¡Rííínngg!
—¿Sí?
—Silvia, oye, que soy Clara. ¿Cómo quedamos?
—Pásate por mi casa.
—Vale, ahora voy.
Clara colgó el teléfono, se puso los zapatos, cogió
dinero, las llaves, se miró un rato en el espejo y salió del apartamento. Dio
unos doce pasos y entró en un portal. Era una suerte que su mejor amiga viviera
en la misma calle. Subió unos cuantos escalones, llegó a la puerta de Silvia y
pulsó el timbre. Al instante, Silvia le abrió la puerta y las dos pasaron al
cuarto de estar.
—Chica, qué guapa te has puesto.
—¿Te gusta el conjunto? —preguntó Clara mientras
giraba sobre sí misma.
Silvia la miró de arriba abajo.
—Bueno, la minifalda desde luego es mini.
—Me encanta estar provocativa —sonrió Clara.
—¿Qué quieres tomar?
—Ponme un martini. Hay que celebrar que es viernes.
—Sí, benditos sean los fines de semana.
Silvia fue a por las bebidas y Clara se sentó en un
sofá.
Estando sentada, observó una mosca que daba vueltas
sobre su cabeza. Se levantó y abrió la ventana que había en la habitación.
—Sal, anda —le dijo—. Vete de aquí.
Así lo hizo la mosca, que al instante salió volando
por la ventana. Después Clara cerró la ventana y se volvió a sentar.
Silvia entró trayendo dos martinis. Clara tomó el
suyo y dio un sorbo.
—¿Qué haremos hoy? —preguntó Silvia.
—Lo de siempre —respondió Clara con un suspiro—. Nos
ligaremos a dos guapos mozos.
—Qué monotonía —dijo Silvia sonriendo.
—Sí, es muy duro. Oye, enciende el televisor, que
echan una película de Matt Dillon.
—¿Sí? No lo sabía. ¿Cuál?
—Rumble fish.
—Pues a verla —dijo Silvia mientras encendía el televisor.
En la pantalla, Mickey Rourke apareció observando
unos pececillos de colores. A la vez, el canario de Silvia se puso a cantar en
la habitación.
—No sé cómo soportas al canario —apuntó Clara,
mirándolo con cierto odio.
—Es bonito —señaló Silvia.
—Sí, mucho, pero no para de cantar, y no me deja
escuchar la película.
—Pero inunda el ambiente de poesía.
—Qué romántico —atajó Clara.
Se levantó del sofá y se acercó a la jaula del
canario. Se le quedó mirando fijamente y le dijo:
—¡Cállate de una vez!
El canario dejó de cantar de golpe, como si se
hubiera quedado mudo.
Clara sonrió y se volvió a sentar.
—Si no te conociera bien, me hubiera asombrado —dijo
Silvia—. Nunca está callado. Pero, claro, con ese don que tienes para que te
obedezcan los animales...
—Lista que es una. ¿Te acuerdas de cuando conseguí
en el zoológico que un león me lamiera las manos?
—Sí, chica, sí. Y nunca olvidaré aquella vez que
convenciste a un enorme gorila para que te diera un beso en la frente.
—Era monísimo —dijo Clara riendo.
—Estás loca. Si por lo menos te sirviera ese don
para ligar con chicos guapos y millonarios...
—¡Qué pesada que eres! Te he dicho mil veces que con
los hombres no me sale. Puedo ordenarle algo a un animal y seguramente lo hará,
pero con los hombres es distinto. No tengo poder sobre sus actos..., pero ya
quisiera, ya...
—¿Te acuerdas de cuando querías ligarte a Santi?
—recordó Silvia—. Hay que ver cómo te gustaba...
—Sí, fue patético, ¿verdad? Me quedaba parada
delante de él, mirándole a los ojos, y pensaba: “Bésame, bésame”. Y él no hacía
nada.
—Hasta que yo te dije que deberías decírselo en vez
de pensarlo.
—Sí, y en la fiesta del instituto me acerqué a él y
le dije: “Abrázame, tengo frío”. Y él me dijo: “¿Has bebido?”.
—Bueno, no siempre se consigue lo que una quiere.
—Sí, claro —dijo Clara, resignándose.
Al rato, se acabó la película de Matt Dillon, al
igual que la botella de Martini, pues todo tiene un fin en esta vida.
