11:00 horas
TALLER DE ESCRITURA CREATIVA Y ADAPTACIÓN AL CUENTACUENTOS, CON ROBERTO MALO Y DANIEL TEJERO
Biblioteca Municipal
San Esteban de Litera
(Huesca)
blog del escritor
11:00 horas
TALLER DE ESCRITURA CREATIVA Y ADAPTACIÓN AL CUENTACUENTOS, CON ROBERTO MALO Y DANIEL TEJERO
Biblioteca Municipal
San Esteban de Litera
(Huesca)
Fermín Domingo había sido ascendido y caminaba sonriente hacia su nuevo despacho. Observó al llegar que un hombre estaba inscribiendo su nombre en el cristal de la puerta. Se sintió orgulloso al leerlo. Pensó que, desde luego, se había merecido el ascenso. Le saludó cortésmente al hombre y entró al interior cerrando la puerta tras de sí. Era un despacho enorme; mucho más grande que el anterior que había ocupado.
Fermín estaba algo excitado; al fin y al cabo, no todos los
días le ascendían a uno. Se sentó en su silla giratoria y, con una sonrisa de
oreja a oreja, observó su gran mesa de mármol negro, la fotografía del fundador
de la empresa, el cuadro abstracto del fondo... Era grande. Un tipo listo. Un
trabajador. Sin duda, pensó fachendosamente, se merecía un despacho así. Se
levantó de la silla, se quitó con parsimonia su abrigo y lo colgó en la percha
de la pared. Después, al volverse hacia la silla, escuchó el leve sonido del
abrigo al caer al suelo. Se volvió y vio el abrigo en el suelo del despacho.
—Vaya, qué descuidado estoy —se dijo sin perder su buen
humor.
Tomó el abrigo y —ahora sí— con sumo cuidado lo volvió a
colgar en la percha. Sin embargo, el abrigo volvió a caer al momento. Fermín lo
vio en el suelo, aturdido, y observó la percha detenidamente: era una vulgar
percha de pared de madera, con cuatro colgaderos de metal. Fermín resopló sin
darle importancia, recogió el abrigo del suelo y lo volvió a colgar en el mismo
colgadero.
—Así, quietecito —dijo entre dientes.
A los dos segundos el abrigo volvió a caer al suelo. Fermín
lo vio caer, asombrado; parecía que sus cejas se quisieran escapar de su
rostro. Tocó instintivamente el colgadero de metal en el que había colgado el
abrigo; parecía firme, seguro. No se podía doblar hacia abajo. No podía dejar
caer el abrigo, pensó extrañamente. Y volvió a colgar el abrigo.
—Ya está —se dijo—. Ahora sí que no...
No pudo terminar la frase. El abrigo cayó al suelo. Sí, de hecho,
le pareció ver que el colgadero se doblaba hacia abajo, dejándolo caer. Pero,
por supuesto, eso no podía haber ocurrido. Tenían que haber sido imaginaciones
suyas. Claro que sí. Eso tenía que ser. Recogió el abrigo del suelo y sin
miramientos lo volvió a colgar, esta vez en otro colgadero. No sirvió de nada.
Volvió a caer al suelo. Al parecer, toda la percha estaba en su contra. No
obstante, Fermín lo intentó otra vez, colgándolo en otro colgadero, pero al
instante ocurrió lo mismo. Estaba visto que la percha no tenía intención de
aguantar ningún peso.
—¡Mierda! —gruñó Fermín—. ¿Qué coño le sucede a esta
percha? —dijo mirándola con fijeza, escrito el odio en sus ojos.
La percha permanecía inmóvil y callada, riéndose de él sin
mover la boca.
¿Qué percha era aquélla, que se negaba a servir para lo que
había sido diseñada? ¿Cuáles eran los motivos para tamaña rebelión? ¿Acaso
añoraba las ropas de su anterior dueño y le quería seguir siendo fiel, a pesar
de que éste ya no estaba? ¿Acaso estaría apenada por la muerte de su anterior
dueño? ¿Acaso sabría que Fermín había mandado asesinar a su anterior dueño para
así conseguir el ascenso y su consiguiente despacho?
Entre tanto, Fermín la seguía observando fijamente,
esperando ver que alguno de sus colgaderos se moviera un poco, delatándola.
Pero no se movían. Nada se movía. Pasados unos minutos Fermín torció el gesto,
sonrió sintiéndose un poco ridículo y volvió a colgar el abrigo en uno de los
colgaderos. Su sonrisa se borró al momento. El abrigo cayó al suelo. La percha
lo dejó caer. Sí, el abrigo no se tiraba porque no quisiera estar colgado. Era
la percha quien lo tiraba.
—No puede ser —susurró Fermín.
Recogió el abrigo del suelo y lo dejó encima de la gran
mesa.
—Veremos quién gana esta batalla —le dijo a la percha con
aire desafiante. Y la tomó de dos de sus colgaderos y tiró de ellos con fuerza,
con tesón, intentando arrancarla de la pared.
—Quizás seas una percha embrujada, una percha maldita, pero
te voy a destrozar —dijo con rabia.
La percha no gritó, no emitió ningún sonido. Estaba bien
ajustada a la pared con dos gruesos tornillos.
—¡Maldita seas! —escupió Fermín, golpeándola.
De repente se abrió la puerta del despacho y entró el
hombre que estaba pintando su nombre.
—¿Qué hace? —inquirió asombrado—. ¿Qué daño le ha hecho la
percha?
Fermín pensó que estaba actuando como un estúpido. Se
sintió peor que si lo hubieran sorprendido golpeando a una vieja.
—No me gusta esta percha —se excusó.
—De acuerdo, no le gusta. Pero no le pegue, ¿vale? —dijo el
hombre severamente.
Fermín asintió, avergonzado.
—Oiga..., ¿puede conseguirme un destornillador? —solicitó
Fermín rápidamente—. Quiero quitar esta percha de mi despacho.
El hombre se rascó la coronilla pensativamente.
—No le entiendo, desde luego que no... En fin..., le traeré
un destornillador si usted quiere —accedió el hombre suspirando, y salió del
despacho a buscarlo.
Fermín se volvió hacia la percha.
—Se acerca tu fin, hija de puta —dijo con desprecio.
Un minuto después, llegó el hombre con el destornillador y
se lo entregó a Fermín. Tras muchos esfuerzos, Fermín consiguió desatornillar
los dos tornillos y despegar la percha de la pared. Radiante de felicidad, con
desbordante alegría, la sostuvo en sus manos como si fuera un trofeo.
—Eres mía —dijo complacido.
Con ella bajo el brazo, salió del despacho, salió de la
empresa y llegó a la calle. Una vez allí, pensó en destrozarla en varias
partes, en arrancar los colgaderos uno a uno, en quemarlo todo. Finalmente,
decidió no hacer nada de eso; le pareció cosa de locos. La dejó sin más dentro
de un cubo de basura.
Después entró de nuevo en la empresa, pasó por su antiguo
despacho (desocupado todavía) y tomó de allí su antiguo perchero. Al entrar en
su nuevo despacho, observó con complacencia el vacío que había en la pared,
donde antes estaba la percha. Colocó allí mismo el perchero. Después cogió el
abrigo de encima de la mesa y lo colgó en un colgadero del perchero.
—No me falles tú también —se dijo Fermín—. No me falles.
El abrigo continuó colgado, fijo e inmóvil; el perchero no lo dejó caer. Fermín sonrió, sintiendo que había vencido la batalla, y contempló con agrado el interior del despacho, pareciéndole maravilloso. Había luchado tanto para conseguirlo... Sonriendo todavía fue hasta su silla giratoria e hizo ademán de sentarse, pero ésta se apartó rápidamente y el hombre cayó al suelo. En ese momento, la gran mesa de mármol negro cayó sobre él.
Sebas camina a
buen paso por una callejuela (son las doce de la noche) cuando siente el dolor.
