https://www.elperiodicodearagon.com/cultura/2026/07/26/calles-son-rios-sangre-comic-132737206.html
https://www.asociacionmalavida.com/tienda/Lluvia_sangrienta.php
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Había una
vez un rey al que le encantaban los cuentos. Y como le gustaban tanto, convocó
a todos los cuentistas de todos los reinos para que vinieran a contarle historias,
anunciando que al que le contara el mejor cuento le entregaría una bolsa llena
de monedas de oro.
En
consecuencia, de todos los lugares partieron cuentistas para probar fortuna. El
primero en llegar fue un joven narrador de un reino cercano. A pesar de su
juventud era un gran contador de historias, conocido por todos. En cuanto llegó
al palacio real, los guardianes del rey lo llevaron ante éste. Tras unas
reverencias y unos cruces de palabras, el cuentista empezó su cuento sin
ayudarse de laúd ni de instrumento alguno, sólo de su voz y de sus gestos.
Tenía una
voz profunda, trabajada, y el cuento fluía de su boca con fuerza, como la lava
que sale de un volcán. El rey y sus siervos lo escuchaban admirados, callados,
paralizados por el cuento. Las manos y el rostro del cuentista gesticulaban
perfectamente, saliendo cada uno de sus ademanes como algo natural, no
pudiéndose concebir el cuento de otra manera.
Las
palabras del cuentista volaban, volaban hasta el mismísimo techo del palacio;
después bajaban, como mariposas llenas de poesía e imaginación, sobre los oídos
de los cortesanos y del rey.
Pero cuando
el cuentista hizo una pausa para dar intensidad a una frase, el rey le dijo de
pronto: “Se me ha olvidado deciros algo. Si no me gusta vuestro cuento, haré
que os corten la cabeza”.
El
cuentista tragó saliva, y se formó un nudo de terror en su garganta.
Sorprendido, asustado, miró al rey. ¿Hablaba en serio? ¿Se estaba burlando de
él? No, no parecía que estuviera bromeando. ¿Y por qué no le había avisado antes?
Se quedó
callado, aterrado, sin saber cómo continuar, sintiendo que no sólo estaba
contando un cuento, sino que estaba intentando salvar su vida. ¿Serían capaces
de matarlo?, parecía pensar.
Decidió que
lo único que podía hacer era seguir contando la historia lo mejor que pudiera,
intentando no pensar demasiado en la amenaza del rey. Así pues, siguió con el
cuento, aunque su voz ya no sonaba tan profunda, sino que tenía cierto tono de
miedo y nerviosismo; su lengua se trababa de vez en cuando, sus manos se movían
torpemente y el sudor empezaba a cubrir su rostro poco a poco. No podía dejar
de pensar que un hacha se alzaría sobre su cuello si su cuento no conseguía
contentar al rey. No obstante, a pesar de su miedo su mente volaba hasta el
cielo intentando arrancar de allí las palabras más bellas, las más dulces, las
que consiguen ablandar al corazón más duro, las que hacen ver al ciego, oír al
sordo, ésas que forman los grandes libros de las bibliotecas de los sueños.
Y así, poco
a poco, el contador de historias se dio cuenta de que se estaba acercando al
final del cuento, y pensó que quizás también se estaba acercando al final de su
vida. Y decidió entonces alargar el relato, hacerlo seguir, coronándolo de
detalles, de historias enlazadas, como aferrándose a la vida, como pensando que
el tiempo que le restaba de cuento podría ser el tiempo que le restaba de vida.
Y así lo fue alargando y alargando, y parecía no tener fin.
Los
cortesanos se empezaron a dormir. El rey empezó a bostezar. El cuentista sudaba
y sudaba, y su mente seguía como loca en busca de palabras, en busca de ideas,
en busca de una manera de continuar su cuento, en busca de una manera de
continuar su vida.
Sus
palabras salían con lentitud, acariciando el tiempo, sin prisa, y los minutos
pasaban y pasaban. El cuentista parecía pensar que así arrancaba valiosos
minutos de vida a su muerte.
Casi todos
los cortesanos se habían quedado dormidos. El rey parecía algo enojado. Pero el
cuentista no les prestaba atención alguna, y seguía y seguía hablando, pensando
que lo mejor que le podía pasar era que lo echaran de allí por pesado.
