jueves, 23 de agosto de 2012

LA REVELACIÓN



El encuentro

Emilio abrió la puerta del apartamento alquilado y lo recorrió con la vista. Era el típico apartamento de playa: un pequeño cuarto de estar, un sencillo dormitorio, un baño con ducha y una terraza con vistas al mar. Satisfecho, Emilio llevó la maleta al dormitorio y la puso encima de la cama. Tras abrirla, empezó a colgar ropa en los colgadores del armario, pero entonces oyó que se abría una puerta.
-¡Hola! ¿Hay alguien? –dijo una voz.
Emilio se sobresaltó ligeramente. ¿Cómo podían haber abierto la puerta? Salió raudo del dormitorio y miró la entrada del apartamento. Estaba cerrada. Y no había nadie allí.
-Hola –dijo alguien a sus espaldas.
Emilio se volvió dando un respingo. Había un joven en bañador en el cuarto de estar.
-¿Cómo has entrado? –quiso saber, algo asustado.
-Por aquí –dijo el joven serenamente y señaló una puerta blanca-. Esta puerta comunica con mi apartamento. He oído que entrabas y me he dicho: voy a conocer a mi nuevo vecino. Me llamo Bruno –se presentó sonriendo y le tendió la mano.
-Yo... Emilio... –asintió aturdido, estrechando su mano.
Los dos se miraron, estudiándose. Bruno era rubio, bastante guapo y tenía un cuerpo musculoso de gimnasio. Emilio era moreno, tenía un rostro anodino y estaba algo fofo físicamente. Los dos aparentaban veintipocos años.
-La próxima vez que quiera entrar llamaré primero a la puerta –dijo Bruno como disculpa-. Perdona si te he asustado.
-Oh, no..., qué va.
-Puedes poner el pestillo que hay en la puerta si quieres.
-Sí..., claro.
-Bueno –dijo Bruno y se sentó en una silla como si estuviera en su casa-, ¿cuánto tiempo vas a estar aquí?
-Eh... Quince días –dijo Emilio sentándose también.
-Bien, bien. Yo voy a estar todo el mes. ¿Has venido solo?
“Comienza el interrogatorio del vecino chismoso”, pensó Emilio.
-Sí. Mi novia está aquí de vacaciones, con su familia, y he venido a verla.
-No está mal –sonrió Bruno.
“Ahora es mi turno”, se dijo Emilio.
-¿Y tú? ¿Estás solo también?
-Sí, estoy tan solo como tú. Aquí tengo buenas amigas.
-¿Y llevas mucho aquí?
-Un mes.
-¿Y vas a estar otro mes?
-Sí.
-Menuda suerte –suspiró Emilio-. ¿Trabajas aquí?
-Bueno, trabajar no. Pero tengo una ocupación importante. Soy buscador de almejas –dijo Bruno y sonrió lascivamente-. Hay unas tías estupendas en esta playa.
-Sí, desde luego. Es una buena ocupación de verano.
-Sí, lástima que tú estés con novia.
-Ya, qué se le va a hacer.
-Sí, qué se le va a hacer. Bueno, no te quiero molestar más. Seguro que tienes que organizarte todo. Me voy. Ya nos veremos –se despidió y entró por la puerta que comunicaba con su apartamento.
-Sí, ya nos veremos.
Emilio dejó pasar unos segundos, se acercó a la puerta y puso el pestillo. Suspiró, volvió al dormitorio y siguió colgando sus ropas. “Joder, menudo elemento”, pensó, “Y vaya puerta de mierda”.
Cuando arregló todo, salió del apartamento y buscó una cabina de teléfonos. Llamó a su novia y quedó con ella en la playa.



La batalla

Su novia se llamaba Adriana. Era alta y muy guapa, aunque extremadamente delgada. Tumbada en la playa junto a Emilio, parecía un esqueleto en bañador.
Los dos estaban cerca de la orilla, cada uno en una toalla, y observaban atentamente a unos niños que jugaban en el agua. Eran tres niños y tres niñas. Se tiraban puñados de arena mojada unos a otros y Adriana y Emilio los observaban sin perder detalle por si se escapaba hacia ellos alguna bala perdida de arena.
La batalla de arena no era de todos contra todos. Era una guerra de sexos. Los niños contra las niñas. Las niñas contra los niños. Los niños jugaban a joder a las niñas. Las niñas jugaban a joder a los niños. Poco imaginaban que por mucho que crecieran, de alguna manera, seguirían jugando a lo mismo.
De las tres niñas, la más pequeña –que tendría unos cuatro años-, pidió una tregua y entró en el mar para quitarse toda la arena mojada que tenía pegada al cuerpo. Sumergió su cuerpecito en el mar y salió de allí sin arena en la piel, caminando graciosa y coquetamente a pesar de su corta edad.
Adriana la observaba embelesada.
-Al ver a una cría tan maja me dan ganas de tener un hijo –le dijo a Emilio.
-A mí me sucede lo mismo al verte a ti, mi niña –replicó él y le dio un beso-. Por cierto, ¿te he contado el susto que me he dado al entrar en el apartamento?
-No. ¿Qué susto?
Emilio se lo contó a grandes rasgos, sin entrar en detalles.
-Así que hay una puerta que une los dos apartamentos –sonrió Adriana.
-Como lo oyes.
-Y veo que tu vecino no es nada tímido, pues si nada más entrar tú allí se te presenta...
-No, no creo que sea nada tímido.
-¿Cómo se llama?
-Bruno.
-¿Y cómo es?
-Debe de ser más o menos de nuestra edad.
-¿Es guapo?
-Bueno, yo diría que es bastante atractivo –dijo Emilio forzando la voz, simulando la de una mujer.
-Vaya, tengo ganas de conocerlo –dijo Adriana.
No iba a tener que esperar mucho.


El favor

La noche había caído sobre la playa. Sin embargo, en el apartamento de Emilio era todavía de día, iluminado por un sol colgado del techo y encerrado en una lámpara circular. Adriana y Emilio estaban vestidos –llevaban una camiseta y el bañador- y estaban sentados en la cama. Adriana sostenía dos copas de cristal y Emilio se dejaba las manos intentando abrir la botella de champán. Por fin lo consiguió y un mar de espuma y burbujas llenó las copas.
-Por nosotros –dijo Emilio alzando la copa.
-Por nosotros –asintió Adriana.
Las copas hicieron chin chin y después se vaciaron en sus bocas. Emilio dejó las dos copas en la mesilla de noche y volvió a la cama junto a Adriana. La besó y entre mimos empezó a quitarle la camiseta.
De pronto, alguien llamó con la mano en la puerta y se oyó claramente:
-¿Hay alguien? ¿Puedo pasar?
-¡Mierda! –gruñó Emilio.
-¿Quién es? –dijo Adriana.
-Nuestro querido vecino –apuntó Emilio secamente.
-Vaya... –articuló Adriana.
-¿No lo querías conocer? –señaló Emilio y se levantó de la cama.
Salió del dormitorio y fue al cuarto de estar. Quitó el pestillo de la puerta y la abrió.
Bruno aguardaba, en calzoncillos.
-Perdona que te moleste –dijo al momento-, pero es urgente.
-¿De qué se trata? –inquirió Emilio.
-Verás, estoy con esta morena... –dijo él y señaló a la mujer que tenía detrás.
Emilio miró a la mujer. Sólo llevaba puestas las bragas. Era una morenaza impresionante. Sus senos eran enormes, redondos e increíblemente firmes; parecía que estuvieran sostenidos por unas manos invisibles. Sus muslos eran apetecibles, exquisitos. Y no estaba nada gorda; su cintura era estrechísima. Era toda una mujer, con unas curvas ideales donde se deben tener.
“Esto es una mujer”, pensó Emilio, “y no el amasijo de huesos que tengo por novia”. Miró luego a Bruno.
-¿Qué? ¿Qué querías? –dijo débilmente, todavía conmocionado por la visión.
-Decía que estoy con esta preciosidad..., bueno, ya estábamos para... –continuó Bruno-, en fin..., y me he dado cuenta de que no me quedan condones.
-¿Cómo? –acertó a decir Emilio.
-¿No tendrás tú?
-Sí..., sí que tengo –asintió Emilio con un hilo de voz.
-¿Me podrás dejar un par?
-Sí, claro. Pasa, pasa.
Emilio entró en el dormitorio, seguido de Bruno. Adriana estaba sentada en la cama.
-Bruno, Adriana –presentó Emilio.
-Oye, qué chica más guapa –dijo Bruno sonriendo y le dio dos sonoros besos.
Con un rápido vistazo, la observó de arriba abajo, fijándose en los delgados brazos y en las delgadas piernas que sobresalían de las fronteras de la camiseta de manga corta; al darse cuenta de su extrema delgadez su rostro pareció decepcionarse, borrándose lentamente su sonrisa.
Adriana lo notó y se sintió algo azorada.
Entretanto Emilio abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó una caja de preservativos.
-Toma –dijo y se la dio a Bruno.
-No sabes el favor que me haces –agradeció Bruno-. Te lo devolveré, por supuesto. ¿Tendrás más para ti, verdad?
-Descuida. Tengo más. Y no hace falta que me devuelvas el favor. Me molestaría, de verdad.
-Gracias, muchas gracias. Hasta otra –dijo Bruno mirando a Adriana y a Emilio.
-Hasta otra –asintió Emilio.
Adriana lo vio salir de la habitación, sin decir palabra.
Bruno entró en su apartamento y cerró la puerta.
Emilio se volvió hacia Adriana.
-Será cabrón –comentó-. Menudas confianzas...
Adriana lo miraba con el semblante serio.
-¿Qué te ha parecido?
-No sé –respondió ella, como ausente.
-¿Te ha gustado?
-Yo no le he gustado a él.
-¿Qué? –dijo Emilio, aturdido.
-Nada –dijo ella-. Olvídalo.
Emilio la abrazó.
-¿Continuamos? –preguntó besándola.
-Continuemos –accedió ella.



