viernes, 21 de septiembre de 2012

LA LUZ DEL DIABLO




El azul del cielo matutino cubría la ciudad. El aroma de las fábricas se extendía sobre los grises edificios. En las calles los niños jugaban a buenos y malos –y todos querían ser malos-, mientras que los mayores caminaban esquivándolos.
Gregorio Muñoz era uno de los hombres que caminaban por las calles. Se dirigía a buen paso hacia el banco en el que trabajaba. Y se dirigía sonriente pues era viernes y su mente ya no pensaba en el trabajo, sino en el fin de semana que le esperaba.



El mediodía había caído en medio de la ciudad con un caluroso sol de primavera. La comida llamaba desde los hogares a todas las gentes. Y las gentes, que no eran sordas, acudían al reclamo de sus estómagos.
Gregorio Muñoz abrió la puerta de su piso sintiéndose hambriento y feliz. Eran ya casi las dos del mediodía: era normal que se sintiese hambriento. Estaba soltero, tenía un buen trabajo, un piso estupendo y un gran fin de semana por delante: era normal que se sintiese feliz.
Después de comer lo llamó por teléfono su amigo Salvador. Como de costumbre, quedaron por la noche en un bar de la ciudad y Gregorio supuso irónicamente que la ciudad estaría temblando sólo de pensar en la cantidad de noctámbulos que no la iban a dejar descansar en paz.



El día se había desvanecido y el azul claro del cielo, tras pasar por ser azul oscuro y violeta, ya era negro. La luna ostentaba su vestido blanco de novia y el cielo nocturno estaba salpicado de granos de arroz centelleantes.
Dentro de un bar, apoyados en la barra, Gregorio y Salvador se refugiaban de la luz de las estrellas. Llevaban ya dos copas encima y observaban con ojos de lobo a la abundante clientela del bar.
Y en éstas estaban cuando por el campo de visión de Gregorio pasó una rubia explosiva de las que quitan el hipo, quien le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa con la soltura de una experta lanzadora de lazos.
Gregorio se asombró agradablemente y, tras pellizcar a Salvador, fue en pos de ella sin pensárselo dos veces. Si bien era bastante tímido, las dos copas que había tomado habían anulado a la timidez, la burbuja de cristal que le rodeaba y le impedía moverse o decir algo en situaciones parecidas.
Gregorio alcanzó a la rubia con rapidez y la cogió del brazo de forma algo brusca. Ella se volvió lenta, delicadamente, como si el tiempo caminara más despacio a su alrededor.
-¿Sí? –le dijo sonriendo.
-Creo que nos conocemos, ¿verdad? –dijo Gregorio con notable torpeza-. Lo que no sé...
-No, no nos conocemos –interrumpió ella-. Pero me encantaría conocerte a fondo.
-¿Sí? –dijo él, sonriendo como un estúpido.
-Sí. Pero ahora tengo que ir al baño. Ahora salgo, ¿vale?
-Vale, vale –asintió él, sin acertar a decir nada más.
Ella se metió en el baño y cerró la puerta tras de sí.
Gregorio se quedó de pie donde estaba, totalmente quieto; parecía una estatua feliz. Se contempló en un espejo y ordenó e intentó peinar sus alborotados cabellos negros, puesto que estaban en punta, excitados, como si él estuviera cargado de electricidad.
En esto, un hombre se le acercó. Parecía un marqués. Iba bien vestido, pero no por ello parecía un marqués. Era por su rostro: enjuto, serio, con unos finos y estirados bigotes y una cuidada perilla castaña. Solemnemente, le dijo a Gregorio:
-Caballero, yo de usted no intentaría nada con esa mujer.
Gregorio lo observó extrañado.
-¿Me dice a mí?
-Sí, le digo a usted. Ella huele mal.
-¿Qué?
-Ella huele mal –repitió el hombre, tocándose las aletas de su nariz aguileña-. Yo tengo un gran olfato y ella no huele como una mujer. Huele como una serpiente.
-¿Está bromeando? –dijo Gregorio en un susurro.
-No suelo bromear –aseveró el hombre, separándose de él-. Intento salvarle la vida.
Y dicho esto salió del bar.
Gregorio lo vio salir, mientras su mente daba vueltas en su cabeza como la ropa en una lavadora.
Una mano le tocó el hombro.
-Ya estoy –anunció una voz de mujer.
Sin volverse, Gregorio comprendió que la rubia acababa de salir del baño. Y no se tuvo que volver. La rubia se plantó delante de él.
-¿Quieres una copa? –le preguntó.
-Sí, la necesito –asintió él, pensando que la copa podría servir de detergente para limpiar toda la ropa sucia que se arremolinaba en su cerebro.
-¿Whisky? ¿Cerveza?
-Cerveza.
Ella pidió dos cervezas al camarero. Gregorio buscó con la mirada a Salvador, y lo vio al fondo del bar, dialogando con una morena llena de curvas. Al parecer, los dos estaban de suerte.
El camarero sirvió las dos cervezas. La rubia las tomó, guiñó coquetamente un ojo al camarero, como si con ese encantador gesto quedaran ya sobradamente pagadas, y le tendió una a Gregorio.
Gregorio tomó la cerveza y observó a la mujer con detenimiento. Era preciosa, mucho más de lo que le había parecido en un primer momento. El flequillo le caía hasta las cejas como el telón de una gran obra y su melena se perdía en la espalda como una larga capa rubia. Sus ojos marrones brillaban como dos planetas tocados por el sol, bañados en un mar de marfil, y su nariz era pequeña, juguetona y tan agradable a la vista como la sonrisa de un bebé. Sus orejas las llevaba descubiertas, a pesar de su largo cabello, y no era de extrañar, puesto que eran dos pasteles apetecibles y exquisitos. Su boca era la mismísima puerta roja del cielo y su cuello era la torre blanca que llevaba hasta él. No llevaba pendientes, iba sin pintar, y con sólo un vistazo uno se daba cuenta de que no necesitaba maquillarse para parecer una diosa inmortal. Tampoco necesitaba vestir llamativamente: llevaba una camisa negra de manga larga, pantalones vaqueros y zapatos planos.
Al observar cómo la miraba Gregorio, comiéndosela con la mirada, sonrió dulcemente.
-Me llamo Elena –se presentó, tendiéndole la mano-. Pero puedes llamarme Ele.
-¿Ele? –dijo él, estrechando su mano.
-Sí, Ele. Como la letra. La humanidad somos un inmenso abecedario, y cada uno de nosotros somos una insignificante letra. A mí me tocó ser la Ele.
-Ah... Bueno..., yo me llamo Gregorio –dijo él-. Pero puedes llamarme Grrr... –dijo como un loro.
-Grrr... –repitió ella y rio ostentosamente.
Gregorio observó su risa y palideció de pronto al comprobar que reía igual que Virginia, una amiga suya que se había suicidado hace tan sólo unos meses. Sí, reía igual, del mismo modo ostentoso, e incluso tenía sus gestos, hablaba de una forma parecida... Al verla por primera vez le había recordado a alguien y ahora se había dado cuenta de a quién le recordaba: a su querida Virginia. Bueno, no tenía su cara        –Virginia no era tan hermosa-, ni sus ojos, ni su voz, pero parecía que actuara como ella, como si estuviera debajo de ella... Gregorio pensó, extrañándose de sí mismo, que si le arrancara la piel a la mujer, como si fuera una máscara, debajo estaría Virginia.
-Me recuerdas a una amiga que se fue. Tienes sus mismos gestos.
-¿Sí? –dijo ella sonriendo y dio un sorbo a su cerveza.
Fue como si lo hiciera Virginia. Gregorio tembló.
-¿Cómo se llamaba?
-Virginia.
-¿Y qué le pasó?
-Se suicidó. Se pegó un tiro. No sé por qué. Se debió de volver loca.
-¿Se pegó un tiro? –dijo ella como si no se lo creyera-. Las mujeres no se suicidan pegándose un tiro. Sólo los hombres.
-Bueno, pues eso hizo.
-¿Cuántos años tenía?
-Los mismos que yo, veintisiete.
-¿Te dolió su muerte?
-Mucho... La quería, estaba enamorado de ella... Y nunca se lo dije. Nunca me atreví.
-¿Por qué no lo hiciste?
-Bueno..., éramos demasiado amigos. No sé, tal vez habíamos nacido para ser sólo amigos... Pero... no sé por qué te estoy contando esto –dijo avergonzado. ¿Así quería ligar?-. Perdona.
-No, no, es muy interesante –se apresuró a decir ella-. Me gusta verte hablar. Aunque no te quiero ver tan triste. Prefiero que estés alegre, como hace un momento.
-Sí, tienes razón. No es buen tema de conversación el de los muertos –sentenció él y dio un trago a su olvidada cerveza.
Ella lo imitó, dio un sorbo a su bebida, y después le guiñó un ojo pícaramente.
Gregorio sonrió.
-Desde luego, sabes guiñar –señaló admirado.
-Y no sólo con los ojos –dijo ella, acercándose a él.
Y le guiñó con los labios en la boca.



Pasado un buen rato, Elena y Gregorio salieron abrazados del bar. El cielo negro estaba lleno de estrellas. La calle estaba llena de personas. Las personas estaban llenas de alcohol.
-¿Vamos a mi casa? –sugirió Elena-. Vivo aquí al lado.
-De acuerdo –asintió Gregorio, pensando que si ella era una serpiente, tal y como había dicho aquel loco con pinta de marqués, era desde luego una serpiente estupenda.
“Voy a ser el primer hombre que hace el amor con una serpiente”, pensó irónicamente. “Además, me recuerda tanto a Virginia...”.
Recorrieron un par de manzanas y llegaron al apartamento. Elena abrió la puerta y pasaron los dos al interior entrando directamente al dormitorio. Era una habitación sencilla, sin ventanas, sin apenas decoración –sólo un gran espejo adornaba una pared-, pero la gran cama roja invitaba a tumbarse en ella. Y los dos se tumbaron, cayendo juntos como un gran saco de carne, rodeándose de abrazos, caricias y besos.
Con el apresuramiento que da el deseo, las manos de Gregorio liberaron a Elena de sus zapatos planos, de su camisa de manga larga, de sus pantalones vaqueros... Ya en ropa interior, Elena se separó ligeramente de él y se quitó su sujetador blanco sensualmente, cual artista del striptease, y sus senos vieron la luz como dos capullos de rosas que se abren con la mañana. Después se bajó las bragas con suma lentitud, contoneándose como quien se quita una interminable falda de tubo, y cuando se liberó por completo de ellas se tumbó hacia atrás, arqueándose ligeramente y abriéndose bien de piernas, mostrando así su sexo en todo su esplendor.
-¿Te gusta mi estrella? –preguntó ella maliciosamente y en ese momento algo brilló con intensidad en el centro de su sexo, entre sus labios rosados, como si tuviera una hoguera en su interior, como si emergiera el faro de un tren del túnel de su ser.
Gregorio vio el intenso fulgor, y el vello de la nuca se le erizó, sintiendo auténtico miedo. El oírle decir “¿Te gusta mi estrella?”, al mismo tiempo que veía el inquietante resplandor entre las hojas carnosas del libro de su sexo, fue como sentir que le decía “Te voy a comer, te voy a devorar, eres mío...”. A la vez, sintió que el relumbre de la entrepierna le intentaba hipnotizar, le intentaba atraer hacia ella. ¿A qué se debía ese gran fulgor? ¿Qué es lo que había dentro de ella? ¿Un sol devorador? ¿El fuego de los infiernos?
Gregorio se apartó aterrado, negándose a mirar por más tiempo la luz que emanaba del interior de la mujer, convencido de que si la miraba atentamente quedaría rendido a su hechizo, como si la luz fuera el ojo de una serpiente. En cuestión de un segundo, dando gracias por no haberse desnudado, corrió hasta la puerta del apartamento, la abrió de un tirón y salió veloz sin mirar atrás, sin escuchar si le decía algo o no la mujer. Llegó como una tromba hasta la calle y siguió corriendo en dirección a su casa. Tenía que escapar, escapar como sea, aunque no sabía de qué escapaba.
El cielo negro estaba salpicado de estrellas. Gregorio las observó y no le parecieron tan hermosas como siempre. Le parecieron estrellas tenebrosas, amenazantes. Le parecieron estrellas cautivas, prisioneras del cielo, encerradas en la inmensidad del espacio. ¿Quién va a poder escapar de la inmensidad del espacio? Por un momento, el cielo nocturno le pareció un gran coño negro, una gran cárcel negra en la que todos estábamos encerrados, incluso las aparentemente libres estrellas.
Cuando llegó a su piso, temblando todavía de miedo, la pregunta “¿Te gusta mi estrella?” se repetía en su cabeza como una cruel gota de lluvia que se precipitaba cada segundo sobre él. Entró en el dormitorio, se tumbó sobre la cama y se sintió como si hubiera escapado de la propia muerte. Sí, había escapado de lo desconocido. A no ser que... No, no habían sido imaginaciones suyas. No había sido un efecto óptico, ni un engaño visual. El fulgor del sexo de la mujer no podía haberse producido porque tuviera el clítoris pintado de oro y brillara cual perla de su vulva. No; dentro de su cuerpo había algo que brillaba infernalmente. Y ella no lo escondió, no lo intentó ocultar, sino que lo mostró orgullosamente, maliciosamente, tal y como un asesino enseñaría el cuchillo a su víctima. Además, no sólo había visto la luz en la boca de su sexo; la había sentido. Sí, igual que uno siente el calor de las llamas además de verlas. Y quizás eso fue lo que le aterró de verdad, lo que le hizo saltar y escapar. ¿Quién va a quedarse con una mujer que tiene dentro el infierno?
¿Y cómo iba a poder dormirse ahora, después de lo que había visto?



Del cielo cayó un telón azul que ocultó el anterior telón negro estrellado y con ello dio comienzo la acción de la mañana del sábado. La luna se ocultó entre bambalinas azules y el sol empezó a brotar en el horizonte, alzándose poco a poco como una gran flor dorada.
Gregorio seguía abrazado a su almohada, sin poder dormir. Cientos de pensamientos acudían a su mente. Sobre todo, los recuerdos de Virginia volvían a él. ¿Por qué se había suicidado? ¿Por qué?, se había preguntado tantas veces. No tenía motivos, al menos, aparentemente. ¿Y por qué no se había suicidado él tras perderla, siendo que ella era la persona sobre la que se apoyaba su vida? ¿Quizás porque quería averiguar las causas de su muerte? ¿Quizás porque su mente no podía asimilar su pérdida? ¿Quizás porque se aferraba a ella como a una ilusión, como a un sueño? Sí, quizás ella sólo había sido una ilusión, una quimera, algo intangible. Y ahora, obsesionado con su muerte, creía haberla visto en otra mujer, en otra mujer que no era ella. ¡Oh, pero es que se parecía tanto esa misteriosa mujer a Virginia! Sí, quizás demasiado. No sólo tenía algo de Virginia esa mujer; tenía todo. Sentía que era ella, que le hablaba ella, pero no era ella. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo...? De repente, sin saber cómo, un viejo recuerdo acudió a su mente. El día, cuando todavía iban los dos al instituto, en que descubrió la obsesión de Virginia por el diablo. Sí, estaban en clase de dibujo y ella había dibujado un pentagrama dorado que, según le explicó luego, servía para invocar al diablo. Cuando le enseñó la estrella de cinco puntas le hizo una pregunta que había olvidado. Le dijo: “¿Te gusta mi estrella?”. Gregorio palideció al revivir la escena. Sí, le dijo eso, eso mismo que ahora se repetía en su mente como un eco que nunca cesa. Y comprendió, temblando, con la lógica de lo ilógico, que Elena era Virginia. Sí, era ella, Virginia. Pero, si había muerto, ¿cómo podía ser que...? ¿Reencarnada? ¿Podría ser que se hubiera reencarnado en Elena? ¿Sería el espíritu de Virginia la luz que había dentro de Elena? ¿Sería Elena una marioneta manejada desde dentro por Virginia?
Sintiéndose enloquecer, Gregorio se tapó la cabeza con las sábanas, pero eso no impidió que oscuros pensamientos siguieran llenando su mente.



El sol de la tarde empezaba a descender sobre la ciudad. El cielo sin nubes parecía un fluctuante mar azul sobre el que se lanzaban de cabeza los grandes edificios. Las jaulas de las casas se habían abierto y los animales sabáticos invadían las calles.
Gregorio seguía en su piso, atormentándose. Seguía pensando en Elena, en Virginia, y en la luz que las unía. No había comido nada; no tenía apetito; lo había perdido, como la sensación de realidad. Le había llamado Salvador, pero no había quedado con él. No tenía ganas de salir. Tampoco le había contado lo que le había sucedido ni lo que le rondaba por la cabeza. Y no sabía muy bien por qué, puesto que tenía ganas de contarlo, de contárselo a alguien... ¿De contárselo a alguien? No; de contárselo a Elena, de saber con certeza quién era y quién estaba dentro de ella; saber si la mujer dorada que se encontraba bajo ella era Virginia; y si era así saber cómo Virginia había llegado allí; saber lo que había cambiado... O quizás lo que deseaba de verdad era dejar de pensar en ellas, dejar que su mente escapara de su cabeza como una paloma de una jaula y poder así volver a ser un hombre sin complicaciones, sin preocupaciones... Sin embargo, eso ya no podía ocurrir. Ya no podía dejar de pensar en ellas; de ninguna manera. Una la había perdido y ahora creía poder recuperarla. Y la otra le podía devolver a la primera, pero, a la vez, sentía que podía matarlo. No obstante, aun así, quería verla. Sí, se sentía aterrado y atraído por ella a partes iguales. ¿Y qué si estaba su vida en juego? También estaba en juego la vida de Virginia.
Así pues, levantándose, tomó la absurda decisión de ir a ver a Elena y de enfrentarse a los infiernos.



El rey sol caía lentamente a tierra. El mar azul del cielo se oscurecía. Las luces de la ciudad comenzaban a bostezar.
Gregorio había llegado a la puerta del apartamento de Elena y sentía que estaba viviendo la última aventura de su vida. ¿Qué estaba haciendo? ¿Yendo a la boca del lobo? ¿Es que se había vuelto loco? ¿Es que de verdad había sido hipnotizado por la luz de la mujer?
No, no estaba hipnotizado: estaba enamorado, enamorado de Virginia. Y ahora sentía –lo sentía su corazón, de forma convulsiva- que Virginia estaba tras la puerta. Sentía su presencia, el perfume de su ser, la música de su sonrisa, la energía de su alma. Le podía engañar la vista, pero no su corazón. Detrás de la puerta se hallaba la única mujer a la que había amado de verdad en toda su vida.
-Virginia, abre –dijo llamando con la mano a la puerta.
Dentro se escuchó un ruido.
Gregorio agudizó sus sentidos, intentando escuchar cómo reaccionaba la mujer que se hacía llamar Elena al ser llamada por su verdadero nombre.
Se oyeron unos pasos hacia la puerta.
-Virginia, soy Gregorio –continuó él-. Ábreme. Tengo que hablarte.
Los pasos se detuvieron cerca de la puerta.
Gregorio tenía las manos dentro de los bolsillos, pero se comía las uñas con la mente. Estaba tan nervioso que, aunque no fumaba, sería capaz de fumarse a la vez tres cigarrillos encendidos por el filtro. Al otro lado de la puerta, separado por una hoja marrón oscura, estaba su suerte o su muerte, su oportunidad de recuperar a Virginia o la de encontrarse con ella en el cielo.
Repentinamente la puerta se abrió de golpe, estrellándose con fuerza contra la pared.
La nuez de Gregorio dio un brinco y sus manos se abrazaron rápidamente a sus cojones para impedir que éstos escalaran hasta su cuello.
-Pasa –dijo una voz.
Gregorio oyó la voz, sorprendido, pero no vio a la persona de la que había salido. La puerta estaba abierta, se veía el interior de la habitación, pero ahí no se apreciaba a nadie. ¿Quién había abierto la puerta entonces? ¿Quién había hablado?
-Pasa –repitió la voz-. ¿O te vas a volver a escapar corriendo?
Gregorio reconoció la voz, era la de Elena, y sintió su presencia a tan sólo un metro, pero no la podía ver. ¿Era invisible? Sus piernas flaquearon y le pidieron echarse a correr, escapar de allí, pero estaba demasiado asustado como para moverse.
-Ya sé que no me puedes ver –dijo la mujer-. Y veo que has averiguado que soy Virginia. Entra, no me tengas miedo.
“No me tengas miedo”, se repitió Gregorio. “Y me lo dice una mujer que ha muerto y que es invisible”.
Resoplando, entró en la habitación. A pesar de que no la podía ver, sentía que realmente era Virginia la que le hablaba.
La puerta se cerró tras él –a todas luces, la cerró ella- y caminó hasta llegar a la cama, escuchando los pasos de ella y deduciendo por el sonido que iba con zapatos planos.
-Siéntate –le indicó la mujer.
Sin atreverse a desobedecer, se sentó en la cama. Y al sentarse vio a Elena caminando hacia el espejo de la pared, reflejada en él. Sí, la veía en el espejo –llevaba la misma ropa que la noche anterior-, aunque no era visible de otra manera. Ella descolgó el gran espejo de la pared y lo dejó apoyado un poco más a la derecha. Una vez allí, se separó de él y se sentó en una silla justo enfrente, para que así Gregorio la pudiera ver a través del espejo.
Gregorio se había quedado mudo.
-No soy visible durante el día –habló ella, serenamente-. Soy un animal nocturno y sólo soy visible de noche. Pero los espejos me delatan. Me reflejo en ellos siempre, al contrario que los vampiros, que tienen la suerte de no reflejarse.
Gregorio la oyó y se quedó doblemente mudo. Se volvió y no vio nada. Sólo veía su reflejo.
-¿Me ves bien así?
-Sí, sí... –musitó él, totalmente alucinado.
Estaba viendo el reflejo de algo que no se veía, estaba viendo en un espejo a una mujer invisible que decía de sí misma que era un animal nocturno; y él estaba ahí sentado, escuchando lo que le decía. ¿Es que estaba loco? ¿O es que era Juan Sin Miedo? No, no lo era: su cuerpo estaba rodeado por el terror; pero era un terror tan atrayente, tan deliciosamente misterioso...
-Me alegra que sepas que soy Virginia –sonrió ella.
Gregorio la miró a través del espejo, sin saber qué decir. ¿Cómo podía ser ella? Había visto su cadáver hacía meses, había visto por sus propios ojos que había muerto... Y ahora le hablaba desde dentro de otro cuerpo, dentro de otra piel.
-¿Cómo es posible? –quiso saber-. Tú habías muerto...
-¿Recuerdas que quería invocar al diablo? –atajó ella-. Lo conseguí.
-Y ahora te has reencarnado en otro cuerpo...
-Digamos que sí.
-¿Y cómo es que eres invisible? ¿Qué es eso de que eres un animal nocturno? ¿Y cómo es que tus ropas también son invisibles?
Ella se tocó la camisa, sonriendo.
-De día todo lo que me rodea se hace invisible. Hasta la ropa.
“Hasta la ropa”, se repitió en la cabeza de Gregorio, “Como si la piel que la rodeara fuera otro traje, otra ropa interior”.
-¿Por qué este cambio de cuerpo? –preguntó.
-Bueno, así he conseguido saber que me quieres, he conseguido que me besaras, que me desearas...
Gregorio la miró, atragantándose su respiración en el pecho a la vez que el reloj de su corazón se paraba. La sangre dejó de circular durante un segundo por su cuerpo.
-Soy más atractiva con este cuerpo, ¿verdad?
Gregorio no podía decir nada. Era como si tuviera una gran piedra en la garganta que no dejara salir sus palabras.
-Siempre te he querido –continuó ella-. Siempre. Y ahora sé que tú también.
-Por eso... –balbució él, rompiendo la piedra de su garganta.
-Sí, por eso decidí cambiar de cuerpo –acabó ella-. Mi cuerpo anterior, desde luego, no era tan maravilloso como éste. Estoy buena, ¿eh? –dijo sonriendo y poniendo pose de modelo.
-Tú me gustabas mucho como eras antes. Con tu... anterior cuerpo –dijo Gregorio, extrañándose de decir algo tan absurdo y tan estúpido, como queriendo convencer a una persona que se ha hecho diez mil operaciones de cirugía plástica de que antes estaba más guapa.
-Oh, tuviste años para decírmelo –reprochó ella-. Años. Y ahora con este cuerpo, ya ves, en una noche conseguí que me abordaras...
-Bueno, siempre he sido muy tímido... –intentó defenderse Gregorio.
-Quiero hacer el amor contigo –dijo ella de pronto-. Ahora. He esperado ya demasiados años.
Gregorio miró asombrado a la mujer del espejo. ¿De verdad era ella Virginia? ¿Diría “su” Virginia algo así? Sin embargo, su corazón no tenía dudas: sentía que era ella, sabía que era ella.
-Demasiados años... –repitió ella, comenzando a desabrocharse los botones de su camisa negra de manga larga.
Gregorio sintió que su trasero estaba completamente pegado a la cama. No se podía levantar, de ninguna manera, y veía asombrado el espejo –lo que reflejaba el espejo-, pareciéndole algo irreal, lejano, como si en vez de un espejo fuera un televisor.
Y la actriz de la película se desabrochó botón tras botón, botón tras botón, con la cadencia de quien deshoja margaritas, liberándose de la camisa poco a poco y dejando al descubierto su sujetador blanco. A continuación se quitó los zapatos, también sin prisa, como con cuidado, como si fueran de cristal y temiera romperlos. Seguidamente, levantándose, se bajó los pantalones vaqueros con la gracia de las personas de los anuncios, se los quitó y los lanzó bien lejos, al otro extremo de la habitación, fuera del campo de visión del espejo.
Gregorio la miraba absorto, incapaz de hablar, incapaz de apartar la mirada, sintiéndose como el espectador de un gran sueño, de un gran ballet.
Y el baile continuó, y ella se quitó su sujetador blanco como quien destapa un embriagador perfume a cámara lenta, dejándolo caer al suelo con la picardía con la que una dama dejaría caer su pañuelo para captar la atención de un caballero. Después pasó delicadamente las yemas de los dedos por los ojos de sus senos para así despertarlos –se habían liberado de su venda blanca y ya podían volver a ver-, consiguiendo poco a poco poner erectas sus pupilas rosadas.
Gregorio se la comía con la mirada, los ojos como platos, pensando en lo que se perdería si no la pudiera ver, agradeciendo de corazón al inventor del espejo su gran aportación al bien de la humanidad.
Ella se volvió de espaldas al espejo y se empezó a bajar lentamente las bragas, asomando así de forma gradual sus dos grandes mofletes, redondos y carnosos. Sus bragas blancas –como si fueran un compás de tela- recorrieron la curva de sus nalgas rotundas y al finalizar el arco quedó descubierto por completo su exquisito melocotón; a continuación, las bragas cayeron en silencio sobre sus pies desnudos. Después liberó a sus tobillos de sus esposas blancas y las lanzó también fuera del campo de visión del espejo. Se volvió al fin, totalmente desnuda, y su vello púbico rubio fue lo primero que miró Gregorio, buscando más abajo –sin verla- la luz de la luciérnaga de su interior.
-Mírame –dijo ella con voz neutra-. Ya es de noche.
Gregorio comprendió. Se volvió, y ahí estaba ella, materializada, visible, corpórea. Ya no tenía que mirarla a través del televisor-espejo. Al parecer, ya había caído la noche, aunque él no lo podía apreciar, ya que no había ventana alguna en la habitación.
-¿Te vas a desnudar? –preguntó ella, sonriendo aviesamente.
Gregorio no respondió. Se empezó a desnudar directamente. Aunque no con la gracia y lentitud de la mujer. En menos que canta un gallo, en un abrir y cerrar de ojos, su fina americana, su camisa, su pantalón, sus zapatos, sus calzoncillos y sus calcetines fueron a parar al suelo.
Ella se deslizó lentamente hasta él y se tumbó en la cama a su lado.
-Te deseo tanto –susurró-. Te he deseado tanto...
-Yo también –asintió él, jurándose para sí que lo que decía era cierto y mostrándolo para fuera con su cuerpo excitado, con su pene erecto.
La miró a los ojos y sintió que iba a hacer lo que siempre había soñado. En el fondo de los ojos de la mujer, le aguardaba Virginia.
Invadido por el deseo, la abrazó, enlazó su lengua a la suya y el centro de su cuerpo buscó el de ella. Ella se abrió de piernas, facilitándole la búsqueda. Él le acarició todos los rincones de su cuerpo; besó sus senos, mordisqueó sus pezones, chupó su ombligo... y bajó la vista hacia su sexo. Ella adivinó lo que pensaba y le dijo:
-No tengas miedo de la luz. Te gustará.
“Te gustará”, se repitió en la cabeza de Gregorio, que miraba la entrepierna de la mujer y el fulgor que despedía, semejante a la luz de un faro que intenta guiar a los barcos iluminando los arrecifes. Pero Gregorio no veía los arrecifes; era un marinero ciego, hechizado por cantos de sirenas.
Ignorando sus temores y empujado por la pasión, se tumbó sobre ella; delicadamente, la penetró y la blanca luz rodeó por completo a su miembro viril. Fue como meterlo en una hoguera, pero en un hoguera en la que las lenguas de fuego eran mimosas, cariñosas, cálidas, acogedoras; las paredes de la vagina de la mujer estaban envueltas en llamas besuconas y apasionadas. Fue como introducir su pene en el pozo de los placeres. Al hacerlo, Gregorio se sintió en el cielo, en las nubes, en el espacio. La danza del amor comenzó y los dos se empezaron a mover al ritmo de su pasión. Se movían a la par, totalmente unidos, como si fueran uno solo. Parecían buenos bailarines del sexo. Gregorio entraba y salía por la luz de la mujer con el compás que le marcaba su loco corazón. Debajo de él, ella se abría como una flor y se erguía ligeramente, facilitando así que el miembro erecto llegara una y otra vez hasta el fondo de su ser donde se encontraba el diamante del que partía la luz. Y así, poco a poco, una bruma femenina empezó a rodear a Gregorio. Una fragancia sexual lo empezó a envolver. Mares y torbellinos se agitaron sobre él. Estrellas fugaces pasaron a su alrededor como flechas blancas. Estaba siendo rodeado por el frenesí y todo su cuerpo se estaba hinchando de aire, de aire sexual, como un globo cachondo, y sentía que de un momento a otro iba a explotar. Su cuerpo hervía, y se sentía como si la mujer lo estuviera absorbiendo; sentía que la mujer tiraba de él, como si una cuerda invisible se hubiera atado a su pene desde las entrañas de ella y lo atrayera con fuerza; sentía que el sexo de la mujer le intentaba chupar y exprimir su cuerpo, su ser, todo, a la vez que sentía que él se iba, todo su cuerpo se iba, sí, se derretía, se convertía en líquido y en aire hacia ella, sin poder remediarlo. Estaba envuelto en un ciclón de carne, en un tornado de sudor, en un huracán de excitación, en un remolino de deseo, en un tifón de gemidos... Y naufragó sin remedio, sin poder resistirse. Eyaculó –a la vez que ella se abandonaba también-, dejándose llevar, sintiendo que si no lo hacía moriría, explotaría, pues todo su cuerpo pedía a gritos salir, expandirse, volar; y su semen brotó, caliente como la lava de un volcán, inundando a la mujer, sintiendo que su cuerpo se vaciaba como una bolsa a la que se le da la vuelta y sintiendo a la vez que se llenaba, como si otra bolsa intercambiara su contenido con la suya; y sus ojos se cerraron, y su vista bajó –recorriendo velozmente su cuerpo- hasta su pene y salió por él, al igual que su mente, su ser, su alma; sí, todo salió de él; y se extendió por las entrañas de la mujer como un río, como un mar, como un mar que se cruzaba con otro mar, inundando sus arterias, sus venas, su carne, sus huesos, sus nervios, recorriendo su vientre, todo su cuerpo; y subió hasta el corazón, llenándolo de sensaciones; hasta su cerebro, llenándolo de pensamientos; hasta sus ojos, llenándolos de vista; y los abrió, y se vio a sí mismo –como si se mirase en un espejo-, encima de él. Sí, él estaba encima de él. ¿Cómo podía ser? ¿Qué ocurría?
De pronto, mientras seguía preguntándoselo, sin comprender, sintiéndose como borracho y mareado tras haber eyaculado, su imagen se separó ligeramente de él, se levantó de la cama y caminó desmañadamente hasta la mesilla de noche. Abrió un cajón y sacó de su interior una pistola con silenciador, volviéndose con ella hacia él. Su imagen le sonreía, pero no era su sonrisa: era la de Virginia. Su imagen era Virginia.
Aterrado, Gregorio se miró a sí mismo, miró su pecho y vio el cuerpo desnudo de una mujer: el cuerpo de Elena. Sí, estaba dentro de su cuerpo. Sentía su largo cabello sobre los hombros, veía sus senos, su vello púbico rubio... ¡Habían cambiado de cuerpo al hacer el amor!
-¿Te gusta tu nueva piel? –dijo sonriendo su imagen con su voz, aunque sintió que era Virginia quien hacía la pregunta, dentro de su cuerpo.
-¿Cómo...? ¿Por qué? –balbució Gregorio tras la piel de Elena, saliendo la voz de Elena.
-Te he engañado. Te he engañado como a un imbécil –rió Virginia con una mueca burlona y femenina en el rostro de un hombre-. ¿Recuerdas que quería invocar al diablo? Pues nunca lo conseguí. Pero en vez de traerlo yo, él me encontró. Sí, una noche que volvía sola a casa a las tantas de la madrugada, me atrapó un tipo envuelto en una gabardina, me arrastró hasta un callejón y me violó. Pero no era un vulgar violador, no. Era él o uno de sus demonios. Olía a azufre, era verde como una serpiente y poderoso como un coloso. Y dejó dentro de mí su semilla, su luz. Me convirtió en un “luciente”, en un portador de la luz del diablo. Sí, me convirtió en un monstruo, en un reptil, en un reptil que necesita cambiar de piel cada cierto tiempo, pues se desgasta rápidamente un cuerpo utilizado por la luz del diablo. Sí, a la piel que te rodea le queda poco de vida. En dos o tres días se te arrancará a tiras por sí sola, se te pudrirá, se te despellejará... Será horrible... Sé que no lo soportarás. Deberías hacer ahora lo mismo que hizo la primera persona con la que cambié de cuerpo: suicidarte.
Gregorio la escuchó, trémulo.
-No, no... –dijo débilmente.
-Claro que si no te atreves a suicidarte te puedo ayudar –dijo Virginia apuntándole con la pistola.
Gregorio vio su propio cuerpo apuntándole. ¿Sería capaz su propio cuerpo de matarlo?, pareció pensar.
-Devuélveme mi cuerpo... –lloriqueó como un niño.
-Oh, puedes conseguirlo. Si te quedan ganas y no te asusta mi pistola –dijo ella con una mueca-. Sólo tienes que hacerme el amor y los dos intercambiaremos de nuevo nuestros cuerpos. Sí, así cambio de cuerpo, con el contacto más íntimo, haciendo el amor. Éste –dijo ella tocándose el pecho-, que es el tuyo; bueno, era el tuyo, es el cuarto cuerpo que ocupo. El que te rodea a ti ahora era una prostituta de lujo. He descubierto que cuando se es un hombre y a la vez un animal nocturno y se necesita hacer el amor para sobrevivir, lo más fácil es buscar una mujer así... Claro que con tu maravilloso cuerpo no creo que sea necesario...
-Yo te quería... –farfulló Gregorio, como si con ese sentimiento pudiera luchar contra lo que oía, incapaz de creer que lo que le estaba sucediendo fuera verdad.
-Yo también te quería –asintió ella-. Por eso elegí tu cuerpo. Quería tenerlo, poseerlo durante unos días... Además, lo que voy a hacer ahora también es un gesto de amor.
Y disparó fríamente, sin pestañear, atravesando la silenciosa bala la cabeza de Elena, la mente de Gregorio, y el cuerpo de mujer con alma de hombre se desplomó sin vida sobre la cama.
Virginia sonrió y observó satisfecha, por última vez, su anterior envoltorio. Seguidamente, tomó las ropas de Gregorio del suelo; con la comprensible inexperiencia de manejar un nuevo cuerpo, se vistió con ellas y ocultó la pistola debajo de la americana. Después, silbando, salió de la habitación sintiéndose orgullosa de su nueva piel.

martes, 18 de septiembre de 2012

RESEÑAS DE "LA MADRE DEL HÉROE" (18)

Reseña en gallego de "La madre del héroe" (OQO, 2011) en Trafegando Ronseis. Pongo el enlace a continuación:


El libro está ilustrado por Marjorie Pourchet.

En la fotografía, Francisco Javier Mateos y Roberto Malo contando "La madre del héroe" en una presentación del libro.

En la fotografía, Francisco Javier Mateos mostrando orgulloso un ejemplar de "La mère du héros" en la librería Chapitre de París.

En la fotografía, Francisco Javier Mateos posando con un ejemplar de "La mère du héros" en la librería Charlomagne.

En la fotografía, María José Menal, Ángel Vergara y Roberto Malo, miembros del Grupo Galeón, representando el cuento de "La madre del héroe" en la Biblioteca de Aragón.


domingo, 16 de septiembre de 2012

RESEÑAS DE "TANGA Y EL GRAN LEOPARDO" (21)

Reseña de "Tanga y el gran leopardo" (Comanegra, 2009) en el C.R.A. Domingo de Guzmán. Pongo el enlace a continuación:

http://cradogu.blogspot.com.es/2012/03/tanga-y-el-gran-leopardo.html

El libro está ilustrado por David Laguens.

Ayer sábado Roberto Malo estuvo contando "Tanga y el gran leopardo" en la Casa del Libro de la Calle San Miguel de Zaragoza.

Mil gracias a todos los que os pasasteis. ¡Viva Tanga y hasta otra!

miércoles, 12 de septiembre de 2012

CUENTACUENTOS DE "TANGA Y EL GRAN LEOPARDO" EN CASA DEL LIBRO

CUENTACUENTOS DE "TANGA Y EL GRAN LEOPARDO" A CARGO DE ROBERTO MALO
Sábado 15 de Septiembre
18:30 horas
CASA DEL LIBRO
Calle San Miguel, 4
Zaragoza

En la fotografía, Roberto Malo contando "Tanga y el gran leopardo" en la Casa del Libro de la Gran Vía de Madrid.

¡Nos vemos!

lunes, 10 de septiembre de 2012

FIRMANDO




Estoy firmando en El Corte Inglés. Firmando sin parar. Me encanta ver las caras que ponen los niños mientras les dedico el libro. Me observan expectantes, con auténtica devoción. Yo estoy metido en mi papel, comentando lo ilusionado que me siento de que les gusten mis historias. La comercial de Planeta, sentada a mi lado, me dice en voz baja que vaya más rápido, que hay como doscientos niños esperando su turno. Yo firmo a toda velocidad, pero me encanta charlar con los chavales, preguntarles cómo se llaman, cuáles son sus libros favoritos, sus personajes preferidos…, en fin, ese tipo de cosas. Y además los niños me observan arrobados. Los padres, en cambio, curiosamente, me observan con cierta lástima. Algunos incluso murmuran apenados: “Pobre, el calor que debe de estar pasando”. Pero se equivocan por completo, desde luego. No paso calor, si bien es cierto que sudo bastante dentro de la cabeza de ratón. No obstante, estoy disfrutando una barbaridad; de hecho, me encuentro al borde del éxtasis. Soy escritor, y firmar más de trescientos libros en un par de horas no lo hace cualquiera. Vale, los libros que firmo no los he escrito yo, y ni siquiera he leído la mayoría (y es un detalle importante, de acuerdo). Sin embargo, en estos momentos, bajo el disfraz de Gerónimo Stilton, me siento la persona más feliz del mundo.



viernes, 31 de agosto de 2012

LLUVIA SANGRIENTA




(Premio Nocte y Premio Ignotus)



La ciudad dormía; era mecida en su cuna de asfalto por la negra mano de la noche. Yo no dormía. Estaba al lado de la ventana de mi habitación; escuchaba los ronquidos de los coches y observaba las luces de neón y la noche de abril que se alzaba sobre ella como una gran perla negra; la ciudad parecía un animal inmenso, invadido por escarabajos de metal y hormigas con trajes, invadido por el sueño.
Y el sueño no tardó en rodearme a mí también y decidí acostarme. Apagué las luces de mi cuarto y me metí en la cama. Mi habitación se sumió en la oscuridad y se durmió. Yo también, un poco después. Primero se me durmieron las piernas. Luego los brazos. Después, todo entero, me dormí.


Desperté, sin saber cuánto tiempo había pasado, sintiendo que la ciudad se había despertado, sobresaltada. Al abrir los ojos supe por qué. Como mi ventana estaba abierta, toda mi habitación estaba invadida por el color del cielo nocturno; sí, todavía era de noche: el reloj de mi cuarto marcaba las tres de la mañana; y el darme cuenta de eso me horrorizó, pues el color de la noche, el color del cielo...
Era rojo. Rojo sangre.
Me levanté tembloroso de la cama, me arrastré hasta la ventana y miré a través de ella (abriéndose mis ojos como dianas y saliendo mis pupilas disparadas como flechas, atravesando casi el cristal): nubes de algodón rojo llenaban el cielo como buques fantasmas, como carrozas fúnebres, como pájaros ensangrentados...
Atónito, me pregunté de dónde habrían salido esas extrañas nubes.
Nubes rojas. Nubes rojas de tormenta.
Parecían grandes monstruos salidos del infierno; parecían porciones del averno; parecían inmensos globos llenos de sangre.
Eran visibles perfectamente, como si el foco de la oculta luna llena las iluminara.
Las gentes –desde las calles y las ventanas- las señalaban con sus dedos, con sus ojos, con sus bocas abiertas...
De pronto, mi teléfono empezó a sonar quejumbrosamente.
-¿Sí? –dije mientras descolgaba, sin dejar de mirar el cielo.
-Juan... –dijo una voz nerviosa-, soy Eva. ¿Te he despertado?
-No, no –musité-. Estaba despierto.
-Entonces has visto el cielo.
-Sí.
-¿Sabes a qué se deben?
-¿Las nubes?
-Sí.
-Bueno..., no lo sé. Pero no creo que sea nada grave.
-¿No? Juan, no te hagas el tonto conmigo. Sabes tan bien como yo que esas nubes representan una amenaza.
-¿Por qué?
-Dios mío, ¿no las has visto? Si sólo hubiera cuatro, diría que son los cuatro jinetes del apocalipsis.
-Creo que exageras.
-¡No exagero! Joder, ¿no te dan miedo? ¿No tiemblas al mirarlas?
-No.
-¿Acaso te parecen hermosas?
-Forman una buena postal.
-Qué romántico. Pues esa postal va a caer sobre ti y te va a estrujar y te va a convertir en una bola y luego te tirará a la gran basura del centro de la tierra.
-¿Qué estás diciendo? ¿Que va a caer sobre mí? ¿Que van a caer sobre mí?
-No. Caerán sobre todos nosotros. Sobre ti y sobre mí.
-Eres una fatalista, hombre.
-Soy realista.
-¿Realista? Estás volando. Te estás dejando llevar por tu imaginación, por tus miedos. Son sólo unas nubes.
-Son rojas.
-Ya. Mi color favorito.
-¡Deja de hacerte el gracioso! ¡Estamos a punto de morir y sólo piensas en hacer chistes!
-¿Estamos a punto de morir?
-Sí, creo que sí... Juan, tengo miedo. Observar las nubes ha sido como ver escrito en el cielo: “Vais a morir”. Y se refería a todos nosotros, a todos los de esta ciudad... Estoy muy asustada.
-Bueno, la verdad, yo también estoy un poco asustado.
-Vaya, me alegra oírlo.
-No deberías. Yo debería tranquilizarte y decirte que tiene una explicación lógica. No debería unirme a tu miedo.
-Pero yo quiero que te unas conmigo. Quiero verte, quiero que estemos juntos ante esto.
-De acuerdo... ¿Voy a tu casa?
-¿Te viene bien?
-Claro. Quieres que vaya, ¿no?
-Me encantaría.
-Pues voy.
-Oye, si quieres voy yo a la tuya.
-No; déjalo, enseguida voy para allá.
-Te espero.
-Hasta ahora.
-Date prisa, por favor.
-Descuida.
Colgué y me vestí rápidamente. No tuve que encender la luz; el resplandor rojo del cielo iluminaba mi habitación como si fuera un cuarto de revelado fotográfico. Cogí todo el dinero que tenía en mi apartamento, por si acaso, y salí cerrando de un portazo. Recorrí el rellano a buen paso y empecé a bajar las escaleras de mi edificio mientras escuchaba murmullos de cañerías. Sin duda, las cañerías estaban tan inquietas como yo. En el cielo, sobre nuestras cabezas, algo extraño estaba sucediendo.
Al llegar a la entrada me miré en un espejo y vi a un hombre asustado, asustado sin saber por qué, sin saber de qué. Vi a un hombre que iba a morir sin conocer a su asesino.
Abrí la puerta y salí a la calle. Alcé la vista y observé el cielo. Estaba rojo. Rojo. Era algo diabólico. Era un cielo irreal, de cómic, de discoteca, de película, de obra de teatro; no podía existir algo así. El cielo era una gran nube roja. Sí, las nubes lo llenaban y no parecía que se movieran. La noche soplaba, había viento en la calle, pero las nubes no se movían ni un ápice. Supongo que no se querrían mover; estaban donde querían: sobre nuestras cabezas.
Al verlas sentí que me derrumbaba. Yo me creía un tipo duro, pero podían conmigo. Era como el poderoso Obélix, temblando al sentir que el cielo caía sobre mi cabeza. Traté de no mirarlo y empecé a caminar hacia la casa de Eva. Vivía cerca. No hacía falta que me lamentara de no tener coche.
Había poca gente en la calle; ni eran horas ni era el día indicado para pasear de noche. Casi todas las personas estaban refugiadas en sus casas, como si allí estuvieran lejos de la amenaza de las nubes. Se veían a muchas en sus ventanas, observando el cielo con caras de asombro. El cielo también nos observaba. Sí, era un gran ojo, inyectado en sangre.
Entonces un mendigo se me acercó, deteniendo mi caminar.
-Vamos a  morir –proclamó como un profeta enloquecido.
-Claro, algún día –sonreí.
-No, esta noche.
-¿Esta noche? No, no tengo ganas. He quedado con una amiga.
-Pues lo siento, amigo, pero es el final –masculló tristemente.
-Yo no voy a morir... –murmuré, hablando más conmigo mismo que con él, intentando convencerme a mí; a él no le tenía que convencer.
-Todos vamos a morir –dijo funestamente.
-Sí, vas a morir como no te calles –le espeté-. Tengo prisa; he quedado –dije apartándolo con una mano y seguí caminando sin dilación.
-Una cita con la muerte, ¿eh? –dijo mientras me alejaba.
Le di una patada a una lata de cerveza que había en el suelo y salió despedida hasta estrellarse contra un cubo de basura. La pobre lata no tenía la culpa de lo que estaba sucediendo, pero de alguna manera tenía que descargar mi furia.
En la otra acera, una pareja de jóvenes estaban metiéndose mano en un portal. Al verlos, me entraron náuseas. ¿Cómo podían estar metiéndose mano mientras la muerte volaba sobre nosotros?
Entonces la muchacha levantó la cabeza y su mirada se encontró con la mía. Al ver su expresión comprendí. Estaba aterrada, desesperada, y se abrazaba a la persona que más quería. Me avergoncé de mí mismo. Deseé decirles que entrasen dentro e hicieran el amor. Quizás fuese su última oportunidad.
Torcí la esquina y llegué al edificio en el que vivía Eva. Entré en el portal y empecé a subir las escaleras rápidamente, como si quedara poco tiempo del reloj de mi vida y lo quisiera aprovechar. Llegué al tercer piso y, cuando iba a llamar al timbre, Eva me abrió la puerta.
-Pasa –dijo sonriendo.
Una sonrisa forzada, fruto del miedo.
Entré y caminé en silencio hasta dejarme caer en el sillón del salón.
-¿Quieres tomar algo? –me preguntó.
-A ti.
-¿Qué?
-Nada, estaba pensando que deberíamos hacer el amor. Hace una semana que no lo hacemos.
-¿Hablas en serio? –dijo aturdida, sentándose a mi lado.
-No, era una broma.
-¿De verdad?
-De verdad –sonreí-. El rojo es el color de la pasión, pero a mí esas nubes no me han excitado precisamente.
-No, a mí tampoco.
-Pero me gustaría que me abrazaras...
Ella sonrió, dulcemente, abrió los brazos –como una sonrisa de su cuerpo- y me rodeó con ellos, llenándome de calor. Su cabeza se apoyó en mi hombro como un cálido pájaro y besé su pelo negro.
-Te quiero –susurré.
-Yo también te quiero –asintió.
-Ya verás cómo esas nubes no se deben a nada grave.
-Ojalá. He escuchado la radio.
-¿Sí? ¿Qué han dicho?
-No saben mucho más que nosotros. No saben de dónde han salido.
-¿La televisión?
-Ya la he puesto. Nadie dice nada.
Resoplé sin saber qué decir.
-Juan, ¿de dónde crees que han salido? –me preguntó con miedo en la voz.
-¿De una central nuclear?
-No creo.
-¿De una explosión?
-No.
-¿De dónde entonces?
-No lo sé. Pero te diré lo que siento: han salido del infierno.
Quise sonreír, pero no pude. Más o menos, yo sentía lo mismo.
-Sabes que eso no es posible –apunté, intentando parecer razonable-. Tiene que haber una explicación. Eso no es una explicación.
-Sólo sé que siento que voy a morir, sí, lo siento, como si una voz interior me lo dijera continuamente, pero no es una voz interior. Es el cielo. El cielo me lo dice. El cielo es la muerte.
-La muerte no es una cosa material –observé-. Hablas de la muerte como...
-Ahora es material –me interrumpió-. Está en las nubes, en el cielo, pendiendo sobre nosotros como una gran espada de Damocles.
-No nos pueden matar unas nubes –manifesté, casi gritando-. No pueden.
-Quizás no nos maten, pero ellas nos avisan. Son un presagio, un mal presagio.
-¿Y qué crees que debemos hacer?
-No lo sé.
-¿Crees que debemos irnos de la ciudad?
-No lo sé. Quizás las nubes cubran toda la región.
-Bueno, ¿crees que debemos salir de la región, del país?
-Quizás ya no haya tiempo.
-Joder, hablas como una sentenciada a muerte.
-Quizás lo estemos.
Resoplé hondamente.
-Ya verás cómo dentro de unos días te reirás recordando esto.
-Me encantaría que fuera así. Me reiría muy a gusto.
-Sí, yo también me reiría -me levanté del sillón y caminé hasta el balcón del salón-. ¿Sabes lo que más me molesta de que esté todo el cielo cubierto de nubes?
-No.
-Que no se puede ver la luna y me gustaría verla.
-Hoy hay luna llena.
-Sí, lo sé.
Eva se levantó del sillón y me rodeó con sus brazos. Sus ojos azules miraron el cielo con admiración y terror.
-Se me hace raro pensar que sea de noche –dijo ella-. Nunca había visto una noche así.
-Tampoco parece que sea de día. Es algo intermedio, extraño, complejo...
-Es un cielo de pesadilla.
“Sí, es una pesadilla”, me dije abriendo el balcón y dejando que parte del cielo invadiera la habitación. La fría noche se coló dentro.
-¿Qué haces? –dijo Eva-. ¿Por qué lo abres?
-Me estaba ahogando. Sentía cómo la noche se pegaba contra los cristales, sentía cómo quería entrar...
-Entiendo –atajó ella.
No creo que lo entendiera; ni yo mismo lo entendía.
Al salir al balcón observé la ciudad, respiré la ciudad. El silencio la rodeaba; un silencio rojo. Muy pocos coches circulaban por los carriles. Muy pocos peatones recorrían las aceras.
Y, de pronto, sin previo aviso, empezó a llover.
Empezó a llover sangre.
Como si el cielo se estuviera muriendo, como si se estuviera desangrando.
Sí, lo vi, lo sentí al instante. Empezó a llover sangre.
Plop.
Plop.
Al caer, las primeras gotas de sangre resonaron en mis oídos como bofetadas, como golpes de tambor, como piedras contra cristal.
Plop.
Plop.
Sangre. Llovía sangre.
Plop.
Plop. Plop.
Plop. Plop. Plop.
Las gotas caían como cuentas del collar rojo del cielo, como lágrimas del diablo, como sudor de Cristo, como granos de arena roja del reloj del juicio final.
-El cielo se está desangrando –musitó Eva, observando atónita las gotas rojas que se estrellaban, como insectos rojos, como pétalos de una rosa roja, sobre la barandilla del balcón.
Sí, era una lluvia de sangre. Olía a sangre. Apestaba a sangre.
Y pronto los hilos de sangre se empezaron a multiplicar formando toda una cortina.
El rojo inundaba todo. La sangre bañaba todo. El cielo era un telón rojo que caía sobre el escenario de la ciudad.
“Dios se está muriendo”, pensé, “Se está desangrando”.
Las personas corrían a sus casas. Los coches corrían a sus garajes. Nadie quería estar bajo el moribundo cielo. Ni Gene Kelly hubiera tenido ganas de cantar bajo esa lluvia.
Y, de pronto, el cielo estalló, la tormenta se desató; un relámpago se precipitó sobre la ciudad como el brazo de un gigante blanco y extendió los dedos deformes sobre la tierra. Al instante, el trueno resonó como una explosión. Pronto, otro relámpago iluminó el cielo.
Relámpagos. Relámpagos blancos sobre fondo rojo.
-Vamos a morir –dijo Eva abrazándome.
La miré, compungido, y esta vez no pude decirle que no. No pude decir nada.
Las nubes se abrieron, explotaron, y la lluvia empezó a caer como una gigantesca cascada; las gotas de lluvia parecían lanzas rojas: los orificios de la regadera del cielo se habían agrandado.
-Entremos –dijo Eva-. No soporto el olor de la sangre.
-De acuerdo –asentí, mirando la lluvia con repulsión.
Entramos y cerramos el balcón. Fuera, la tormenta empezó a arreciar. Los truenos se multiplicaron resonando en mis oídos como si estallaran dentro de mi cabeza.
El cielo escupía sangre a borbotones. Llovía a cántaros. Se asemejaba al diluvio; la herida del cielo parecía no tener fin.
Entonces el teléfono empezó a sonar.
Eva me miró y lo miró a él, se decidió finalmente por él y lo descolgó.
-¿Sí?
-Hija mía, soy mamá.
-Madre... –susurró aturdida. Hacía más de un año que no se hablaba con ella-. ¿Qué sucede?
-Eso es lo que yo te quería preguntar. ¿Está lloviendo barro?
-No, no es barro, madre.
-¿Agua roja?
-No, tampoco lo es.
-¿Es entonces lo que creo?
-Sí. Es sangre.
-Sangre... –musitó su madre, como meditando sobre ello-. ¿Y de dónde ha salido?
-No lo sé.
-Tengo miedo.
-Yo también.
-Quiero verte.
-...
-Quiero verte –repitió su madre.
-Yo también, mamá.
-¿Sí? ¿Lo dices de verdad?
-Lo dice mi corazón, mamá.
-Entonces... ¿vas a venir a verme?
Eva me miró.
Asentí con la cabeza.
-Sí, mamá, enseguida voy.
-Gracias, hija mía. Muchas gracias.
-Hasta ahora.
Colgó y me miró a los ojos.
-Si no quieres venir... –empezó a decir.
-Voy contigo –dije-. Si mis padres vivieran, yo también querría verlos ahora.
-Gracias –dijo, sonriendo levemente-. Te quiero.
-Yo también. Pero vámonos, antes de que...
Antes de que...
La frase murió así, interrumpida incomprensiblemente, sin saber ni yo mismo lo que quería decir.
Abrimos la puerta y empezamos a bajar las escaleras en silencio. No queríamos ni pensar en lo que nos aguardaba en la calle.


La ciudad parecía una casa de muñecas sobre la que una niña caprichosa hubiera derramado un gran bote de pintura roja. Todo estaba bañado en rojo, como si de repente el resto de los colores hubiesen muerto. Eva y yo mirábamos el espectáculo de pesadilla a través de los cristales del portal. La calle se duchaba en sangre y, gracias a que los sistemas de alcantarillado eran nefastos, auténticos ríos recorrían el asfalto arrastrando peces con forma de latas, papeles y cáscaras de plátano, conducidos todos por la corriente hacia el corazón de la ciudad.
El cielo sangrante se desparramaba sin cesar. Caía como una manta fluida, pegajosa, rodeando y envolviendo a las indefensas formas de la ciudad que se convertían en figuras de un museo de sangre de interior real y molde sanguíneo, semejantes a las figuras de cera de las películas de terror.
Y, sin querer alargar la agonía de la visión a través del cristal, temblándome todo el cuerpo, abrí la puerta y le indiqué a Eva que saliera por ella, pero no fue un claro gesto de caballerosidad, sino de cobardía.
-Creo que voy a subir a coger un paraguas –dijo como una autómata mientras miraba la calle.
-Claro... –articulé dejando que la puerta se cerrará silenciosamente-. ¿Subo contigo?
-No, quédate aquí. Ahora mismo bajo.
La vi perderse poco a poco por las escaleras, y el sonido de sus pisadas resonó en mis oídos a la vez que el eco que producían las gotas de lluvia al estrellarse sobre el asfalto. Cuando bajó, blandía su paraguas con la mano diestra como si se tratara de una espada o de cualquier arma con la que luchar contra el destino.
-¿Vamos? –preguntó.
-Vamos –accedí sin atreverme a abrir la puerta.
La abrió ella y el olor de la sangre entró en las ventanas de mi nariz como un perfume venenoso; y el compás de la pertinaz lluvia al precipitarse sobre el asfalto se me antojó como una monótona melodía fúnebre. Las gotas caían con tanta fuerza que parecían querer agujerear y amerar el suelo.
Eva salió a la calle portando el paraguas y yo, cual sombra del mismo, me puse debajo, sintiéndome al ver la monumental postal roja que se extendía ante mis ojos tan insignificante como un gnomo que se refugiaba debajo de una seta. El suelo donde pisábamos era un barrizal de sangre; toda la ciudad parecía un gran helado de fresa en mal estado que se estaba derritiendo.
Empezamos a caminar sin intentar pensar demasiado en ello. Las gotas de lluvia caían sobre el paraguas como maldiciones, como advertencias, como insultos, como desafíos. Me abracé a Eva y la besé en la boca, confiando en que el beso pudiera despertarme del mal sueño que me rodeaba a mí y a la ciudad, si bien no lo conseguí y quedó mi gesto como un acto desesperado y carente de romanticismo.
Pensé en coger un taxi para que nos llevase a casa de su madre, pero, si bien pasaban coches, no creo que ninguno tuviera intención de parar. Por otro lado, con el lavado de sangre que llevaban no era fácil distinguir los taxis de los demás coches ni que éstos nos vieran a nosotros. Eva también se debió de dar cuenta de ello, ya que seguimos caminando en la misma dirección.
Nuestro paraguas parecía un animal herido de cuyos contornos colgaban hilos de sangre que poco a poco se estrellaban contra el suelo. Nuestro caminar se aceleraba a la vez que la lluvia, y nuestros ojos observaban a los cuatro locos que recorrían las calles y a la sangre que parecía hervir bajo nuestros pies; daba la impresión de que el suelo estuviera ocupado por un ejército de hormigas rojas y éstas escalaran por la base de los semáforos, de las señales de tráfico y de las farolas, a la vez que otro ejército caía del cielo e iba envolviendo a dichas formas con su velo sanguíneo. Sí, daba la impresión de que la sangre tuviera vida; los semáforos eran árboles en cuyas bases crecían raíces de sangre que subían por sus cuerpos, dándoles una piel, una piel roja. Sí. Y pronto me di cuenta de que no sólo les daban una piel. Les daban vida.
Una farola empezó a balancearse de un lado a otro –la luciérnaga que habitaba en su cabeza brillaba con maléfica intensidad-, se comprimió increíblemente, como un muelle, se soltó de un salto del suelo y empezó a botar tal y como lo haría un chupa-chups gigante. Se precipitó sobre un asombrado peatón y lo aplastó dejándose caer sobre él como un árbol talado.
Sin darnos tiempo a reaccionar, un buzón de correos se soltó asimismo de la cadena del suelo y echó a correr como un perro rabioso por la acera. Saltó ágilmente sobre una mujer, la tiró con fuerza al suelo, abrió su boca –que parecía el hueco de un ascensor, agrandándose en un segundo como la de un león- y de un mordisco le arrancó la cabeza a la mujer, tragándosela, cayendo al interior junto a sus cartas.
Eva profirió un grito ahogado y yo hubiera vomitado si hubiera tenido tiempo para pensar, ya que al momento una señal de dirección prohibida y un semáforo en rojo se soltaron del suelo con la misma y asombrosa facilidad y se lanzaron sobre nosotros.
Tomé de la mano a Eva y eché a correr a toda velocidad; ella dejó caer el paraguas y la lluvia nos saludó con su húmedo contacto.
Un coche se detuvo al lado de nosotros y corrimos instintivamente hacia él. Al acercarnos nos dimos cuenta de que había sido el propio coche el que había decidido detenerse, ya que el conductor –que lo veíamos a través del cristal delantero por el que pasaban los limpiaparabrisas- intentaba en vano hacerlo andar. Cuando le íbamos a pedir que nos dejara entrar, vimos cómo el asiento se cerraba sobre él como una ostra, cómo el volante se estiraba a la vez como una lanza con punta circular y cómo todo el automóvil se comprimía al igual que un acordeón, quebrándose al unísono todos los cristales de las ventanas y cayendo sobre el desdichado conductor. Las varillas de los limpiaparabrisas acabaron limpiando la sangre de su cuerpo deshecho y aplastado, trazando su continuo arco como bofetadas constantes.
Nos alejamos aterrados, comprendiendo que las cosas que cobran vida se cobran muertes, y vimos de soslayo –no sin cierta alegría- cómo el semáforo y la señal de tráfico que nos perseguían se decidían a entrar en el portal de una casa. Al mirarlas, Eva tropezó con un bordillo (oculto por la nieve roja coagulada) y, como íbamos de la mano, caímos los dos al suelo. No sé de dónde salió, pero en ese momento la tapadera de una boca de alcantarilla se precipitó rodando sobre nosotros a toda velocidad. Con determinación infernal. Me abracé a Eva rápidamente y rodamos juntos por el suelo sangriento. La tapa metálica no nos dio por un pelo, pasando justo a nuestro lado. Al pasar de largo derrapó sobre la lluvia como una rueda encabritada, perdió el equilibrio y cayó al suelo pesadamente.
Eva y yo nos incorporamos y echamos a correr como locos; no podíamos hacer otra cosa. Al pasar delante de un gran edificio observé que una mujer miraba asombrada desde su ventana abierta el dantesco espectáculo. Entonces, en cuestión de un segundo, el alféizar de la ventana se cerró sobre ella como una prolongación de la pared y la aplastó como si fuera un insignificante insecto. Luego la ventana adoptó forma de ojo –inyectado en sangre de la desgraciada mujer- y me dedicó un guiño cómplice. A la vez, la puerta del edificio se abrió de par en par y salió ondulando en el aire una gran alfombra roja: comprendí que el edificio me estaba sacando la lengua.
Lo maldije con toda mi alma y seguí corriendo sin saber si merecía la pena escapar, sin saber si habría algún sitio donde pudiéramos escapar. Sin embargo, mis piernas querían vivir y a ellas las seguía. Eva también seguía mi ritmo, presa del terror, y estrechaba mi mano con tanta fuerza que me hacía daño.
Sin embargo, la tapadera metálica frenó nuestra huida; me golpeó por detrás en una pierna, levantándome con fuerza en el aire, y caí al suelo con todo mi peso, arrastrando en mi caída a Eva. Después la tapa de alcantarilla siguió rodando como si nada y empezó a perseguir a un hombre.
Mientras me incorporaba a duras penas a la vez que Eva, vi cómo a dicho hombre se lo tragaba la tierra, desaparecía de mi visión y, al ver botar burlonamente a la tapadera –opérculo de la poseída ciudad-, comprendí que el hombre había caído por el hueco de una alcantarilla, sencilla trampa de caza cubierta seguramente por una frágil telaraña sangrienta.
Torcimos la esquina y recorrimos a toda velocidad una callejuela en la que unos cubos de basura devoraban ávidamente a unos gatos; los desesperados maullidos me afectaron más que cualquier agónico grito humano.
Seguimos corriendo sin intentar prestar atención a todo el infierno que nos rodeaba y salimos a la calle donde se encontraba la casa de la madre de Eva. Aceleramos el paso, sintiendo cada vez con más fuerza la cortina sangrienta que nos empapaba sin cesar y observamos asombrados una motocicleta fantasma que por sí sola acosaba a un joven y una estatua ecuestre que perseguía al galope a una mujer mayor. Al mismo tiempo, sorteamos algunos cadáveres humanos y llegamos por fin enfrente de nuestra meta.
El edificio en cuestión y todos los demás se habían convertido en increíbles monstruos de pesadilla; habían adoptado formas tan orgánicas que ni el mismísimo Gaudí se hubiera atrevido a soñar. El tejado parecía la joroba de un ser deforme, coronada por un pararrayos que bailaba al compás de los relámpagos que lo besaban con su blanca luz; semejaba un cañón láser de discoteca que iluminaba la encarnada pista del cielo: los truenos ponían la música. Más abajo, las ventanas del edificio habían adoptado formas de ombligos que se abrían y cerraban a su antojo, convirtiéndose en ojos amenazantes. Toda la fachada se movía y se convulsionaba como la superficie del mar durante una tormenta y la entrada principal era una enorme bocaza que sonreía con una mueca feroz. Temblé al verla, pues sabía que iba a tener que traspasarla. Me sentí como un bombero que debe entrar en una casa en llamas. Acongojado, dejé de mirar el monstruoso edificio y me volví hacia Eva.
-Tenemos que entrar –me dijo con voz firme-. Mi madre está dentro.
-Sí –asentí con un hilo de voz, sabiendo perfectamente que era una locura el entrar y que su madre estaría ya muerta.
Nos miramos a los ojos: vimos la muerte reflejada en nuestras pupilas. Entrelazamos nuestras manos y corrimos hacia lo que hacía tan sólo unos minutos era un edificio vulgar y ahora era un monstruo hambriento, devorador, al igual que toda la ciudad.
Al acercarnos, las olas de cemento de la fachada se agitaron violentamente y la puerta se abrió aún más; entramos por ella velozmente, sin pensar que nos metíamos en la boca del lobo. El suelo tembló bajo nuestros pies y nos dirigimos corriendo hacia las escaleras como quien recorre el interior de una ballena, como dos células extranjeras dentro de un cuerpo ajeno; las paredes bailaban de lado a lado y estaban cubiertas de sangre, como todo. Casi sin mirarlas llegamos presurosamente a las escaleras y las empezamos a subir ignorando el vaivén que nos envolvía, subiendo los escalones de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, pero al llegar al primer piso y empezar a recorrerlo el suelo y el techo decidieron darse un beso.


Desperté poco a poco, algo después de que la oscuridad me envolviera, sintiendo con agrado la sangre que me rodeaba dándome vida después de la muerte. Al abrir los ojos y ver mi aplastado y maltrecho cuerpo cubierto de sangre, el de Eva, el de su madre y otros muchos más, me incorporé y me encaminé junto a ellos a dar vida a través de la muerte a todo aquel que se interpusiera en nuestro camino.

martes, 28 de agosto de 2012

RESEÑAS DE "LA LUZ DEL DIABLO" (11)

Fernando Martínez reseña "La luz del diablo" (Mira, 2008) en Anika entre libros. Pongo el enlace a continuación:


En la fotografía, Fernando Martínez y Roberto Malo en una Feria del Libro. En su reseña de "La luz del diablo", Fernando Martínez destaca especialmente el relato "La escena definitiva".


lunes, 27 de agosto de 2012

EN EJEA DE LOS CABALLEROS

En la fotografía, el escritor Pepe Serrano, Conchita Palacio, directora del CEIP Ferrer y Racaj de Ejea de los Caballeros, y el escritor Roberto Malo, en el "IV Encuentro de Lectura en Familia", que se celebró en el centro.

Roberto Malo dinamizó una sesión con adultos sobre su novela "Asesinato en el club nudista" (Nalvay) y Pepe Serrano estuvo con el alumnado con dos de sus libros de literatura infantil: "Máziel Spück y el misterio del cuadro" (Nalvay) y "Cocina rápida para tortugas" (Nalvay). Nos trataron de maravilla y lo pasamos estupendamente. ¡Hasta otra!

viernes, 24 de agosto de 2012

EN LA FERIA DEL LIBRO DE SALLENT

El domingo 26 de Agosto estaré todo el día en la I Feria del Libro Aragonés en Sallent de Gállego, de 10:30 a 20:30 horas, en la Plaza del Mentidero, firmando ejemplares de "Asesinato en el club nudista" con la editorial Nalvay. ¡Nos vemos!