Siente una gran punzada, un gran pinchazo en el corazón. Se echa una mano al
pecho y cae derrumbado al suelo. Un hombre, que iba unos pasos por detrás, se
acerca en su ayuda. “¿Qué le sucede?”, inquiere mientras se agacha para
atenderlo. “El... el corazón”, dice Sebas débilmente. Otro hombre llega en su
auxilio también. “¿Qué le ha pasado?”, pregunta. “Un infarto”, responde el
primero, “Hay que llamar a una ambulancia”. “Sólo... sólo tengo veinticinco
años”, dice Sebas a duras penas. “¿Respira bien?”, se interesa el hombre. “Ya
viene la ambulancia”, dice el otro colgando el móvil. “Bien, ya verá que no será
nada”, tranquiliza el primero. De repente, Sebas siente que el tremendo dolor
ha pasado. Tan rápido como ha venido, se ha ido. Sólo ha sido un pinchazo, un
gran pinchazo, pero se ha esfumado. “Creo que... ya me encuentro mejor”, dice
levantándose del suelo. “¡Coño! ¿Cómo se ha recuperado?”, se asombra el hombre.
“Ha sido una falsa alarma”, explica Sebas, “Gracias por todo. Ahora, debo
irme”. “Pero, ¿no va a esperar a la ambulancia?”. “Oh, no la necesito. Además,
no tengo ni un minuto que perder. He quedado con mi novia. Gracias otra vez”. Y
sale caminando de allí. Los dos hombres no aciertan a reaccionar,
intercambiándose miradas de extrañeza. Sebas tuerce la esquina y entra en un
bar. Es allí donde ha quedado. Ha quedado a las doce, y ya pasan unos minutos.
La busca con la mirada, pero su novia no se encuentra en el interior. Sebas se
apoya en la barra, pide una cerveza y se sienta en un taburete. Su cerebro
empieza a darle vueltas a lo que le ha sucedido. Nunca ha sentido molestias en
el corazón. Y hace un rato, por un momento, ha creído que no lo contaba. Ha
sido el dolor más intenso que ha sentido nunca. Y ha sido en el corazón. Era
como para preocuparse. Sin falta, al día siguiente iría al médico. No obstante,
no piensa decirle nada a su novia; total, ¿para qué preocuparla? Al rato, acaba
la cerveza. Mira el reloj: son las doce y media. Es extraño; su novia no suele
retrasarse. La llama por teléfono. No responde. Estará de camino, piensa. Y
pide otra cerveza. Sin embargo, Sebas no puede disimular su preocupación. ¿Por
qué no ha aparecido ella todavía? La razón es sencilla y terrible: ha muerto
atropellada brutalmente a las doce de la noche.
"Pinchazo en el corazón", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 7 de marzo.
Asimismo, podéis leer la columna "Pinchazo en el corazón", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.pressreader.com/spain/el-periodico-aragon/20260307/281616721864658
16:30 horas
CUENTACUENTOS DE "EL ÚLTIMO ABORDAJE DE MORGAN EL INVENCIBLE", CON ROBERTO MALO Y DANIEL TEJERO
Salón El Cine
Alpartir
(Zaragoza)
18:30 horas
CUENTACUENTOS DE "EL ÚLTIMO ABORDAJE DE MORGAN EL INVENCIBLE", CON ROBERTO MALO Y DANIEL TEJERO
Biblioteca Municipal
Fuentes de Ebro
(Zaragoza)
Las luces
del letrero del motel y las de los faros del coche iluminaban la desierta
carretera.
Los faros
se detuvieron y se apagaron al llegar al motel. Salieron del coche un hombre
mayor bastante rechoncho y una mujer algo más joven y también algo llenita.
Caminaron hasta la entrada del motel y empujaron una puerta con las persianas
bajadas y pegadas al cristal como una segunda capa. Al traspasarla, se
encontraron ante un pequeño mostrador tras el cual un anciano de aspecto
bonachón estaba sentado en una mecedora. Se levantó al verlos entrar.
—Buenas
noches. ¿Desean una habitación?
—Así es —dijo
el hombre—. ¿Queda alguna?
—Sí, sí,
por supuesto—. El anciano se giró y les entregó la llave de la caseta número 2.
—Firme
aquí, por favor —dijo el anciano, indicando el libro de registro.
—Oiga...,
este motel es nuevo, ¿verdad? —comentó el hombre mientras escribía su nombre.
—No, lleva
funcionando muchos años.
—Caray,
pues nunca lo había visto... hasta hoy. Y eso que paso mucho por aquí.
—Bueno, el
letrero de neón sí que es nuevo.
