martes, 14 de agosto de 2012

EL CUENTO MUTILADO



Cierto día –hace ya algunos años- decidí presentarme al concurso de relatos de mi ciudad. No sabía bien lo que hacía, desde luego. Si hubiera sospechado entonces que mi obra iba a acabar siendo arrancada, mutilada... En fin. Paso a paso. El concurso estaba dotado con un primer premio y dos accésits y seleccionaban además otros siete cuentos para su publicación en forma de libro, y a los diez elegidos se les regalaban veinte ejemplares de dicho libro. No estaba mal, se podría pensar; estaba claro que no iba a ganar (ni soñarlo, vamos), pero por lo menos con un poco de suerte me publicaban el cuento y además lo podía dar a los amigos. “Eso ya era algo”, me decía con candidez. Definitivamente, no sabía dónde me metía.
La primera vez que me presenté (porque hubo varias) lo hice con un solo cuento. Se podían presentar cuantos cuentos se quisieran, pero yo estimé que con un relato y mi talento ya era suficiente para arrasar. Supongo que también tuvo algo que ver el hecho de que hubiera que presentar el cuento por quintuplicado, que la pela es la pela y un aspirante a escritor se ve obligado a realizar cualquier trabajo –vejatorio incluso- para poder pagar tanta fotocopia y tanto envío. El cuento, por cierto, estaba escrito a máquina, y eso que ya por entonces se estilaba pasar todo a ordenador, todo el mundo tenía ordenador, vamos; pero a mí, tengo que confesarlo, esos bichos llenos de cables no me acababan de convencer. Seguía fiel a mi máquina de escribir, “hasta la muerte”, me decía. El caso es que llevé el cuento en mano a las oficinas de Cultura (una cosa que me ahorraba en Correos) y allí una mujer muy amable me atendió y me entregó un resguardo con el número del cuento: 153, creo recordar. Faltaban todavía varios días para que acabara el plazo de entrega de originales, así que aún se podrían presentar muchos más. Al ver el abultado montón de relatos recibidos, todos apilados en cinco montones, pensé que a lo mejor no era tan fácil ser uno de los diez elegidos.
Y no me equivocaba, ya que no lo fui. Ni premio, ni accésit, ni seleccionado. Pero había aprendido algo (o eso creía, ingenuamente) y al año siguiente me presenté (je, je, soy un genio) ¡con dos cuentos! Ahora sí que era mi hora, me decía. Claro, supeditar todo a un solo cuento no había sido muy lógico por mi parte. Pero ahora, ya con dos, era diferente. Los volví a presentar en mano y escritos de nuevo a máquina. Allí, una mujer muy amable (la misma del año anterior, claro) me comentó: “Tú te presentaste el año pasado, ¿verdad?”. “Así es”, respondí, contento de su buena memoria. “Lo sabía”, sonrió, “Eres el único que presentó el cuento a máquina. Como este año, por lo que veo”, remarcó y depositó las cinco copias de los dos cuentos sobre cinco grandes montones, más o menos tan altos como los del año anterior. Avergonzado, caí en la cuenta de que todos los cuentos que se veían desparramados -como el de arriba y los que sobresalían por los lados-, sí, todos estaban escritos a ordenador. Como el año anterior, por supuesto, aunque en ese momento no le diera a semejante constatación mucha importancia. Pero la tenía, no cabía duda. Todo el mundo escribía a ordenador menos yo. Yo era un paleto, un borrego, un retrasado tecnológico.
Por supuesto, como no podía ser de otra manera, ni gané el premio, ni me dieron ningún accésit, ni fui seleccionado siquiera. Fue como si silenciosamente, aviesamente, me dijeran todos los miembros  del jurado: “Cómprate un ordenador, coño, y deja de hacer el imbécil”. Entendí el mensaje, pero no me compré un ordenador (menudo soy yo). Eso sí, conseguí uno (un tastarro, tan viejo y traqueteante como mi máquina de escribir), pero prácticamente gratis, ¿eh?
Al año siguiente, en lógica progresión, decidí presentar tres cuentos al concurso. Y escritos a ordenador. La bomba, vamos. Tres cuentos, tres, tres posibilidades de triunfo. Y a ordenador. No podía fallar. Ahora sí que no. Era pan comido, me decía. Mi estrategia, por fin, estaba bien trazada. Sólo faltaba elegir los tres cuentos, lo más importante ya estaba hecho. Pronto me decidí por dos: para casi todo el mundo, eran fantásticos (de fantasía, vamos). Sólo me faltaba elegir otro más. Un último cuento con que redondear la jugada. Tras sopesar unos cuantos, pensé, medio en broma medio en serio, en enviar un cuento pornográfico que había escrito recientemente, diciéndome a mí mismo: “A ver, has probado casi todos los géneros. ¿Cuál te falta? El pornográfico”, pensé rotundamente, y dicho y hecho. A los pocos días lo había terminado, de un tirón. Le comenté a mi chica que qué le parecía el enviarlo. A ella, curiosamente, le pareció una idea estupenda. “Los del Ayuntamiento son unos verdes”, me dijo, “Sí, mándalo”. Sin embargo, a mí el mandarlo me parecía muy poco apropiado. ¿Cómo iba a ser recibido un cuento declaradamente pornográfico en un concurso literario más o menos serio? Si no me atrevía a mandar cuentos de ciencia ficción, por no quedar mal, como un inmaduro, como un subnormal, ¿me iba a atrever en cambio a enviar uno porno? No sé bien cómo, pero me atreví. Me dije a mí mismo, qué coño, el cuento es bueno, pornográfico, pero no está mal. Sin embargo, creo que en el fondo lo presenté para incordiar, como una forma de cachondearme, no sé bien de qué, como si hubiera hecho una apuesta estúpida conmigo mismo, como si me hubiera dicho: “¿A que no hay huevos de enviarlo?”. Y lo envié, claro (por huevos va a ser), junto a dos joyas literarias, eso sí, que valían su peso en oro.
Llegó la fecha del fallo del concurso y por primera vez estaba hecho un manojo de nervios. Tenía la sensación, casi la certidumbre, de que esta vez estaban los hados de mi lado. No podía fallar, ya estaba maduro para el premio, me repetía. Pero un año más, lamentablemente, el premio no llegó. Me enteré por la prensa, como siempre. Señalaban el nombre del ganador, y no coincidía con el mío, y los de los dos accésits, y tampoco. De nuevo, no había ganado. ¿Qué había fallado? ¿Cómo podía ser? Me hundí. Creo que toqué fondo. Era una mierda de escritor, eso era lo que pasaba. Sin embargo decidí analizar fríamente la situación. Había mandado tres cuentos, el número mágico, y no había servido de nada. Por primera vez los había presentado a ordenador (todavía recordaba la cara de aprobación de la mujer tan amable de Cultura cuando le pasé las copias a ordenador), pero tampoco había servido de nada. Tal vez, me dije, por lo menos había sido seleccionado (en el periódico no mencionaban para nada los seleccionados, sólo los premiados). Sin embargo, pasaron varios días y ninguna carta llegó a mi casa para informarme de ello, nadie llamó para decirme que había sido seleccionado. No, de nuevo había fracasado por completo. ¿Por qué? No tuve ninguna duda: por haber enviado el cuento pornográfico. Eso había perjudicado a los otros dos cuentos. Los otros dos eran buenísimos, muy bien escritos, muy bien llevados, con un gran estilo, pero claro, oh, fatalidad, estaban escritos con el mismo tipo de letra que el tercero, el pornográfico, y claro, ningún miembro del jurado iba a premiar a un degenerado que escribía guarradas. El cuento había hecho desestimar a los otros dos, que no tenían sexo en sus páginas pero llevaban el estigma, la marca del mismo perturbado autor. Lo comprendí claramente: mandar tres cuentos había estado bien, sí, en eso no me había equivocado, pero no había acertado con el tercero. Lo había mandado medio en broma, por hacer la gracia, y la gracia, la broma, me había salido muy cara. Una mala elección, eso había sido. Me dije que al año siguiente mandaría tres, sí, de nuevo tres, pero ninguno pornográfico. La próxima vez, desde luego, me lo tomaría más en serio. Había aprendido la lección, una vez más, a fuerza de equivocarme.
