viernes, 21 de septiembre de 2012

LA LUZ DEL DIABLO




El azul del cielo matutino cubría la ciudad. El aroma de las fábricas se extendía sobre los grises edificios. En las calles los niños jugaban a buenos y malos –y todos querían ser malos-, mientras que los mayores caminaban esquivándolos.
Gregorio Muñoz era uno de los hombres que caminaban por las calles. Se dirigía a buen paso hacia el banco en el que trabajaba. Y se dirigía sonriente pues era viernes y su mente ya no pensaba en el trabajo, sino en el fin de semana que le esperaba.



El mediodía había caído en medio de la ciudad con un caluroso sol de primavera. La comida llamaba desde los hogares a todas las gentes. Y las gentes, que no eran sordas, acudían al reclamo de sus estómagos.
Gregorio Muñoz abrió la puerta de su piso sintiéndose hambriento y feliz. Eran ya casi las dos del mediodía: era normal que se sintiese hambriento. Estaba soltero, tenía un buen trabajo, un piso estupendo y un gran fin de semana por delante: era normal que se sintiese feliz.
Después de comer lo llamó por teléfono su amigo Salvador. Como de costumbre, quedaron por la noche en un bar de la ciudad y Gregorio supuso irónicamente que la ciudad estaría temblando sólo de pensar en la cantidad de noctámbulos que no la iban a dejar descansar en paz.