—¿Nos vamos? —preguntó Clara.
—Sí, vámonos ya —respondió Silvia—. La noche nos
espera.
Salieron a la calle y, efectivamente, era de noche.
Recorrieron dos manzanas hasta llegar al bar “Zoo”, en el cual entraron. Era un
bar bastante amplio, con las paredes decoradas con unos bonitos dibujos de
animales. Al bar acudía una “fauna” de todo tipo: modernos, rockeros, pijos,
militares, macarras y algún que otro animal de ciudad. Como siempre, estaba
lleno a rebosar. Silvia y Clara se abrieron camino entre la maraña de gente y
consiguieron llegar (no sin muchos esfuerzos) a la barra. Allí trabajaban dos
jóvenes camareros que casualmente eran muy amigos de las dos chicas. Ni que
decir tiene que ellas dos no pagaban casi nunca las consumiciones.
—Hola, Silvia. Hola, Clara —saludaron ellos.
—¿Qué hay, chicos? —preguntó Clara.
—Ya ves, lo de siempre —habló uno de ellos—. Bueno,
¿qué vais a tomar?
—Un par de cubalibres —indicó Clara.
El más alto de los dos camareros fue a poner los dos
cubalibres. El otro, más pequeño pero más fuerte que el mismísimo Sansón, fue a
atender a otras personas al otro extremo de la barra.
Clara y Silvia estaban pegadas a la barra,
totalmente rodeadas de gente. A su derecha, apoyados en la barra, dos
ejecutivos esnifaban largas rayas de coca. A su izquierda, dos lesbianas se
metían mano y dos borrachos se mantenían abrazados de pie como podían. Detrás
de ellas, seis o siete militares se peleaban porque cada uno mantenía que la
belleza del final de la barra —toda una mujer, sí señor, embutida en un vestido
rojo escasísimo, que más bien parecía un bañador— le había guiñado el ojo sólo
a él.
Hacía bastante calor, a pesar de dos enormes
ventiladores que había en el techo. La música estaba alta, pero aun así se
podía hablar sin necesidad de gritar mucho.
Los cubalibres no tardaron en llegar y ellas no
tardaron en probarlos.
—Están bien cargados —dijo Clara.
—Como siempre —agregó Silvia.
—¿Ves a algún conocido?
—Es extraño, pero no veo a nadie.
—Bueno, alguno aparecerá.
Había un continuo movimiento de gente hacia la
barra, hacia los baños y hacia la salida. En medio de todo esto, una hábil mano
acarició el culo de Clara.
—¡Eh! ¿Quién me ha tocado el culo? —gritó Clara
volviéndose, justo en el momento en que se había acabado la canción que sonaba
en el bar, oyéndola por lo tanto todo el mundo.
—Ha sido Benito —dijo Silvia al verlo detrás de
ella.
—Ha sido una tentación demasiado fuerte para mí —se
disculpó Benito sonriendo.
Benito era un tipo feo (muy, muy feo), bajito,
delgado, con unas manos muy largas y una entrepierna bastante inquieta.
—¡Eres un cerdo! —le espetó Clara.
—Bueno, bueno, sin faltar —se defendió Benito.
—No podía haber sido otro —apuntó Silvia—. Es un
degenerado, un loco.
—Sí, estoy loco —admitió Benito—, pero loco por ti,
Clara. Estoy enamorado de ti.
—No me hagas reír —dijo ella.
—De cada veinticuatro horas que dura el día, veinte
horas pienso en ti —dijo él, y la cogió del brazo.
—O sea, que estás veinte horas empalmado —corrigió
ella.
—Clara, si me rechazas, me suicido —dijo Benito muy
seriamente.
—¡Muérete! —gritó Clara.
Benito agachó tristemente la cabeza, dio media vuelta
y avanzó cabizbajo, derrotado, hacia la salida del bar. Pero su rostro fue a
dar de lleno contra los senos de una altísima morena que entraba en el bar en
ese momento. Se puede decir que su cara rebotó como si hubiera chocado contra
un colchón de dos palmos de espesor. Una vez recuperado de la impresión, la
miró de arriba abajo y le dijo:
—Nena, estoy locamente enamorado de ti. De cada
veinticuatro horas que dura el día, veinte horas pienso en ti.
