...eran las
tres de la mañana y me dirigía hacia casa. Caminaba por una calle desierta
soportando el frío de la noche que había caído sobre mí. Era invierno, un frío
invierno, o al menos eso le parecía a mi friolero cuerpo, pues llevaba las
manos dentro de los bolsillos de mi cazadora de piel y me daba la impresión de
que me abrigaba menos que una camiseta de baloncesto.
Era el final
del lunes. O mejor dicho, el inicio del martes. Por ello era normal que no
hubiera nadie por la calle. Aunque para contradecirme un coche pasó a mi lado y
sus faros iluminaron la silueta de un hombre que caminaba hacia mí. Iba
embutido en una cazadora de cuero y en unos pantalones vaqueros y era tan
delgado como alto.
Al verle el
rostro, instintivamente, estuve a punto de saludarle, pues su cara me resultaba
conocida, pero al verlo bien me di cuenta de que no me acordaba de qué lo
conocía.
Nos cruzamos,
sin saludarnos. No obstante, no bien seguí caminando empecé a pensar de qué lo
conocía. Pero no conseguía acordarme. Y si había algo que no soportaba era el
reconocer a alguien y no saber de qué. ¿De qué me sonaba tanto su cara? ¿Dónde
lo había conocido?
De pronto sonó
la flauta y me acordé. Lo vi claro, terriblemente claro. ¿Cómo iba a olvidar
esa cara? Sí, recordé lo que había visto haría unas tres semanas, en una noche
semejante. Vi cómo un hombre mataba a navajazos a otro hombre. Yo pasaba cerca
y le vi la cara al agresor. Él también me vio. Nos miramos durante sólo un
segundo, aunque fue el segundo más largo de toda mi vida. Yo me quedé quieto,
como un bobo, y él salió corriendo de allí a toda prisa. No volví a saber nada
de él, y quise pensar que la policía ya se encargaría sola de atraparlo. Sin
embargo, ahora me había dado cuenta por mí mismo de que no lo habían atrapado,
pues era él, sin duda alguna.
“¿Me habrá
reconocido?”, pensé de pronto, “No creo, aunque...”.
Me volví
inmediatamente. Su silueta me seguía, a unos diez metros de mí. “¡Mierda!”,
pensé, “Me está siguiendo el muy desgraciado. ¡Me ha reconocido! ¿Y qué querrá
de mí? ¿Matarme? ¿Silenciarme?”.
Acobardado,
empecé a caminar ligeramente más deprisa, aunque lo que yo realmente quería era
echar a correr, a volar, pero algo me lo impedía. Lo tenía detrás, a pocos
metros, y esto me ponía demasiado nervioso como para correr. No oía sus
pisadas, pero lo sentía cerca de mí. Era una sensación horrible. Horrible.
¿Acaso tenía que morir por ver un crimen? Claro que, ¿quién me mandaba a mí
estar en medio de todos los fregados?
Maldije mi
perra suerte y seguí caminando a buen paso, contemplando la ciudad dormida en
la que no había un alma, contemplando sus casas apagadas y puertas cerradas. ¡Y
qué lejos estaba mi casa!
Estaba
acojonado, desde luego, pero con el poco valor que me quedaba me detuve y me
volví.
No había nadie
en la larga calle. No me seguía nadie.
Nadie.
Rompí a reír.
¡Qué estúpido había sido! Mi propia imaginación me había jugado una mala
pasada. Había empezado a imaginar cosas sobre la nada.
—Buenas noches
—dijo una voz a mis espaldas.
Me volví,
sobresaltado, y vi la misma silueta que me seguía antes, empuñando una navaja.
—Vas a morir
—dijo secamente. Su cara enjuta y pálida, envuelta en el frío de la noche, me
heló el ánimo.
—No he hablado
ni hablaré —me apresuré a decir—. No me mates, por favor. Te meterás en otro
lío al matarme.
—Me encanta
meterme en líos —dijo sonriendo mientras se acercaba, blandiendo su navaja como
un cirujano asesino lo haría con su escalpelo.
Yo estaba
totalmente quieto; me había quedado congelado de miedo, invadido por el helado
pavor.
—No me mates
—seguí diciendo—. Te juro que no diré nada.
—No me fío de
ti —dijo apuntándome con su navaja.
Aterrado,
sintiendo que la muerte llamaba a mi puerta, di un paso hacia atrás.
—Pero me has
caído bien —continuó diciendo—. Te voy a dar una oportunidad.
Y dicho esto
dejó caer su navaja al suelo, cayendo cerca de mis pies.
—Cógela —dijo
sonriendo—. Defiéndete.
Aturdido,
observé la navaja que estaba a mis pies y lo miré a él: estaba sonriendo
tranquilamente, con las manos dentro de los bolsillos.
“No es
estúpido”, pensé, “El muy cabrón se está riendo de mí. Si se me ocurre
agacharme a coger la navaja, él seguramente sacará otra de su cazadora y me la
clavará. Pero, si no la cojo, ¿qué puedo hacer?”.
Sin mediar
palabra me volví rápidamente y eché a correr tan veloz como pude: tenía que
salir de allí. Pero al momento el tipo salió tras de mí, a toda pastilla.
Recorrí la calle como alma que lleva el diablo y torcí hacia la izquierda por
una bocacalle; el miedo daba alas a mis pies. Yo me consideraba un buen
corredor, pero el muy hijo de puta corría tras de mí a toda leche. Azuzado al
escuchar las pertinaces pisadas de él detrás, volví a torcer hacia la
izquierda, doblando la esquina casi derrapando como los motoristas. Entonces
giré la cabeza un segundo y vi que él corría tras de mí empuñando una navaja.
Pero no era la misma que había tirado al suelo: era otra. Mis suposiciones eran
acertadas. El muy cerdo llevaba dos navajas. A toda velocidad, impelido por el
terror, volví a torcer hacia la izquierda y llegué corriendo a la misma calle
donde él me había detenido. Había dado la vuelta a la manzana: el círculo se
cerraba. Llegué presuroso donde estaba la navaja y me detuve en seco. La cogí
del suelo y lo observé corriendo hacia mí. Al verme con la navaja, se detuvo a
unos cinco metros.
—Vaya, ya
estamos igualados —dijo cínicamente mientras se acercaba muy despacio,
pasándose la navaja de mano a mano en plan macarra—. Venga, ataca —dijo
flexionando las piernas y señalándome con la navaja.
—Me has caído
bien —le dije llanamente—. Te voy a dar facilidades.
Y dicho esto
lancé la navaja al suelo.
Él la miró
asombrado, a dos palmos de sus pies.
—Cógela —le
dije—. Es tuya.
Él me miró
alucinado.
—Puedes irte
—dijo sonriendo—. Tienes sentido del humor.
Soltó una
sonora carcajada y se agachó confiadamente a cogerla.
Yo entonces
saqué mi navaja del bolsillo; mientras con una mano le sujetaba la muñeca donde
llevaba la suya, se la clavé hasta el fondo del alma.
Luego, cuando
sacaba la ensangrentada navaja del corazón del desdichado, un tipo enfundado en
una gabardina marrón pasó por la calle y se quedó paralizado, mirándome sin
decir nada.
Yo salí
corriendo de allí.
Al cabo de tres semanas, por la noche, me crucé con el tipo de la gabardina...
No hay comentarios:
Publicar un comentario