miércoles, 20 de enero de 2021

LOS FAVORES SE PAGAN





Tomás observó durante un instante su estampa desgarbada en el espejo de la habitación. Después, cansinamente, abandonó su triste reflejo y se sentó en un sofá. Tomó la cuchilla de afeitar y la acercó a su muñeca.
—Al diablo con todo —se dijo.
Las venas azules de su muñeca miraron la cuchilla con horror. La habitación en silencio lo contempló con morbosa expectación.
—Joder, voy a poner el sofá perdido de sangre —pensó de pronto, estúpidamente.
Tomás siempre hablaba solo, consigo mismo. Vivía solo, estaba loco y se encontraba desesperado. Eran tres buenas razones para hablar solo.
—Bueno, al diablo el sofá —siguió pensando.
Posó suavemente la hoja sobre su muñeca izquierda, temblándole la mano de manera visible, y sus frágiles venas sintieron el frío contacto de la muerte lenta.
Se miró pensativamente la muñeca. Estaba procediendo de la manera adecuada; cuchilla de afeitar, muñecas preparadas, sentado plácidamente... Era un suicidio correcto. Pero faltaba un pequeño detalle: la carta al señor Juez.
—Al diablo el señor Juez —pensó con rabia.
Separó levemente la hoja y decidió que ya era el momento; el sublime momento de abrirse las dos muñecas.
—Adiós, mundo cruel —se despidió, casi teatralmente.
—¿Qué coño estás haciendo? —dijo de pronto una voz.
Tomás dejó caer la cuchilla, que se precipitó silenciosamente al suelo. Alzó los ojos y observó anonadado lo que tenía delante.
Era un tipo alto y corpulento, envuelto en una túnica perlina y laureado con dos alas blancas en la espalda. Su mirada tenía un aire de desaprobación.
—¿Quién eres? —balbució Tomás, levantándose del sofá dando un respingo.
—Tu ángel de la guarda —dijo el tipo afablemente.
—¿Mi ángel de la guarda? ¡Anda ya! —se mofó el muchacho.
—¿Quién crees que soy entonces? —replicó el hombre—. ¿Un bailarín que se ha escapado del lago de los cisnes?
Tomás lo miró de arriba abajo, comprendiendo. Era un ángel. Tenía que ser un ángel.
—¿Y qué haces aquí? —le preguntó.
—He venido para impedir que te mataras.
—Vaya... ¿Y por qué hasta hoy nunca había sabido nada de ti?
—Hasta hoy no habías estado en peligro —explicó el ángel.
—Ah —articuló Tomás, boquiabierto.
Visto así, tenía sentido.
El ángel se acercó más a él.
—¿Por qué te ibas a matar? —inquirió con un ligero tono de interrogatorio.
Tomás agachó la cabeza, avergonzado.
—No me quieren las mujeres —dijo en voz baja—. Las necesito, pero ninguna me quiere. Y necesito una que me comprenda. O, bueno, que no me comprenda pero que se acueste conmigo.
—Caramba, si lo que quieres es acostarte con una mujer, vete de putas —dijo el ángel guiñándole un ojo.
—¿Que me vaya de putas? —repitió Tomás, asombrado—. Coño, yo nunca pagaría a una mujer para que me hiciera el amor.
—Entiendo, entiendo —asintió el ángel seriamente—. No te rebajas a pagar a una mujer por eso; tienes demasiado orgullo.
—No, no es por eso —repuso Tomás al instante—. Yo no tengo nada de orgullo. Lo que sucede —matizó— es que tampoco tengo ni un céntimo.
El ángel sonrió abiertamente, se cruzó de brazos y dio dos pasos hacia atrás.
—Bueno, me gustaría quedarme pero me tengo que ir. No obstante, recuerda que si te vas de putas, siempre tienes tiempo de arrepentirte, sobre todo si el precio es elevado. Recuerda que si matas a alguien, siempre te puedes arrepentir. Y recuerda que si te suicidas, ya no te puedes arrepentir. Así pues, no se te ocurra nunca suicidarte.
Y dicho esto, el ángel se esfumó; desapareció como una bruma inhalada fugazmente por un minúsculo aspirador invisible.
Tomás quedó algo acharado, rodeado nuevamente por su soledad, y miró la cuchilla del suelo con desprecio. Había decidido no suicidarse.
—Me ha convencido el ángel —se dijo.
La normalidad —si se puede llamar así— había vuelto. Y al haberse disipado sus pensamientos de suicidio volvió a sus pensamientos de siempre.
—Necesito una mujer —le dijo a la pared—. Sólo una mujer. ¿Es pedir demasiado?
Las paredes estaban cansadas de oír lo mismo una y otra vez.
—¡Quiero una mujer! —gritó con desesperación, exasperándose su alicaído ánimo—. ¡Quiero una mujer! —volvió a decir por si las paredes no lo habían oído todavía.
—Vale, vale, latoso —dijo una voz apesadumbradamente—. Llevo toda la vida oyendo lo mismo. Está bien, tú ganas, te conseguiré una mujer.
Tomás observó alucinado lo que tenía delante.
Era una anciana obesa y pequeña como una pelota de playa, ataviada con un extraño vestido carmesí que parecía salido de la Edad Media.
—¿Cómo has entrado? ¿Quién eres? —preguntó patitieso viendo que las sorpresas nunca vienen solas.
—Soy tu hada madrina —respondió la anciana con toda la naturalidad del mundo.
Tomás se quedó mudo.
—Sí, tu hada madrina —repitió ella, viendo la mueca de asombro que se había formado en su rostro—. Ya sé que piensas que las hadas sólo salimos en los cuentos, pero es que esto es un cuento.
Tomás la miró como quien mira un fantasma, intentando recordar si no se habría fumado varios porros. ¿Estaba viendo alucinaciones? ¿O es que estaba loco? No, no eran alucinaciones. La tenía enfrente; casi la podía tocar.
—Te voy a conseguir una mujer —añadió la vieja—. Te la has ganado, por pesado.
—¿Qué dices? —dijo Tomás, iluminándose sus ojos—. ¿Me vas a conseguir una mujer?
—Así es. Pídeme la mujer que quieras.
—¿Cualquiera?
—Cualquiera.
—Coño —sonrió Tomás—, ¿qué tal Uma Thurman?
La vieja lo observó largamente, meditabunda.
—¿Sabes inglés? —inquirió tras reflexionar.
—No.
—Entonces nada. No resultaría.
—Vaya —lamentó Tomás—. Bueno, te lo voy a poner fácil. Quiero a Laura.
—¿Qué Laura?
—Laura Rodríguez —especificó Tomás—. Es compañera mía de trabajo.
La vieja sonrió levemente.
—De acuerdo. Eso está hecho —dijo con seguridad en su voz—. Dentro de poco vendrá aquí, a tu casa. No sabrá por qué, pero vendrá, ya lo verás. Yo me encargaré de eso.
—Suena bien —opinó Tomás maravillado.
—Pero..., una vez que entre en tu casa, yo no tendré poder sobre sus actos. Lo que suceda será labor tuya —acordó—. ¿Sabrás ligártela, no? ¿Sabrás decirle las palabras oportunas en el momento oportuno?
Tomás se ruborizó ligeramente.
—Bueno, no sé..., la verdad..., no tengo mucha experiencia...
—Me lo temía —resopló la vieja—. En fin, no hay problema. Tengo remedio para todo —se echó una mano al costado y sacó un frasquito de cristal de entre sus ropajes—. Toma —dijo entregándoselo—. La invitas a tomar algo y echas unas gotas de este bebedizo en su copa. Al beberlo, se rendirá ante ti, caerá a tus pies y podrás hacerle todo lo que quieras.
Tomás sonrió maliciosamente y observó con agrado el líquido ambarino que oscilaba dentro del frasquito.
—¿Seguro que pasará eso? —preguntó como si no se lo creyera, como si no se lo pudiera creer—. ¿No será esto un sueño?
La vieja sonrió con indulgencia.
—Sucederá, te lo garantizo —manifestó, sacando una hoja de papel—. En este documento —indicó— aseguro que todo lo que te he dicho se cumplirá. ¿Quieres firmar?
—¿Firmar? —dijo Tomás extrañado.
—Sí, es puro formulismo.
—Bueno... —accedió.
Y firmó en el papel, sin molestarse en leerlo.
—En fin, se me hace tarde... —dijo la vieja dedicándole una sonrisa de oreja a oreja—. Tengo trabajo.
Y antes de que Tomás pudiera despedirse, ella se desvaneció, perdiéndose en el aire como si nunca hubiera estado allí.
Tomás se quedó quieto, de pie, sonriendo como un bobo.
—¿Quién es el tío con más suerte del mundo? —le preguntó al espejo.
—Tú no, desde luego —respondió su reflejo.
Tomás gruñó, mandó a la mierda al espejo y se fue a arreglar. Se cambió de camisa, de pantalón, se afeitó pulcramente y se ordenó un poco sus cabellos castaños; debía estar guapo para la gran cita.
Pero de pronto bramó el timbre de la puerta.
Tomás dio un bote tremendo, como si le hubieran dado un fuerte pinchazo en todo el trasero.
—Ya está —se dijo—. Pues sí que es eficiente mi hada madrina...
Contempló la puerta, dudando si abrir o no.
—Dios, yo por fin con una mujer... —pensó excitado, sudando y sintiendo que la timidez lo devoraba.
—¡Mensaje urgente! —oyó a través de la puerta.
Tomás suspiró, decepcionado y aliviado a la vez.
Caminó hasta la puerta y la abrió.
Un joven bien parecido aguardaba.
—Debía entregarle esto en mano, señor —dijo éste dándole un sobre—. Es importante.
—Gracias —asintió Tomás.
Cogió el sobre y le cerró la puerta al joven en las bien parecidas narices.
Observó la carta. No había sello alguno y su nombre y su dirección aparecían con letras muy formales, casi demasiado formales. Miró el remite; sólo había escritas dos palabras: “El Cielo”.
—¿Qué es esto? —se dijo asombrado.
Abrió el sobre y leyó el papel que había dentro. Decía lo siguiente:


“Uno de nuestros ángeles le ha salvado la vida. Y ha sido un gran placer para nosotros. Esperamos que como muestra de agradecimiento y desinteresadamente nos devuelva el favor depositando la módica cantidad de cien euros —¿qué son cien euros comparados con una vida?— en el cepillo de San Damián de la basílica del Pilar. Gracias por ello”.


No ponía nada más. Ni firma ni nada.
Tomás lo volvió a leer, abrumado.
¿Era una broma? No, ¡diablos!, no podía ser.
—Tendrá cojones... —se dijo.
Pero no le quiso dar vueltas. Suficientemente preocupado estaba ya con el asunto de Laura.
¿Vendría realmente?
Por si acaso, decidió prepararse. Fue a la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de champán. Sacó también dos copas y las llenó. En una de ellas echó unas gotas del bebedizo.
¿Qué efecto produciría en ella? ¿Se pondría cachonda? ¿Quedaría hipnotizada por él? ¿Se pondría en trance? ¿O acabaría borracha como una cuba?
Pensó también en echarse unas gotas en su copa, pero finalmente lo descartó. Al fin y al cabo, las gotas eran para ella.
Observó las dos copas. Aparentemente, tenían el mismo color.
Entonces sonó el timbre de la puerta.
¿Sería Laura?
Tomás se empezó a comer frenéticamente las uñas; estaba demasiado nervioso como para intentar disimular su histeria.
—¡Soy Laura! —se oyó a través de la puerta.
Las piernas de Tomás flaquearon.
¿Sería capaz de abrirle? ¿Podría?
Infundándose ánimos, con gran fortaleza, se dijo a sí mismo:
—¿Eres un hombre o un ratón?
Y empezó a comer un trozo de queso.
—¡Soy Laura! —volvió a gritar ella.
—Ya voy, ya voy —dijo él, dejando la cocina atrás y caminando atropelladamente hasta la puerta.
Se santiguó, resopló un par de veces y consiguió abrir.
Tras la puerta, Laura estaba radiante. Era realmente hermosa. No tenía nada que envidiarle a Uma Thurman.
-—Hola, Laura —dijo él mirándola como si fuera un sueño.
—Hola, Tomás.
—Pero pasa, pasa —se apresuró a decirle indicándole con un ademán que entrase.
—Gracias —sonrió—. Verás, pasaba por aquí y me he dicho: voy a ver a Tomás —contó mientras entraba—. Sé que suena a excusa, pero es verdad, no sé qué me ha pasado. De repente, necesitaba verte.
—Entiendo. A todos nos pasa alguna vez —convino Tomás amablemente—. Siéntate, por favor —dijo indicándole una silla—. ¿Te apetece una copa de champán?
—¿Champán? Vaya, sí, me encantaría —asintió ella mientras se sentaba.
—Ahora mismo las traigo —dijo él, entrando atolondradamente en la cocina.
Estaba realmente excitado. Todo iba tan bien... ¿Quién le iba a decir que Laura se podría presentar un día así? Desde luego, su hada madrina era una maravilla.
Tomó las copas rápidamente, y le temblaban tanto las manos que a punto estuvo de derramar todo el contenido por el camino. Al final, las dejó sobre la mesa como quien sufre de la enfermedad de Parkinson y se sentó en otra silla, al lado de Laura.
—Me encanta el champán —comentó ella.
—No sabes lo que me alegra —celebró él, sonriendo ladinamente.
Laura tomó la copa y le dio un buen sorbo.
Tomás recordó las palabras de su hada madrina: “Al beberlo, se rendirá ante ti, caerá a tus pies y podrás hacerle todo lo que quieras”.
Y efectivamente, eso ocurrió. Laura cayó a sus pies. Literalmente. Se derrumbó al suelo. Tomás la vio caer, asombrado.
¿Se había desmayado de pronto?
Rápidamente, se levantó de la silla y se agachó sobre ella.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado, acariciando su rostro—. ¿Qué te ha pasado?
Ella parecía totalmente inconsciente.
Tomás le dio unas leves bofetadas.
Siguió sin reaccionar.
Sin saber muy bien por qué, le tomó el pulso.
Ella no tenía pulso.
Tomás se sintió morir. Sintió que necesitaba gritar, pero no podía. No podía. ¡Estaba muerta! ¡Había muerto!
—¿Por qué? ¿Por qué? —se dijo abrumado.
Miró la copa; horrorizado, se dio cuenta de lo que contenía: veneno. Sí, no había otra explicación. Lo vio claro. Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Y qué iba a hacer ahora?
Recordó lo dicho por su hada madrina: “Podrás hacerle todo lo que quieras”.
Sí, a un cadáver se le puede hacer de todo tranquilamente. Pero él lo único que quería hacer con el cadáver era desprenderse de él.
Estaba en una situación desesperada. Tenía un cadáver y mil preguntas amontonándose en la cabeza. ¿Se la había jugado su hada madrina? ¿Y por qué?
De pronto, gritó el timbre de la puerta.
Tomás miró con horror hacia la entrada.
¿Quién sería ahora? ¿La policía? ¿Sería posible que se hubieran enterado de lo que había hecho?
Sí, lo que había hecho. Había envenenado a una mujer, en su propia casa.
Desde luego, no lo tenía fácil.
Avanzó hasta la puerta.
—¿Quién es? —inquirió.
—Abra —exigió una voz.
—¿Quién es? —repitió.
—Abra o echamos la puerta abajo —amenazó la voz contundentemente.
Tomás resopló. No podía hacer nada.
Abrió la puerta.
Dos tipos aguardaban. Vestían monos azules de trabajo. Uno de ellos portaba un maletín negro.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con voz medrosa.
—Somos dos demonios —dijeron a la vez mientras entraban.
—¿Qué? —acertó a decir.
—Venimos a por su alma —explicó uno de ellos.
—¿A por mi alma? ¿Por qué? —dijo Tomás, desconcertado, perdido en una película ajena a él.
—Usted le vendió el alma al diablo. Venimos a por ella.
—¿Qué? ¿Están locos? —farfulló ariscamente, empezando a pensar que la puerta de su casa comunicaba directamente con el manicomio—. ¡Yo no le he vendido el alma al diablo!
—¿Ah, no? —replicó el tipo del maletín, sonriendo lóbregamente y echando una mano a su bolsillo y sacando de allí un papel—. ¿Y esto qué es? ¿Usted lo firmó, no es así?
Tomás tomó el papel. Era el que había firmado a su hada madrina. En él, ella se comprometía a que sucediera lo dicho, y él, con su firma corroborándolo, se comprometía a ceder su alma. Sí, lo leyó claramente, temblando: “Se comprometía a ceder su alma”. Horrorizado, comprendió que el diablo tiene mil caras; Satanás le había engañado, se había burlado de él.
—Agárralo —indicó el tipo del maletín.
El otro demonio cogió fuertemente a Tomás y lo tumbó en la mesa en cuestión de un segundo.
—¿Qué... qué me vais a hacer? —profirió Tomás sin poder resistirse, paralizado de la impresión.
—Ya te lo he dicho —dijo el del maletín—. Te vamos a sacar el alma.
—¿En vida? —preguntó Tomás, aterrado.
—Sí —asintió el demonio, sonriendo tétricamente.
Y abrió el siniestro maletín y sacó de él un bisturí, un gran cuchillo, un serrucho herrumbroso y unas tenazas.
Y se dispuso a arrancarle el alma.

"Los favores se pagan" aparece en "La luz del diablo" (Mira, 2008), libro de relatos de Roberto Malo.

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