Los minutos
se convirtieron en horas, en días, y el cuento parecía ya sin duda el cuento de
nunca acabar.
Sin
embargo, la sed, el hambre y el sueño empezaron a atacar al cuentista; y éste
decidió que, tarde o temprano, tendría que acabar el cuento. Así pues, empezó a
enfocar sus palabras hacia un final apoteósico, aunque, al acercarse, se volvía
a alejar del final, como quien se intenta alejar de la muerte.
Tras varias
tentativas, llegó hasta el final auténtico, acercándose lentamente, con miedo,
con sigilo, y lo terminó, y se terminó el cuento a sí mismo, resonando el
silencio que se formó al acabar de hablar como una explosión inaudible de color
blanco.
El rey, al
observar que había terminado, se levantó de su trono y expresó: “No ha estado
del todo mal. Pero a mí me gustan los cuentos cortos. ¡Que le corten la
cabeza!”.
El verano es un buen momento para viajar. Y una manera barata de viajar es a través de un libro o de una película. Y si el libro o la película narra un viaje, pues viajamos doblemente. El director británico Christopher Nolan lo sabe muy bien; no en vano tiene una arraigada querencia por estrenar sus películas siempre en verano. Al fin y al cabo, sus filmes se prestan a ello: son obras marcadamente comerciales, blockbusters de autor que arrasan en taquilla en la época estival. Consigue convertir en un evento cinematográfico cada estreno suyo, y lo ha vuelto a lograr con La Odisea, su último y esperado trabajo. Como bien nos han publicitado hasta la exasperación, ha supuesto la primera película filmada en su totalidad con cámaras IMAX de 70 milímetros. Un formato que ofrece hasta un 40% más de imagen y una nitidez alucinante. Y para que la podamos visionar casi tal y como el propio director quisiera, estamos de enhorabuena: se ha creado una sala IMAX en los cines Palafox de Zaragoza. Y el día del estreno, en versión original, por supuesto, allá que me fui a conocer esta nueva sala IMAX. Momentos antes de que los espectadores pudiéramos pasar, había una gran expectación, la verdad; uno no inaugura una nueva sala de cine todos los días. Y tengo que decir que las butacas son comodísimas, grandes y espaciosas, y se pueden reclinar levemente. Les pregunté a los espectadores que estaban detrás si suponía un problema o una molestia que la reclinase hacia atrás, y nada, no suponía ningún problema, había espacio de sobra. La pantalla era enorme, mucho más alta de lo normal, pero no tan ancha como la de la sala grande de los Palafox, la 4, esa sigue como siempre, se puede ver la película de Nolan en 70 mm a la perfección. También se puede ver la película en 70 mm en una sala de los Aragonia, así que en Zaragoza no nos podemos quejar. Nolan, de alguna manera, ya había contado versiones de La Odisea en otras películas suyas, así que encaja perfectamente en su filmografía. Al formar parte del imaginario colectivo, muchos artistas han querido contar el poema homérico, cada uno a su estilo. Por ejemplo, el gran Javier Krahe cantaba en su canción Como Ulises toda La Odisea con sus estupendas rimas: “Yo, como Ulises, he sido / de Penélope el marido, / y me alejé de esa joya / por unirme a Agamenón, / que iba a la guerra de Troya, / me pedía el cuerpo acción”.
"Cine de verano", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 25 de julio.
Asimismo, podéis leer la columna "Cine de verano", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/07/25/cine-verano-132783003.html
https://www.holamonstruo.com/producto/la-bruja-anacleta/
19:30 horas
"¡Eco, eco!", cuentos ecológicos, con Roberto Malo y Daniel Tejero
Delicias a la fresca
Parque Teresa Serrato (La Bozada)
Zaragoza
https://www.holamonstruo.com/producto/la-bruja-anacleta/
https://www.rtve.es/play/audios/vinetas-y-bocadillos/vinetas-bocadillos-bahar-movahed/17162386/
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Era un caso imposible; no conseguía acabar nada de lo que empezaba. Dejaba siempre todo a medias. Siendo muy pequeño, dejó el colegio a los pocos cursos, alegando que no había nacido para estudiar. Empezó a trabajar, pero a los pocos días lo abandonó, decidiendo que pasaba de currar. Quiso ser pintor, pero nunca logró terminar un cuadro. Quiso escribir un libro, pero nunca lo empezó. Quiso plantar un árbol, pero nunca se decidió. Se echó algunas novias, pero con ninguna llegó al altar; las dejaba a los pocos días de empezar a salir, pues se cansaba de ellas enseguida. Estaba terriblemente delgado, ya que nunca conseguía terminar las comidas, aunque éstas no fueran muy abundantes. Por las mañanas solía estar de muy mal humor, pues se despertaba bruscamente, justo cuando el sueño parecía llegar al final; ni siquiera los sueños lograba terminar. Era un caso perdido; si empezaba a leer un libro, lo dejaba antes de acabarlo. Si empezaba a ver una película, se salía del cine antes de que finalizase. Si entraba en un museo, nunca llegaba a todos los lugares de la exposición. Si se compraba un disco, nunca llegaba a escucharlo enteramente. Mantener una conversación con él era una locura, pues empezaba a decir algo y al poco se callaba: dejaba todas las frases a medias. Llegó a crearse algunos enemigos, pues nunca terminaba de pagar sus deudas, y si empezaba a jugar alguna partida —ya fuera de cartas, de dados, o de dardos— siempre se iba antes de que acabara. Un día, empezó a cruzar un paso de cebra y —normal en él— no lo terminó de cruzar. Un coche lo embistió, llevándoselo por delante. Aquel día, por primera vez, consiguió terminar algo que había empezado: su vida. Aunque hubo quien opinó que simplemente dejó la vida a medias.
El otro día me preguntaron que cuál
era mi columna favorita, de entre todas las que había escrito. Y respondí (por
decir algo, lo admito) que mi mejor columna todavía está por escribir. Y me
quedé tan ancho. Sin embargo, también me quedé con la mosca detrás de la oreja,
ciertamente. Era una buena pregunta. Tal vez tendría que pensar bien la
respuesta. Así que una vez en casa le di unas cuantas vueltas a una posible
respuesta sincera, pero no llegué a ninguna conclusión plenamente satisfactoria.
En honor a la verdad, le tengo mucho cariño a algunos de los primeros artículos
que escribí, con esa inconsciencia y emoción de los inicios (hay que ser muy inconsciente
para aceptar escribir columnas en un periódico, desde luego), y en estos siete
años y medio que llevo como columnista hay unas cuantas de las que me siento bastante
orgulloso, pero tampoco como para tirar cohetes. Estimo que es difícil destacar
alguna en concreto, en resumidas cuentas. Supongo que uno siempre busca
escribir la mejor columna del mundo, pero nunca se consigue. Escuché decir hace
unas semanas a Juan José Millás que él en una entrevista comentó que anhelaba
escribir la columna perfecta, para así con ella acabar con el columnismo, pero
que, debido a su lengua de trapo, la periodista publicó al día siguiente la
transcripción de la siguiente manera: “Espero escribir la columna perfecta,
para así acabar con el comunismo”. Millás sonreía explicando que él nunca
querría acabar con el comunismo, por favor, nada más lejos de su intención. Y
nada más lejos de mi intención el escurrir el bulto, pero es como cuando te
preguntan que a qué hijo quieres más. A ver, uno quiere a todas sus criaturas
por igual, cada una tiene su historia, su intrahistoria dentro de la historia.
Me ocurre lo mismo cuando me preguntan por mi novela favorita de entre todas la
que he escrito, o mi libro de relatos favorito, o mi cómic favorito o mi cuento
infantil favorito. Resulta casi imposible escoger a uno en particular; en mi
caso suelo esgrimir que le tengo más cariño tal vez a las primeras
publicaciones que he tenido en cada género literario, por eso de la novedad y del
valor sentimental de los iniciales pasos en el proceloso mundillo editorial. Pero
mi columna definitiva, me repito y me reafirmo tras darle esta vuelta, está
todavía por escribir.
"La columna definitiva", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 11 de julio.
Asimismo, podéis leer la columna "La columna definitiva", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/07/11/columna-definitiva-132340170.html
https://elperiodicodevillena.com/adaptaciones-literarias-de-puro-genero/
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