Sin embargo, dos semanas después del fallo del premio, cuando ya casi ni me acordaba del concurso, una carta del Ayuntamiento apareció en mi buzón. Me anunciaban, para mi sorpresa, que uno de mis cuentos había sido seleccionado. Increíblemente, ¡habían seleccionado el cuento porno! Sonreí por partida doble: me habían seleccionado, cuando ya no contaba con ello, y para más inri habían elegido el cuento pornográfico. Al final iba a resultar que los del Ayuntamiento eran unos verdes, como había dicho mi chica. Me embargó una gran emoción. No iba a ganar nada de dinero, qué se le va a hacer, pero me iban a dar veinte ejemplares del libro, y así por lo menos podría regalar el cuento a los amigos.
A los pocos días, por correo urgente, me enviaron las pruebas del relato para que las revisara. Con un rotulador rojo para la ocasión, localicé y señalicé unas treinta erratas en las diez páginas del relato y lo devolví resueltamente al Servicio de Cultura. Allí me enteré de que en el libro sólo íbamos a ser nueve los elegidos en lugar de los diez habituales. Al parecer, un conocido escritor con varias novelas ya publicadas había sido elegido entre los diez, pero sólo como seleccionado, y claro, había declinado aparecer en el libro para no desacreditarse como narrador solvente o para poder enviar el relato a otro concurso, vete a saber.
Un mes y medio después se presentó el libro. Acudí a la presentación, por supuesto; para estas cosas me puede siempre la curiosidad. Además, a todos los asistentes se les regala un ejemplar, y así me pude ir de allí con el libro ya en mi poder, ya que los veinte ejemplares pertinentes se nos enviarían por correo más adelante. Al releer entonces mi cuento, descubrí que todavía aparecían unas ocho o nueve erratas. El corrector se había tocado los huevos, el muy cabrón. Por supuesto, no fui el único perjudicado. En prácticamente todos los cuentos había erratas. (Esto pasaba porque no pedían los cuentos en disquette; en el fondo, los del Ayuntamiento estaban casi tan atrasados tecnológicamente como yo.) Tengo que aclarar que siempre he tenido una mala relación con las erratas, hasta límites insospechados. Tal vez sea una extraña manía que tengo. Pero no las aguanto. De verdad que no. Son capaces, a su manera, de destrozar por completo un cuento. Recuerdo que uno de los primeros cuentos que publiqué, en una antología infecta que no quiero ni mentar, apareció prácticamente muerto y rematado. El relato estaba salpicado con unas erratas tan bien distribuidas que conseguían hacerlo completamente ininteligible: faltaban palabras enteras en cualquier frase, desaparecían artículos y preposiciones como por arte de magia. El cuento, para mayor tragedia, era hiperbreve, y cada palabra era definitiva. El cuento tenía quince erratas (de las gordas) en doce líneas. Más erratas que líneas, sí, no es fácil llegar a semejante precisión.
En este caso, todo hay que decirlo, no era tan grave. Se podía arreglar mal que bien. En plan chapucero, claro. Decidí corregir las erratas directamente sobre el libro impreso, con un rotulador negro de punta fina, a fin de que se pudiera leer el relato como estaba en un principio concebido (o sea: sin erratas). Me sentía un poco estúpido corrigiendo el libro, para qué negarlo, pero pensaba que las personas que lo leyeran lo agradecerían. (A mí, por lo menos, me cabrea mucho el encontrarme con errores en los textos.) Que mi cuento podía ser una mierda, sí, desde luego, pero por lo menos que apareciera tal cual era. Sin embargo, la edición, por otra parte, tampoco ayudaba mucho: un tipo de letra pequeña, horrible, una maquetación de aficionado, una portada que se doblaba como si fuera de mal papel... Bueno, esto último no solía ser así. (El resto sí, el Ayuntamiento llevaba toda la vida sacando ediciones lamentables.) Parece ser que la portada había salido defectuosa y, claro, decidieron sacar otra edición con una nueva portada que no se doblara tan fácilmente. Por tanto, se retrasó el envío de los nueve relatos a los nueve elegidos. Dos meses después de la presentación del libro, sí, ¡dos meses después!, me llegaron mis veinte ejemplares.