El grito

Dos horas y media después, Adriana se vistió y se marchó al apartamento de sus padres.
Emilio, ya solo, se dejó caer largamente en la cama. El silencio lo envolvió; en su apartamento no había radio ni televisión, y ahora no había nadie a quien hablar. Sin embargo, el silencio no era total. Se oían unos leves jadeos del apartamento de al lado.
“Menuda nochecita se están pegando”, pensó Emilio con disgusto.
Poco a poco, los jadeos se fueron haciendo más y más intensos, acabando en lo que fue un auténtico grito, un grito de mujer desgarrador.
“Menudo orgasmo”, se dijo Emilio impresionado.
Se levantó de la cama y salió a la terraza; la brisa marina lo inundó. No tenía sueño. Se sentó en una silla y observó el negro mar. La luna estaba casi llena y se veía de un color anaranjado. Emilio no sabía por qué se veía de ese color, pero el caso es que así resultaba muy hermosa.
Miró su reloj: eran las cinco de la mañana. Se levantó de la silla y se apoyó en la barandilla de la terraza. Miró abajo. Había varios coches aparcados en la acera. Más allá de la acera y los coches, la arena de la playa. Más allá de la arena de la playa, el mar. Más allá del mar, el cielo. Y más allá del cielo... ¿quién sabe?
Empezaba a pensar que tarde o temprano se tendría que echar a dormir, pero no tenía sueño. Y le encantaba ver la noche. La negra y hermosa noche.
Al rato, vio salir del edificio a alguien. Era la silueta de un hombre que llevaba una bolsa de basura. La silueta se acercó hasta un contenedor y dejó la bolsa dentro. Al volverse, para entrar de nuevo en el edificio, Emilio vio su rostro. Era Bruno.
“Menudo momento para sacar la basura”, pensó Emilio, “Las cinco de la mañana”.
Sin darle importancia, decidió acostarse.



La rubia

Tras unas gafas de sol, Emilio estaba tumbado boca arriba en una toalla. A su lado estaba Adriana. Los rayos del sol los besaban.
-Tiene gracia –decía Emilio bostezando-, anoche no tenía sueño, y ahora me muero de sueño.
-Es normal –dijo Adriana.
-¿El qué es normal?
-El que ahora tengas sueño.
-Pues no creo que sea normal. Lo que hubiera sido normal es que ayer hubiera tenido sueño, puesto que era de noche. Claro que a lo mejor debo dormir por el día y vivir por la noche.
-¿No te habrá mordido alguna vampiresa? –preguntó Adriana con una sonrisa.
-Como no hayas sido tú...
-A propósito, tengo sed. Voy al chiringuito a por un refresco. ¿Quieres algo?
-Sí, tráete dos refrescos.
-¿De qué lo quieres?
-De lo que quieras tú.
-De acuerdo. Ahora vengo.
Emilio cerró los ojos –lo cual no le costó mucho- y disfrutó del sol. Así veía todo rojo y sentía los rayos solares sobre su cuerpo clavándose en él como flechas infernales.
De pronto oyó una voz. Una voz que le resultaba conocida. Abrió los ojos. Era Bruno, un par de metros delante de él, charlando con una preciosa rubia en tanga. Paseaban los dos por la orilla. La rubia, desde luego, no era la mujer con la que Bruno había pasado la noche –Emilio todavía la recordaba vívidamente-, pero no tenía nada que envidiarle; lucía un cuerpo increíble, apetecible. Sin duda alguna, Bruno tenía buen gusto.
-¡Bruno! –le llamó Emilio, saludándole con una mano.
Bruno se giró y lo vio en la toalla. Dejó a la rubia y fue hasta él.
-¿Qué tal? –le saludó, estrechándole la mano.
-Bien –asintió Emilio. Se puso en pie-. Bueno, ¿dónde está la morena con la que estabas ayer? ¿Ya te has cansado de ella?
-Sí, me gusta cambiar.
-Es una pena. La de ayer estaba buenísima –dijo Emilio sin intentar darle coba en absoluto.
-Sí, estaba buenísima –asintió Bruno.
-¿Qué haces para conseguir ir con mujeres tan increíbles? –quiso saber Emilio, como quien pide consejo al diablo.
-Bueno, verás, es un secreto...
-¿Un secreto?
-Sí, pero me caes bien, Emilio. Te lo voy a decir –dijo en voz baja, mirando hacia ambos lados-. He hecho correr el rumor de que mi polla habla y todas las mujeres quieren probarla. Es algo increíble, te lo juro. Pero, en verdad, no habla. Lo hago yo, que soy ventrílocuo –dijo riendo.
-¿Lo dices en serio? –dijo Emilio visiblemente asombrado.
-Yo nunca hablo en serio –dijo Bruno-. ¿Acaso te lo habías creído?
Emilio sonrió con una mueca. “Será cabrón”, pensó.
-¿Y tu chica? –preguntó Bruno.
-Por ahí viene –dijo Emilio viéndola acercarse por la arena con los dos refrescos.
-Es muy guapa, pero no tiene mucho donde hincarle el diente        –observó Bruno.
Emilio sonrió forzadamente.
-Bueno, luego nos veremos –se despidió Bruno y regresó con la rubia.
-Hasta otra –asintió Emilio y se volvió a tumbar en la toalla.
Vio cómo Bruno abrazaba a la rubia, alejándose ya los dos, y a él lo abrazó la envidia.
Adriana llegó con los refrescos.
-¿Ése era Bruno, verdad?
-Sí –asintió Emilio sin dejar de mirar a la rubia.



La tarta

Un río de besos discurría entre Emilio y Adriana. La noche había caído y ellos dos habían caído sobre la cama. Emilio estaba quitándole la ropa a Adriana, presa de la pasión, cuando de pronto oyó:
-¿Puedo pasar?
-¡...Joder! –exclamó Emilio-. ¡El pesado del vecino otra vez!
-Tiene el don de la oportunidad –dijo Adriana resoplando-. Es como si lo hiciera aposta.
Emilio se levantó malhumorado y fue hasta la puerta. La abrió de un tirón y ahí estaba Bruno, con una sonrisa de oreja a oreja.
-Te debía algo –le dijo y le entregó una gran caja circular.
-¿Qué es esto? –dijo Emilio-. ¿Una caja de preservativos para elefante?
-No, no –dijo Bruno riendo-. Es una tarta. De chocolate.
-Vaya, muchas gracias... Qué detalle. Me encanta el chocolate y a Adriana también.
-Me alegro –sonrió Bruno.
-Bueno, ¿qué tal si vamos a comérnosla entre todos? ¿Estás con alguna mujer, no? Pasad los dos.
-No, no –rehusó Bruno-. Es sólo para vosotros. Disfrutadla... Creo que ya os he molestado demasiado. Debo irme.
-Espera un momento –le interrumpió Emilio-. ¡Adriana, sal! Mira, nos ha traído una tarta.
Ella salió del dormitorio.
-Muchas gracias –dijo cabizbaja.
-Es de chocolate, muy buena –dijo Bruno, mirándola fijamente-. Engorda bastante, pero está muy buena.
-A ver si es verdad –sonrió ella.
-Bueno, ya nos veremos –se despidió Bruno.
-Hasta mañana –asintieron Adriana y Emilio.