—Claro, eso
lo explica —dijo el hombre, cogiendo de la mano a la mujer.
—La caseta
es la segunda a la derecha —indicó el anciano.
Cuando se
alejaron, el anciano descolgó el teléfono que tenía en el mostrador, pulsó un
botón rojo y, acercándose el auricular, anunció:
—Van dos
conejillos de indias a la número 2.
La pareja
llegó a la caseta número 2. El hombre abrió la puerta con la llave y pasó al
interior encendiendo la luz. La mujer pasó tras él cerrando la puerta. Los dos
se acercaron a la gran cama de la habitación, pero, aunque se acercaban, la
cama seguía lejos de ellos. Y el cuadro de la pared, y las dos sillas... Al
llegar casi al final de la habitación, el hombre se dio cuenta del engaño
visual. Al entrar, le había parecido una habitación normal; con sus muebles,
sus adornos, sus cosas... Pero ahora veía que todo eso había sido un efecto
óptico. La cama, los muebles y todo lo que llenaba la habitación estaba
dibujado en las paredes; muy bien dibujado, por cierto. La habitación estaba
completamente vacía. No había nada. Sólo ellos y las paredes pintadas.
—¿Qué broma
es ésta? —dijo el hombre, perplejo.
La mujer lo
miró sin poder decir nada. Se había quedado sin palabras, sin argumentos.
—Vámonos de
aquí —indicó el hombre.
La mujer se
volvió e intentó abrir la puerta, sin conseguirlo.
—Está
cerrada —dijo abrumada—. ¡Está cerrada! ¡Nos han encerrado!
—Dios... —dijo
el hombre, sintiendo un escalofrío.
Sin que
ellos se dieran cuenta, por un pequeño agujero del techo empezó a entrar un
extraño gas invisible, extendiéndose poco a poco por la habitación.
—¿Qué vamos
a hacer? —dijo la mujer, surcando la preocupación su rostro.
El hombre
buscó inútilmente una salida, pero no la había. Había una ventana dibujada en
una pared, pero era sólo eso, una ventana dibujada en una pared.
Entonces,
sin previo aviso, los senos de la mujer empezaron a balancearse violentamente
hacia arriba y hacia abajo. Como si ella estuviera bailando, como si estuviera
botando. Pero ella estaba quieta como un palo.
—¿Qué te
ocurre? —preguntó el hombre.
—El... el
sujetador —balbuceó la mujer, sin podérselo creer ella misma—. Se está
moviendo. Me está estrujando las tetas.
Y pronto
sintió que no sólo se movía su sujetador. Debajo de la falda, la braga se
estaba abrazando a su entrepierna mucho más de la cuenta. Era como si su coño
absorbiera la braga, aunque no era eso lo que ocurría. En un segundo, se
soltaron los laterales de la prenda de golpe y toda ella se introdujo en su sexo.
—Mi
braga... —logró articular, conmocionada.
El hombre
la miró aterrado, empezando a comprender al sentir que sus calzoncillos, debajo
de sus pantalones vaqueros, se cerraban sobre sus testículos como un terrible
guante. También su reloj de pulsera se empezó a cerrar sobre su muñeca, sin
poderse librar de él, sintiendo a la vez que su cinturón se empezaba a cerrar
sobre su amplia barriga, oprimiéndole con una fuerza sobrehumana. Las venas de
la muñeca explotaron, brotando la sangre a borbotones, su gorda barriga se
comprimió como si fuera de goma y sintió horrorizado que el nudo de su corbata
se cerraba sobre su cuello, ahogándolo.
La mujer no
se encontraba en mejor situación. La diadema que llevaba en el pelo se cerraba
sobre su cabeza como una gran tenaza; sus pendientes parecían pesar varios
kilos, parecían querer escapar de ella, y los dos, tras estirar horriblemente
las orejas, acabaron cayendo sobre el suelo al arrancar los lóbulos. A la vez,
el brazalete que llevaba en un brazo se cerraba sobre sí mismo endiabladamente,
rompiendo el radio como si fuera de cartón; y el collar de perlas que adornaba
el cuello se cerraba sobre él como la dentadura de un monstruo hambriento: las
perlas se clavaban en la débil carne como colmillos tremendamente afilados. La
mujer gritaba como una loca, presa del delirio y el dolor.
