lunes, 2 de marzo de 2026

EL MOTEL

Las luces del letrero del motel y las de los faros del coche iluminaban la desierta carretera.

Los faros se detuvieron y se apagaron al llegar al motel. Salieron del coche un hombre mayor bastante rechoncho y una mujer algo más joven y también algo llenita. Caminaron hasta la entrada del motel y empujaron una puerta con las persianas bajadas y pegadas al cristal como una segunda capa. Al traspasarla, se encontraron ante un pequeño mostrador tras el cual un anciano de aspecto bonachón estaba sentado en una mecedora. Se levantó al verlos entrar.

—Buenas noches. ¿Desean una habitación?

—Así es —dijo el hombre—. ¿Queda alguna?

—Sí, sí, por supuesto—. El anciano se giró y les entregó la llave de la caseta número 2.

—Firme aquí, por favor —dijo el anciano, indicando el libro de registro.

—Oiga..., este motel es nuevo, ¿verdad? —comentó el hombre mientras escribía su nombre.

—No, lleva funcionando muchos años.

—Caray, pues nunca lo había visto... hasta hoy. Y eso que paso mucho por aquí.

—Bueno, el letrero de neón sí que es nuevo.

—Claro, eso lo explica —dijo el hombre, cogiendo de la mano a la mujer.

—La caseta es la segunda a la derecha —indicó el anciano.

Cuando se alejaron, el anciano descolgó el teléfono que tenía en el mostrador, pulsó un botón rojo y, acercándose el auricular, anunció:

—Van dos conejillos de indias a la número 2.

 

 

 

La pareja llegó a la caseta número 2. El hombre abrió la puerta con la llave y pasó al interior encendiendo la luz. La mujer pasó tras él cerrando la puerta. Los dos se acercaron a la gran cama de la habitación, pero, aunque se acercaban, la cama seguía lejos de ellos. Y el cuadro de la pared, y las dos sillas... Al llegar casi al final de la habitación, el hombre se dio cuenta del engaño visual. Al entrar, le había parecido una habitación normal; con sus muebles, sus adornos, sus cosas... Pero ahora veía que todo eso había sido un efecto óptico. La cama, los muebles y todo lo que llenaba la habitación estaba dibujado en las paredes; muy bien dibujado, por cierto. La habitación estaba completamente vacía. No había nada. Sólo ellos y las paredes pintadas.

—¿Qué broma es ésta? —dijo el hombre, perplejo.

La mujer lo miró sin poder decir nada. Se había quedado sin palabras, sin argumentos.

—Vámonos de aquí —indicó el hombre.

La mujer se volvió e intentó abrir la puerta, sin conseguirlo.

—Está cerrada —dijo abrumada—. ¡Está cerrada! ¡Nos han encerrado!

—Dios... —dijo el hombre, sintiendo un escalofrío.

Sin que ellos se dieran cuenta, por un pequeño agujero del techo empezó a entrar un extraño gas invisible, extendiéndose poco a poco por la habitación.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo la mujer, surcando la preocupación su rostro.

El hombre buscó inútilmente una salida, pero no la había. Había una ventana dibujada en una pared, pero era sólo eso, una ventana dibujada en una pared.

Entonces, sin previo aviso, los senos de la mujer empezaron a balancearse violentamente hacia arriba y hacia abajo. Como si ella estuviera bailando, como si estuviera botando. Pero ella estaba quieta como un palo.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el hombre.

—El... el sujetador —balbuceó la mujer, sin podérselo creer ella misma—. Se está moviendo. Me está estrujando las tetas.

Y pronto sintió que no sólo se movía su sujetador. Debajo de la falda, la braga se estaba abrazando a su entrepierna mucho más de la cuenta. Era como si su coño absorbiera la braga, aunque no era eso lo que ocurría. En un segundo, se soltaron los laterales de la prenda de golpe y toda ella se introdujo en su sexo.