—Pocas horas me parecen —dijo ella, y pasó de largo.
Silvia y Clara se rieron y dieron un trago a su
bebida. Por aquel entonces, los militares seguían pegándose, pero no con la
eficacia y energía del inicio del combate. Casi todos sangraban por pequeñas
heridas y el agotamiento podía con ellos. La chica del vestido-bañador rojo se
acercó a ellos y les dijo:
—Dejad de pegaros y seguidme. Si queréis cansaros,
ya me encargaré yo de eso.
Y los siete militares salieron con ella del bar.
Silvia miró a su alrededor; los dos borrachos habían
conseguido salir del bar y los dos ejecutivos hacían el ridículo intentándose
ligar a las dos lesbianas.
—En fin, ¿nos vamos a “La Selva”? —comentó Clara
tras acabar la bebida.
—Bien, vámonos.
—¿Pagamos?
—Sí, chica. Hoy me encuentro generosa.
Pagaron las consumiciones (para asombro de los
camareros) y salieron del bar. Dieron cuatro pasos y entraron en el bar de al
lado. Se llamaba “
Silvia y Clara llegaron a la barra y pidieron dos
pelotazos a una escultural camarera negra que llevaba un vestido de piel de
leopardo. Silvia se apoyó de espaldas a la barra y observó a su alrededor. El
tipo que estaba justo enfrente de ella se acercó rápidamente.
—Hola. ¿Te acuerdas de mí? —se apresuró a decir.
Ella le miró fijamente, pareciéndole tremendamente
atractivo. Iba bien vestido y parecía bastante fuerte. Se acordaba de él, por
supuesto. No olvidaba con facilidad a alguien así.
—Oh, sí, nos conocimos en una fiesta, ¿verdad?
—Sí —asintió él, bastante aliviado—. Claro que no
tuvimos ocasión de hablar mucho...
—Sí, estabas con aquella chica tan simpática —dijo
ella fríamente.
—Ya..., bueno... Por cierto, ¿te llamabas?
—Silvia. Y tú, Ricardo, ¿verdad?
—Sí, vaya, veo que te acuerdas —dijo él con una
sonrisa.
—Tengo buena memoria.
Mientras tanto, Clara tomó las dos bebidas. Los
miró, y prefirió no interrumpirles para darle a ella su vaso. Si fuera preciso,
ella se bebería los dos con tal de no molestarlos.
—Nunca te había visto por aquí —dijo Silvia.
—Es la primera vez que vengo. He venido con unos
amigos —dijo Ricardo, señalándolos al fondo del bar.
Ella ni los miró; no apartaba la mirada de él.
Debió de pasar un ángel, pues los dos se quedaron
callados, mirándose sin saber qué decir.
—Esta es Clara, una amiga —dijo ella por decir algo,
tirando del brazo de Clara.
—Ricardo —se presentó él, y se dieron dos besos.
—Encantada —asintió ella, y se retiró de nuevo hacia
la barra.
—Muy guapa tu amiga —apuntó Ricardo.
—Sí... —asintió Silvia.
—Pero tú eres de una raza aparte. Tú eres un ángel.
—Sí, claro —sonrió ella.
—O una diosa. Sí, eso eres —dijo exaltado—, una
diosa. De otra galaxia, tal vez.
—Estás loco —bufó Silvia—. Como una cabra. Pero,
¿sabes?, me gusta lo que dices.
—A mí me gustas tú —dijo él—. Me gusta tu pelo, tu
frente, tus ojos, tu nariz, tus orejas, tu boca, tu cuello y todo lo que hay
debajo de él.
Silvia tragó saliva.
—¿Por qué parte quieres empezar? —preguntó.
—Por ahora, por la boca —dijo él.
Se besaron; era inevitable.
Clara los miró, y en ese momento tuvo la certeza de
que ella se bebería los dos pelotazos. Bueno, no era la primera vez que Silvia
la dejaba colgada; solía ocurrir. Ahora, se tenía que resignar a poner cara de
“mujer-cuya-amiga-está-ya-ocupada” para ver si así alguien, aunque fuera por
lástima, iba a acompañarla.
Observó a las personas del bar. Casi todos los
hombres estaban ya con alguna mujer, y los que no lo estaban no eran gran cosa.