El mar

El ojo amarillo del cielo brillaba con intensidad sobre la playa. Adriana y Emilio estaban tumbados en la cálida arena.
-Somos unos cerdos –murmuraba Emilio-. ¿Cómo pudimos comernos toda la tarta?
-Estaba muy buena –sonrió Adriana.
-Sí, estaba buena. Pero había tarta para todo un equipo de fútbol. Y nos la comimos entre nosotros dos solos. Y en un tiempo récord.
-Bueno, vale, pero no lo cuentes por ahí. No se lo digas a nadie.
-¡Claro que no lo voy a contar por ahí! Me dirían que soy un cerdo, y con razón.
-Tampoco te pongas así –estimó ella-. Yo hoy me noto un poco más gorda y a mí eso me alegra. Debería ganar algunos kilos. Quizás debería tomarme una tarta de chocolate todas las noches.
-¡Sí, hombre! Una tarta cada noche, ¿no?
-No sería mala idea.
Emilio resopló y se tumbó boca abajo.
-Me voy a dar un baño –señaló ella-, ¿vienes?
-No puedo –alegó él-. Me siento como el lobo del cuento. Ese al que le llenan el estómago de piedras. Si me meto en el agua, me ahogo.
-Pues hasta ahora, chocolatero –dijo ella sonriendo, y se metió en el mar.



Las llaves

Atardecía y el cielo se teñía de violeta. Emilio había dejado atrás la arena y su novia y se dirigía solo a su apartamento. Había quedado con ella por la noche, en un bar del puerto, y ahora se disponía a ducharse y arreglarse en condiciones para la noche.
Cuando llegó ante la puerta del apartamento, abrió su bolsa playera e intentó localizar dentro las llaves. Apartó a un lado la toalla, la crema, las gafas de sol... pero no se veían las llaves. Sacó todo de la bolsa, dejándolo en el suelo.
Las llaves no estaban.
¿Las habría perdido? No, era algo más sencillo: se las había dejado dentro.
-¡Mierda! ¿Qué coño hago yo ahora? –se dijo.
No tuvo que pensar mucho. La puerta de al lado era la de Bruno. Y el apartamento de su vecino comunicaba con el suyo. Y creía recordar que no había puesto el pestillo en la puerta del cuarto de estar desde la última vez que había entrado por ella su vecino. Así pues, si estaba Bruno dentro...
Llamó a la puerta.
Pasaron unos segundos y nadie abrió.
Volvió a llamar.
Nada.
-¿Cuándo vendrás, Bruno? ¿Dónde estás, ahora que te necesito?
Se sentó en el suelo y quiso pensar que Bruno no tardaría en llegar. Sin embargo, ¿y si tardaba? ¿Y si estaba por ahí con alguna mujer? ¿Y si no volvía hasta la mañana siguiente?
No, no podía esperar.
Se levantó y pensó en otra posibilidad para entrar: el portero. Sí, el portero seguramente tendría otra llave de su apartamento. Decidido, fue a por él.
Lo encontró en la entrada de los apartamentos, charlando con una guapa extranjera. Interrumpió su conversación de la manera más sutil; lo cogió de un brazo y lo arrastró dos metros más allá de la extranjera.
-Me he dejado las llaves dentro –le dijo nerviosamente-. ¿Tiene usted llaves de mi apartamento?
-No, lo siento. No tengo más llaves.
-¿No? ¿Y qué hago entonces para entrar?
-Bueno, usted tiene suerte. Está en un segundo piso. Puede entrar por la terraza.
-¿Por la terraza?
-Sí, no es la primera vez que esto sucede. No hay otra solución.
-¿Y usted cree que yo podré subir hasta mi terraza?
-Hasta un niño lo haría –dijo el portero con seguridad.
-Sí, un niño sí –asintió Emilio-, pero, ¿y yo?