—Mi braga... —logró articular, conmocionada.

El hombre la miró aterrado, empezando a comprender al sentir que sus calzoncillos, debajo de sus pantalones vaqueros, se cerraban sobre sus testículos como un terrible guante. También su reloj de pulsera se empezó a cerrar sobre su muñeca, sin poderse librar de él, sintiendo a la vez que su cinturón se empezaba a cerrar sobre su amplia barriga, oprimiéndole con una fuerza sobrehumana. Las venas de la muñeca explotaron, brotando la sangre a borbotones, su gorda barriga se comprimió como si fuera de goma y sintió horrorizado que el nudo de su corbata se cerraba sobre su cuello, ahogándolo.

La mujer no se encontraba en mejor situación. La diadema que llevaba en el pelo se cerraba sobre su cabeza como una gran tenaza; sus pendientes parecían pesar varios kilos, parecían querer escapar de ella, y los dos, tras estirar horriblemente las orejas, acabaron cayendo sobre el suelo al arrancar los lóbulos. A la vez, el brazalete que llevaba en un brazo se cerraba sobre sí mismo endiabladamente, rompiendo el radio como si fuera de cartón; y el collar de perlas que adornaba el cuello se cerraba sobre él como la dentadura de un monstruo hambriento: las perlas se clavaban en la débil carne como colmillos tremendamente afilados. La mujer gritaba como una loca, presa del delirio y el dolor.

 Entretanto la corbata del hombre se alzaba sobre su rostro increíblemente, cual serpiente de tela, y el alfiler se clavó certeramente en el ojo derecho. Gritando con horror, el hombre tiró del alfiler y lo extrajo (con tan mala fortuna que sacó también el ojo de la cuenca, pinchado en el alfiler como una aceituna). Mientras tanto el cinturón de cuero parecía que de un momento a otro iba a partirlo en dos, cerrándose horriblemente sobre la castigada barriga. A la vez, la puntera de los zapatos se levantaba ligeramente, girando luego hacia atrás y quedándose los zapatos como los calzados de los bufones, rompiendo así todos los huesos de los desgraciados pies.

Al mismo tiempo, el sujetador aplastaba con fuerza los senos de la mujer, y ella creía que de un momento a otro le iban a explotar como dos globos, su cuello seguía siendo mordido por decenas de vampiros blancos diminutos y sus zapatos de tacón se convertían poco a poco en zapatos planos, introduciéndose el tacón hacia arriba, agujereando el talón como un cruel clavo.

Al poco, el nudo de la corbata consiguió ahogar al hombre y éste murió tras una horrible agonía; con la lengua fuera, la piel morada, destrozado por varios sitios y sangrando por todas partes. A la vez, la diadema se cerró completamente sobre la cabeza de la mujer, partiéndola en dos como si fuera una nuez, destrozándola en una explosión de sangre y sesos.

Sobre el suelo de la habitación, envueltos en su propia sangre, acabaron los dos deshechos cuerpos.

 

 

 

—Ha sido un éxito —dijo un hombre en otra sala—. Tenemos en nuestras manos un arma aterradora.

—Sí, aterradora —asintió otro—. Podemos darle vida a las cosas y que éstas maten.

 

 

 

La noche seguía avanzando lentamente.

Una motocicleta se acercó hasta el motel. Bajó de ella un joven alto y delgado.

—Quisiera una habitación —indicó al entrar.

El anciano le tendió el libro de registro y la llave de la habitación número 3.

El joven firmó, tomó la llave y se fue hacia su habitación.

El anciano descolgó el teléfono y susurró:

—Va un hombre a la número 3.

 

 

 

El joven llegó a la caseta número 3. Entró, encendió la luz y cerró la puerta. Avanzó hacia la cama, y le pareció que ésta se alejaba de él. Pero en realidad no se alejaba; nunca se había movido; nunca se había movido de la pared. El joven tocó la cama dibujada en la pared, los muebles dibujados en la pared, sin saber si sonreír o echarse a llorar. ¡La habitación era un cuarto vacío! No había muebles, ni cama, ni nada. Todo estaba dibujado en las paredes.