Había que repartirlos entre la familia y las amistades. Pero primero había que “limpiarlos” de las erratas. Así que cogí mi rotulador negro y fui tachando los errores, página a página, un ejemplar tras otro. A continuación, ya sólo quedaba repartirlos, entregarlos. Creo que en ese momento, acaso por vez primera, caí pasmosamente en la naturaleza de mi cuento. Era pornográfico. ¿Cómo se lo tomarían todos? Bueno, mi madre se había leído muchos de mis cuentos, todos le parecían bien y sabía que era un guarro; no había ningún problema, vamos. Mi hermana, mi hermano, bueno, ya me conocían. Sin embargo, mi suegra... Mi suegra... No creo que le encontrara la gracia (porque era pornográfico pero divertido o, por lo menos, pretendía serlo). No, mejor no darle ningún ejemplar. El problema era que ella sabía (por mi chica) que yo había sido seleccionado. De todas formas, no tuve valor para dárselo. Lo único que le fui dando fueron largas: que era una mala edición, que había erratas, que no era gran cosa, que no me quedaban más ejemplares (lo último, por cierto, también era cierto: me los solté todos rápidamente, como si me quemaran).
Y llegaron las reacciones. Las amigas me decían “que estaba muy bien, pero muy guarro” o bien “está bien escrito, muy divertido, pero eres un guarro”. Por lo menos, eran sinceras o, al menos, lo parecían. Los amigos lo acogieron con cierta perplejidad. “¿Un cuento porno?”, me decían extrañados. Un gran amigo (que desde ese día todavía lo quiero más) me hizo el comentario que me llegó al alma. Me dijo que al leerlo se puso como una moto, cachondo perdido, y que estuvo a punto de pajearse allí mismo. ¡Dios mío, mi cuento había provocado una erección! ¡Había triunfado!, no cabía duda. El cuento había cumplido con sus propósitos. Uno escribe un cuento triste y espera que el lector se emocione. Uno escribe un cuento divertido y espera que el lector se ría. Uno escribe un cuento porno y espera... sí, que el lector se excite. Todavía hoy, se me erizan los vellos de mi nuca al recordar las palabras de mi amigo. Por lo demás, el mundo no cambió lo más mínimo por el hecho de que apareciera un cuento mío en una triste antología.
Un buen día, poco tiempo después, vi el lomo del libro en la biblioteca de donde soy socio. Sé perfectamente que este tipo de libros apenas se cogen, apenas se prestan, pero me daba cierta rabia pensar que las cuatro o cinco personas anónimas que lo leyeran lo leyeran con las nueve erratas malditas. Así que decidí solucionarlo y al día siguiente me presenté en la biblioteca con un rotulador negro con la fría determinación de corregirlo. Tomé el libro, abrí las páginas, localicé los errores, pero me di cuenta de que si me sentaba en una de las sillas de la biblioteca y lo retocaba allí mismo me iban a tomar por un perturbado, por un salvaje escribiendo sandeces en un libro. No, era una estupidez supina, una locura. Decidí llevármelo, pero como en ese momento tenía ya tres libros en casa (el tope de lo que se podía sacar) no me lo podía llevar, así que dejé lo de llevármelo para otro día. Una semana después, más o menos, volví a la biblioteca. Me daba cierta vergüenza coger un libro en el que aparecía un cuento mío (no sea que me viera alguien, debía pensar) y, además, me resultaba patético el querer apañar las erratas para futuros e hipotéticos lectores, así que lo tomé de la estantería de un rápido movimiento, casi furtivamente, sin hojearlo lo más mínimo, lo tapé de forma solapada con una gran novela que cogí en ese momento al azar, para que no se notara mucho lo que me llevaba, pasé los dos libros por la máquina y me fui de allí con pies ligeros, como un espía internacional que ha robado unos importantes