Clara miró a Silvia y a su amigo, que se devoraban con fervor, y con mucho
gusto ella se hubiera cambiado por Silvia. Cuando ocurría esto, Clara observaba
la puerta del bar deseando que entrara su príncipe, pero nunca entraba.
“Quizás hoy sea diferente mi suerte”, se dijo
mientras miraba la puerta. Y tal vez acertara, pues en ese momento entró un
tipo alto, guapo y delgado en el bar. Entró caminando lentamente, mirando a su
alrededor como si buscara a alguien. Clara vio su rostro entre la oscuridad del
bar, al ser iluminado por un foco, aunque sólo parcialmente. Clara sintió que
entraba en el bar el hombre de su vida.
“Tú eres mi príncipe”, pensó, “¿Me buscas a mí? Sí,
seguro que me buscas. Ven, ven conmigo”.
Curiosamente, él comenzó a andar hacia ella.
“Oh, cariño, ven, ven”.
El tipo se plantó delante de ella.
“Dime algo”, pensó ella.
—Hola —dijo él.
—Hola —dijo ella.
“Abrázame”, pensó ella.
Él la abrazó muy tímidamente.
“Dime que me quieres”, pensó ella, asombrada, viendo
que él le hacía caso.
—Te quiero —dijo él.
—Oh, yo también —dijo ella rápidamente—. ¿Quieres
que nos vayamos a un sitio más tranquilo?
—De acuerdo —dijo él, bastante extrañado.
—¿Quieres que vayamos a mi piso? —preguntó ella.
—Bueno, eso me parece estupendo —dijo él mientras
brillaban sus ojos, más por sorpresa que por excitación.
—Pues vámonos. Llevamos aquí demasiado tiempo.
Él la miró asombrado; casi no había entrado en el
bar y ya iba a salir con ella.
—Pareja, me voy —dijo Clara a Silvia y Ricardo,
mientras le tocaba el hombro a ella.
—Oh, no te vayas —empezó a decir Silvia.
—Me voy con este tipo a mi piso —dijo Clara
señalándolo—. ¿No es guapo?
—Sí que es guapo, sí... —dijo Silvia algo aturdida,
como pensando: “¿De dónde lo ha sacado?”.
—Bueno, adiós —dijo Clara, y salió del bar cogida
del brazo de su acompañante.
—Esto... me llamo Álex —dijo él al llegar a la
calle.
—Ah, yo Clara, encantada.
Álex se detuvo, la abrazó y le dio un beso en la
boca. Fue un beso tímido y fugaz, en el que sus labios se unieron apenas una
décima de segundo.
—¿Vives por aquí cerca? —preguntó él mientras le
cogía la mano.
—Sí, enseguida llegamos.
Dieron unos treinta pasos y llegaron. Clara abrió la
puerta del apartamento y pasaron al interior. Entraron los dos directamente al
dormitorio.
—Desde que te vi entrar en el bar, tuve ganas de
estar a solas contigo —dijo ella sensualmente.
Álex la miró alucinado.
—Eres una tía muy extraña —dijo él—. No eres como
las demás.
—Tú tampoco eres muy normal —ironizó ella—. No hay
muchos como tú, desgraciadamente.
Álex sonrió, halagado.
—¿Sabes? —dijo él—, tengo que decirte algo. Aunque
no sé cómo decirlo...
—Adelante —indicó ella, sentándose en la cama en
claro gesto de invitación.
—Creo que en el bar me ha ocurrido algo muy raro.
Difícil de explicar —se expresó, titubeante—. Me he sentido... como hipnotizado
por ti, como utilizado por ti. ¿Estoy loco... o ha ocurrido algo así?
Ella asintió con la cabeza, sintiéndose descubierta.
—¿Me puedes explicar lo que ha pasado? —preguntó él.
Ella se sonrojó, pero adoptó una actitud seria.
—Bueno, es algo muy complicado. Yo tengo un don, o un
poder, o como lo quieras llamar, para que me obedezcan los animales. Pero hoy
me ha pasado algo anormal, pues con hombres, de verdad, nunca me había pasado,
sólo con animales.
—Bueno, tal vez yo sea algo animal —dijo él
sonriendo, complacido al parecer con la explicación.
—Tal vez —asintió ella.
Álex la abrazó con ternura y le besó el cuello. Su
boca se abrió y sus dos largos colmillos se hundieron en la carne de Clara.
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