. Me refiero a otro tipo de
labores, que a veces pasan más desapercibidas. Por ejemplo, el otro día vi a un
contador de pasajeros, que apostado al lado de una de las puertas del tranvía
contabilizaba en una carpeta el número de pasajeros que entraban y salían en cada
parada. No pude evitar acercarme y charlar con él. Era todo un artista, en los
márgenes de la hoja tabulada dibujaba un galeón pirata, añadiéndole detalles
entre parada y parada. Los números de los pasajeros que subían y bajaban los
trazaba con una caligrafía preciosa, daba gusto verlo anotar. No le molesté
demasiado; al fin y al cabo, estaba trabajando y no le quería importunar
mientras contaba a los viajeros, pero me despedí de él cuando me tocó bajar. “Me
bajo aquí”, le dije, “Cuéntame”.
"En el tranvía", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 27 de junio.
Asimismo, podéis leer la columna "En el tranvía", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/06/27/tranvia-131851657.html
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