El día se había desvanecido y el azul claro del cielo, tras pasar por ser azul oscuro y violeta, ya era negro. La luna ostentaba su vestido blanco de novia y el cielo nocturno estaba salpicado de granos de arroz centelleantes.
Dentro de un bar, apoyados en la barra, Gregorio y Salvador se refugiaban de la luz de las estrellas. Llevaban ya dos copas encima y observaban con ojos de lobo a la abundante clientela del bar.
Y en éstas estaban cuando por el campo de visión de Gregorio pasó una rubia explosiva de las que quitan el hipo, quien le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa con la soltura de una experta lanzadora de lazos.
Gregorio se asombró agradablemente y, tras pellizcar a Salvador, fue en pos de ella sin pensárselo dos veces. Si bien era bastante tímido, las dos copas que había tomado habían anulado a la timidez, la burbuja de cristal que le rodeaba y le impedía moverse o decir algo en situaciones parecidas.
Gregorio alcanzó a la rubia con rapidez y la cogió del brazo de forma algo brusca. Ella se volvió lenta, delicadamente, como si el tiempo caminara más despacio a su alrededor.
-¿Sí? –le dijo sonriendo.
-Creo que nos conocemos, ¿verdad? –dijo Gregorio con notable torpeza-. Lo que no sé...
-No, no nos conocemos –interrumpió ella-. Pero me encantaría conocerte a fondo.
-¿Sí? –dijo él, sonriendo como un estúpido.
-Sí. Pero ahora tengo que ir al baño. Ahora salgo, ¿vale?
-Vale, vale –asintió él, sin acertar a decir nada más.
Ella se metió en el baño y cerró la puerta tras de sí.
Gregorio se quedó de pie donde estaba, totalmente quieto; parecía una estatua feliz. Se contempló en un espejo y ordenó e intentó peinar sus alborotados cabellos negros, puesto que estaban en punta, excitados, como si él estuviera cargado de electricidad.
En esto, un hombre se le acercó. Parecía un marqués. Iba bien vestido, pero no por ello parecía un marqués. Era por su rostro: enjuto, serio, con unos finos y estirados bigotes y una cuidada perilla castaña. Solemnemente, le dijo a Gregorio:
-Caballero, yo de usted no intentaría nada con esa mujer.
Gregorio lo observó extrañado.
-¿Me dice a mí?
-Sí, le digo a usted. Ella huele mal.
-¿Qué?
-Ella huele mal –repitió el hombre, tocándose las aletas de su nariz aguileña-. Yo tengo un gran olfato y ella no huele como una mujer. Huele como una serpiente.
-¿Está bromeando? –dijo Gregorio en un susurro.
-No suelo bromear –aseveró el hombre, separándose de él-. Intento salvarle la vida.
Y dicho esto salió del bar.
Gregorio lo vio salir, mientras su mente daba vueltas en su cabeza como la ropa en una lavadora.
Una mano le tocó el hombro.
-Ya estoy –anunció una voz de mujer.
Sin volverse, Gregorio comprendió que la rubia acababa de salir del baño. Y no se tuvo que volver. La rubia se plantó delante de él.
-¿Quieres una copa? –le preguntó.
-Sí, la necesito –asintió él, pensando que la copa podría servir de detergente para limpiar toda la ropa sucia que se arremolinaba en su cerebro.
-¿Whisky? ¿Cerveza?
-Cerveza.
Ella pidió dos cervezas al camarero. Gregorio buscó con la mirada a Salvador, y lo vio al fondo del bar, dialogando con una morena llena de curvas. Al parecer, los dos estaban de suerte.
El camarero sirvió las dos cervezas. La rubia las tomó, guiñó coquetamente un ojo al camarero, como si con ese encantador gesto quedaran ya sobradamente pagadas, y le tendió una a Gregorio.
Gregorio tomó la cerveza y observó a la mujer con detenimiento. Era preciosa, mucho más de lo que le había parecido en un primer momento. El flequillo le caía hasta las cejas como el telón de una gran obra y su melena se perdía en la espalda como una larga capa rubia. Sus ojos marrones brillaban como dos planetas tocados por el sol, bañados en un mar de marfil, y su nariz era pequeña, juguetona y tan agradable a la vista como la sonrisa de un bebé. Sus orejas las llevaba descubiertas, a pesar de su largo cabello, y no era de extrañar, puesto que eran dos pasteles apetecibles y exquisitos. Su boca era la mismísima puerta roja del cielo y su cuello era la torre blanca que llevaba hasta él. No llevaba pendientes, iba sin pintar, y con sólo un vistazo uno se daba cuenta de que no necesitaba maquillarse para parecer una diosa inmortal. Tampoco necesitaba vestir llamativamente: llevaba una camisa negra de manga larga, pantalones vaqueros y zapatos planos.
Al observar cómo la miraba Gregorio, comiéndosela con la mirada, sonrió dulcemente.
-Me llamo Elena –se presentó, tendiéndole la mano-. Pero puedes llamarme Ele.
-¿Ele? –dijo él, estrechando su mano.
-Sí, Ele. Como la letra. La humanidad somos un inmenso abecedario, y cada uno de nosotros somos una insignificante letra. A mí me tocó ser la Ele.
-Ah... Bueno..., yo me llamo Gregorio –dijo él-. Pero puedes llamarme Grrr... –dijo como un loro.
-Grrr... –repitió ella y rio ostentosamente.
Gregorio observó su risa y palideció de pronto al comprobar que reía igual que Virginia, una amiga suya que se había suicidado hace tan sólo unos meses. Sí, reía igual, del mismo modo ostentoso, e incluso tenía sus gestos, hablaba de una forma parecida... Al verla por primera vez le había recordado a alguien y ahora se había dado cuenta de a quién le recordaba: a su querida Virginia. Bueno, no tenía su cara        –Virginia no era tan hermosa-, ni sus ojos, ni su voz, pero parecía que actuara como ella, como si estuviera debajo de ella... Gregorio pensó, extrañándose de sí mismo, que si le arrancara la piel a la mujer, como si fuera una máscara, debajo estaría Virginia.
-Me recuerdas a una amiga que se fue. Tienes sus mismos gestos.
-¿Sí? –dijo ella sonriendo y dio un sorbo a su cerveza.
Fue como si lo hiciera Virginia. Gregorio tembló.
-¿Cómo se llamaba?
-Virginia.
-¿Y qué le pasó?
-Se suicidó. Se pegó un tiro. No sé por qué. Se debió de volver loca.
-¿Se pegó un tiro? –dijo ella como si no se lo creyera-. Las mujeres no se suicidan pegándose un tiro. Sólo los hombres.
-Bueno, pues eso hizo.
-¿Cuántos años tenía?
-Los mismos que yo, veintisiete.
-¿Te dolió su muerte?
-Mucho... La quería, estaba enamorado de ella... Y nunca se lo dije. Nunca me atreví.
-¿Por qué no lo hiciste?
-Bueno..., éramos demasiado amigos. No sé, tal vez habíamos nacido para ser sólo amigos... Pero... no sé por qué te estoy contando esto –dijo avergonzado. ¿Así quería ligar?-. Perdona.
-No, no, es muy interesante –se apresuró a decir ella-. Me gusta verte hablar. Aunque no te quiero ver tan triste. Prefiero que estés alegre, como hace un momento.
-Sí, tienes razón. No es buen tema de conversación el de los muertos –sentenció él y dio un trago a su olvidada cerveza.
Ella lo imitó, dio un sorbo a su bebida, y después le guiñó un ojo pícaramente.
Gregorio sonrió.
-Desde luego, sabes guiñar –señaló admirado.
-Y no sólo con los ojos –dijo ella, acercándose a él.
Y le guiñó con los labios en la boca.



Pasado un buen rato, Elena y Gregorio salieron abrazados del bar. El cielo negro estaba lleno de estrellas. La calle estaba llena de personas. Las personas estaban llenas de alcohol.
-¿Vamos a mi casa? –sugirió Elena-. Vivo aquí al lado.
-De acuerdo –asintió Gregorio, pensando que si ella era una serpiente, tal y como había dicho aquel loco con pinta de marqués, era desde luego una serpiente estupenda.
“Voy a ser el primer hombre que hace el amor con una serpiente”, pensó irónicamente. “Además, me recuerda tanto a Virginia...”.
Recorrieron un par de manzanas y llegaron al apartamento. Elena abrió la puerta y pasaron los dos al interior entrando directamente al dormitorio. Era una habitación sencilla, sin ventanas, sin apenas decoración –sólo un gran espejo adornaba una pared-, pero la gran cama roja invitaba a tumbarse en ella. Y los dos se tumbaron, cayendo juntos como un gran saco de carne, rodeándose de abrazos, caricias y besos.
Con el apresuramiento que da el deseo, las manos de Gregorio liberaron a Elena de sus zapatos planos, de su camisa de manga larga, de sus pantalones vaqueros... Ya en ropa interior, Elena se separó ligeramente de él y se quitó su sujetador blanco sensualmente, cual artista del striptease, y sus senos vieron la luz como dos capullos de rosas que se abren con la mañana. Después se bajó las bragas con suma lentitud, contoneándose como quien se quita una interminable falda de tubo, y cuando se liberó por completo de ellas se tumbó hacia atrás, arqueándose ligeramente y abriéndose bien de piernas, mostrando así su sexo en todo su esplendor.
-¿Te gusta mi estrella? –preguntó ella maliciosamente y en ese momento algo brilló con intensidad en el centro de su sexo, entre sus labios rosados, como si tuviera una hoguera en su interior, como si emergiera el faro de un tren del túnel de su ser.
Gregorio vio el intenso fulgor, y el vello de la nuca se le erizó, sintiendo auténtico miedo. El oírle decir “¿Te gusta mi estrella?”, al mismo tiempo que veía el inquietante resplandor entre las hojas carnosas del libro de su sexo, fue como sentir que le decía “Te voy a comer, te voy a devorar, eres mío...”. A la vez, sintió que el relumbre de la entrepierna le intentaba hipnotizar, le intentaba atraer hacia ella. ¿A qué se debía ese gran fulgor? ¿Qué es lo que había dentro de ella? ¿Un sol devorador? ¿El fuego de los infiernos?
Gregorio se apartó aterrado, negándose a mirar por más tiempo la luz que emanaba del interior de la mujer, convencido de que si la miraba atentamente quedaría rendido a su hechizo, como si la luz fuera el ojo de una serpiente. En cuestión de un segundo, dando gracias por no haberse desnudado, corrió hasta la puerta del apartamento, la abrió de un tirón y salió veloz sin mirar atrás, sin escuchar si le decía algo o no la mujer. Llegó como una tromba hasta la calle y siguió corriendo en dirección a su casa. Tenía que escapar, escapar como sea, aunque no sabía de qué escapaba.
El cielo negro estaba salpicado de estrellas. Gregorio las observó y no le parecieron tan hermosas como siempre. Le parecieron estrellas tenebrosas, amenazantes. Le parecieron estrellas cautivas, prisioneras del cielo, encerradas en la inmensidad del espacio. ¿Quién va a poder escapar de la inmensidad del espacio? Por un momento, el cielo nocturno le pareció un gran coño negro, una gran cárcel negra en la que todos estábamos encerrados, incluso las aparentemente libres estrellas.
Cuando llegó a su piso, temblando todavía de miedo, la pregunta “¿Te gusta mi estrella?” se repetía en su cabeza como una cruel gota de lluvia que se precipitaba cada segundo sobre él. Entró en el dormitorio, se tumbó sobre la cama y se sintió como si hubiera escapado de la propia muerte. Sí, había escapado de lo desconocido. A no ser que... No, no habían sido imaginaciones suyas. No había sido un efecto óptico, ni un engaño visual. El fulgor del sexo de la mujer no podía haberse producido porque tuviera el clítoris pintado de oro y brillara cual perla de su vulva. No; dentro de su cuerpo había algo que brillaba infernalmente. Y ella no lo escondió, no lo intentó ocultar, sino que lo mostró orgullosamente, maliciosamente, tal y como un asesino enseñaría el cuchillo a su víctima. Además, no sólo había visto la luz en la boca de su sexo; la había sentido. Sí, igual que uno siente el calor de las llamas además de verlas. Y quizás eso fue lo que le aterró de verdad, lo que le hizo saltar y escapar. ¿Quién va a quedarse con una mujer que tiene dentro el infierno?
¿Y cómo iba a poder dormirse ahora, después de lo que había visto?



Del cielo cayó un telón azul que ocultó el anterior telón negro estrellado y con ello dio comienzo la acción de la mañana del sábado. La luna se ocultó entre bambalinas azules y el sol empezó a brotar en el horizonte, alzándose poco a poco como una gran flor dorada.
Gregorio seguía abrazado a su almohada, sin poder dormir. Cientos de pensamientos acudían a su mente. Sobre todo, los recuerdos de Virginia volvían a él. ¿Por qué se había suicidado? ¿Por qué?, se había preguntado tantas veces. No tenía motivos, al menos, aparentemente. ¿Y por qué no se había suicidado él tras perderla, siendo que ella era la persona sobre la que se apoyaba su vida? ¿Quizás porque quería averiguar las causas de su muerte? ¿Quizás porque su mente no podía asimilar su pérdida? ¿Quizás porque se aferraba a ella como a una ilusión, como a un sueño? Sí, quizás ella sólo había sido una ilusión, una quimera, algo intangible. Y ahora, obsesionado con su muerte, creía haberla visto en otra mujer, en otra mujer que no era ella. ¡Oh, pero es que se parecía tanto esa misteriosa mujer a Virginia! Sí, quizás demasiado. No sólo tenía algo de Virginia esa mujer; tenía todo. Sentía que era ella, que le hablaba ella, pero no era ella. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo...? De repente, sin saber cómo, un viejo recuerdo acudió a su mente. El día, cuando todavía iban los dos al instituto, en que descubrió la obsesión de Virginia por el diablo. Sí, estaban en clase de dibujo y ella había dibujado un pentagrama dorado que, según le explicó luego, servía para invocar al diablo. Cuando le enseñó la estrella de cinco puntas le hizo una pregunta que había olvidado. Le dijo: “¿Te gusta mi estrella?”. Gregorio palideció al revivir la escena. Sí, le dijo eso, eso mismo que ahora se repetía en su mente como un eco que nunca cesa. Y comprendió, temblando, con la lógica de lo ilógico, que Elena era Virginia. Sí, era ella, Virginia. Pero, si había muerto, ¿cómo podía ser que...? ¿Reencarnada? ¿Podría ser que se hubiera reencarnado en Elena? ¿Sería el espíritu de Virginia la luz que había dentro de Elena? ¿Sería Elena una marioneta manejada desde dentro por Virginia?
Sintiéndose enloquecer, Gregorio se tapó la cabeza con las sábanas, pero eso no impidió que oscuros pensamientos siguieran llenando su mente.



El sol de la tarde empezaba a descender sobre la ciudad. El cielo sin nubes parecía un fluctuante mar azul sobre el que se lanzaban de cabeza los grandes edificios. Las jaulas de las casas se habían abierto y los animales sabáticos invadían las calles.
Gregorio seguía en su piso, atormentándose. Seguía pensando en Elena, en Virginia, y en la luz que las unía. No había comido nada; no tenía apetito; lo había perdido, como la sensación de realidad. Le había llamado Salvador, pero no había quedado con él. No tenía ganas de salir. Tampoco le había contado lo que le había sucedido ni lo que le rondaba por la cabeza. Y no sabía muy bien por qué, puesto que tenía ganas de contarlo, de contárselo a alguien... ¿De contárselo a alguien? No; de contárselo a Elena, de saber con certeza quién era y quién estaba dentro de ella; saber si la mujer dorada que se encontraba bajo ella era Virginia; y si era así saber cómo Virginia había llegado allí; saber lo que había cambiado... O quizás lo que deseaba de verdad era dejar de pensar en ellas, dejar que su mente escapara de su cabeza como una paloma de una jaula y poder así volver a ser un hombre sin complicaciones, sin preocupaciones... Sin embargo, eso ya no podía ocurrir. Ya no podía dejar de pensar en ellas; de ninguna manera. Una la había perdido y ahora creía poder recuperarla. Y la otra le podía devolver a la primera, pero, a la vez, sentía que podía matarlo. No obstante, aun así, quería verla. Sí, se sentía aterrado y atraído por ella a partes iguales. ¿Y qué si estaba su vida en juego? También estaba en juego la vida de Virginia.
Así pues, levantándose, tomó la absurda decisión de ir a ver a Elena y de enfrentarse a los infiernos.