Aturdido, fue hasta la puerta y la maldijo al comprobar que estaba cerrada a cal y canto. Y era una buena puerta. No la podía tumbar de un empujón.

En ese momento, varios agujeros se abrieron en el techo de la habitación.

El joven empezó a gritar, aunque algo le decía que nadie le iba a oír, que nadie le iba a ayudar.

Rápidamente, todo lo sólido que había en la habitación se empezó a transformar en líquido y todo lo líquido se empezó a transformar en sólido. Y lo único que había dentro de la habitación era el pobre joven. Sus ropas se derritieron como un helado puesto al sol, su carne pareció licuarse, pareció fundirse, sus huesos se eclosionaron en leche... Apenas tuvo tiempo de gritar. En un momento, se extendió sobre el suelo de la habitación, formando un enorme charco multicolor, un lago con destellos de carne y huesos.

Tumbada en el suelo quedó su macabra silueta transparente, llena de ríos rojos helados que eran sus arterias y venas.

 

 

 

—Ha ocurrido lo previsto —sonrió un hombre en la otra sala.

 

 

 

Una furgoneta aparcó al lado del motel y salieron de ella un hombre y una mujer. Cada uno de ellos tendría unos treinta años. Entraron en el motel y le pidieron una habitación al anciano que lo llevaba. Éste les dio la número 4. Cuando los dos se fueron a su habitación, el anciano tomó el teléfono y anunció:

—Va una pareja a la número 4.

 

 

 

La mujer abrió la puerta y pasaron los dos al interior. El hombre encendió la luz y cerró la puerta. Ante ellos, se extendió la amplia habitación como si fuera una alfombra con cama, muebles, paredes... Y los dos no tardaron en darse cuenta de que, en verdad, la habitación era como una alfombra. Lisa como una alfombra. No había nada en ella ni sobre ella. Lo único que había eran unas paredes con dibujos realistas tridimensionales de muebles.

—¿Qué es...? —empezó a decir la mujer sin comprender, mirando la habitación de punta a punta.

El hombre se abrió de brazos.

En el techo, varios círculos se abrieron también.

La mujer sintió miedo. Miedo con mayúsculas.

—¡La puerta! —exclamó.

El hombre comprendió y corrió hasta ella.

—¡Cerrada! —gritó con rabia.

Sin que ellos se dieran cuenta, un gas se extendía por toda la habitación.

—¿Por qué? —se dijo la mujer, pensando una explicación.

—Yo qué sé —dijo el hombre casi por decir algo, por sentirse vivo de alguna manera.

De pronto, sin saber muy bien cómo, el hombre sintió que algo entraba dentro de él. Entraba por sus oídos, por los orificios de la nariz, por la boca... La atmósfera de la habitación estaba entrando en su interior.

—¿Lo notas? —dijo.

—Sí —asintió la mujer—. Es gas. Se está metiendo dentro de nosotros.