Entretanto la corbata del hombre se alzaba
sobre su rostro increíblemente, cual serpiente de tela, y el alfiler se clavó
certeramente en el ojo derecho. Gritando con horror, el hombre tiró del alfiler
y lo extrajo (con tan mala fortuna que sacó también el ojo de la cuenca,
pinchado en el alfiler como una aceituna). Mientras tanto el cinturón de cuero
parecía que de un momento a otro iba a partirlo en dos, cerrándose
horriblemente sobre la castigada barriga. A la vez, la puntera de los zapatos
se levantaba ligeramente, girando luego hacia atrás y quedándose los zapatos
como los calzados de los bufones, rompiendo así todos los huesos de los
desgraciados pies.
Al mismo
tiempo, el sujetador aplastaba con fuerza los senos de la mujer, y ella creía
que de un momento a otro le iban a explotar como dos globos, su cuello seguía
siendo mordido por decenas de vampiros blancos diminutos y sus zapatos de tacón
se convertían poco a poco en zapatos planos, introduciéndose el tacón hacia
arriba, agujereando el talón como un cruel clavo.
Al poco, el
nudo de la corbata consiguió ahogar al hombre y éste murió tras una horrible
agonía; con la lengua fuera, la piel morada, destrozado por varios sitios y
sangrando por todas partes. A la vez, la diadema se cerró completamente sobre
la cabeza de la mujer, partiéndola en dos como si fuera una nuez, destrozándola
en una explosión de sangre y sesos.
Sobre el
suelo de la habitación, envueltos en su propia sangre, acabaron los dos
deshechos cuerpos.
—Ha sido un
éxito —dijo un hombre en otra sala—. Tenemos en nuestras manos un arma
aterradora.
—Sí,
aterradora —asintió otro—. Podemos darle vida a las cosas y que éstas maten.
La noche
seguía avanzando lentamente.
Una
motocicleta se acercó hasta el motel. Bajó de ella un joven alto y delgado.
—Quisiera
una habitación —indicó al entrar.
El anciano
le tendió el libro de registro y la llave de la habitación número 3.
El joven
firmó, tomó la llave y se fue hacia su habitación.
El anciano
descolgó el teléfono y susurró:
—Va un
hombre a la número 3.
El joven
llegó a la caseta número 3. Entró, encendió la luz y cerró la puerta. Avanzó
hacia la cama, y le pareció que ésta se alejaba de él. Pero en realidad no se
alejaba; nunca se había movido; nunca se había movido de la pared. El joven
tocó la cama dibujada en la pared, los muebles dibujados en la pared, sin saber
si sonreír o echarse a llorar. ¡La habitación era un cuarto vacío! No había
muebles, ni cama, ni nada. Todo estaba dibujado en las paredes.
Aturdido,
fue hasta la puerta y la maldijo al comprobar que estaba cerrada a cal y canto.
Y era una buena puerta. No la podía tumbar de un empujón.
En ese
momento, varios agujeros se abrieron en el techo de la habitación.
El joven
empezó a gritar, aunque algo le decía que nadie le iba a oír, que nadie le iba
a ayudar.
Rápidamente,
todo lo sólido que había en la habitación se empezó a transformar en líquido y
todo lo líquido se empezó a transformar en sólido. Y lo único que había dentro de
la habitación era el pobre joven. Sus ropas se derritieron como un helado
puesto al sol, su carne pareció licuarse, pareció fundirse, sus huesos se
eclosionaron en leche... Apenas tuvo tiempo de gritar. En un momento, se
extendió sobre el suelo de la habitación, formando un enorme charco multicolor,
un lago con destellos de carne y huesos.
Tumbada en
el suelo quedó su macabra silueta transparente, llena de ríos rojos helados que
eran sus arterias y venas.
—Ha
ocurrido lo previsto —sonrió un hombre en la otra sala.
Una
furgoneta aparcó al lado del motel y salieron de ella un hombre y una mujer.
Cada uno de ellos tendría unos treinta años. Entraron en el motel y le pidieron
una habitación al anciano que lo llevaba. Éste les dio la número 4. Cuando los
dos se fueron a su habitación, el anciano tomó el teléfono y anunció:
—Va una
pareja a la número 4.