El rey sol caía lentamente a tierra. El mar azul del cielo se oscurecía. Las luces de la ciudad comenzaban a bostezar.
Gregorio había llegado a la puerta del apartamento de Elena y sentía que estaba viviendo la última aventura de su vida. ¿Qué estaba haciendo? ¿Yendo a la boca del lobo? ¿Es que se había vuelto loco? ¿Es que de verdad había sido hipnotizado por la luz de la mujer?
No, no estaba hipnotizado: estaba enamorado, enamorado de Virginia. Y ahora sentía –lo sentía su corazón, de forma convulsiva- que Virginia estaba tras la puerta. Sentía su presencia, el perfume de su ser, la música de su sonrisa, la energía de su alma. Le podía engañar la vista, pero no su corazón. Detrás de la puerta se hallaba la única mujer a la que había amado de verdad en toda su vida.
-Virginia, abre –dijo llamando con la mano a la puerta.
Dentro se escuchó un ruido.
Gregorio agudizó sus sentidos, intentando escuchar cómo reaccionaba la mujer que se hacía llamar Elena al ser llamada por su verdadero nombre.
Se oyeron unos pasos hacia la puerta.
-Virginia, soy Gregorio –continuó él-. Ábreme. Tengo que hablarte.
Los pasos se detuvieron cerca de la puerta.
Gregorio tenía las manos dentro de los bolsillos, pero se comía las uñas con la mente. Estaba tan nervioso que, aunque no fumaba, sería capaz de fumarse a la vez tres cigarrillos encendidos por el filtro. Al otro lado de la puerta, separado por una hoja marrón oscura, estaba su suerte o su muerte, su oportunidad de recuperar a Virginia o la de encontrarse con ella en el cielo.
Repentinamente la puerta se abrió de golpe, estrellándose con fuerza contra la pared.
La nuez de Gregorio dio un brinco y sus manos se abrazaron rápidamente a sus cojones para impedir que éstos escalaran hasta su cuello.
-Pasa –dijo una voz.
Gregorio oyó la voz, sorprendido, pero no vio a la persona de la que había salido. La puerta estaba abierta, se veía el interior de la habitación, pero ahí no se apreciaba a nadie. ¿Quién había abierto la puerta entonces? ¿Quién había hablado?
-Pasa –repitió la voz-. ¿O te vas a volver a escapar corriendo?
Gregorio reconoció la voz, era la de Elena, y sintió su presencia a tan sólo un metro, pero no la podía ver. ¿Era invisible? Sus piernas flaquearon y le pidieron echarse a correr, escapar de allí, pero estaba demasiado asustado como para moverse.
-Ya sé que no me puedes ver –dijo la mujer-. Y veo que has averiguado que soy Virginia. Entra, no me tengas miedo.
“No me tengas miedo”, se repitió Gregorio. “Y me lo dice una mujer que ha muerto y que es invisible”.
Resoplando, entró en la habitación. A pesar de que no la podía ver, sentía que realmente era Virginia la que le hablaba.
La puerta se cerró tras él –a todas luces, la cerró ella- y caminó hasta llegar a la cama, escuchando los pasos de ella y deduciendo por el sonido que iba con zapatos planos.
-Siéntate –le indicó la mujer.
Sin atreverse a desobedecer, se sentó en la cama. Y al sentarse vio a Elena caminando hacia el espejo de la pared, reflejada en él. Sí, la veía en el espejo –llevaba la misma ropa que la noche anterior-, aunque no era visible de otra manera. Ella descolgó el gran espejo de la pared y lo dejó apoyado un poco más a la derecha. Una vez allí, se separó de él y se sentó en una silla justo enfrente, para que así Gregorio la pudiera ver a través del espejo.
Gregorio se había quedado mudo.
-No soy visible durante el día –habló ella, serenamente-. Soy un animal nocturno y sólo soy visible de noche. Pero los espejos me delatan. Me reflejo en ellos siempre, al contrario que los vampiros, que tienen la suerte de no reflejarse.
Gregorio la oyó y se quedó doblemente mudo. Se volvió y no vio nada. Sólo veía su reflejo.
-¿Me ves bien así?
-Sí, sí... –musitó él, totalmente alucinado.
Estaba viendo el reflejo de algo que no se veía, estaba viendo en un espejo a una mujer invisible que decía de sí misma que era un animal nocturno; y él estaba ahí sentado, escuchando lo que le decía. ¿Es que estaba loco? ¿O es que era Juan Sin Miedo? No, no lo era: su cuerpo estaba rodeado por el terror; pero era un terror tan atrayente, tan deliciosamente misterioso...
-Me alegra que sepas que soy Virginia –sonrió ella.
Gregorio la miró a través del espejo, sin saber qué decir. ¿Cómo podía ser ella? Había visto su cadáver hacía meses, había visto por sus propios ojos que había muerto... Y ahora le hablaba desde dentro de otro cuerpo, dentro de otra piel.
-¿Cómo es posible? –quiso saber-. Tú habías muerto...
-¿Recuerdas que quería invocar al diablo? –atajó ella-. Lo conseguí.
-Y ahora te has reencarnado en otro cuerpo...
-Digamos que sí.
-¿Y cómo es que eres invisible? ¿Qué es eso de que eres un animal nocturno? ¿Y cómo es que tus ropas también son invisibles?
Ella se tocó la camisa, sonriendo.
-De día todo lo que me rodea se hace invisible. Hasta la ropa.
“Hasta la ropa”, se repitió en la cabeza de Gregorio, “Como si la piel que la rodeara fuera otro traje, otra ropa interior”.
-¿Por qué este cambio de cuerpo? –preguntó.
-Bueno, así he conseguido saber que me quieres, he conseguido que me besaras, que me desearas...
Gregorio la miró, atragantándose su respiración en el pecho a la vez que el reloj de su corazón se paraba. La sangre dejó de circular durante un segundo por su cuerpo.
-Soy más atractiva con este cuerpo, ¿verdad?
Gregorio no podía decir nada. Era como si tuviera una gran piedra en la garganta que no dejara salir sus palabras.
-Siempre te he querido –continuó ella-. Siempre. Y ahora sé que tú también.
-Por eso... –balbució él, rompiendo la piedra de su garganta.
-Sí, por eso decidí cambiar de cuerpo –acabó ella-. Mi cuerpo anterior, desde luego, no era tan maravilloso como éste. Estoy buena, ¿eh? –dijo sonriendo y poniendo pose de modelo.
-Tú me gustabas mucho como eras antes. Con tu... anterior cuerpo –dijo Gregorio, extrañándose de decir algo tan absurdo y tan estúpido, como queriendo convencer a una persona que se ha hecho diez mil operaciones de cirugía plástica de que antes estaba más guapa.
-Oh, tuviste años para decírmelo –reprochó ella-. Años. Y ahora con este cuerpo, ya ves, en una noche conseguí que me abordaras...
-Bueno, siempre he sido muy tímido... –intentó defenderse Gregorio.
-Quiero hacer el amor contigo –dijo ella de pronto-. Ahora. He esperado ya demasiados años.
Gregorio miró asombrado a la mujer del espejo. ¿De verdad era ella Virginia? ¿Diría “su” Virginia algo así? Sin embargo, su corazón no tenía dudas: sentía que era ella, sabía que era ella.
-Demasiados años... –repitió ella, comenzando a desabrocharse los botones de su camisa negra de manga larga.
Gregorio sintió que su trasero estaba completamente pegado a la cama. No se podía levantar, de ninguna manera, y veía asombrado el espejo –lo que reflejaba el espejo-, pareciéndole algo irreal, lejano, como si en vez de un espejo fuera un televisor.
Y la actriz de la película se desabrochó botón tras botón, botón tras botón, con la cadencia de quien deshoja margaritas, liberándose de la camisa poco a poco y dejando al descubierto su sujetador blanco. A continuación se quitó los zapatos, también sin prisa, como con cuidado, como si fueran de cristal y temiera romperlos. Seguidamente, levantándose, se bajó los pantalones vaqueros con la gracia de las personas de los anuncios, se los quitó y los lanzó bien lejos, al otro extremo de la habitación, fuera del campo de visión del espejo.
Gregorio la miraba absorto, incapaz de hablar, incapaz de apartar la mirada, sintiéndose como el espectador de un gran sueño, de un gran ballet.
Y el baile continuó, y ella se quitó su sujetador blanco como quien destapa un embriagador perfume a cámara lenta, dejándolo caer al suelo con la picardía con la que una dama dejaría caer su pañuelo para captar la atención de un caballero. Después pasó delicadamente las yemas de los dedos por los ojos de sus senos para así despertarlos –se habían liberado de su venda blanca y ya podían volver a ver-, consiguiendo poco a poco poner erectas sus pupilas rosadas.
Gregorio se la comía con la mirada, los ojos como platos, pensando en lo que se perdería si no la pudiera ver, agradeciendo de corazón al inventor del espejo su gran aportación al bien de la humanidad.
Ella se volvió de espaldas al espejo y se empezó a bajar lentamente las bragas, asomando así de forma gradual sus dos grandes mofletes, redondos y carnosos. Sus bragas blancas –como si fueran un compás de tela- recorrieron la curva de sus nalgas rotundas y al finalizar el arco quedó descubierto por completo su exquisito melocotón; a continuación, las bragas cayeron en silencio sobre sus pies desnudos. Después liberó a sus tobillos de sus esposas blancas y las lanzó también fuera del campo de visión del espejo. Se volvió al fin, totalmente desnuda, y su vello púbico rubio fue lo primero que miró Gregorio, buscando más abajo –sin verla- la luz de la luciérnaga de su interior.
-Mírame –dijo ella con voz neutra-. Ya es de noche.
Gregorio comprendió. Se volvió, y ahí estaba ella, materializada, visible, corpórea. Ya no tenía que mirarla a través del televisor-espejo. Al parecer, ya había caído la noche, aunque él no lo podía apreciar, ya que no había ventana alguna en la habitación.
-¿Te vas a desnudar? –preguntó ella, sonriendo aviesamente.
Gregorio no respondió. Se empezó a desnudar directamente. Aunque no con la gracia y lentitud de la mujer. En menos que canta un gallo, en un abrir y cerrar de ojos, su fina americana, su camisa, su pantalón, sus zapatos, sus calzoncillos y sus calcetines fueron a parar al suelo.
Ella se deslizó lentamente hasta él y se tumbó en la cama a su lado.
-Te deseo tanto –susurró-. Te he deseado tanto...
-Yo también –asintió él, jurándose para sí que lo que decía era cierto y mostrándolo para fuera con su cuerpo excitado, con su pene erecto.
La miró a los ojos y sintió que iba a hacer lo que siempre había soñado. En el fondo de los ojos de la mujer, le aguardaba Virginia.
Invadido por el deseo, la abrazó, enlazó su lengua a la suya y el centro de su cuerpo buscó el de ella. Ella se abrió de piernas, facilitándole la búsqueda. Él le acarició todos los rincones de su cuerpo; besó sus senos, mordisqueó sus pezones, chupó su ombligo... y bajó la vista hacia su sexo. Ella adivinó lo que pensaba y le dijo:
-No tengas miedo de la luz. Te gustará.
“Te gustará”, se repitió en la cabeza de Gregorio, que miraba la entrepierna de la mujer y el fulgor que despedía, semejante a la luz de un faro que intenta guiar a los barcos iluminando los arrecifes. Pero Gregorio no veía los arrecifes; era un marinero ciego, hechizado por cantos de sirenas.
Ignorando sus temores y empujado por la pasión, se tumbó sobre ella; delicadamente, la penetró y la blanca luz rodeó por completo a su miembro viril. Fue como meterlo en una hoguera, pero en un hoguera en la que las lenguas de fuego eran mimosas, cariñosas, cálidas, acogedoras; las paredes de la vagina de la mujer estaban envueltas en llamas besuconas y apasionadas. Fue como introducir su pene en el pozo de los placeres. Al hacerlo, Gregorio se sintió en el cielo, en las nubes, en el espacio. La danza del amor comenzó y los dos se empezaron a mover al ritmo de su pasión. Se movían a la par, totalmente unidos, como si fueran uno solo. Parecían buenos bailarines del sexo. Gregorio entraba y salía por la luz de la mujer con el compás que le marcaba su loco corazón. Debajo de él, ella se abría como una flor y se erguía ligeramente, facilitando así que el miembro erecto llegara una y otra vez hasta el fondo de su ser donde se encontraba el diamante del que partía la luz. Y así, poco a poco, una bruma femenina empezó a rodear a Gregorio. Una fragancia sexual lo empezó a envolver. Mares y torbellinos se agitaron sobre él. Estrellas fugaces pasaron a su alrededor como flechas blancas. Estaba siendo rodeado por el frenesí y todo su cuerpo se estaba hinchando de aire, de aire sexual, como un globo cachondo, y sentía que de un momento a otro iba a explotar. Su cuerpo hervía, y se sentía como si la mujer lo estuviera absorbiendo; sentía que la mujer tiraba de él, como si una cuerda invisible se hubiera atado a su pene desde las entrañas de ella y lo atrayera con fuerza; sentía que el sexo de la mujer le intentaba chupar y exprimir su cuerpo, su ser, todo, a la vez que sentía que él se iba, todo su cuerpo se iba, sí, se derretía, se convertía en líquido y en aire hacia ella, sin poder remediarlo. Estaba envuelto en un ciclón de carne, en un tornado de sudor, en un huracán de excitación, en un remolino de deseo, en un tifón de gemidos... Y naufragó sin remedio, sin poder resistirse. Eyaculó –a la vez que ella se abandonaba también-, dejándose llevar, sintiendo que si no lo hacía moriría, explotaría, pues todo su cuerpo pedía a gritos salir, expandirse, volar; y su semen brotó, caliente como la lava de un volcán, inundando a la mujer, sintiendo que su cuerpo se vaciaba como una bolsa a la que se le da la vuelta y sintiendo a la vez que se llenaba, como si otra bolsa intercambiara su contenido con la suya; y sus ojos se cerraron, y su vista bajó –recorriendo velozmente su cuerpo- hasta su pene y salió por él, al igual que su mente, su ser, su alma; sí, todo salió de él; y se extendió por las entrañas de la mujer como un río, como un mar, como un mar que se cruzaba con otro mar, inundando sus arterias, sus venas, su carne, sus huesos, sus nervios, recorriendo su vientre, todo su cuerpo; y subió hasta el corazón, llenándolo de sensaciones; hasta su cerebro, llenándolo de pensamientos; hasta sus ojos, llenándolos de vista; y los abrió, y se vio a sí mismo –como si se mirase en un espejo-, encima de él. Sí, él estaba encima de él. ¿Cómo podía ser? ¿Qué ocurría?
De pronto, mientras seguía preguntándoselo, sin comprender, sintiéndose como borracho y mareado tras haber eyaculado, su imagen se separó ligeramente de él, se levantó de la cama y caminó desmañadamente hasta la mesilla de noche. Abrió un cajón y sacó de su interior una pistola con silenciador, volviéndose con ella hacia él. Su imagen le sonreía, pero no era su sonrisa: era la de Virginia. Su imagen era Virginia.