Sí. Eso era. Gas. Algo gaseoso se estaba introduciendo en sus cuerpos. Y dicho gas no tardó apenas nada en inundarlos. Pero no se quedó ahí. Siguió expandiéndose dentro de ellos, creciendo, creciendo e hinchándolos. El hombre y la mujer empezaron a gritar, horrorizados. Sus cuerpos se estaban estirando, hinchándose como dos globos, con una presión de aire que tiraba de ellos desde dentro. Ninguno de los dos era muy gordo, pero pronto lo parecerían. Sus caras se estaban inflando; sus estómagos parecían ocupados por un imaginario bebé de aire que crecía y pedía salir con autoridad; sus piernas y brazos empezaban a doblar el grosor normal; sus ropas se rasgaban y se hacían trizas sin remedio... Los gritos de los dos inundaban la habitación. Y resonaban como algo inhumano; ninguna persona podía gritar así. Pero ellos dos ya casi no eran personas. Eran dos grandes globos de carne a punto de estallar; su piel terriblemente estirada no podía resistir mucho ya: el gas que había dentro de ellos pedía salir enérgicamente. De pronto, los ojos de las dos personas salieron despedidos de sus cuencas, como los corchos de las botellas de champán, estrellándose fuertemente contra la pared y quedándose allí aplastados como si fueran huevos fritos. Justo después, los dos globos humanos explotaron, se abrieron por el centro, por las tripas, y volaron sus cuerpos contra el techo, suelo y paredes en una monumental explosión de sangre y carne, ocultando así los dibujos de la pared y ocupando las entrañas de ellos dos tan prestigioso lugar; formaron un sanguinolento cuadro abstracto.

Mientras tanto, el gas se extendía libremente por la habitación.

 

 

 

La lucecita roja del teléfono de recepción del motel se iluminó. El anciano lo descolgó.

—Todos los experimentos han sido un completo éxito —dijo una voz—. Todo ha terminado. Ya sabes lo que hay que hacer.

 

 

 

El conductor del coche vio las luces del letrero de neón del motel que había en la carretera. Disminuyó la velocidad y se aproximó. Poco antes de llegar hasta donde había visto el letrero, éste desapareció.

—Vaya, se ha debido de fundir —comentó el hombre para sí—. Qué casualidad.

Disminuyó todavía más la velocidad y buscó el letrero apagado con la vista, pero no lo vio. Buscó también las luces del motel, pero tampoco las vio. No había luces. No había motel. ¿Lo había habido alguna vez?

Vaya, ha debido de ser un espejismo —se dijo el conductor, sonriendo amargamente, y continuó su marcha perdiéndose en la desierta carretera.


"El motel" es uno de los veinte relatos incluidos en "Sin pies ni cabeza" (El Eco de los Libres, 2025), libro escrito por Roberto Malo e ilustrado primorosamente por Miquel Zueras. 


Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace: 

domingo, 1 de marzo de 2026

ANTOLOGÍAS HONRADAS CON MI PRESENCIA (126)

"Abismos" (Grupo Ajec, 2011), de David Jasso. Contraportada escrita por Roberto Malo: 

David Jasso, maestro del terror psicológico, tras publicar cinco novelas tan potentes y escalofriantes como “La silla”, “Cazador de mentiras”, “Día de perros”, “Feral” y “El pan nuestro de cada día”, nos entrega ahora, rizando el rizo, cinco impactantes novelas cortas en un solo volumen.

“Abismos” es su primera y esperada antología, y a buen seguro que se convertirá en una antología antológica, valga la redundancia. Además, a excepción de “La bruma”, que ganó el Premio Liter y se publicó en la desaparecida revista “Galaxia”, todas las historias de este libro son inéditas, para mayor suerte de sus seguidores. “El huevo”, “La bruma”, “El tubo”, “El cine” y “La textura de tu piel” están llamadas a convertirse en clásicos del terror moderno, narraciones de una subyugante intensidad que te atrapan desde la primera línea sin remisión, desembocando de forma vibrante en finales certeros y sobrecogedores. En manos de este original y diabólico autor, por ejemplo, algo tan nimio como arrojar un huevo por la ventana puede desencadenar una tragedia de consecuencias imprevisibles.

No lo dudes y asómate a los abismos… si te atreves. Al menos, como diría Clive Barker, “es bueno estar preparado para lo peor, antes de perder el aliento”. Y como diría Stephen King: “He visto el futuro ganador del Ignotus a Mejor Antología y Mejor Novela Corta, y su nombre es David Jasso”.