informes para sabotearlos. Al llegar a mi casa, abrí el libro. Y lo abrí directamente por mi cuento. No era difícil conseguir esa proeza. Habían arrancado mi cuento. De cuajo. Aparecía la primera página de mi cuento (la segunda carilla, digamos, la par) y, al lado, el inicio del siguiente relato, la página en la que aparecía el título del cuento y el nombre del autor. Entre medio, sobresalían unos trozos dentados de las cuatro hojas del cuento que faltaban. De cinco hojas (diez páginas numeradas) sólo habían dejado la primera. Y la anterior, en la que figuraba solamente el título del cuento y mi nombre. Una imagen vino a mi mente: un hombre mayor, arrancando las hojas en un arrebato de furia y gritando: “¡¡Esto es pornografía!!”. Rompí a reír, no pude evitarlo. Me parecía divertidísimo, mi cuento había conseguido una reacción encendida, un rechazo, una forma de censura bárbara. Sin embargo, había algo en ese razonamiento que no acababa de cuajar y de entenderse del todo. ¿Por qué había dejado entonces la primera hoja intacta? Si era una forma de censura, ¿por qué había dejado el inicio? De hecho, en el inicio ya había sexo explícito, una buena felación, vamos. ¿Por qué dejar eso? ¿Para que la gente viera que era pornográfico lo que había arrancado? ¿Para justificarse? No, no tenía mucho sentido. Había que pensar en otra opción. Como soy un paranoico, no tardé en pensar otra explicación. Habían arrancado las páginas para joderme. A mala hostia. Sin duda alguna, alguien que me conocía. ¿Pero quién? ¿Quién podía haber hecho eso? Bueno, todos tenemos enemigos (¿quién no?), pero no me imaginaba a nadie haciendo eso, la verdad, arrancando hojas de un libro como forma de afrenta. ¿Qué conseguían con eso? Nada, absolutamente nada. El libro se repondría a la larga, yo nunca me enteraría de nada (en condiciones normales, claro). ¿Para qué entonces molestarse? Y además, si me querían borrar, eliminar, ¿por qué dejar la página en la que aparecía mi nombre y el título del cuento? ¿Por qué dejar la primera página del relato? No, no tenía ningún sentido. Se mirara como se mirase, no tenía ningún sentido. Sin embargo, podía tenerlo; sólo había que encontrarlo. Se había instalado una duda en mi mente, un enigma, e iba a hacer lo que fuera, lo que estuviera en mi mano, para aclararlo. Por mis cojones, me dije, me iba a enterar de quién había arrancado mi cuento.
Le expliqué a mi chica lo que había pasado y le pregunté qué le parecía todo. “Ha sido un fan”, dijo ella sonriendo. “Imposible”, medité, “El fan no hubiera dejado la primera página”. “Cierto”, aceptó, “Veamos... Y si lo hubiera empezado a copiar, pero se cansa de escribir y decide arrancarlo”. “No se sostiene”, le dije, “Lo fotocopia, no lo arranca”. “De acuerdo. No sé... Pero ha sido un hombre”, declaró rotundamente. “¿Por qué?”, quise saber, intrigado. “Ninguna mujer arrancaría las hojas de un libro”, se explicó ella. Sonreí. “No le veo la lógica a tu explicación, pero te diré algo: Estoy de acuerdo. Estoy seguro de que esto lo ha hecho un hombre. Sencillamente, le pega hacerlo a un hombre. Observa. Las hojas están arrancadas de cuajo, dejando parte de la hoja en el libro, sin molestarse en disimular que ha arrancado las páginas. No es un trabajo limpio, en definitiva. Una mujer hubiera recortado las puntas de las hojas con unas tijeras, lo hubiera dejado de tal manera que no se notase que faltan páginas. Sí, las mujeres sois concienzudas, meticulosas, aplicadas. No unos dejados como los hombres”. “Estoy completamente de acuerdo”, asintió ella, ”Me has convencido. Bueno, ¿y qué vas a hacer ahora?”, me preguntó para zanjar el tema. “Volver al lugar del crimen”, le dije con una idea en mente.