La revelación

El portero había sacado una larga escalera y la había inclinado hasta tomar contacto con la terraza de Emilio.
-Suba –dijo tranquilamente.
-Tengo vértigo –dijo Emilio con una mueca.
-Y también tiene las llaves dentro. Suba, ande.
-De acuerdo. Pero sujete bien la escalera.
-Descuide.
Emilio empezó a subir por la escalera con suma lentitud, con sumo cuidado, mirando al portero y al suelo y sintiendo que no debería tener miedo, pues su terraza estaba sólo a cuatro o cinco metros del suelo, pero sintiendo miedo.
Tras quince o veinte interminables segundos, llegó a la terraza; entró dentro con cuidado, con alivio.
-Ve cómo no era tan difícil –dijo sonriendo el portero mientras retiraba la escalera.
-Gracias, y perdone las molestias –dijo Emilio sonriendo también.
Se volvió y miró la puerta corredera de su apartamento que daba a la terraza: estaba cerrada por dentro. Y estaba la persiana bajada hasta el suelo. No podía entrar.
-¡Mierda! –gruñó.
Miró la terraza de al lado; la terraza de Bruno. La puerta que daba a ella no estaba cerrada del todo.
Emilio sonrió. Al parecer, ya lo tenía. Saltó a la terraza, corrió levemente la puerta y pasó al interior. Por fin, parecía que iba a poder entrar en su apartamento. Sin embargo, al entrar en la sala, lo que vio le hizo pararse en seco.
Dentro estaba Bruno, agachado y desnudo. Pero no estaba solo. Tumbado en el suelo estaba el cadáver desnudo de una mujer y se notaba al momento que era un cadáver, pues la cabeza de la mujer estaba separada del cuerpo, con un mar de sangre alrededor. Bruno empuñaba en su mano derecha un gran cuchillo lleno de sangre.
Los dos se miraron sorprendidos, sin moverse. Emilio quiso explicar que había entrado por la terraza para poder entrar en su apartamento por culpa de haberse dejado las llaves dentro, pero no salió ninguna frase de su boca. Estaba atónito, sin saber qué pensar, sin poder decir nada. Igual que una imagen puede valer más de cien palabras, una imagen te puede dejar sin palabras. Miraba a Bruno y a la mujer como un estúpido.
Bruno, en ese breve intervalo de tiempo, se irguió ligeramente, avanzó hasta una mesa, abrió un cajón y sacó una pistola, dejando el cuchillo sobre la mesa.
Emilio, asustado al ver la pistola, empezó a hablar temblorosamente, a parlotear nerviosamente lo primero que le vino a la mente.
-¡No me mates! ¡No diré nada! ¡Entenderé lo que me digas! ¡Sí, se dio un golpe en la cabeza, sí, fue un accidente! –dijo él, apreciando un gran golpe que tenía la cabeza de la mujer, entre los cabellos rubios, por el que fluía sangre espesa y oscura.
Bruno le apuntó con la pistola.
-¡No diré nada! ¡Lo juro! –gritó Emilio-. ¡Mierda, sólo quería entrar en mi casa! ¡Me he dejado las llaves dentro! ¿Merezco morir por eso?
Bruno lo miraba fríamente. Ya no era ese vecino sonriente y alegre.
-¡Puedes confiar en mí! ¡Dios, no quiero morir! –suplicó Emilio poniéndose de rodillas.
Cerró los ojos y esperó impotente el disparo.
-No te voy a matar –dijo Bruno, sin dejar de apuntarle-. Al fin y al cabo, me caes bien. Y la verdad, no te quiero matar. Pero me jode que hayas entrado por la terraza y que hayas visto esto.
-A mí también –se apresuró a decir Emilio-. Pero sé olvidar. Olvidaré todo. Será como si no hubiera visto nada.
Bruno dejó de apuntarle.
-Que así sea –sentenció-, porque no te voy a matar. Si te matara tendría problemas.
Emilio resopló ligeramente.
Los dos se miraron. Sin decir nada. En silencio. Un silencio tenso.
-No te preocupes –serenó Bruno-. Es una turista, nadie la echará en falta.
“Si a mí me mataras, alguien sí que me echaría en falta”, pensó Emilio.
-Si quieres, puedo ayudarte a limpiar la sangre –se ofreció Emilio pensando que era mejor pasar por loco que por muerto.
Bruno sonrió ante semejante insinuación.
-Joder, gracias, pero no hace falta que te conviertas en mi cómplice. Ya te he dicho que no te voy a matar y suelo cumplir mi palabra.
Emilio sonrió aliviado.
-¿Por qué la mataste? –preguntó dejándose llevar de pronto por la curiosidad.
-La deseaba –respondió Bruno y dejó un segundo la pistola sobre la mesa y se puso unos calzoncillos.
-Claro, claro –asintió Emilio, como si aquella respuesta hubiera sido coherente.
Bruno volvió a coger la pistola y fue hasta la cocina.
Emilio sintió que le temblaban las piernas. ¿Es que su entereza y su locura se estaban deshinchando? ¿Y si se iba corriendo de allí? No, no, ya no podía.
Bruno salió de la cocina con una bolsa de basura. Fue hasta el cadáver, tomó la cabeza por los cabellos y la metió en la bolsa.
-¿Sabes por qué voy a tirar la cabeza a la basura? –preguntó.
Emilio negó con la cabeza –dando gracias a Dios por poder hacer exactamente eso: negar con la cabeza-, recordando de pronto la imagen de Bruno sacando una bolsa de basura a las tantas de la madrugada.
-Porque la cabeza de la mujer no me sirve –se respondió Bruno.
-Claro, no te sirve –repitió Emilio, como un loro hablando con un loro loco.
-¿Y sabes qué voy a hacer con su cuerpo?
-No –dijo Emilio.
Bruno lo miró con fijeza.
-Me lo voy a comer –dijo finalmente.
Emilio se quedó sin habla.
-¿Qué has dicho? –dijo confiando en haberlo oído mal, confiando en que se tratara de una de sus bromas.
-Me lo voy a comer –repitió Bruno con un tono de voz desgarrador, rasgando las palabras al pronunciarlas. Parecía tener una sierra mecánica en su boca.
Emilio lo miró con miedo, con horror. Bruno no parecía bromear en absoluto.
-Sí, soy un caníbal –dijo tranquilamente.
Emilio miró el cuerpo y sintió ganas de vomitar.
-Les corto la cabeza, tiro su cabeza, porque es todo pelos y huesos, y me como todo el cuerpo.
-¿Como si fueran gambas? –pensó Emilio en voz alta.
-Sí, así es –asintió Bruno-. ¿Nunca te has comido a una mujer?     –preguntó como si aquello lo hiciera todo el mundo.
-No, por Dios –respondió Emilio con asco.
-¿Nunca, al estar junto a una mujer, has deseado tenerla toda para ti, tragártela, devorarla, apoderarte de ella, alimentarte con ella? –siguió Bruno con una voz que envidiaría el mismísimo Satanás-. ¿Nunca has tenido un hambre sexual tal que no puedes negarte a tus impulsos?
-No, no –repuso Emilio deseando tener unos tapones de cera en los oídos, deseando no oír nada.
Bruno lo miró fijamente.
-Se me hace raro que los demás no sientan lo mismo que yo. ¿No has pensado nunca que todos están equivocados menos tú? No entiendo por qué la mayoría de los hombres no se comen a las mujeres. Yo no lo puedo evitar. Es algo sexual. No lo puedo controlar. Las mujeres son un plato tan exquisito...
Emilio lo miraba acobardado. “Está loco, loco como un cencerro”, pensaba. De pronto, un loco pensamiento pasó por su cabeza.
-¿Sólo te comes a las mujeres? –preguntó sin querer preguntar directamente si se comía también a los hombres.
Bruno sonrió levemente.
-Sí, sólo a las mujeres. Puedes estar tranquilo. A los hombres no me los como. Es normal; no me atraen sexualmente. Y, además, creo que la carne del hombre no es tan buena como la de la mujer; es más dura y con más pelos.
Emilio miró el cuerpo de la mujer. Todavía lo recordaba caminando por la playa junto a Bruno. Era un cuerpo hermoso, aun estando sin cabeza, pero aun así no hubiera podido hincarle el diente ni borracho.
-No me como el cuerpo crudo –dijo Bruno, adivinando sus pensamientos-. Tengo un buen horno en la cocina. Me lo como asado.
Emilio lo escuchó asombrado, sintiendo que las palabras de Bruno lo estaban hundiendo poco a poco en arenas movedizas llenas de carne humana. Sin embargo, a la vez, sentía una extraña y morbosa curiosidad.
-¿Desde cuándo te comes a las mujeres? –se atrevió a preguntar, sin saber muy bien cómo.
-Desde hace unos años –respondió Bruno, pensativamente-. Tardé bastante en darme cuenta de lo que me pasaba. Yo con las mujeres siempre quería más y más, algo me faltaba. Me di cuenta de que con hacer el amor no me saciaba. Necesitaba más, necesitaba todo de ellas, dentro de mí. Y comprendí.
-Pero eso es un asesinato... –opinó Emilio con un hilo de voz.
-Sí, ése es el problema –asintió Bruno-. Las tengo que elegir bien. Suelen ser turistas, que hayan venido solas, que no conozcan aquí a casi nadie. Y no creas, con las mujeres que aprecio de verdad no intento nada. Sé cómo terminaría la cosa.
Emilio lo miró pensativo. Era algo increíble; algo salvaje y absurdo. Y, extrañamente, sentía pena por él. Sí, pena. Al principio Bruno le había parecido un joven alegre y feliz; y ahora veía que todo eso era una fachada. Era, en realidad, un pobre loco atrapado dentro de un deseo salvaje que tiraba de él, que podía con él; un pobre amargado por su necesidad secreta, por su necesidad brutal e impensable.
-¿Qué opinas? –preguntó Bruno interrumpiendo sus pensamientos.
-No sé... –dijo Emilio casi imperceptiblemente.
-Bueno, sólo quiero que entiendas que esto lo tengo que hacer. Aunque no sé si tú lo podrás entender. En tu caso es normal que no te comas a tu novia; es todo huesos –dijo sonriendo.
Emilio asintió con la cabeza, intentando sonreír sin conseguirlo.
-La carne humana es además muy buena –prosiguió Bruno.
En el rostro de Emilio se formó una mueca de desagrado.
-De verdad, no bromeo –aseveró Bruno-. Es tan buena o más que la de cualquier otro animal. Mira, te lo demostraré –dijo entrando rápidamente en la cocina.
Emilio sintió otra vez deseos de irse de allí, de desaparecer. Deseó que se abriera el suelo de la habitación y desaparecer por él aunque cayera al mismísimo infierno. Todo con tal de poder salir de allí.
Bruno salió de la cocina con una gran bandeja. En ella había un trozo de carne asada. Era una parte de la pierna izquierda de una mujer. Emilio se dio cuenta al momento, horrorizado.
-Es de la morena de hace dos días –dijo Bruno sonriendo-. Creo que la llegaste a ver.
Emilio sintió que tenía ganas de vomitar. Y sintió que tenía el estómago vacío. Y sintió que a lo mejor vomitaba el propio estómago.
Bruno dejó la bandeja sobre la mesa. Tomó un cuchillo y un tenedor y cortó metódicamente un trozo de muslo asado.
Le tendió el tenedor a Emilio.
-Toma, pruébalo. Ya verás: carne de primera.
Emilio miró el trozo de carne con aversión.
-No, no... –dijo débilmente.
-Te lo vas a comer –dijo Bruno con una mueca feroz-. ¿No sabes que es de mala educación rechazar un regalo?
Sin embargo, a Emilio no le parecía eso un regalo. De pronto, recordó un regalo: la tarta.
-¿La tarta...? –acertó a decir.
-¿Qué? –dijo Bruno-. Ah, la tarta. ¿No creerás que...? No, no, Emilio. Sólo llevaba chocolate, nada más.
Emilio resopló aliviado, sin querer pensar en lo que de pronto había empezado a pensar.
-Pero este trozo de muslito sí que te lo vas a comer –ordenó Bruno, apuntándole de nuevo con la pistola-. No te puedes negar.
Emilio lo miró con miedo en los ojos. “¡Está loco! ¡Está loco!”, pensó aterrado.
-Si no te lo comes te mato –dijo Bruno fríamente.
Emilio se dio cuenta de que no tenía elección. Estaba su vida en juego.
Tomó con grima el tenedor y lo acercó a la boca. Miró a Bruno.
Lo miraba, sonriendo.
-Trágatelo –repitió.
Emilio cerró los ojos, abrió la boca y sus dientes tomaron el trozo de carne con repulsión.
Bruno sonrió.
Emilio engulló poco a poco el trozo de muslo. Después abrió los ojos y miró a Bruno.
-¿Puedo comer más? –le preguntó complacido, relamiéndose los labios.



lunes, 20 de agosto de 2012

EN LA AGRUPACIÓN ARTÍSTICA ARAGONESA

En la fotografía, Roberto Malo en la fiesta de fin de curso de la Escuela de Ajedrez de la Agrupación Artística Aragonesa, contando varios cuentos de ajedrez (como mi Relato en blanco y negro).