Roberto Malo

Al año siguiente, por supuesto, Abismos ganó el Ignotus a Mejor Antología y su novela corta La textura de tu piel, incluida en el volumen, ganaría el Ignotus a la Mejor Novela corta. Acerté doblemente, vaya. Como curiosidad, mi novela Asesinato en el club nudista competía ese mismo año en la categoría de novela corta y fue derrotada por Jasso. Nunca me he alegrado tanto de perder un premio: lo ganaba un gran amigo y además acertaba en mi profecía. 

sábado, 28 de febrero de 2026

"EL PROFETA", MI COLUMNA SEMANAL EN EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

Soy un profeta, un vidente, un adivino, llámalo como quieras, para predecir según qué premios. Cuando llegan los Goya, los Feroz, los Forqué, los Fotogramas, los Simón, los Max, los Óscar, los Globos de Oro, los Grammys, los Emmys, los Tony, los Bafta (eso, eso, ya basta, pensarán algunos), los premios que sean, vaya, suelo acertar la mayoría de los galardonados. Tengo como un sexto sentido para adivinar quién va a subir a recogerlo solamente al ver la cara que ponen los nominados momentos antes de ser anunciado el ganador. Me encanta hacer porras con los posibles vencedores, es un entretenimiento pueril que pergeño de forma inconsciente (soy un inconsciente, lo admito). Y hoy es uno de esos días; hoy tiene lugar la Gala de los Goya, la gran fiesta del cine español, y la veré como todos los años, como ya es tradición. Y suelo acertar casi todos los premios, ya digo, no en vano veo todo el cine que puedo, leo montones de críticas y comentarios y, entre unas predicciones y otras, suele haber pocas sorpresas (afortunadamente, alguna hay). Asimismo, me gusta ejercer de visionario, de Nostradamus, en los libros. Por ejemplo, en la contra de la antología Abismos, de David Jasso, que me pidió escribir dada nuestra amistad y afinidad, rematé el texto de la siguiente manera: “Abismos es su primera y esperada antología, y a buen seguro que se convertirá en una antología antológica, valga la redundancia. (…) En manos de este original y diabólico autor, por ejemplo, algo tan nimio como arrojar un huevo por la ventana puede desencadenar una tragedia de consecuencias imprevisibles. No lo dudes y asómate a los abismos… si te atreves. Al menos, como diría Clive Barker, “es bueno estar preparado para lo peor, antes de perder el aliento”. Y como diría Stephen King: “He visto el futuro ganador del Ignotus a Mejor Antología y Mejor Novela corta, y su nombre es David Jasso”. Al año siguiente, por supuesto, Abismos ganó el Ignotus a Mejor Antología y su novela corta La textura de tu piel, incluida en el volumen, ganaría el Ignotus a la Mejor Novela corta. Acerté doblemente, vaya. Como curiosidad, mi novela Asesinato en el club nudista competía ese mismo año en la categoría de novela corta y fue derrotada por Jasso. Nunca me he alegrado tanto de perder un premio: lo ganaba un gran amigo y además acertaba en mi profecía.


"El profeta", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 28 de febrero.

Asimismo, podéis leer la columna "El profeta", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:

https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/02/28/profeta-127365569.html


jueves, 26 de febrero de 2026

FOTOS DE VIAJE CON LAS LETRAS EN IES MARÍA MOLINER

El miércoles 25 de febrero participé en el ciclo "Viaje con las letras" en el IES María Moliner de Zaragoza con el cómic "La identidad" (Editorial Cornoque), con guión de Roberto Malo y dibujado primorosamente por Chema Cebolla. Estuvo genial, veamos unas cuantas fotos de la actividad. 

Trabajaron el tebeo y otros libros míos. Un lujo de actividad. 

Participaron 51 alumnos de 3º y 4º de la ESO, tres clases, con sus profesores. Estuvo organizado de maravilla. 

Mi obra expuesta y desmenuzada.

Han trabajado el cómic y el relato en el que está basado de manera muy creativa. 

