Siendo sólo un niño, Adolfito asombraba ya a todos con
sus estornudos. Cuando estornudaba, parecía que sacudiera a la tierra un
terremoto. El estornudo resonaba como una explosión (más de una copa de cristal
había estallado en mil añicos por el sonido) y los objetos pequeños se
tambaleaban ligeramente, como tocados por el seísmo producido. Sus padres no se
preocupaban en modo alguno; más bien, se divertían con ello. “Estornuda,
hijito”, le decían, “que vea este señor cómo sacudes todo”. No fue hasta que cumplió
veinte años cuando Adolfito —ya Adolfo— tomó conciencia de su peligroso poder.
Fue en una noche de abril, en el interior de un bar de mala muerte. Allí,
Adolfo y sus amigos tuvieron una discusión con el camarero, y él con cierto
enojo estornudó. Todos los vasos, copas y espejos del bar explotaron en
pedazos. El estruendo fue impresionante. Entonces, Adolfo se echó a reír y se
burló del camarero. Y el camarero, que era grande como un armario, salió de la
barra y se lanzó a golpearle. Adolfo era pequeño y delgado; no tenía nada que
hacer contra él. O mejor dicho, tenía algo que hacer. Y lo hizo. Estornudó
hacia el camarero, con todas sus fuerzas, como nunca había estornudado antes.
El miedo y el odio le dieron las fuerzas suficientes. El camarero salió despedido
hacia atrás, volando materialmente, y se estrelló por fin contra la barra. La
noticia se propagó como la pólvora por todo el pueblo. “Lo tumbó de un
estornudo”, decían todos. Esto le dio a Adolfo en qué pensar. Su extraña
capacidad le podía servir como medio de defensa. Sin embargo, también podría
tener otros fines su poder. Por la noche tuvo un extraño sueño. Se aparecía
ante él Thos, el dios bárbaro del viento que mataba a sus enemigos a base de
toses y espasmos, y le decía con aire solemne: “Dejo en ti mi poder”. Adolfo se
despertó en ese momento, resonando esas palabras en su mente. “Sí, tengo un
poder”, pensó. Pero ¿cómo sacarle provecho? Si Adolfo hubiera sido una mala
persona, habría sabido qué hacer. Por ejemplo, entraba en el banco del pueblo y
decía: “¡La pasta o estornudo!”. Sin embargo, esos pensamientos no pasaban por
su cabeza. Lamentablemente, era una persona sin imaginación, y nunca se le
llegó a ocurrir nada. Murió al tiempo de un fuerte resfriado, en el que sepultó
toda su casa sobre sí mismo, sin llegar a sacarle provecho a su maravilloso
poder.
"Estornudos", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 31 de enero.
Asimismo, podéis leer la columna "Estornudos", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/01/31/estornudos-126271382.html
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario