jueves, 19 de agosto de 2010

EL ÚLTIMO VIAJE



Sobrevolaba el océano, a 31.000 pies exactamente, cuando Dios se sentó a mi lado. A estas alturas ocurren estas cosas, pensé. “¿Es mi hora?”, inquirí. “Así es”, asintió seriamente. En esto, una azafata se acercó y me preguntó si quería té o café, y sentí que la banal pregunta adquiría en semejante contexto un matiz muy importante; de mi posible contestación dependería mi destino final. “Té”, musité tras reflexionar. “Has tenido buen juicio”, expresó Dios, complacido, y la azafata me sirvió una taza con reverencia litúrgica. La probé, y el avión puso rumbo al Cielo.

10 comentarios:

J.E. Alamo dijo...

Pues yo estaría ya en el Infierno... Y es que soy un adicto al café.

Claudio dijo...

Derrama el té café hirviente sobre Dios y después le das una paliza, a ver qué hace...

Marcos Callau dijo...

Un te celstial y redentor, amigo. Yo arderé en las llamas del infierno por tomar tanto café...

roberto dijo...

Joe, el café es algo diabólico (como el ron). Vas de cabeza al infierno (como todos los piratas).

roberto dijo...

Hombre, Claudio, vamos todos al infierno, pero tampoco hay que ponérselo tan fácil...

roberto dijo...

Hola, Marcos, te confieso que yo también soy un adicto al maldito café. No tenemos remedio...

39escalones dijo...

Está claro que no era de Iberia...

roberto dijo...

No, desde luego, sería "DiosAerolíneas" o algo así.

VERONICA LEONETTI dijo...

Que va que va, de EasyJet. Que te hacen pelearte por los asientos!
Yo mitad cielo, mitad infierno. Que los dos me gustan mucho.

roberto dijo...

Hola, Vero, se nota que entiendes de aviones.
Y yo le pego más al café, pero lo cierto es que el té me sienta mucho mejor. Me merezco el infierno por inútil.