Al día siguiente volví a la biblioteca con el libro mutilado oculto en una bolsa. Como buen paranoico, en primer lugar hojeé varias antologías en las que figuraban cuentos míos. La imagen de una persona que arrancaba mis cuentos de todos los libros de la biblioteca pugnaba con fuerza por salir. Afortunadamente, mis cuentos seguían ahí. La idea de un asesino sistemático de mis cuentos estaba bien, pero no resultaba plausible, gracias a Dios. Por otro lado, no había a la vista ningún ejemplar más de la edición en la que aparecía mi cuento. De hecho, no creo que hubiera más ejemplares (yo, por lo menos, no había visto más). Con lo que se cogía el libro, se podría pensar, con uno valía. Sin embargo, por si acaso, me iba a enterar si había más. Podía mirarlo en los ordenadores de consulta, pero yo necesitaba más información, así que me acerqué al mostrador de información. Tengo mucha confianza con dos o tres personas de la biblioteca (son muchos años viniendo y, además, cuento cuentos de forma periódica en la propia biblioteca), así que le hice un gesto a la encargada con la que tenía más confianza y pasé dentro a su lado. Ella estaba sentada ante un ordenador, algo alejada del mostrador. Mejor así. Más intimidad. Le conté brevemente el caso, como si fuera un chiste muy divertido, y le enseñé el libro. Ella se asombró sobremanera. “¿Quién ha podido hacer esto?”, se preguntó. La cosa empezaba bien, la verdad. Yo le pregunté si había algún otro ejemplar, no sea que hubiera corrido la misma suerte. Ella consultó en el ordenador y sí, en los fondos había otro ejemplar, pero todavía no lo habían catalogado y, por lo tanto, no había salido todavía al público. Así pues, como yo me había imaginado, a efectos prácticos sólo había un ejemplar. Y ese ejemplar, hacía una semana, se encontraba bien, ya que yo lo había hojeado. Si a esto sumamos que los de relatos son libros que se prestan poco, en la anterior persona que había cogido el libro estaba a buen seguro la persona que lo había destrozado. “¿Podríamos ver las últimas personas que han cogido el libro?”, le pregunté, como si la idea se me hubiera ocurrido en ese momento. Me sentí transportado a la película Seven. “Es información confidencial”, me informó ella. “Lo sé”, asentí, “Pero sólo necesito un nombre, el anterior a mí”. “Tienes suerte”, me sonrió, “Los dos últimos se pueden ver”. Como el último era yo, me abrió directamente los datos del anterior. Primero vimos su número de carnet de socio. Luego las casillas de sus datos, todavía en blanco. Mientras esperábamos que aparecieran, yo sentía una emoción y una tensión indescriptibles (y creo que en parte ella también). Yo era un intrépido investigador, ella, la experta en informática, e íbamos a averiguar el nombre de mi oponente. Al poco aparecieron sus dos apellidos. Afortunadamente, no me decían nada. Poco después apareció el nombre. Nombre de hombre. Tampoco me decía nada. Aliviado, le di las gracias a la bibliotecaria y le pedí que perdonara que hubiera sido tan paranoico. Ella le restó importancia. En realidad, creo que ella tenía tanta curiosidad como yo en ver el nombre del responsable. Por mi parte, había memorizado el nombre, por supuesto, y en cuanto salí de la biblioteca lo escribí en un papel. El nombre de la persona que había arrancado el cuento estaba en mi poder.