Aterrado, Gregorio se miró a sí mismo, miró su pecho y vio el cuerpo desnudo de una mujer: el cuerpo de Elena. Sí, estaba dentro de su cuerpo. Sentía su largo cabello sobre los hombros, veía sus senos, su vello púbico rubio... ¡Habían cambiado de cuerpo al hacer el amor!
-¿Te gusta tu nueva piel? –dijo sonriendo su imagen con su voz, aunque sintió que era Virginia quien hacía la pregunta, dentro de su cuerpo.
-¿Cómo...? ¿Por qué? –balbució Gregorio tras la piel de Elena, saliendo la voz de Elena.
-Te he engañado. Te he engañado como a un imbécil –rió Virginia con una mueca burlona y femenina en el rostro de un hombre-. ¿Recuerdas que quería invocar al diablo? Pues nunca lo conseguí. Pero en vez de traerlo yo, él me encontró. Sí, una noche que volvía sola a casa a las tantas de la madrugada, me atrapó un tipo envuelto en una gabardina, me arrastró hasta un callejón y me violó. Pero no era un vulgar violador, no. Era él o uno de sus demonios. Olía a azufre, era verde como una serpiente y poderoso como un coloso. Y dejó dentro de mí su semilla, su luz. Me convirtió en un “luciente”, en un portador de la luz del diablo. Sí, me convirtió en un monstruo, en un reptil, en un reptil que necesita cambiar de piel cada cierto tiempo, pues se desgasta rápidamente un cuerpo utilizado por la luz del diablo. Sí, a la piel que te rodea le queda poco de vida. En dos o tres días se te arrancará a tiras por sí sola, se te pudrirá, se te despellejará... Será horrible... Sé que no lo soportarás. Deberías hacer ahora lo mismo que hizo la primera persona con la que cambié de cuerpo: suicidarte.
Gregorio la escuchó, trémulo.
-No, no... –dijo débilmente.
-Claro que si no te atreves a suicidarte te puedo ayudar –dijo Virginia apuntándole con la pistola.
Gregorio vio su propio cuerpo apuntándole. ¿Sería capaz su propio cuerpo de matarlo?, pareció pensar.
-Devuélveme mi cuerpo... –lloriqueó como un niño.
-Oh, puedes conseguirlo. Si te quedan ganas y no te asusta mi pistola –dijo ella con una mueca-. Sólo tienes que hacerme el amor y los dos intercambiaremos de nuevo nuestros cuerpos. Sí, así cambio de cuerpo, con el contacto más íntimo, haciendo el amor. Éste –dijo ella tocándose el pecho-, que es el tuyo; bueno, era el tuyo, es el cuarto cuerpo que ocupo. El que te rodea a ti ahora era una prostituta de lujo. He descubierto que cuando se es un hombre y a la vez un animal nocturno y se necesita hacer el amor para sobrevivir, lo más fácil es buscar una mujer así... Claro que con tu maravilloso cuerpo no creo que sea necesario...
-Yo te quería... –farfulló Gregorio, como si con ese sentimiento pudiera luchar contra lo que oía, incapaz de creer que lo que le estaba sucediendo fuera verdad.
-Yo también te quería –asintió ella-. Por eso elegí tu cuerpo. Quería tenerlo, poseerlo durante unos días... Además, lo que voy a hacer ahora también es un gesto de amor.
Y disparó fríamente, sin pestañear, atravesando la silenciosa bala la cabeza de Elena, la mente de Gregorio, y el cuerpo de mujer con alma de hombre se desplomó sin vida sobre la cama.
Virginia sonrió y observó satisfecha, por última vez, su anterior envoltorio. Seguidamente, tomó las ropas de Gregorio del suelo; con la comprensible inexperiencia de manejar un nuevo cuerpo, se vistió con ellas y ocultó la pistola debajo de la americana. Después, silbando, salió de la habitación sintiéndose orgullosa de su nueva piel.

6 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Realmente, la primera vez que leí este relato me sorprendió mucho. Nunca pensé que la luz del diablo fuera así... El título despista. Un abrazo, amigo.

39escalones dijo...

Esto es ya un clásico diabólico-demoníaco-luciferiano.
El diablo no es más que la otra cara de la moneda de Dios. Y se parecen tanto que apenas se distinguen. Y encima la moneda es falsa...

roberto dijo...

Hola, Marcos, supongo que habrá luces para todos los gustos.

roberto dijo...

Un clásico, claro que sí, Alfredo. Estoy contigo en todo lo que dices.

Ginés Vera dijo...

Hay al menos dos personas (también escritores) a los que les he recomendado que visiten tu blog y te lean. Cada vez que asoma un relato tuyo lo celebro, desde el título al final. Maestría narrativa en la evolución psicológica de los personajes, sobre todo en Gregorio. Es un relato carnívoro, simbionte, al más puro estilo Hitchcock, si me lo permites...al más puro estilo Roberto Malo, por supuesto. Enhorabuena.

roberto dijo...

Mil gracias por tu apoyo, Ginés. Así da gusto...