La mujer
abrió la puerta y pasaron los dos al interior. El hombre encendió la luz y
cerró la puerta. Ante ellos, se extendió la amplia habitación como si fuera una
alfombra con cama, muebles, paredes... Y los dos no tardaron en darse cuenta de
que, en verdad, la habitación era como una alfombra. Lisa como una alfombra. No
había nada en ella ni sobre ella. Lo único que había eran unas paredes con
dibujos realistas tridimensionales de muebles.
—¿Qué
es...? —empezó a decir la mujer sin comprender, mirando la habitación de punta
a punta.
El hombre
se abrió de brazos.
En el
techo, varios círculos se abrieron también.
La mujer
sintió miedo. Miedo con mayúsculas.
—¡La
puerta! —exclamó.
El hombre
comprendió y corrió hasta ella.
—¡Cerrada!
—gritó con rabia.
Sin que
ellos se dieran cuenta, un gas se extendía por toda la habitación.
—¿Por qué?
—se dijo la mujer, pensando una explicación.
—Yo qué sé
—dijo el hombre casi por decir algo, por sentirse vivo de alguna manera.
De pronto,
sin saber muy bien cómo, el hombre sintió que algo entraba dentro de él.
Entraba por sus oídos, por los orificios de la nariz, por la boca... La
atmósfera de la habitación estaba entrando en su interior.
—¿Lo notas?
—dijo.
—Sí
—asintió la mujer—. Es gas. Se está metiendo dentro de nosotros.
Sí. Eso
era. Gas. Algo gaseoso se estaba introduciendo en sus cuerpos. Y dicho gas no
tardó apenas nada en inundarlos. Pero no se quedó ahí. Siguió expandiéndose
dentro de ellos, creciendo, creciendo e hinchándolos. El hombre y la mujer
empezaron a gritar, horrorizados. Sus cuerpos se estaban estirando, hinchándose
como dos globos, con una presión de aire que tiraba de ellos desde dentro.
Ninguno de los dos era muy gordo, pero pronto lo parecerían. Sus caras se
estaban inflando; sus estómagos parecían ocupados por un imaginario bebé de
aire que crecía y pedía salir con autoridad; sus piernas y brazos empezaban a
doblar el grosor normal; sus ropas se rasgaban y se hacían trizas sin
remedio... Los gritos de los dos inundaban la habitación. Y resonaban como algo
inhumano; ninguna persona podía gritar así. Pero ellos dos ya casi no eran
personas. Eran dos grandes globos de carne a punto de estallar; su piel terriblemente
estirada no podía resistir mucho ya: el gas que había dentro de ellos pedía
salir enérgicamente. De pronto, los ojos de las dos personas salieron
despedidos de sus cuencas, como los corchos de las botellas de champán,
estrellándose fuertemente contra la pared y quedándose allí aplastados como si
fueran huevos fritos. Justo después, los dos globos humanos explotaron, se
abrieron por el centro, por las tripas, y volaron sus cuerpos contra el techo,
suelo y paredes en una monumental explosión de sangre y carne, ocultando así
los dibujos de la pared y ocupando las entrañas de ellos dos tan prestigioso
lugar; formaron un sanguinolento cuadro abstracto.
Mientras
tanto, el gas se extendía libremente por la habitación.
La lucecita
roja del teléfono de recepción del motel se iluminó. El anciano lo descolgó.
—Todos los
experimentos han sido un completo éxito —dijo una voz—. Todo ha terminado. Ya
sabes lo que hay que hacer.
El
conductor del coche vio las luces del letrero de neón del motel que había en la
carretera. Disminuyó la velocidad y se aproximó. Poco antes de llegar hasta
donde había visto el letrero, éste desapareció.
—Vaya, se
ha debido de fundir —comentó el hombre para sí—. Qué casualidad.
Disminuyó
todavía más la velocidad y buscó el letrero apagado con la vista, pero no lo
vio. Buscó también las luces del motel, pero tampoco las vio. No había luces.
No había motel. ¿Lo había habido alguna vez?
—Vaya,
ha debido de ser un espejismo —se dijo el conductor, sonriendo amargamente, y
continuó su marcha perdiéndose en la desierta carretera.