En la fotografía, Miguel Mimbela, músico, profesor de ajedrez y presentador de la gala. Mil gracias a Miguel, Luis y Cristina Mimbela, por todo. Fue una maravillosa mañana. Podéis ver un vídeo con un fragmento de la actuación del cuentista:


viernes, 17 de agosto de 2012

EN LA ALMUNIA

En la fotografía, Fernando Sarría, Roberto Malo y Fran Picón en el IX Recital de Poesía Erótica de La Almunia, el mes pasado. Lo pasamos de maravilla. Mil gracias al Club de Lectura de La Almunia de Doña Godina por la excelente organización.

Por otro lado, el escritor David Rozas reseña en su blog "Insomnia, relatos para no dormir" (Grupo Ajec, 2012), antología de NOCTE seleccionada por J. E. Álamo (quien por cierto anda estos días recogiendo premios por su Tom Z. Stone). Pongo el enlace a continuación:


En su reseña, David Rozas también realiza una crónica de la presentación de "Insomnia" en Zaragoza. En la fotografía, Roberto Malo, José María Tamparillas, Óscar Bribián, David Rozas y David Jasso.

 

martes, 14 de agosto de 2012

EL CUENTO MUTILADO



Cierto día –hace ya algunos años- decidí presentarme al concurso de relatos de mi ciudad. No sabía bien lo que hacía, desde luego. Si hubiera sospechado entonces que mi obra iba a acabar siendo arrancada, mutilada... En fin. Paso a paso. El concurso estaba dotado con un primer premio y dos accésits y seleccionaban además otros siete cuentos para su publicación en forma de libro, y a los diez elegidos se les regalaban veinte ejemplares de dicho libro. No estaba mal, se podría pensar; estaba claro que no iba a ganar (ni soñarlo, vamos), pero por lo menos con un poco de suerte me publicaban el cuento y además lo podía dar a los amigos. “Eso ya era algo”, me decía con candidez. Definitivamente, no sabía dónde me metía.
La primera vez que me presenté (porque hubo varias) lo hice con un solo cuento. Se podían presentar cuantos cuentos se quisieran, pero yo estimé que con un relato y mi talento ya era suficiente para arrasar. Supongo que también tuvo algo que ver el hecho de que hubiera que presentar el cuento por quintuplicado, que la pela es la pela y un aspirante a escritor se ve obligado a realizar cualquier trabajo –vejatorio incluso- para poder pagar tanta fotocopia y tanto envío. El cuento, por cierto, estaba escrito a máquina, y eso que ya por entonces se estilaba pasar todo a ordenador, todo el mundo tenía ordenador, vamos; pero a mí, tengo que confesarlo, esos bichos llenos de cables no me acababan de convencer. Seguía fiel a mi máquina de escribir, “hasta la muerte”, me decía. El caso es que llevé el cuento en mano a las oficinas de Cultura (una cosa que me ahorraba en Correos) y allí una mujer muy amable me atendió y me entregó un resguardo con el número del cuento: 153, creo recordar. Faltaban todavía varios días para que acabara el plazo de entrega de originales, así que aún se podrían presentar muchos más. Al ver el abultado montón de relatos recibidos, todos apilados en cinco montones, pensé que a lo mejor no era tan fácil ser uno de los diez elegidos.
Y no me equivocaba, ya que no lo fui. Ni premio, ni accésit, ni seleccionado. Pero había aprendido algo (o eso creía, ingenuamente) y al año siguiente me presenté (je, je, soy un genio) ¡con dos cuentos! Ahora sí que era mi hora, me decía. Claro, supeditar todo a un solo cuento no había sido muy lógico por mi parte. Pero ahora, ya con dos, era diferente. Los volví a presentar en mano y escritos de nuevo a máquina. Allí, una mujer muy amable (la misma del año anterior, claro) me comentó: “Tú te presentaste el año pasado, ¿verdad?”. “Así es”, respondí, contento de su buena memoria. “Lo sabía”, sonrió, “Eres el único que presentó el cuento a máquina. Como este año, por lo que veo”, remarcó y depositó las cinco copias de los dos cuentos sobre cinco grandes montones, más o menos tan altos como los del año anterior. Avergonzado, caí en la cuenta de que todos los cuentos que se veían desparramados -como el de arriba y los que sobresalían por los lados-, sí, todos estaban escritos a ordenador. Como el año anterior, por supuesto, aunque en ese momento no le diera a semejante constatación mucha importancia. Pero la tenía, no cabía duda. Todo el mundo escribía a ordenador menos yo. Yo era un paleto, un borrego, un retrasado tecnológico.
Por supuesto, como no podía ser de otra manera, ni gané el premio, ni me dieron ningún accésit, ni fui seleccionado siquiera. Fue como si silenciosamente, aviesamente, me dijeran todos los miembros  del jurado: “Cómprate un ordenador, coño, y deja de hacer el imbécil”. Entendí el mensaje, pero no me compré un ordenador (menudo soy yo). Eso sí, conseguí uno (un tastarro, tan viejo y traqueteante como mi máquina de escribir), pero prácticamente gratis, ¿eh?
Al año siguiente, en lógica progresión, decidí presentar tres cuentos al concurso. Y escritos a ordenador. La bomba, vamos. Tres cuentos, tres, tres posibilidades de triunfo. Y a ordenador. No podía fallar. Ahora sí que no. Era pan comido, me decía. Mi estrategia, por fin, estaba bien trazada. Sólo faltaba elegir los tres cuentos, lo más importante ya estaba hecho. Pronto me decidí por dos: para casi todo el mundo, eran fantásticos (de fantasía, vamos). Sólo me faltaba elegir otro más. Un último cuento con que redondear la jugada. Tras sopesar unos cuantos, pensé, medio en broma medio en serio, en enviar un cuento pornográfico que había escrito recientemente, diciéndome a mí mismo: “A ver, has probado casi todos los géneros. ¿Cuál te falta? El pornográfico”, pensé rotundamente, y dicho y hecho. A los pocos días lo había terminado, de un tirón. Le comenté a mi chica que qué le parecía el enviarlo. A ella, curiosamente, le pareció una idea estupenda. “Los del Ayuntamiento son unos verdes”, me dijo, “Sí, mándalo”. Sin embargo, a mí el mandarlo me parecía muy poco apropiado. ¿Cómo iba a ser recibido un cuento declaradamente pornográfico en un concurso literario más o menos serio? Si no me atrevía a mandar cuentos de ciencia ficción, por no quedar mal, como un inmaduro, como un subnormal, ¿me iba a atrever en cambio a enviar uno porno? No sé bien cómo, pero me atreví. Me dije a mí mismo, qué coño, el cuento es bueno, pornográfico, pero no está mal. Sin embargo, creo que en el fondo lo presenté para incordiar, como una forma de cachondearme, no sé bien de qué, como si hubiera hecho una apuesta estúpida conmigo mismo, como si me hubiera dicho: “¿A que no hay huevos de enviarlo?”. Y lo envié, claro (por huevos va a ser), junto a dos joyas literarias, eso sí, que valían su peso en oro.
Llegó la fecha del fallo del concurso y por primera vez estaba hecho un manojo de nervios. Tenía la sensación, casi la certidumbre, de que esta vez estaban los hados de mi lado. No podía fallar, ya estaba maduro para el premio, me repetía. Pero un año más, lamentablemente, el premio no llegó. Me enteré por la prensa, como siempre. Señalaban el nombre del ganador, y no coincidía con el mío, y los de los dos accésits, y tampoco. De nuevo, no había ganado. ¿Qué había fallado? ¿Cómo podía ser? Me hundí. Creo que toqué fondo. Era una mierda de escritor, eso era lo que pasaba. Sin embargo decidí analizar fríamente la situación. Había mandado tres cuentos, el número mágico, y no había servido de nada. Por primera vez los había presentado a ordenador (todavía recordaba la cara de aprobación de la mujer tan amable de Cultura cuando le pasé las copias a ordenador), pero tampoco había servido de nada. Tal vez, me dije, por lo menos había sido seleccionado (en el periódico no mencionaban para nada los seleccionados, sólo los premiados). Sin embargo, pasaron varios días y ninguna carta llegó a mi casa para informarme de ello, nadie llamó para decirme que había sido seleccionado. No, de nuevo había fracasado por completo. ¿Por qué? No tuve ninguna duda: por haber enviado el cuento pornográfico. Eso había perjudicado a los otros dos cuentos. Los otros dos eran buenísimos, muy bien escritos, muy bien llevados, con un gran estilo, pero claro, oh, fatalidad, estaban escritos con el mismo tipo de letra que el tercero, el pornográfico, y claro, ningún miembro del jurado iba a premiar a un degenerado que escribía guarradas. El cuento había hecho desestimar a los otros dos, que no tenían sexo en sus páginas pero llevaban el estigma, la marca del mismo perturbado autor. Lo comprendí claramente: mandar tres cuentos había estado bien, sí, en eso no me había equivocado, pero no había acertado con el tercero. Lo había mandado medio en broma, por hacer la gracia, y la gracia, la broma, me había salido muy cara. Una mala elección, eso había sido. Me dije que al año siguiente mandaría tres, sí, de nuevo tres, pero ninguno pornográfico. La próxima vez, desde luego, me lo tomaría más en serio. Había aprendido la lección, una vez más, a fuerza de equivocarme.