Han escrito finales alternativos a la historia y han escrito sueños a la manera de cómo se describe uno en la novela gráfica. 

Roberto Malo mirando emocionado el trabajo expuesto por los alumnos, antes de empezar la actividad. 

Han expuesto varios alumnos mi trayectoria y mis diversas obras.

Roberto Malo charlando con la chavalería.

Me lo he pasado en grande, vaya. Muy bien organizado por los profes y muy majos los alumnos. 

Fotografías cortesía de Puri Castaño. 

Mil gracias a todos, estuvo genial. 

Toda la información del tebeo en la web de Malavida:


miércoles, 25 de febrero de 2026

VIAJE CON LAS LETRAS EN IES MARÍA MOLINER

Hoy miércoles 25 de febrero participo en el ciclo "Viaje con las letras" en el IES María Moliner de Zaragoza con el cómic "La identidad" (Editorial Cornoque, 2024). ¡Nos vemos! 

lunes, 23 de febrero de 2026

TESTIMONIO

Me llamo Roberto Malo y soy escritor. Y es algo vergonzoso, lamentable, pero no lo puedo evitar, no puedo dejar de escribir, de ninguna manera. Soy consciente de que supone una total pérdida de tiempo, de que se trata de algo estúpido y sin sentido, pero no puedo librarme, al menos todavía. Soy débil, muy débil, y vuelvo a mis papeles una y otra vez. Lo he intentado dejar, por supuesto, bien lo saben mis amigos y mi familia, pero siempre vuelvo a recaer sin remedio. Casi nadie lo entiende, ni yo mismo lo entiendo. ¿Por qué escribo? Por necesidad, sencillamente. Necesito hacerlo. Porque sí. Hay quien fuma y bebe y se mete toda clase de drogas; yo escribo. Algo, que no sabría definir con palabras, me impulsa a escribir. Mi cabeza, mis manos, mi corazón —sí, tengo corazón, aunque haya gente que crea que por mi conducta no pueda tenerlo—, todo mi cuerpo, en fin, me impulsa a escribir. Sin que me lo pidan, sin que me encarguen proyectos o propuestas. Y lo más estúpido: escribo... columnas. Sí, soy un columnista, un vulgar columnista. He intentado ser otras cosas, desde luego. He intentado conseguir trabajos serios, respetables, absorbentes a ser posible, a fin de que no me dejaran tiempo para descansar, para pensar, para escribir… Un desastre. Así ha sido mi vida. Un completo desastre por culpa de mi fatal afición y adicción a la escritura. Sin embargo, confío en que a partir de ahora, con este valiente paso que he dado al ingresar en “columnistas anónimos”, salga adelante, por fin, con una nueva vida, más digna por lo menos.

"Testimonio" aparece en "Malas firmas" (Interludio, 2020). Toda la información del libro en el siguiente enlace:



sábado, 21 de febrero de 2026

"EL PROLOGUISTA", MI COLUMNA SEMANAL EN EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

El otro día me propusieron prologar una antología. Y al día siguiente, curiosamente, me propusieron prologar otra publicación. También es casualidad; es como si en el ambiente flotara mi nombre como posible e ideal prologuista. En los dos casos dije que sí. Ay, tendría que aprender a decir que no. Hay que decir que “no” mucho más. Hace poco el actor Antonio Banderas comentaba en una entrevista que un agente que tuvo en Estados Unidos le dijo que las carreras de los grandes actores no estaban marcadas por los síes que habían dado sino por los noes. El propio Banderas reconocía que dicho agente tenía razón en esa apreciación pero que él asumía que se había visto en la necesidad de decir que sí a muchos trabajos porque básicamente tenía que comer. En el fondo, me imagino, le costaba mucho decir que no a un trabajo. A mí me sucede igual, me cuesta mucho decir que no, aunque en este caso en concreto de los prólogos no estemos hablando de un trabajo propiamente. Sin embargo, si te lo piden los amigos, ¿cómo vas a decirles que no? Para eso está la amistad, caramba. Al fin y al cabo, escribir un prólogo tampoco te lleva mucho tiempo, se escribe en un momento en la mayoría de las ocasiones. Y por otro lado, como casi todo el mundo tiende a saltarse los prólogos, tampoco tienes mucha presión a la hora de escribirlo. La gente no suele esperar nada del prologuista. Y me encanta, por cierto, la palabra prologuista. Creo que tendría que añadir este “ista” a mi currículum: cuentista, guionista, columnista, letrista… y ahora prologuista, claro que sí. Si eres escritor, antes o después te va a tocar escribir un prólogo, esto es así, y si no eres escritor, pues es muy fácil que también te toque hacerlo, así que esta columna te interesa, querido lector. ¿Cómo escribir un buen prólogo si te encargan uno? Bueno, tienes total libertad para hacerlo a tu manera, como mejor veas o entiendas. Colar un cuento como prólogo, por ejemplo, siempre queda la mar de bien. Ayuda también leer antes el libro, pero a veces no es necesario siquiera. ¿Y de qué te puede servir el haber escrito muchos prólogos? Bueno, luego puedes juntarlos todos y publicar un libro con ellos, como hizo Jorge Luis Borges con su obra Prólogos con un prólogo de prólogos, donde reunió cuarenta prólogos que había escrito para diversos libros. Si alguien se anima a hacer algo parecido, le escribo el prólogo.


"El prologuista", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 21 de febrero.

Asimismo, podéis leer la columna "El prologuista", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:

https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/02/21/prologuista-127082731.html


miércoles, 18 de febrero de 2026

"CUENTOS A DÚO" EN UTEBO

Viernes 20 de Febrero

17:30 horas

"CUENTOS A DÚO: LA PRINCESA Y EL DRAGÓN", CON ROBERTO MALO Y TOCHE MENAL

Biblioteca Municipal

Utebo

(Zaragoza)


¡Nos vemos!


martes, 17 de febrero de 2026

HAY QUE FREGAR MÁS

 Yo siempre digo que escribo por necesidad, porque me vienen ideas a la mente y necesito, literalmente, sacarlas. La inspiración me asalta y me pide, me exige más bien, que le dé forma. Esto lo comentaba el otro día cuando me entrevistaron en la televisión, donde acudo de vez en cuando porque soy un esclavo de la promoción (aunque tengo más bien un rostro para la radio). Me preguntaron de dónde saco las ideas, esa gran pregunta recurrente, y yo les comenté que muchas ideas locas me vienen, por ejemplo, en sueños. De hecho, soy de los que se despiertan por la mañana y anotan lo soñado en un cuaderno para luego trabajarlo y formar una buena historia. Otras veces, también lo comenté, me viene la inspiración cuando realizo tareas de forma mecánica y la mente vuela libre, a su aire, como cuando friego, plancho o estoy limpiando. Las musas y la limpieza, ese binomio maravilloso. Ya se sabe, ¡hay que fregar más! Y hablando de fregar, recuerdo un atinado comentario que me dijo mi mujer acerca de mi dudosa pericia en ese tipo de tareas domésticas. La reprobatoria y demoledora frase fue “El culo de la sartén también se friega”. Me pareció fantástica, y corrí a anotarla en mi cuaderno. Siempre he fantaseado con incluir esta frase en alguna historia, tal vez porque le veo connotaciones sexuales, pero por una razón o por otra nunca se había dado el caso. Hasta ahora, que descubro que quizás en una novela igual no pega demasiado, pero para una columna es perfecta. Así que, como un regalo de San Valentín algo tardío, firmo esta columna.

"Hay que fregar más" aparece en "Malas firmas" (Interludio, 2020). Toda la información del libro en el siguiente enlace: