domingo, 30 de noviembre de 2025

ANIMALES

           ¡Rííínngg!

—¿Sí?

—Silvia, oye, que soy Clara. ¿Cómo quedamos?

—Pásate por mi casa.

—Vale, ahora voy.

Clara colgó el teléfono, se puso los zapatos, cogió dinero, las llaves, se miró un rato en el espejo y salió del apartamento. Dio unos doce pasos y entró en un portal. Era una suerte que su mejor amiga viviera en la misma calle. Subió unos cuantos escalones, llegó a la puerta de Silvia y pulsó el timbre. Al instante, Silvia le abrió la puerta y las dos pasaron al cuarto de estar.

—Chica, qué guapa te has puesto.

—¿Te gusta el conjunto? —preguntó Clara mientras giraba sobre sí misma.

Silvia la miró de arriba abajo.

—Bueno, la minifalda desde luego es mini.

—Me encanta estar provocativa —sonrió Clara.

—¿Qué quieres tomar?

—Ponme un martini. Hay que celebrar que es viernes.

—Sí, benditos sean los fines de semana.

Silvia fue a por las bebidas y Clara se sentó en un sofá.

Estando sentada, observó una mosca que daba vueltas sobre su cabeza. Se levantó y abrió la ventana que había en la habitación.

—Sal, anda —le dijo—. Vete de aquí.

Así lo hizo la mosca, que al instante salió volando por la ventana. Después Clara cerró la ventana y se volvió a sentar.

Silvia entró trayendo dos martinis. Clara tomó el suyo y dio un sorbo.

—¿Qué haremos hoy? —preguntó Silvia.

—Lo de siempre —respondió Clara con un suspiro—. Nos ligaremos a dos guapos mozos.

—Qué monotonía —dijo Silvia sonriendo.

—Sí, es muy duro. Oye, enciende el televisor, que echan una película de Matt Dillon.

—¿Sí? No lo sabía. ¿Cuál?

—Rumble fish.

—Pues a verla —dijo Silvia mientras encendía el televisor.

En la pantalla, Mickey Rourke apareció observando unos pececillos de colores. A la vez, el canario de Silvia se puso a cantar en la habitación.

—No sé cómo soportas al canario —apuntó Clara, mirándolo con cierto odio.

—Es bonito —señaló Silvia.

—Sí, mucho, pero no para de cantar, y no me deja escuchar la película.

—Pero inunda el ambiente de poesía.

—Qué romántico —atajó Clara.

Se levantó del sofá y se acercó a la jaula del canario. Se le quedó mirando fijamente y le dijo:

—¡Cállate de una vez!

El canario dejó de cantar de golpe, como si se hubiera quedado mudo.

Clara sonrió y se volvió a sentar.

—Si no te conociera bien, me hubiera asombrado —dijo Silvia—. Nunca está callado. Pero, claro, con ese don que tienes para que te obedezcan los animales...

—Lista que es una. ¿Te acuerdas de cuando conseguí en el zoológico que un león me lamiera las manos?

—Sí, chica, sí. Y nunca olvidaré aquella vez que convenciste a un enorme gorila para que te diera un beso en la frente.

—Era monísimo —dijo Clara riendo.

—Estás loca. Si por lo menos te sirviera ese don para ligar con chicos guapos y millonarios...

—¡Qué pesada que eres! Te he dicho mil veces que con los hombres no me sale. Puedo ordenarle algo a un animal y seguramente lo hará, pero con los hombres es distinto. No tengo poder sobre sus actos..., pero ya quisiera, ya...

—¿Te acuerdas de cuando querías ligarte a Santi? —recordó Silvia—. Hay que ver cómo te gustaba...

—Sí, fue patético, ¿verdad? Me quedaba parada delante de él, mirándole a los ojos, y pensaba: “Bésame, bésame”. Y él no hacía nada.

—Hasta que yo te dije que deberías decírselo en vez de pensarlo.

—Sí, y en la fiesta del instituto me acerqué a él y le dije: “Abrázame, tengo frío”. Y él me dijo: “¿Has bebido?”.

—Bueno, no siempre se consigue lo que una quiere.

—Sí, claro —dijo Clara, resignándose.

Al rato, se acabó la película de Matt Dillon, al igual que la botella de Martini, pues todo tiene un fin en esta vida.

—¿Nos vamos? —preguntó Clara.

—Sí, vámonos ya —respondió Silvia—. La noche nos espera.

Salieron a la calle y, efectivamente, era de noche. Recorrieron dos manzanas hasta llegar al bar “Zoo”, en el cual entraron. Era un bar bastante amplio, con las paredes decoradas con unos bonitos dibujos de animales. Al bar acudía una “fauna” de todo tipo: modernos, rockeros, pijos, militares, macarras y algún que otro animal de ciudad. Como siempre, estaba lleno a rebosar. Silvia y Clara se abrieron camino entre la maraña de gente y consiguieron llegar (no sin muchos esfuerzos) a la barra. Allí trabajaban dos jóvenes camareros que casualmente eran muy amigos de las dos chicas. Ni que decir tiene que ellas dos no pagaban casi nunca las consumiciones.

—Hola, Silvia. Hola, Clara —saludaron ellos.

—¿Qué hay, chicos? —preguntó Clara.

—Ya ves, lo de siempre —habló uno de ellos—. Bueno, ¿qué vais a tomar?

—Un par de cubalibres —indicó Clara.

El más alto de los dos camareros fue a poner los dos cubalibres. El otro, más pequeño pero más fuerte que el mismísimo Sansón, fue a atender a otras personas al otro extremo de la barra.

Clara y Silvia estaban pegadas a la barra, totalmente rodeadas de gente. A su derecha, apoyados en la barra, dos ejecutivos esnifaban largas rayas de coca. A su izquierda, dos lesbianas se metían mano y dos borrachos se mantenían abrazados de pie como podían. Detrás de ellas, seis o siete militares se peleaban porque cada uno mantenía que la belleza del final de la barra —toda una mujer, sí señor, embutida en un vestido rojo escasísimo, que más bien parecía un bañador— le había guiñado el ojo sólo a él.

Hacía bastante calor, a pesar de dos enormes ventiladores que había en el techo. La música estaba alta, pero aun así se podía hablar sin necesidad de gritar mucho.

Los cubalibres no tardaron en llegar y ellas no tardaron en probarlos.

—Están bien cargados —dijo Clara.

—Como siempre —agregó Silvia.

—¿Ves a algún conocido?

—Es extraño, pero no veo a nadie.

—Bueno, alguno aparecerá.

Había un continuo movimiento de gente hacia la barra, hacia los baños y hacia la salida. En medio de todo esto, una hábil mano acarició el culo de Clara.

—¡Eh! ¿Quién me ha tocado el culo? —gritó Clara volviéndose, justo en el momento en que se había acabado la canción que sonaba en el bar, oyéndola por lo tanto todo el mundo.

—Ha sido Benito —dijo Silvia al verlo detrás de ella.

—Ha sido una tentación demasiado fuerte para mí —se disculpó Benito sonriendo.

Benito era un tipo feo (muy, muy feo), bajito, delgado, con unas manos muy largas y una entrepierna bastante inquieta.

—¡Eres un cerdo! —le espetó Clara.

—Bueno, bueno, sin faltar —se defendió Benito.

—No podía haber sido otro —apuntó Silvia—. Es un degenerado, un loco.

—Sí, estoy loco —admitió Benito—, pero loco por ti, Clara. Estoy enamorado de ti.

—No me hagas reír —dijo ella.

—De cada veinticuatro horas que dura el día, veinte horas pienso en ti —dijo él, y la cogió del brazo.

—O sea, que estás veinte horas empalmado —corrigió ella.

—Clara, si me rechazas, me suicido —dijo Benito muy seriamente.

—¡Muérete! —gritó Clara.

Benito agachó tristemente la cabeza, dio media vuelta y avanzó cabizbajo, derrotado, hacia la salida del bar. Pero su rostro fue a dar de lleno contra los senos de una altísima morena que entraba en el bar en ese momento. Se puede decir que su cara rebotó como si hubiera chocado contra un colchón de dos palmos de espesor. Una vez recuperado de la impresión, la miró de arriba abajo y le dijo:

—Nena, estoy locamente enamorado de ti. De cada veinticuatro horas que dura el día, veinte horas pienso en ti.

—Pocas horas me parecen —dijo ella, y pasó de largo.

Silvia y Clara se rieron y dieron un trago a su bebida. Por aquel entonces, los militares seguían pegándose, pero no con la eficacia y energía del inicio del combate. Casi todos sangraban por pequeñas heridas y el agotamiento podía con ellos. La chica del vestido-bañador rojo se acercó a ellos y les dijo:

—Dejad de pegaros y seguidme. Si queréis cansaros, ya me encargaré yo de eso.

Y los siete militares salieron con ella del bar.

Silvia miró a su alrededor; los dos borrachos habían conseguido salir del bar y los dos ejecutivos hacían el ridículo intentándose ligar a las dos lesbianas.

—En fin, ¿nos vamos a “La Selva”? —comentó Clara tras acabar la bebida.

—Bien, vámonos.

—¿Pagamos?

—Sí, chica. Hoy me encuentro generosa.

Pagaron las consumiciones (para asombro de los camareros) y salieron del bar. Dieron cuatro pasos y entraron en el bar de al lado. Se llamaba “La Selva” y estaba decorado con palmeras artificiales y dibujos de Tarzán en las paredes. Era un bar algo más tranquilo, adecuado para el ligue. Clara y Silvia solían entrar solas y, al ser las dos bastante resultonas, solían salir acompañadas. La música sonaba muy de fondo (en estos momentos sonaba The Dreamers, de John Zorn), había aire acondicionado y unos buenos y acondicionados reservados.

Silvia y Clara llegaron a la barra y pidieron dos pelotazos a una escultural camarera negra que llevaba un vestido de piel de leopardo. Silvia se apoyó de espaldas a la barra y observó a su alrededor. El tipo que estaba justo enfrente de ella se acercó rápidamente.

—Hola. ¿Te acuerdas de mí? —se apresuró a decir.

Ella le miró fijamente, pareciéndole tremendamente atractivo. Iba bien vestido y parecía bastante fuerte. Se acordaba de él, por supuesto. No olvidaba con facilidad a alguien así.

—Oh, sí, nos conocimos en una fiesta, ¿verdad?

—Sí —asintió él, bastante aliviado—. Claro que no tuvimos ocasión de hablar mucho...

—Sí, estabas con aquella chica tan simpática —dijo ella fríamente.

—Ya..., bueno... Por cierto, ¿te llamabas?

—Silvia. Y tú, Ricardo, ¿verdad?

—Sí, vaya, veo que te acuerdas —dijo él con una sonrisa.

—Tengo buena memoria.

Mientras tanto, Clara tomó las dos bebidas. Los miró, y prefirió no interrumpirles para darle a ella su vaso. Si fuera preciso, ella se bebería los dos con tal de no molestarlos.

—Nunca te había visto por aquí —dijo Silvia.

—Es la primera vez que vengo. He venido con unos amigos —dijo Ricardo, señalándolos al fondo del bar.

Ella ni los miró; no apartaba la mirada de él.

Debió de pasar un ángel, pues los dos se quedaron callados, mirándose sin saber qué decir.

—Esta es Clara, una amiga —dijo ella por decir algo, tirando del brazo de Clara.

—Ricardo —se presentó él, y se dieron dos besos.

—Encantada —asintió ella, y se retiró de nuevo hacia la barra.

—Muy guapa tu amiga —apuntó Ricardo.

—Sí... —asintió Silvia.

—Pero tú eres de una raza aparte. Tú eres un ángel.

—Sí, claro —sonrió ella.

—O una diosa. Sí, eso eres —dijo exaltado—, una diosa. De otra galaxia, tal vez.

—Estás loco —bufó Silvia—. Como una cabra. Pero, ¿sabes?, me gusta lo que dices.

—A mí me gustas tú —dijo él—. Me gusta tu pelo, tu frente, tus ojos, tu nariz, tus orejas, tu boca, tu cuello y todo lo que hay debajo de él.

Silvia tragó saliva.

—¿Por qué parte quieres empezar? —preguntó.

—Por ahora, por la boca —dijo él.

Se besaron; era inevitable.

Clara los miró, y en ese momento tuvo la certeza de que ella se bebería los dos pelotazos. Bueno, no era la primera vez que Silvia la dejaba colgada; solía ocurrir. Ahora, se tenía que resignar a poner cara de “mujer-cuya-amiga-está-ya-ocupada” para ver si así alguien, aunque fuera por lástima, iba a acompañarla.

Observó a las personas del bar. Casi todos los hombres estaban ya con alguna mujer, y los que no lo estaban no eran gran cosa. Clara miró a Silvia y a su amigo, que se devoraban con fervor, y con mucho gusto ella se hubiera cambiado por Silvia. Cuando ocurría esto, Clara observaba la puerta del bar deseando que entrara su príncipe, pero nunca entraba.

“Quizás hoy sea diferente mi suerte”, se dijo mientras miraba la puerta. Y tal vez acertara, pues en ese momento entró un tipo alto, guapo y delgado en el bar. Entró caminando lentamente, mirando a su alrededor como si buscara a alguien. Clara vio su rostro entre la oscuridad del bar, al ser iluminado por un foco, aunque sólo parcialmente. Clara sintió que entraba en el bar el hombre de su vida.

“Tú eres mi príncipe”, pensó, “¿Me buscas a mí? Sí, seguro que me buscas. Ven, ven conmigo”.

Curiosamente, él comenzó a andar hacia ella.

“Oh, cariño, ven, ven”.

El tipo se plantó delante de ella.

“Dime algo”, pensó ella.

—Hola —dijo él.

—Hola —dijo ella.

“Abrázame”, pensó ella.

Él la abrazó muy tímidamente.

“Dime que me quieres”, pensó ella, asombrada, viendo que él le hacía caso.

—Te quiero —dijo él.

—Oh, yo también —dijo ella rápidamente—. ¿Quieres que nos vayamos a un sitio más tranquilo?

—De acuerdo —dijo él, bastante extrañado.

—¿Quieres que vayamos a mi piso? —preguntó ella.

—Bueno, eso me parece estupendo —dijo él mientras brillaban sus ojos, más por sorpresa que por excitación.

—Pues vámonos. Llevamos aquí demasiado tiempo.

Él la miró asombrado; casi no había entrado en el bar y ya iba a salir con ella.

—Pareja, me voy —dijo Clara a Silvia y Ricardo, mientras le tocaba el hombro a ella.

—Oh, no te vayas —empezó a decir Silvia.

—Me voy con este tipo a mi piso —dijo Clara señalándolo—. ¿No es guapo?

—Sí que es guapo, sí... —dijo Silvia algo aturdida, como pensando: “¿De dónde lo ha sacado?”.

—Bueno, adiós —dijo Clara, y salió del bar cogida del brazo de su acompañante.

—Esto... me llamo Álex —dijo él al llegar a la calle.

—Ah, yo Clara, encantada.

Álex se detuvo, la abrazó y le dio un beso en la boca. Fue un beso tímido y fugaz, en el que sus labios se unieron apenas una décima de segundo.

—¿Vives por aquí cerca? —preguntó él mientras le cogía la mano.

—Sí, enseguida llegamos.

Dieron unos treinta pasos y llegaron. Clara abrió la puerta del apartamento y pasaron al interior. Entraron los dos directamente al dormitorio.

—Desde que te vi entrar en el bar, tuve ganas de estar a solas contigo —dijo ella sensualmente.

Álex la miró alucinado.

—Eres una tía muy extraña —dijo él—. No eres como las demás.

—Tú tampoco eres muy normal —ironizó ella—. No hay muchos como tú, desgraciadamente.

Álex sonrió, halagado.

—¿Sabes? —dijo él—, tengo que decirte algo. Aunque no sé cómo decirlo...

—Adelante —indicó ella, sentándose en la cama en claro gesto de invitación.

—Creo que en el bar me ha ocurrido algo muy raro. Difícil de explicar —se expresó, titubeante—. Me he sentido... como hipnotizado por ti, como utilizado por ti. ¿Estoy loco... o ha ocurrido algo así?

Ella asintió con la cabeza, sintiéndose descubierta.

—¿Me puedes explicar lo que ha pasado? —preguntó él.

Ella se sonrojó, pero adoptó una actitud seria.

—Bueno, es algo muy complicado. Yo tengo un don, o un poder, o como lo quieras llamar, para que me obedezcan los animales. Pero hoy me ha pasado algo anormal, pues con hombres, de verdad, nunca me había pasado, sólo con animales.

—Bueno, tal vez yo sea algo animal —dijo él sonriendo, complacido al parecer con la explicación.

—Tal vez —asintió ella.

Álex la abrazó con ternura y le besó el cuello. Su boca se abrió y sus dos largos colmillos se hundieron en la carne de Clara.

 

"Animales" es uno de los veinte relatos incluidos en "Sin pies ni cabeza" (El Eco de los Libres, 2025), libro escrito por Roberto Malo e ilustrado primorosamente por Miquel Zueras. 


Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace: 

sábado, 29 de noviembre de 2025

"ENCENDIDO DE LUCES", MI COLUMNA SEMANAL EN EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

Hoy sábado 29 de noviembre tiene lugar el encendido de las luces de Navidad en mi ciudad. Con el tradicional alumbramiento comienza de manera oficial la campaña navideña un año más. Alguno se preguntará: ¿Ya estamos con las luces otra vez? Pues sí, ya estamos. El tiempo pasa volando y la vida es insultantemente cíclica. ¿Cada vez empieza antes la campaña navideña o son imaginaciones mías? Que conste que yo no me enciendo por el hecho de que demos la bienvenida a la Navidad gastando un pastón de dinero en luces. A mí me encanta la Navidad, qué caramba, soy un niño grande, y los animadores y cuentistas tenemos mucho trabajo en estas fechas tan señaladas e iluminadas. No me oirás quejarme nunca de la Navidad, pese a sus luces y sombras. Por cierto, hoy el encendido se realiza en la Plaza de España, el centro neurálgico de la capital aragonesa, con el objetivo de presentar las nuevas luces decorativas que se han colocado en el Paseo de la Independencia. Las luces permanecerán encendidas hasta el 6 de enero, día en el que finalizan todos los actos del extenso programa de Navidad en Zaragoza. El horario del encendido será desde las seis de la tarde hasta la una de la madrugada (“de madrugá, de madrugá”, canta Rosalía mientras escribo esta columna; tengo el Spotify encendido con Lux, su nuevo y divino disco). Un manto de luces led va a cubrir la ciudad. “Leed con led”, dijo el poeta, iluminándonos a todos. Claro que sí; hay que leer más. Libros de temática navideña, por ejemplo, para ir a juego con el ambiente que nos rodea. Llegan días de mucho trajín, por fin. Disfrutémoslos. También llega el frío, así que habrá que encender la calefacción, y habrá que sacar los guantes, las bufandas y los jerseys con renos y árboles. Qué pereza dan. Me enciendo solamente de pensarlo. Pero si abrigan, valen; ande yo caliente y ríase la gente. También habrá que armarse del espíritu navideño para adornar la casa y tocará bajar al trastero para desempolvar la magia que se esconde entre sus paredes y subir las cajas llenas de bolas, estrellas, adornos y belenes. El árbol de cartón igual toca renovarlo, me temo. El año pasado ya no podía con las olas de espumillones. Pues se cambia, y con nuevas luces. Pero dejaremos el encendido familiar para más adelante, para fechas más cercanas a los días señalados. Feliz precampaña.


"Encendido de luces", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 29 de noviembre.

Asimismo, podéis leer la columna "Encendido de luces", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:

https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2025/11/29/encendido-luces-124239357.html


miércoles, 26 de noviembre de 2025

FOTOS DE "TODO LO QUE TE GUSTA ESTÁ EN LOS LIBROS" EN BIBLIOTECA DEL ACTUR

En su visita a la biblioteca del barrio, el alumnado de 5º y 6º ha tenido la suerte de conocer a Roberto Malo, escritor y animador a la lectura.
Aquí les vemos muy atentos a todo lo que nos cuenta sobre los libros y sus historias.

Roberto Malo y los alumnos del CEIP José Antonio Labordeta en la actividad "Todo lo que te gusta está en los libros" en la Biblioteca Benjamín Jarnés del Actur. 

Nos vemos entre libros. 

martes, 25 de noviembre de 2025

FOTOS DEL CUENTACUENTOS DE "EL ÚLTIMO ABORDAJE DE MORGAN EL INVENCIBLE" EN ALFAJARÍN

El otro día tuvimos un Cuentacuentos de "El último abordaje de Morgan El Invencible", con Daniel Tejero y Roberto Malo, en la Biblioteca de Alfajarín. Mil gracias a todos, estuvo genial. 

Podéis adquirir el libro en: