El vampiro
alzó el vuelo
cuando la noche
cayó.
Pronto ardió
y se fue al suelo
cuando el eclipse
terminó.
blog del escritor
El vampiro
alzó el vuelo
cuando la noche
cayó.
Pronto ardió
y se fue al suelo
cuando el eclipse
terminó.
Había una
vez un rey al que le encantaban los cuentos. Y como le gustaban tanto, convocó
a todos los cuentistas de todos los reinos para que vinieran a contarle historias,
anunciando que al que le contara el mejor cuento le entregaría una bolsa llena
de monedas de oro.
En
consecuencia, de todos los lugares partieron cuentistas para probar fortuna. El
primero en llegar fue un joven narrador de un reino cercano. A pesar de su
juventud era un gran contador de historias, conocido por todos. En cuanto llegó
al palacio real, los guardianes del rey lo llevaron ante éste. Tras unas
reverencias y unos cruces de palabras, el cuentista empezó su cuento sin
ayudarse de laúd ni de instrumento alguno, sólo de su voz y de sus gestos.
Tenía una
voz profunda, trabajada, y el cuento fluía de su boca con fuerza, como la lava
que sale de un volcán. El rey y sus siervos lo escuchaban admirados, callados,
paralizados por el cuento. Las manos y el rostro del cuentista gesticulaban
perfectamente, saliendo cada uno de sus ademanes como algo natural, no
pudiéndose concebir el cuento de otra manera.
Las
palabras del cuentista volaban, volaban hasta el mismísimo techo del palacio;
después bajaban, como mariposas llenas de poesía e imaginación, sobre los oídos
de los cortesanos y del rey.
Pero cuando
el cuentista hizo una pausa para dar intensidad a una frase, el rey le dijo de
pronto: “Se me ha olvidado deciros algo. Si no me gusta vuestro cuento, haré
que os corten la cabeza”.
El
cuentista tragó saliva, y se formó un nudo de terror en su garganta.
Sorprendido, asustado, miró al rey. ¿Hablaba en serio? ¿Se estaba burlando de
él? No, no parecía que estuviera bromeando. ¿Y por qué no le había avisado antes?
Se quedó
callado, aterrado, sin saber cómo continuar, sintiendo que no sólo estaba
contando un cuento, sino que estaba intentando salvar su vida. ¿Serían capaces
de matarlo?, parecía pensar.
Decidió que
lo único que podía hacer era seguir contando la historia lo mejor que pudiera,
intentando no pensar demasiado en la amenaza del rey. Así pues, siguió con el
cuento, aunque su voz ya no sonaba tan profunda, sino que tenía cierto tono de
miedo y nerviosismo; su lengua se trababa de vez en cuando, sus manos se movían
torpemente y el sudor empezaba a cubrir su rostro poco a poco. No podía dejar
de pensar que un hacha se alzaría sobre su cuello si su cuento no conseguía
contentar al rey. No obstante, a pesar de su miedo su mente volaba hasta el
cielo intentando arrancar de allí las palabras más bellas, las más dulces, las
que consiguen ablandar al corazón más duro, las que hacen ver al ciego, oír al
sordo, ésas que forman los grandes libros de las bibliotecas de los sueños.
Y así, poco
a poco, el contador de historias se dio cuenta de que se estaba acercando al
final del cuento, y pensó que quizás también se estaba acercando al final de su
vida. Y decidió entonces alargar el relato, hacerlo seguir, coronándolo de
detalles, de historias enlazadas, como aferrándose a la vida, como pensando que
el tiempo que le restaba de cuento podría ser el tiempo que le restaba de vida.
Y así lo fue alargando y alargando, y parecía no tener fin.
Los
cortesanos se empezaron a dormir. El rey empezó a bostezar. El cuentista sudaba
y sudaba, y su mente seguía como loca en busca de palabras, en busca de ideas,
en busca de una manera de continuar su cuento, en busca de una manera de
continuar su vida.
Sus
palabras salían con lentitud, acariciando el tiempo, sin prisa, y los minutos
pasaban y pasaban. El cuentista parecía pensar que así arrancaba valiosos
minutos de vida a su muerte.
Casi todos
los cortesanos se habían quedado dormidos. El rey parecía algo enojado. Pero el
cuentista no les prestaba atención alguna, y seguía y seguía hablando, pensando
que lo mejor que le podía pasar era que lo echaran de allí por pesado.
Los minutos
se convirtieron en horas, en días, y el cuento parecía ya sin duda el cuento de
nunca acabar.
Sin
embargo, la sed, el hambre y el sueño empezaron a atacar al cuentista; y éste
decidió que, tarde o temprano, tendría que acabar el cuento. Así pues, empezó a
enfocar sus palabras hacia un final apoteósico, aunque, al acercarse, se volvía
a alejar del final, como quien se intenta alejar de la muerte.
Tras varias
tentativas, llegó hasta el final auténtico, acercándose lentamente, con miedo,
con sigilo, y lo terminó, y se terminó el cuento a sí mismo, resonando el
silencio que se formó al acabar de hablar como una explosión inaudible de color
blanco.
El rey, al
observar que había terminado, se levantó de su trono y expresó: “No ha estado
del todo mal. Pero a mí me gustan los cuentos cortos. ¡Que le corten la
cabeza!”.
El verano es un buen momento para viajar. Y una manera barata de viajar es a través de un libro o de una película. Y si el libro o la película narra un viaje, pues viajamos doblemente. El director británico Christopher Nolan lo sabe muy bien; no en vano tiene una arraigada querencia por estrenar sus películas siempre en verano. Al fin y al cabo, sus filmes se prestan a ello: son obras marcadamente comerciales, blockbusters de autor que arrasan en taquilla en la época estival. Consigue convertir en un evento cinematográfico cada estreno suyo, y lo ha vuelto a lograr con La Odisea, su último y esperado trabajo. Como bien nos han publicitado hasta la exasperación, ha supuesto la primera película filmada en su totalidad con cámaras IMAX de 70 milímetros. Un formato que ofrece hasta un 40% más de imagen y una nitidez alucinante. Y para que la podamos visionar casi tal y como el propio director quisiera, estamos de enhorabuena: se ha creado una sala IMAX en los cines Palafox de Zaragoza. Y el día del estreno, en versión original, por supuesto, allá que me fui a conocer esta nueva sala IMAX. Momentos antes de que los espectadores pudiéramos pasar, había una gran expectación, la verdad; uno no inaugura una nueva sala de cine todos los días. Y tengo que decir que las butacas son comodísimas, grandes y espaciosas, y se pueden reclinar levemente. Les pregunté a los espectadores que estaban detrás si suponía un problema o una molestia que la reclinase hacia atrás, y nada, no suponía ningún problema, había espacio de sobra. La pantalla era enorme, mucho más alta de lo normal, pero no tan ancha como la de la sala grande de los Palafox, la 4, esa sigue como siempre, se puede ver la película de Nolan en 70 mm a la perfección. También se puede ver la película en 70 mm en una sala de los Aragonia, así que en Zaragoza no nos podemos quejar. Nolan, de alguna manera, ya había contado versiones de La Odisea en otras películas suyas, así que encaja perfectamente en su filmografía. Al formar parte del imaginario colectivo, muchos artistas han querido contar el poema homérico, cada uno a su estilo. Por ejemplo, el gran Javier Krahe cantaba en su canción Como Ulises toda La Odisea con sus estupendas rimas: “Yo, como Ulises, he sido / de Penélope el marido, / y me alejé de esa joya / por unirme a Agamenón, / que iba a la guerra de Troya, / me pedía el cuerpo acción”.
"Cine de verano", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 25 de julio.
Asimismo, podéis leer la columna "Cine de verano", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/07/25/cine-verano-132783003.html
Era un caso imposible; no conseguía acabar nada de lo que empezaba. Dejaba siempre todo a medias. Siendo muy pequeño, dejó el colegio a los pocos cursos, alegando que no había nacido para estudiar. Empezó a trabajar, pero a los pocos días lo abandonó, decidiendo que pasaba de currar. Quiso ser pintor, pero nunca logró terminar un cuadro. Quiso escribir un libro, pero nunca lo empezó. Quiso plantar un árbol, pero nunca se decidió. Se echó algunas novias, pero con ninguna llegó al altar; las dejaba a los pocos días de empezar a salir, pues se cansaba de ellas enseguida. Estaba terriblemente delgado, ya que nunca conseguía terminar las comidas, aunque éstas no fueran muy abundantes. Por las mañanas solía estar de muy mal humor, pues se despertaba bruscamente, justo cuando el sueño parecía llegar al final; ni siquiera los sueños lograba terminar. Era un caso perdido; si empezaba a leer un libro, lo dejaba antes de acabarlo. Si empezaba a ver una película, se salía del cine antes de que finalizase. Si entraba en un museo, nunca llegaba a todos los lugares de la exposición. Si se compraba un disco, nunca llegaba a escucharlo enteramente. Mantener una conversación con él era una locura, pues empezaba a decir algo y al poco se callaba: dejaba todas las frases a medias. Llegó a crearse algunos enemigos, pues nunca terminaba de pagar sus deudas, y si empezaba a jugar alguna partida —ya fuera de cartas, de dados, o de dardos— siempre se iba antes de que acabara. Un día, empezó a cruzar un paso de cebra y —normal en él— no lo terminó de cruzar. Un coche lo embistió, llevándoselo por delante. Aquel día, por primera vez, consiguió terminar algo que había empezado: su vida. Aunque hubo quien opinó que simplemente dejó la vida a medias.
El otro día me preguntaron que cuál
era mi columna favorita, de entre todas las que había escrito. Y respondí (por
decir algo, lo admito) que mi mejor columna todavía está por escribir. Y me
quedé tan ancho. Sin embargo, también me quedé con la mosca detrás de la oreja,
ciertamente. Era una buena pregunta. Tal vez tendría que pensar bien la
respuesta. Así que una vez en casa le di unas cuantas vueltas a una posible
respuesta sincera, pero no llegué a ninguna conclusión plenamente satisfactoria.
En honor a la verdad, le tengo mucho cariño a algunos de los primeros artículos
que escribí, con esa inconsciencia y emoción de los inicios (hay que ser muy inconsciente
para aceptar escribir columnas en un periódico, desde luego), y en estos siete
años y medio que llevo como columnista hay unas cuantas de las que me siento bastante
orgulloso, pero tampoco como para tirar cohetes. Estimo que es difícil destacar
alguna en concreto, en resumidas cuentas. Supongo que uno siempre busca
escribir la mejor columna del mundo, pero nunca se consigue. Escuché decir hace
unas semanas a Juan José Millás que él en una entrevista comentó que anhelaba
escribir la columna perfecta, para así con ella acabar con el columnismo, pero
que, debido a su lengua de trapo, la periodista publicó al día siguiente la
transcripción de la siguiente manera: “Espero escribir la columna perfecta,
para así acabar con el comunismo”. Millás sonreía explicando que él nunca
querría acabar con el comunismo, por favor, nada más lejos de su intención. Y
nada más lejos de mi intención el escurrir el bulto, pero es como cuando te
preguntan que a qué hijo quieres más. A ver, uno quiere a todas sus criaturas
por igual, cada una tiene su historia, su intrahistoria dentro de la historia.
Me ocurre lo mismo cuando me preguntan por mi novela favorita de entre todas la
que he escrito, o mi libro de relatos favorito, o mi cómic favorito o mi cuento
infantil favorito. Resulta casi imposible escoger a uno en particular; en mi
caso suelo esgrimir que le tengo más cariño tal vez a las primeras
publicaciones que he tenido en cada género literario, por eso de la novedad y del
valor sentimental de los iniciales pasos en el proceloso mundillo editorial. Pero
mi columna definitiva, me repito y me reafirmo tras darle esta vuelta, está
todavía por escribir.
"La columna definitiva", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 11 de julio.
Asimismo, podéis leer la columna "La columna definitiva", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/07/11/columna-definitiva-132340170.html
La mañana le sonreía a Luis. Había un agradable sol del verano y veía feliz cómo unas palomas blancas revoloteaban a su alrededor. En su trabajo iba muy bien, era uno de los mejores, y su mujer estaba embarazada por segunda vez.
La calle que recorría estaba iluminada por rayos dorados y muy concurrida por toda clase de gente. Todo esto cambió radicalmente al penetrar en un callejón angosto y
sombrío. Tal vez, también cambiaba su suerte.
De detrás de
un cubo de basura salió otra basura; un muchacho desarreglado pero no
desarmado. Con una navaja en su mano derecha se lanzó sobre Luis; le aferró de
un brazo y le acercó la navaja hasta la garganta.
—¡Venga,
da-dame la pasta! ¡Todo el di-di-dinero que lleves! —dijo tartamudeando el
residuo humano.
—No, si no
llevo nada... —articuló Luis.
—¡Venga,
ca-cabrón, no me tontees! ¡Da-dame todo o te mato!
—Pero si te
he dicho que no...
—¡Calla!
¡Mi-mira esto, hijo de puta! —indicó el ladrón, y mostró su carnet de
identidad—. Aquí po-pone: “Delincuente aficionado”, y también tengo la
fi-fi-ficha de drogadicto, o sea que imagínatelo. No dudaré ni un se-segundo en
rebanarte el cuello. ¡Soy un tipo muy pe-pe-peligroso y conmigo no se juega!
—Ya veo,
ya...
—¡Venga, la
ca-cartera! —exigió el joven.
Le echó la
mano al pantalón y le quitó la cartera; al hacerlo, leyó la funda
despreocupadamente. Al instante, la dejó caer al suelo y apartó la navaja.
—Pe-pe-perdona,
yo no sabía...
Luis le
apuntaba con una pistola.
—Ya
sa-sabes, un error lo tiene cu-cu-cualquiera...
—Me das
pena, muchacho —dijo Luis. Frunció el ceño y acarició el gatillo.
—¡No me
ma-mates! Solamente quería un po-poco de dinero —dijo el ladrón, y arrojó la
navaja al suelo—. Compréndeme...
—Te
comprendo. Y es más, te voy a dar todo el dinero que llevo.
El
delincuente lo miró con desconfianza.
—Y todo lo
que llevo encima es esta moneda de cien créditos —continuó Luis, mostrándosela—. ¡Y
te la vas a tragar!
—Oye, por
aquí pa-pasará alguien... y si me disparas te me-meterás en un buen lío —advirtió
el muchacho ingenuamente.
—Defensa
propia —sonrió Luis—. Me has atacado. Ya puedes abrir la boquita si quieres
conservar tu mierda de vida.
El rostro
del ladrón se tornó sudoroso.
—No di-dirás
en serio lo de...
—¡Abre la
boca! —exclamó Luis, y pegó la pistola al estómago del desdichado.
El ladrón
abrió tímidamente la boca; Luis le metió la moneda con fuerza.
—¡Como la
escupas te mato! —sentenció al ver que la intentaba expulsar con rabia,
tapándole la boca al momento con una mano.
El ladrón se
agitaba como un perro, presa del horror. De pronto Luis le propinó un rodillazo
en el bajo vientre, y el golpe provocó que se tragara la moneda. Aterrado, sin
poder hablar, el ladrón se señaló el cuello con una mano.
—Vaya, te la
has tragado. Nunca pensé que lo conseguirías —dijo Luis irónicamente—. ¿Qué te
pasa? ¿No puedes respirar?
El ladrón
cayó de rodillas, retorciéndose.
—Pobre
chico, te la tendré que sacar. Qué coño, cien créditos son cien créditos.
El muchacho
intentó toser y expulsarla sin conseguirlo. Luis tomó la navaja del suelo y
guardó la pistola.
—Resiste,
chico. Te la voy a sacar —dijo acercando la navaja al cuello del drogadicto.
Los ojos de
éste reflejaban un horror incontenible. Intentó decir algo, pero no pudo...
Luis le
clavó la navaja en la garganta. El desgraciado profirió un grito ahogado. La
sangre brotó como de un surtidor.
—Bueno, a
ver si te la encuentro —dijo Luis tranquilamente.
Partió la
nuez en dos. Después rasgó hacia arriba hasta dar con el mentón.
—Por aquí no
se ve —observó—. Tanta sangre me impide ver nada.
Rajó la
faringe con el temple de un cirujano. La moneda estaba alojada ahí. La extrajo
con mucho cuidado. Limpió metódicamente la sangre de la moneda y a continuación
la guardó en su bolsillo. Después se agachó y tomó del suelo su cartera. En la
funda ponía: “Luis Gómez. Asesino profesional”.
“No hay placer como el terror”,
afirmaba Clive Barker. Y así es, el terror mola un montón. Y se encuentra en un
gran momento. Andaba yo obsesionado con ver la película Obsession, que
venía precedida de unas críticas entusiastas. Y una vez vista, no me extrañan
para nada las encendidas alabanzas que está recibiendo por todo el mundo. Es un
peliculón tremendo. En Hollywood, donde lo que genera titulares es la pasta, les
ha llamado la atención que esta pequeña película independiente, rodada en
veinte días y con un presupuesto irrisorio de 750.000 dólares, haya recaudado
ya unos 400 millones de dólares. Una barbaridad, vaya. Aunque a mí personalmente
las perras que haya costado o lo que recaude al final me da un poco igual. A mí
lo que me interesa es que la película funcione, que sea buena, independientemente
de lo que haya generado. Y en ese aspecto no hay dudas: es una auténtica
maravilla. Sorprende que sea una ópera prima. Tanto el guion como la dirección
son magistrales, y son obra de Curry Barker, un veinteañero con un gran futuro
por delante; leo que ha firmado un acuerdo histórico de ocho cifras con
Universal para crear varias películas del género de terror. Y al leerlo caigo
en la cuenta. Un momento, se apellida Barker. ¿Será familia del gran Clive
Barker? Lamentablemente, tras consultarlo constato que no les une ningún lazo
familiar. Clive es británico, Curry es estadounidense. Uno tiene 73 años, el
otro 26. Pero Curry, te entiendo perfectamente: si te apellidas Barker, y te
gusta escribir y dirigir, está claro que te tienes que dedicar al terror. El
apellido te condiciona. Pondré otro ejemplo de esta curiosa reflexión con otro
miembro de la película Obsession, que también me tiene loco. La banda
sonora del filme es uno de sus puntos fuertes: es una joya, inquietante y brutal,
obra de Rock Burwell. Y al leerlo caigo en la cuenta. Un momento, se apellida
Burwell. ¿Será familia del gran compositor Carter Burwell, autor de las bandas
sonoras de las películas de los Coen? Os voy a ahorrar que lo busquéis en
Google. No les une ningún vínculo familiar. Pero si eres músico, y te apellidas
Burwell, está claro que tienes que componer bandas sonoras. ¿Casualidad? ¿Una
simple coincidencia? No lo creo. El apellido marca, para bien o para mal. Por
cierto, Curry y Rock tienen apellidos ilustres, pero también sus nombres son
molones. ¿Cómo no van a triunfar?
"El apellido condiciona", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 4 de julio.
Asimismo, podéis leer la columna "El apedillo condiciona", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/07/04/apellido-condiciona-132093130.html
Subir al tranvía supone siempre una
aventura. Te puedes encontrar cualquier cosa en su interior. Por ejemplo, una
improvisada pasarela de moda. El otro día, cinco modelos desfilaron por el pasillo
del vehículo ante el asombro de los viajeros, mostrando el talento y la creatividad
de los alumnos del Centro Superior de Diseño Hacer Creativo, entre las paradas
de Gran Casa y Parque Goya. No había muchos pasajeros en ese momento en el
tranvía, así que se pudo realizar el desfile con cierta comodidad y elegancia. Yo
aprovecho el trayecto en el tranvía para leer, siempre llevo algún libro
encima, pero hay veces en que lo que te encuentras sin venir a cuento hace que
pospongas la lectura para otro momento. Yo mismo participé hace unos años en el
programa Para, mira, lee, una colaboración entre el Ayuntamiento de Zaragoza
y el Patronato de Bibliotecas y Educación, donde las paradas de los tranvías se
transformaban en pequeñas bibliotecas ambulantes, ofreciendo a los ciudadanos
la oportunidad de disfrutar de un buen libro durante los viajes en tranvía y en
casa, y donde dentro del tranvía varios animadores realizábamos juegos y
contábamos cuentos para pasmo y regocijo de los ocasionales pasajeros. Qué bien
lo pasamos, madre mía, animar a leer en cualquier lado es muy satisfactorio, y
la gente lo cierto es que se lo tomaba muy bien. Supongo que es algo normal. A
mí mismo me encanta ver trabajar a la gente en el tranvía, realizando labores
cuando menos curiosas. Y no me refiero a los revisores, no, que ejercen su
función diligentemente y con gran profesionalidad. Me refiero a otro tipo de
labores, que a veces pasan más desapercibidas. Por ejemplo, el otro día vi a un
contador de pasajeros, que apostado al lado de una de las puertas del tranvía
contabilizaba en una carpeta el número de pasajeros que entraban y salían en cada
parada. No pude evitar acercarme y charlar con él. Era todo un artista, en los
márgenes de la hoja tabulada dibujaba un galeón pirata, añadiéndole detalles
entre parada y parada. Los números de los pasajeros que subían y bajaban los
trazaba con una caligrafía preciosa, daba gusto verlo anotar. No le molesté
demasiado; al fin y al cabo, estaba trabajando y no le quería importunar
mientras contaba a los viajeros, pero me despedí de él cuando me tocó bajar. “Me
bajo aquí”, le dije, “Cuéntame”.
"En el tranvía", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 27 de junio.
Asimismo, podéis leer la columna "En el tranvía", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/06/27/tranvia-131851657.html
El hombre
busca en su estantería algún libro para leer, ve el lomo de uno de los más
divertidos, su álbum de fotos, y lo toma decidido, se sienta plácidamente en el
sofá, lo abre y sonríe al empezar a hojearlo; las primeras fotos son de él
recién nacido, en blanco y negro, en una está en brazos de su madre, en otra en
brazos de su sonriente abuela, en la siguiente aparece totalmente desnudo,
tumbado en la cuna, hay varias fotos del bautizo, el cura sonriendo a la cámara
como un profesional, sigue una foto muy graciosa en la que se ve rodeado de
muñecos, él es un muñeco más, en otra tiene delante una tarta con dos velas, en
la siguiente tiene la tarta en la cara, en otra aparece jugando con su hermano
mayor, los dos disfrazados de indios, en otra está en el pueblo, con dos gatos,
llegan las fotos de la primera comunión, de blanco y con cirio, y las de las
vacaciones en la playa, entre olas y castillos de arena, y otras con sus amigos
y compañeros de clase; a partir de estas hojas las fotos son ya en color, hay
una foto que a él le gusta mucho, está de pie, de puntillas, en medio de sus
padres, en otra sale jugando a balonmano, y en otras se ve enredando con su
hermana pequeña, llegan fotos en el campo, fotos con árboles de Navidad, fotos
con familiares, fotos con amigos y amigas; siguen varias instantáneas del viaje
de estudios a Italia, en una, cómo no, sosteniendo la torre de Pisa, y un par
de la cena de fin de curso, corriendo el champán entre las mesas blancas,
llegan más fotos familiares, otros bautizos, otras bodas, fotos en la
universidad, muchas fotos con una preciosa universitaria, que llegaría a ser su
mujer, fotos de la cena de fin de carrera, y un montón de su boda, él vestido
impecablemente de smoking y su mujer con un traje de carnaval, fotos del
banquete de bodas, entrando a matar el toro blanco que es la tarta, y algunas
del viaje de novios con París de telón de fondo, y después de París, es
natural, una foto de él y su mujer emocionados mientras sostienen a su hijo recién
nacido, todo un angelito, en otra aparece él dándole la papilla al bebé y es
difícil decir quién de los dos tiene la cara con más papilla, en otra él posa
sonriendo, conduciendo hábilmente el cochecito de bebé, de pronto, el hombre se
extraña cuando ve una foto, aparentemente, es una foto normal, pero hay algo
que no resulta normal, la fotografía consiste en él sentado en el sofá,
hojeando el álbum de fotos, pero en la foto lleva la misma ropa que lleva ahora
y luce la misma barba de cinco días y el mismo peinado, ¿quién ha hecho la
foto? ¿su mujer? ¿no está su mujer fuera?, lo tiene que averiguar, se levanta
del sofá, da dos pasos hacia la puerta y no puede dar más pasos, ha chocado
contra una barrera invisible, imposible de cruzar, retrocede y a los tres pasos
sucede lo mismo, choca contra otra barrera inasible, salta hacia el techo con
la mano en alto y su mano es frenada de golpe, antes de llegar al techo,
incomprensiblemente, sí, ahora está seguro, está atrapado dentro de un
cuadrado, está atrapado dentro de una fotografía, él sólo es una fotografía, o
una parte de la misma, se siente mal, se siente totalmente impotente; apesadumbrado,
se deja caer en el sofá; abatido,
resignándose, sigue hojeando el álbum de fotos.
Enciendo la televisión, veo que juegan
Uzbekistán y Colombia y me quedó embobado, sin poder dejar de mirar el partido.
Me pierden los mundiales de fútbol, lo confieso. Cada cuatro años me engancho
sin remedio a ver todos los lances que puedo del campeonato. Ya me pasaba de
niño, pero hoy en día me sigue sucediendo. Hay costumbres que son para siempre,
está visto. ¿A qué se debe esta fascinación por los mundiales? No lo tengo muy
claro, pero me siento como los personajes de Forges 82, enfermos de
fútbol mundialista. Con ese mítico cómic por entregas aprendimos la historia de
todos los mundiales (de forma harto divertida) y aprendimos a perder, una vez
más. Sí, entonces España siempre perdía (eran otros tiempos). Sin embargo, con
los mundiales de balompié también aprendes mucha geografía. Por ejemplo, en
este mundial he descubierto dónde está Curazao. Ya puedo situar a esa preciosa isla
del Caribe en un mapa sin dudar. Por otro lado, un mundial te da muchas lecciones
de vida. Descubres, aunque suene a tópico, que no hay enemigo pequeño. Cualquier
equipo te puede ganar. Juegas contra Cabo Verde y no pasas del empate a cero;
te hacen ver que tu selección está todavía muy verde. Mejor. Así nos ponen con
los pies en la tierra y dejamos de creérnoslo demasiado. No olvidemos nunca cuando
en el mundial de Sudáfrica, nuestro mundial para la historia, en el primer
partido perdimos con Suiza. Menudo bajón de inicio. Así que ya sabéis, si se
empieza regular, o mal, luego se puede ir a mejor. (También se puede ir a peor,
vale, pero seamos optimistas de momento.) En ese mundial, por cierto, Shakira cantó
el Waka Waka, canción talismán que nos llevó a la gloria. Y en este
mundial, como claro paralelismo con aquel, la artista colombiana ha sacado el
tema Dai Dai; canción muy parecida (cortada por el mismo patrón) que
esperemos nos dé una suerte similar. Un mundial también es un espejo: te refleja
lo mayor que está Modric, lo mayor que está Cristiano Ronaldo… y que Messi
sigue siendo una leyenda y se marca un hat-trick sin despeinarse. Qué animal. Creo
que vamos a disfrutar bastante. Y a todas horas, nunca mejor dicho. A las seis
de la tarde. A las nueve de la noche. A las dos de la mañana. A las cinco de la
mañana. Madre mía, nos va a tocar trasnochar un montón de días. Pero cuando tienes
fiebre de mundial, nada te puede detener.
"Fiebre de mundial", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 20 de junio.
Asimismo, podéis leer la columna "Fiebre de mundial", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/06/20/fiebre-mundial-131599319.html
No sé si es el signo de estos tiempos,
pero no me da la vida para todo lo que me apetece hacer. Intento llegar a todo,
pero resulta una misión imposible. Por ejemplo, Bad Bunny me invita a su casita,
pero no puedo acudir porque tengo muchos cuentacuentos estos días. Bueno, como
ya se imaginarán, esto no es realmente cierto. Sí que tengo muchos
cuentacuentos (todos los colegios piden cuentacuentos en estos últimos días de
curso), pero no acudo a la casita porque Bad Bunny me invita por teléfono y no
entiendo lo que me dice. Y eso que me invita cantando, para que sepa que es él
de verdad, pero no pillo nada, solamente que tiene muchas novias o algo así. Le
cuelgo sin dudar, los malos somos legión, los malos nos apoyamos entre
nosotros, pero bueno, seguro que Benito tampoco me echará demasiado en falta.
Otra vez será. También me piden ejercer de ayudante y guardaespaldas del Papa
León XIV en su visita a España, básicamente para acompañarlo en el Papa Móvil, caminando
al trote a su lado, protegiéndolo de rimas zafias (“Papa León, molas mogollón”)
y pasándole los bebés al vuelo y devolviéndolos a sus progenitores tras la bendición
papal. Y me apetece el trabajo, no lo voy a negar, me veo como Clint Eastwood
en la película En la línea de fuego, pero estoy con mucho lío estos días
en varias ferias del libro y tengo que declinar la atractiva propuesta. Por
cierto, hablando del bueno de Clint, me llamó para invitarme a su cumpleaños: 96
años le han caído nada menos. Me dijo: “Anda, alégrame el día”. Pero me venía
mal por lo mismo, qué desastre. “Tengo muchas ferias, muchos cuentacuentos”, le
canté por teléfono para disculparme por mi ausencia. No se lo tomó nada bien, me
temo. No sé si por mi ausencia, o por mi imitación lamentable del Conejo Malo,
pero anunció despechado al día siguiente que se retiraba del cine, que se le
habían ido las ganas de seguir. Me sentí responsable, la verdad. ¿Cómo le había
podido fallar de semejante manera? Que uno a los 96 años ya no aguanta muchos
desplantes, y más con el genio y carácter que siempre ha tenido. Pero es
cierto, voy a tope de ferias y cuentacuentos, no es una excusa barata. Por ejemplo,
mañana domingo mismo estoy firmando en la Feria del Libro de Madrid. Ya verás cómo
Bad Bunny, que tiene su penúltimo concierto en la capital, se pasa por la feria
a echarme la bronca. Ya lo estoy viendo.
"No me da la vida", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 13 de junio.
Asimismo, podéis leer la columna "No me da la vida", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.pressreader.com/spain/el-periodico-aragon/20260613/281633901931421