Poder. Sí, eso era lo que sentía. El poder insustancial de saber. Aunque, en realidad, claro, nada era seguro. Una persona podía haber arrancado las hojas del libro en la propia biblioteca, sin sacarlo de allí. Pero arrancar las hojas de un libro, dentro de una biblioteca, no sé, no lo veía nada fácil. Ni lógico. Sin embargo, ¿acaso había algo lógico? Bueno, lógico o no, tenía el nombre del responsable y de momento me encontraba mucho más tranquilo. Como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Cuando llegó mi chica a casa le enseñé el nombre escrito en un papel y le dije lacónico: “Éste es el que lo ha hecho”. Ella miró el nombre y me preguntó: “¿Lo has buscado en la guía?”. No, no lo había buscado. Así que cogí la guía de la ciudad y busqué los apellidos culpables. El primero lo encontré, pero no había ninguno con el segundo también. Mala suerte. “Lástima”, me dijo mi chica, “Podías haberle llamado, haberte hecho pasar por un empleado de la biblioteca y acojonarlo”. Caramba con mi chica. Cómo se las gasta. “¿Sabes qué quiere decir que no aparezca en la guía?”, me dijo a continuación, “Que es joven, que vive todavía con sus padres. No es una persona mayor; si no, seguramente aparecería. Además, es lógico. Los mayores van a la biblioteca a leer el periódico, alguna revista, pero apenas cogen libros. La mayoría de los socios son estudiantes, adolescentes. Ha sido un chaval, un adolescente”. “Sí, seguramente tienes razón”, me dije. No había visto su edad en la ficha, pero, desde luego, por probabilidad, lo más fácil es que hubiera sido un adolescente. La imagen de un hombre mayor arrancando las páginas cual censor se esfumó de mi mente. Sin embargo, ¿por qué iba a arrancar las hojas un adolescente? Tomé el ejemplar del libro que guardo en casa y lo abrí por donde habían sido arrancadas las páginas en el de la biblioteca, como buscando respuestas en el propio libro, en el propio cuento. Sí, tal vez en él estuviera la clave, la pista que faltaba. Lo volví a leer. El narrador es ciego y al principio cuenta su primer encuentro sexual con una mujer. La describe a ella físicamente a través del tacto y de los olores. Todo muy sensualmente, claro. Ella, muy lanzada, muy cachonda, toma las riendas (ya que ella no es ciega) y le baja los pantalones, los calzoncillos, y se la empieza a chupar con la destreza que da la experiencia. Pero entonces un resplandor blanco le golpea con fuerza al ciego y, poco a poco, empieza a ver. Sí, gracias al sexo, increíblemente, puede ver todo lo que le rodea, a la chica trabajándole y demás. Cada vez se encuentra más excitado y aturdido, todo es nuevo para él. Y entonces pasa la acción a la siguiente página, la que habían arrancado. Sí, en lo más interesante, habían arrancado la página. No tenía mucho sentido. “Si alguien leyera sólo la primera página, creo que se quedaría con las ganas”, pensé en voz alta. “¿No te das cuenta?”, me dijo mi chica, “Ahí está la explicación”, y rompió a reír, “Un chaval se ha animado con el cuento y ha acabado corriéndose sobre las páginas del libro. Como con el pringue resultante se han pegado varias hojas, el chaval, avergonzado, ¿qué hace? Las arranca y elimina las pruebas de lo que ha hecho”. Me quedé mudo, doblemente sorprendido. Primero, porque se le hubiera ocurrido una explicación así a mi chica (y no a mí), y segundo, porque casaba todo perfectamente. La mente femenina es retorcida, desde luego. Tenía sentido, tenía mucho sentido. Un adolescente no es un censor, sino todo lo contrario, es un salido, pensando siempre en lo único. Era sólo una hipótesis, pero –no podía evitarlo- me encantaba. “Enigma resuelto”, pensé.


4 comentarios:

Ginés Vera dijo...

Enhorabuena de nuevo, Roberto. Mira que me digo si es largo ya lo leo otro dia pero es que engancha. Genial, de verdad. Sigue, que ya estoy con mono de otro. Un saludo.

Marcos Callau dijo...

Desde luego, tiene que estar contento el autor del cuento... provocar esas reacciones en sus lectores. Es un puntazo que incluyas un enlace a otro relato tuyo, dentro de un nuevo relato. Está genial, Roberto... muy bueno, de verdad. Si me lo permites, lo compartiré. Un abrazo.

roberto dijo...

Gracias, Ginés, por cuentos va a ser. Pondré los que haga falta.

roberto dijo...

Sí, Marcos, me parecía muy apropiado poner enlace al cuento "Veo por ti", ya que se habla tanto de él.

Y comparte, comparte, será un honor.