Sin embargo, dos semanas después del fallo del premio, cuando ya casi ni me acordaba del concurso, una carta del Ayuntamiento apareció en mi buzón. Me anunciaban, para mi sorpresa, que uno de mis cuentos había sido seleccionado. Increíblemente, ¡habían seleccionado el cuento porno! Sonreí por partida doble: me habían seleccionado, cuando ya no contaba con ello, y para más inri habían elegido el cuento pornográfico. Al final iba a resultar que los del Ayuntamiento eran unos verdes, como había dicho mi chica. Me embargó una gran emoción. No iba a ganar nada de dinero, qué se le va a hacer, pero me iban a dar veinte ejemplares del libro, y así por lo menos podría regalar el cuento a los amigos.
A los pocos días, por correo urgente, me enviaron las pruebas del relato para que las revisara. Con un rotulador rojo para la ocasión, localicé y señalicé unas treinta erratas en las diez páginas del relato y lo devolví resueltamente al Servicio de Cultura. Allí me enteré de que en el libro sólo íbamos a ser nueve los elegidos en lugar de los diez habituales. Al parecer, un conocido escritor con varias novelas ya publicadas había sido elegido entre los diez, pero sólo como seleccionado, y claro, había declinado aparecer en el libro para no desacreditarse como narrador solvente o para poder enviar el relato a otro concurso, vete a saber.
Un mes y medio después se presentó el libro. Acudí a la presentación, por supuesto; para estas cosas me puede siempre la curiosidad. Además, a todos los asistentes se les regala un ejemplar, y así me pude ir de allí con el libro ya en mi poder, ya que los veinte ejemplares pertinentes se nos enviarían por correo más adelante. Al releer entonces mi cuento, descubrí que todavía aparecían unas ocho o nueve erratas. El corrector se había tocado los huevos, el muy cabrón. Por supuesto, no fui el único perjudicado. En prácticamente todos los cuentos había erratas. (Esto pasaba porque no pedían los cuentos en disquette; en el fondo, los del Ayuntamiento estaban casi tan atrasados tecnológicamente como yo.) Tengo que aclarar que siempre he tenido una mala relación con las erratas, hasta límites insospechados. Tal vez sea una extraña manía que tengo. Pero no las aguanto. De verdad que no. Son capaces, a su manera, de destrozar por completo un cuento. Recuerdo que uno de los primeros cuentos que publiqué, en una antología infecta que no quiero ni mentar, apareció prácticamente muerto y rematado. El relato estaba salpicado con unas erratas tan bien distribuidas que conseguían hacerlo completamente ininteligible: faltaban palabras enteras en cualquier frase, desaparecían artículos y preposiciones como por arte de magia. El cuento, para mayor tragedia, era hiperbreve, y cada palabra era definitiva. El cuento tenía quince erratas (de las gordas) en doce líneas. Más erratas que líneas, sí, no es fácil llegar a semejante precisión.
En este caso, todo hay que decirlo, no era tan grave. Se podía arreglar mal que bien. En plan chapucero, claro. Decidí corregir las erratas directamente sobre el libro impreso, con un rotulador negro de punta fina, a fin de que se pudiera leer el relato como estaba en un principio concebido (o sea: sin erratas). Me sentía un poco estúpido corrigiendo el libro, para qué negarlo, pero pensaba que las personas que lo leyeran lo agradecerían. (A mí, por lo menos, me cabrea mucho el encontrarme con errores en los textos.) Que mi cuento podía ser una mierda, sí, desde luego, pero por lo menos que apareciera tal cual era. Sin embargo, la edición, por otra parte, tampoco ayudaba mucho: un tipo de letra pequeña, horrible, una maquetación de aficionado, una portada que se doblaba como si fuera de mal papel... Bueno, esto último no solía ser así. (El resto sí, el Ayuntamiento llevaba toda la vida sacando ediciones lamentables.) Parece ser que la portada había salido defectuosa y, claro, decidieron sacar otra edición con una nueva portada que no se doblara tan fácilmente. Por tanto, se retrasó el envío de los nueve relatos a los nueve elegidos. Dos meses después de la presentación del libro, sí, ¡dos meses después!, me llegaron mis veinte ejemplares.
Había que repartirlos entre la familia y las amistades. Pero primero había que “limpiarlos” de las erratas. Así que cogí mi rotulador negro y fui tachando los errores, página a página, un ejemplar tras otro. A continuación, ya sólo quedaba repartirlos, entregarlos. Creo que en ese momento, acaso por vez primera, caí pasmosamente en la naturaleza de mi cuento. Era pornográfico. ¿Cómo se lo tomarían todos? Bueno, mi madre se había leído muchos de mis cuentos, todos le parecían bien y sabía que era un guarro; no había ningún problema, vamos. Mi hermana, mi hermano, bueno, ya me conocían. Sin embargo, mi suegra... Mi suegra... No creo que le encontrara la gracia (porque era pornográfico pero divertido o, por lo menos, pretendía serlo). No, mejor no darle ningún ejemplar. El problema era que ella sabía (por mi chica) que yo había sido seleccionado. De todas formas, no tuve valor para dárselo. Lo único que le fui dando fueron largas: que era una mala edición, que había erratas, que no era gran cosa, que no me quedaban más ejemplares (lo último, por cierto, también era cierto: me los solté todos rápidamente, como si me quemaran).
Y llegaron las reacciones. Las amigas me decían “que estaba muy bien, pero muy guarro” o bien “está bien escrito, muy divertido, pero eres un guarro”. Por lo menos, eran sinceras o, al menos, lo parecían. Los amigos lo acogieron con cierta perplejidad. “¿Un cuento porno?”, me decían extrañados. Un gran amigo (que desde ese día todavía lo quiero más) me hizo el comentario que me llegó al alma. Me dijo que al leerlo se puso como una moto, cachondo perdido, y que estuvo a punto de pajearse allí mismo. ¡Dios mío, mi cuento había provocado una erección! ¡Había triunfado!, no cabía duda. El cuento había cumplido con sus propósitos. Uno escribe un cuento triste y espera que el lector se emocione. Uno escribe un cuento divertido y espera que el lector se ría. Uno escribe un cuento porno y espera... sí, que el lector se excite. Todavía hoy, se me erizan los vellos de mi nuca al recordar las palabras de mi amigo. Por lo demás, el mundo no cambió lo más mínimo por el hecho de que apareciera un cuento mío en una triste antología.
Un buen día, poco tiempo después, vi el lomo del libro en la biblioteca de donde soy socio. Sé perfectamente que este tipo de libros apenas se cogen, apenas se prestan, pero me daba cierta rabia pensar que las cuatro o cinco personas anónimas que lo leyeran lo leyeran con las nueve erratas malditas. Así que decidí solucionarlo y al día siguiente me presenté en la biblioteca con un rotulador negro con la fría determinación de corregirlo. Tomé el libro, abrí las páginas, localicé los errores, pero me di cuenta de que si me sentaba en una de las sillas de la biblioteca y lo retocaba allí mismo me iban a tomar por un perturbado, por un salvaje escribiendo sandeces en un libro. No, era una estupidez supina, una locura. Decidí llevármelo, pero como en ese momento tenía ya tres libros en casa (el tope de lo que se podía sacar) no me lo podía llevar, así que dejé lo de llevármelo para otro día. Una semana después, más o menos, volví a la biblioteca. Me daba cierta vergüenza coger un libro en el que aparecía un cuento mío (no sea que me viera alguien, debía pensar) y, además, me resultaba patético el querer apañar las erratas para futuros e hipotéticos lectores, así que lo tomé de la estantería de un rápido movimiento, casi furtivamente, sin hojearlo lo más mínimo, lo tapé de forma solapada con una gran novela que cogí en ese momento al azar, para que no se notara mucho lo que me llevaba, pasé los dos libros por la máquina y me fui de allí con pies ligeros, como un espía internacional que ha robado unos importantes informes para sabotearlos. Al llegar a mi casa, abrí el libro. Y lo abrí directamente por mi cuento. No era difícil conseguir esa proeza. Habían arrancado mi cuento. De cuajo. Aparecía la primera página de mi cuento (la segunda carilla, digamos, la par) y, al lado, el inicio del siguiente relato, la página en la que aparecía el título del cuento y el nombre del autor. Entre medio, sobresalían unos trozos dentados de las cuatro hojas del cuento que faltaban. De cinco hojas (diez páginas numeradas) sólo habían dejado la primera. Y la anterior, en la que figuraba solamente el título del cuento y mi nombre. Una imagen vino a mi mente: un hombre mayor, arrancando las hojas en un arrebato de furia y gritando: “¡¡Esto es pornografía!!”. Rompí a reír, no pude evitarlo. Me parecía divertidísimo, mi cuento había conseguido una reacción encendida, un rechazo, una forma de censura bárbara. Sin embargo, había algo en ese razonamiento que no acababa de cuajar y de entenderse del todo. ¿Por qué había dejado entonces la primera hoja intacta? Si era una forma de censura, ¿por qué había dejado el inicio? De hecho, en el inicio ya había sexo explícito, una buena felación, vamos. ¿Por qué dejar eso? ¿Para que la gente viera que era pornográfico lo que había arrancado? ¿Para justificarse? No, no tenía mucho sentido. Había que pensar en otra opción. Como soy un paranoico, no tardé en pensar otra explicación. Habían arrancado las páginas para joderme. A mala hostia. Sin duda alguna, alguien que me conocía. ¿Pero quién? ¿Quién podía haber hecho eso? Bueno, todos tenemos enemigos (¿quién no?), pero no me imaginaba a nadie haciendo eso, la verdad, arrancando hojas de un libro como forma de afrenta. ¿Qué conseguían con eso? Nada, absolutamente nada. El libro se repondría a la larga, yo nunca me enteraría de nada (en condiciones normales, claro). ¿Para qué entonces molestarse? Y además, si me querían borrar, eliminar, ¿por qué dejar la página en la que aparecía mi nombre y el título del cuento? ¿Por qué dejar la primera página del relato? No, no tenía ningún sentido. Se mirara como se mirase, no tenía ningún sentido. Sin embargo, podía tenerlo; sólo había que encontrarlo. Se había instalado una duda en mi mente, un enigma, e iba a hacer lo que fuera, lo que estuviera en mi mano, para aclararlo. Por mis cojones, me dije, me iba a enterar de quién había arrancado mi cuento.
Le expliqué a mi chica lo que había pasado y le pregunté qué le parecía todo. “Ha sido un fan”, dijo ella sonriendo. “Imposible”, medité, “El fan no hubiera dejado la primera página”. “Cierto”, aceptó, “Veamos... Y si lo hubiera empezado a copiar, pero se cansa de escribir y decide arrancarlo”. “No se sostiene”, le dije, “Lo fotocopia, no lo arranca”. “De acuerdo. No sé... Pero ha sido un hombre”, declaró rotundamente. “¿Por qué?”, quise saber, intrigado. “Ninguna mujer arrancaría las hojas de un libro”, se explicó ella. Sonreí. “No le veo la lógica a tu explicación, pero te diré algo: Estoy de acuerdo. Estoy seguro de que esto lo ha hecho un hombre. Sencillamente, le pega hacerlo a un hombre. Observa. Las hojas están arrancadas de cuajo, dejando parte de la hoja en el libro, sin molestarse en disimular que ha arrancado las páginas. No es un trabajo limpio, en definitiva. Una mujer hubiera recortado las puntas de las hojas con unas tijeras, lo hubiera dejado de tal manera que no se notase que faltan páginas. Sí, las mujeres sois concienzudas, meticulosas, aplicadas. No unos dejados como los hombres”. “Estoy completamente de acuerdo”, asintió ella, ”Me has convencido. Bueno, ¿y qué vas a hacer ahora?”, me preguntó para zanjar el tema. “Volver al lugar del crimen”, le dije con una idea en mente.
Al día siguiente volví a la biblioteca con el libro mutilado oculto en una bolsa. Como buen paranoico, en primer lugar hojeé varias antologías en las que figuraban cuentos míos. La imagen de una persona que arrancaba mis cuentos de todos los libros de la biblioteca pugnaba con fuerza por salir. Afortunadamente, mis cuentos seguían ahí. La idea de un asesino sistemático de mis cuentos estaba bien, pero no resultaba plausible, gracias a Dios. Por otro lado, no había a la vista ningún ejemplar más de la edición en la que aparecía mi cuento. De hecho, no creo que hubiera más ejemplares (yo, por lo menos, no había visto más). Con lo que se cogía el libro, se podría pensar, con uno valía. Sin embargo, por si acaso, me iba a enterar si había más. Podía mirarlo en los ordenadores de consulta, pero yo necesitaba más información, así que me acerqué al mostrador de información. Tengo mucha confianza con dos o tres personas de la biblioteca (son muchos años viniendo y, además, cuento cuentos de forma periódica en la propia biblioteca), así que le hice un gesto a la encargada con la que tenía más confianza y pasé dentro a su lado. Ella estaba sentada ante un ordenador, algo alejada del mostrador. Mejor así. Más intimidad. Le conté brevemente el caso, como si fuera un chiste muy divertido, y le enseñé el libro. Ella se asombró sobremanera. “¿Quién ha podido hacer esto?”, se preguntó. La cosa empezaba bien, la verdad. Yo le pregunté si había algún otro ejemplar, no sea que hubiera corrido la misma suerte. Ella consultó en el ordenador y sí, en los fondos había otro ejemplar, pero todavía no lo habían catalogado y, por lo tanto, no había salido todavía al público. Así pues, como yo me había imaginado, a efectos prácticos sólo había un ejemplar. Y ese ejemplar, hacía una semana, se encontraba bien, ya que yo lo había hojeado. Si a esto sumamos que los de relatos son libros que se prestan poco, en la anterior persona que había cogido el libro estaba a buen seguro la persona que lo había destrozado. “¿Podríamos ver las últimas personas que han cogido el libro?”, le pregunté, como si la idea se me hubiera ocurrido en ese momento. Me sentí transportado a la película Seven. “Es información confidencial”, me informó ella. “Lo sé”, asentí, “Pero sólo necesito un nombre, el anterior a mí”. “Tienes suerte”, me sonrió, “Los dos últimos se pueden ver”. Como el último era yo, me abrió directamente los datos del anterior. Primero vimos su número de carnet de socio. Luego las casillas de sus datos, todavía en blanco. Mientras esperábamos que aparecieran, yo sentía una emoción y una tensión indescriptibles (y creo que en parte ella también). Yo era un intrépido investigador, ella, la experta en informática, e íbamos a averiguar el nombre de mi oponente. Al poco aparecieron sus dos apellidos. Afortunadamente, no me decían nada. Poco después apareció el nombre. Nombre de hombre. Tampoco me decía nada. Aliviado, le di las gracias a la bibliotecaria y le pedí que perdonara que hubiera sido tan paranoico. Ella le restó importancia. En realidad, creo que ella tenía tanta curiosidad como yo en ver el nombre del responsable. Por mi parte, había memorizado el nombre, por supuesto, y en cuanto salí de la biblioteca lo escribí en un papel. El nombre de la persona que había arrancado el cuento estaba en mi poder.
Poder. Sí, eso era lo que sentía. El poder insustancial de saber. Aunque, en realidad, claro, nada era seguro. Una persona podía haber arrancado las hojas del libro en la propia biblioteca, sin sacarlo de allí. Pero arrancar las hojas de un libro, dentro de una biblioteca, no sé, no lo veía nada fácil. Ni lógico. Sin embargo, ¿acaso había algo lógico? Bueno, lógico o no, tenía el nombre del responsable y de momento me encontraba mucho más tranquilo. Como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Cuando llegó mi chica a casa le enseñé el nombre escrito en un papel y le dije lacónico: “Éste es el que lo ha hecho”. Ella miró el nombre y me preguntó: “¿Lo has buscado en la guía?”. No, no lo había buscado. Así que cogí la guía de la ciudad y busqué los apellidos culpables. El primero lo encontré, pero no había ninguno con el segundo también. Mala suerte. “Lástima”, me dijo mi chica, “Podías haberle llamado, haberte hecho pasar por un empleado de la biblioteca y acojonarlo”. Caramba con mi chica. Cómo se las gasta. “¿Sabes qué quiere decir que no aparezca en la guía?”, me dijo a continuación, “Que es joven, que vive todavía con sus padres. No es una persona mayor; si no, seguramente aparecería. Además, es lógico. Los mayores van a la biblioteca a leer el periódico, alguna revista, pero apenas cogen libros. La mayoría de los socios son estudiantes, adolescentes. Ha sido un chaval, un adolescente”. “Sí, seguramente tienes razón”, me dije. No había visto su edad en la ficha, pero, desde luego, por probabilidad, lo más fácil es que hubiera sido un adolescente. La imagen de un hombre mayor arrancando las páginas cual censor se esfumó de mi mente. Sin embargo, ¿por qué iba a arrancar las hojas un adolescente? Tomé el ejemplar del libro que guardo en casa y lo abrí por donde habían sido arrancadas las páginas en el de la biblioteca, como buscando respuestas en el propio libro, en el propio cuento. Sí, tal vez en él estuviera la clave, la pista que faltaba. Lo volví a leer. El narrador es ciego y al principio cuenta su primer encuentro sexual con una mujer. La describe a ella físicamente a través del tacto y de los olores. Todo muy sensualmente, claro. Ella, muy lanzada, muy cachonda, toma las riendas (ya que ella no es ciega) y le baja los pantalones, los calzoncillos, y se la empieza a chupar con la destreza que da la experiencia. Pero entonces un resplandor blanco le golpea con fuerza al ciego y, poco a poco, empieza a ver. Sí, gracias al sexo, increíblemente, puede ver todo lo que le rodea, a la chica trabajándole y demás. Cada vez se encuentra más excitado y aturdido, todo es nuevo para él. Y entonces pasa la acción a la siguiente página, la que habían arrancado. Sí, en lo más interesante, habían arrancado la página. No tenía mucho sentido. “Si alguien leyera sólo la primera página, creo que se quedaría con las ganas”, pensé en voz alta. “¿No te das cuenta?”, me dijo mi chica, “Ahí está la explicación”, y rompió a reír, “Un chaval se ha animado con el cuento y ha acabado corriéndose sobre las páginas del libro. Como con el pringue resultante se han pegado varias hojas, el chaval, avergonzado, ¿qué hace? Las arranca y elimina las pruebas de lo que ha hecho”. Me quedé mudo, doblemente sorprendido. Primero, porque se le hubiera ocurrido una explicación así a mi chica (y no a mí), y segundo, porque casaba todo perfectamente. La mente femenina es retorcida, desde luego. Tenía sentido, tenía mucho sentido. Un adolescente no es un censor, sino todo lo contrario, es un salido, pensando siempre en lo único. Era sólo una hipótesis, pero –no podía evitarlo- me encantaba. “Enigma resuelto”, pensé.


sábado, 11 de agosto de 2012

EN EL FESTIVAL DE CINE DE CALANDA

Ayer, en el Festival de Cine de Calanda, se presentaron las novelas "Asesinato en el club nudista", de Roberto Malo, y "Una familia normal", de Santiago Gascón. En la fotografía, Santiago Gascón, autor de "Una familia normal", Javier Espada, director del Centro Buñuel Calanda y del Festival de Cine 22 x Don Luis, Roberto Malo, autor de "Asesinato en el club nudista", y David González, editor de Nalvay.

Fue un acto ameno y divertido que contó con una notable asistencia y tanto Santiago como un servidor firmamos un buen puñado de libros. Lo cierto es que pasamos una jornada de cine (en todos los sentidos) y las gentes del festival nos trataron de maravilla. Habrá que volver, sin duda. 

Os podéis descargar el primer capítulo de "Asesinato en el club nudista" (las 25 primeras páginas) en la web de Nalvay:

 

miércoles, 8 de agosto de 2012

PRESENTACIÓN DE "ASESINATO EN EL CLUB NUDISTA" EN EL FESTIVAL DE CINE DE CALANDA

El libro "Asesinato en el club nudista" (Nalvay, 2011), finalista en los Premios Ignotus en la categoría de mejor novela corta, se presentará el viernes 10 de Agosto en el Festival de Cine de Calanda.

 
La VIII edición del Festival de Internacional de Cine “22 x Don Luis” que se presenta bajo el lema “La Pulsión de la Mirada” cuenta este año para su cartel con una fotografía de Ouka Leele y recoge una amplia representación del mejor cine de autor y actividades paralelas relacionadas con el cine entendido como cultura.
El festival cuenta en la Sección Paralela una muestra de cortometrajes aragoneses “Made in Aragón”, que presentará 9 títulos con la presencia de varios de los realizadores.
También, en esta sección, se mantiene el compromiso del cine con los Derechos Humanos con varios títulos destacados y una mesa redonda. Participarán en esta sección Rosa Mª Calaf, Ouka Leele, Rafael Gordon y Sandra Barrilaro, entre otros.
Para completar esta sección se incluye una selección de cortometrajes de cine amateur procedentes de Barcelona y Madrid.
En la Sección Oficial se proyectarán 10 películas procedentes de México, Argentina y España, y contaremos con  directores, actores y distribuidores que presentarán ante el público las obras, optando al premio del público al mejor Cortometraje y mejor Largometraje.
Las actividades paralelas cuentan este año con  Pablo Blanes que inaugura su exposición fotográfica “abstrActor. Cuarta Pared”,  que estuvo en la pasada edición del Festival de Cine Español de Málaga.

La literatura estará presente con Roberto Malo y su libro-guión “Asesinato en el club nudista” y con Santiago Gascón que presenta su novela “Una familia normal”.

Para los más pequeños se ha organizado un taller de cine dirigido por el actor y director mexicano Ricardo Dávila. El trabajo final se proyectará el sábado 11 de agosto.
En la Gala de Clausura, se llevará a cabo la entrega de premios, se rendirá homenaje a Ventura Pons, Ouka Leele y Carmen Paris. El acto será presentado y conducido por Sergio Muro y Nieves Bertol
Durante la semana visitarán Calanda Pablo Blanes (expo fotográfica “abstrActor. Cuarta Pared”), Ricardo Dávila (director del corto “Los encantados” que dirigirá el curso de cine para niños), Hugo Ruiz (director de “Libertad”), Vicky Calavia (directora de “Tu alma es un paisaje escondido” y coordinadora de “Made in Aragón”), Rolando Flores (director de “Cabos sueltos”), Héctor Zampaglione y Luis Angel Bellaba (que presentarán el largometraje argentino “El estudiante”), Abdelatif Hwidar y Adán Aliaga (directores de “Kanimambo”), Rosa Mª Calaf (presentado la película de Roberto Lozano Bruna “Los ojos de la guerra”), Eric Francés (director de “The last skay”), Max Lemcke  y Fernando Tejero (director y protagonista de “5 metros cuadrados”), Martin Sastre (director de “Miss Tacuarembó”), Ouka Leele (directora de “PourQuoi?”), Alfonso de Lucas Buñuel, José Miguel Méndez y David González (presentando cine amateur desde Barcelona), Jesús Carlos Riosalido (del histórico cine club amateur madrileño), Carlos Bardém (intérprete en la película mexicana “Días de gracia”), Carmen París (que presenta el cortometraje de su padre, Salvador Paris, “De hombres es errar”), Ventura Pons (director de “Año de gracia”), Rafael Gordón (director de “La mirada de Ouka Leele”, película ya proyectada en este Festival) Isabel Caparrós (productora de “PorQuoi?”), Sandra Barrilaro, Roberto Malo (autor de “Asesinato en el club nudista”) y Santiago Gascón (autor de “Una familia normal”)
En resumen, se van a presentar 34 películas para homenajear a Luis Buñuel, algunas de ellas estrenos en España, y se van a realizar, a lo largo de la semana diversas actividades como exposiciones fotográficas, mesas redondas, presentaciones literarias y cine para los más pequeños.
Este Festival es posible por la colaboración y el apoyo de: Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), Gobierno de Aragón (Departamento de Educación, Universidad, Cultura y Deporte), Ayuntamiento de Calanda, Corporación Aragonesa de Radio y Televisión, Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), Instituto de México en España (IME).
También han colaborado Abaco Digital, Artix, Bodegas Bordejé, Caja Rural de Teruel, Cooperativa Calandina, Cooperativa San Miguel, Corona de Aragón, Línea Diseño, Proyectaragón, Tienda Universitaria de Zaragoza y Tolocha Producciones.
Días después del 29 aniversario del fallecimiento de Buñuel queremos ofrecer un homenaje en Calanda, abriendo una ventana al cine que creemos le hubiese gustado ver a Don Luis, jugando con la “pulsión de la mirada”, ese deseo de mirar y ser visto que da sentido al séptimo arte y a la octava edición de este Festival.

En la fotografía, Roberto Malo, autor del libro, y David González, editor de Nalvay, en una pasada presentación de "Asesinato en el club nudista". De nuevo estaremos juntos, y en Calanda nada menos. ¡Nos vemos!