martes, 25 de febrero de 2020

MONEDAS


Era una mañana de verano en la que el sol brillaba como en sus buenos tiempos, y seguramente por ello había ido al campo con mi ex mujer y mis dos hijos, que por supuesto vivían con ella y pasaban bastante de mí. Una vez allí, soy un padrazo, les había dejado asando unas chuletas al lado de una casa derruida y me había escaqueado con la habilidad que me caracteriza. A pesar de ver a mi ex familia una vez cada dos semanas, me gustaba disfrutar de la soledad, y además preparar la comida no era lo mío.
Para hacer tiempo recorría el bosque en busca de besos de hojas y saludos de mariposas. Caminaba presurosamente entre la espesura y los animales y los árboles se echaban hacia los lados, como cediéndome el paso. Buscaba algo, no sabía qué. Y eso me cautivaba: no saber lo que quería, no saber lo que iba a encontrar.
Pronto dejé atrás el dosel de pinos y salí a un prado tan verde como la esperanza que vivía dentro de mi corazón. Volví a sentir el sol sobre mi cabeza, pues ya no tenía un bosque frondoso que me hiciera sombra. Respirando aire puro, sintiendo levemente el latir del planeta bajo mis pies, seguí caminando por la tupida alfombra floral, observando todo con cien ojos. Pero entonces un ojo del suelo me cegó por completo, con un gran resplandor. Y al mirarlo bien, ladeándome un poco, vi que había más a su alrededor, como pequeños soles que hubieran caído a tierra.
¿Qué eran? ¿Cómo fulguraban tanto?
Me acerqué sin titubeos, cogí una luz del suelo y me di cuenta de que era una brillante moneda de un euro, alimentada por los rayos del sol.
Sorprendido, comencé a recoger las demás, que había a montones. Eran todas de uno y dos euros.
¿Quién las habría perdido? ¿Y cómo habría perdido tantas?
Sí, había muchas. Una tras otra. Como si un Pulgarcito millonario hubiera ido caminando por el prado dejándolas caer a su paso para no perderse.
Emocionado ante semejante perspectiva, empecé a seguir el camino marcado por las monedas, recogiéndolas y guardándolas en mis bolsillos.
¿Conduciría el camino de monedas hasta una casita dentro del bosque en la que viviría una bruja terrible?
¿Quién se podría resistir a seguir semejante senda?
Yo no, desde luego.
En consecuencia seguí recogiendo monedas. Las había a docenas. Daba gusto ganar dinero de aquella manera.
¿Sería legal?
Me detuve de pronto, en seco.
¿Serían las monedas un cebo?
Me sentí como un ratón al que ponen pequeñas porciones de queso para llevarlo por donde quieren.
Sin embargo, seguí recogiendo monedas.
No había nadie más a la vista en el prado; sólo yo.
Al cabo de un buen rato la diversión se terminó. Recogí la última moneda, escruté el frente y no vi más. Bueno, por lo menos había recogido cerca de cien. No había estado mal.
Pero en ese momento otra moneda cayó a tierra cerca de donde había recogido la última, sobresaltándome ligeramente.
¿Quién la habría tirado?
Me encontraba en medio del prado y los árboles estaban lejos, a ambos lados de mí. Y no se veía a nadie.
¿Alguien estaba jugando conmigo?
Al momento, otra moneda cayó algo más allá de la anterior.
¿Se seguiría formando el camino de monedas?
Por la forma en que cayó, se diría que no era lanzada desde los lados, sino desde arriba, verticalmente, como si cayera del cielo.
¿Dinero caído del cielo?
Sonaba a película.
Miré al cielo azul estival. No había nubes; sólo un gran sol como rey. Y no había aviones ni helicópteros.
¿Quién estaba tirando entonces el dinero?
¿Puede haber alguien tan imbécil como para tirarlo?
No, no es normal que la gente vaya por ahí tirándolo. Y no creo que Dios quiera recompensar mis buenas obras de semejante forma. Alguien tenía que estar perdiéndolo, seguramente sin darse cuenta.
¿Acaso Dios tenía agujeros en los bolsillos?
Me agaché, recogí las dos monedas y me aparté un poco de donde habían caído, no fuera a caerme alguna en la cabeza.
Sin embargo no cayó ninguna más. Estuve esperando bastante tiempo; tal vez unos cinco minutos, pero ninguna moneda apareció ya.
Después, cuando volví con mi ex familia, pensé, no sé bien por qué, que no debía contarles lo que me había sucedido.



Por la noche tuve un sueño muy curioso. Seguía recorriendo el camino de monedas, recogiéndolas del suelo boscoso y metiéndolas en mis bolsillos; pero la ruta parecía eterna, parecía no terminar nunca. Yo sonreía de satisfacción; me estaba forrando. Y así proseguí durante bastante rato, por el trayecto dorado que discurría entre un bosque agreste, y pronto vi que seguía por una ladera, hacia abajo. Por ahí debía de tener cuidado: la cuesta era bastante empinada. Pero no me importaba mucho el peligro; estaba hipnotizado por los ojos rutilantes de las monedas.
Sin embargo, tropecé con unas ramas y caí rodando por la pendiente, que acababa en un profundo precipicio, y caí sin remedio por él hacia la muerte, ahogándose mis gritos agónicos en el viento.
Sobresaltado, desperté en ese momento con el pecho hinchado, lleno de oxígeno y desesperación.
Acongojado, no quise sacar ninguna conclusión ni moraleja del sueño; no quise pensar que la avaricia me podía conducir a la muerte. Había sido un sueño, sólo un sueño. Nada más.



Por la mañana, después de desayunar, observaba con atención el montón de monedas que había recogido en el prado. Las miraba detenidamente, una a una, intentando dar con una clave, intentando dar con una explicación. Al fin y al cabo, no todos los días uno encuentra un ejército de monedas al sol.
Me fijé en todas, en conjunto. Todas tenían el mismo brillo; como si fueran nuevas, como si las acabaran de hacer. Sí, como si las acabaran de hacer.
¿Y quién las habría hecho?
Bueno, era una pregunta trivial. ¿Quién las va a hacer? Pues el Gobierno, el Estado, ¿no?
¿No?
Un absurdo pensamiento pasó por mi cabeza. Habían caído del cielo, o al menos eso creía. ¿Habrían sido hechas en el cielo?
Hechas en el cielo.
También sonaba a título de película.
¿Acaso Dios fabricaría monedas por su cuenta?
No sería nada extraño. Si él había creado todo, ¿por qué no iba a crear monedas?
Pero, ¿no sería eso un caso de falsificación?
Oh, vaya, ¿Dios, un falsificador?
No, no, eso no podía ser. ¿Para qué necesitaría Él el dinero?
No, no lo necesitaría. Para nada. Entonces, ¿acaso lo había tirado por eso?
Oh, era de locos.
¿Qué hacía yo pensando semejantes barbaridades?
Tomé varias monedas y las observé con detenimiento. Desde luego, parecían auténticas.
¿Parecían? ¿O lo eran?



Por la tarde metí todas las monedas en un bolsa de piel y salí a visitar a un amigo que trabajaba en un banco. Supuse que él sabría decirme si eran falsas o no.
Las examinó, minuciosamente, y me dijo que eran buenas, auténticas, o que de ser falsas habían sido hechas por el mejor falsificador del mundo.
No sé exactamente por qué, pero me sentí más tranquilo al oírle decir eso.



A la mañana siguiente, como ya se imaginarán algunos, volví a ir al campo, solo. Estaba de vacaciones (bonita forma de decir que nadie me había ofrecido un papel) y tenía todo el tiempo libre que un actor en paro puede tener. Dejé mi coche cerca del bosque, lo atravesé rápidamente a pie y llegué al prado verde.
Una parte relumbraba como el sol. Había en él un camino dorado; una extensa línea de monedas.
¿Se repetiría el extraño suceso todas las mañanas?
No había nadie a la vista. Emocionado, me aproximé a buen paso. Había por lo menos cincuenta o sesenta monedas en fila india. Empecé a recogerlas, una a una. Seguían siendo de uno y dos euros. Bueno, hubiera preferido recoger billetes de cien euros, pero no tenía ganas de protestar; con la facilidad con la que conseguía el dinero casi me hubiera parecido mal conseguir demasiado.
Cuando acabé de recolectar las monedas, busqué más por el prado en vano y volví a mi coche.
Contento, regresé a mi casa. Mi jornada de trabajo había terminado.



Por la noche coloqué todas las monedas en filas de diez sobre la mesa de mi cuarto y las empecé a contar, tal y como haría un tío Gilito cualquiera. Tenía nada menos que ciento cincuenta monedas, de las cuales sesenta y cinco eran de dos euros y el resto eran de un euro. No estaba mal para tan sólo dos días. Sin embargo, ¿volvería a haber monedas en el prado al día siguiente?
Bueno, lo sabría al día siguiente. Porque iría, sin duda alguna. La duda merecía la pena.
Pensé de pronto en lo que iba a hacer con ellas.
¿Me las iba a gastar?
No, no tenía ganas de gastarlas. Quería guardarlas, aunque no sabía la razón. Sin embargo, ¿de qué me servía el dinero si no lo gastaba? Además, yo nunca había sido muy ahorrador. ¿Por qué querer cambiar ahora?
Caray, no sabía qué me sucedía. Las había ganado de una manera fácil, y quizás no las quería perder de la misma manera. Sí, eso podía explicar lo que me estaba ocurriendo. Aunque, al mirar las monedas, sentía como si me hipnotizaran, como si me hechizaran, como si su brillo no me dejara razonar; y deseaba tocarlas, sentirlas, como si tuvieran vida, como si fueran amigas mías; y claro, ¿alguien podría desprenderse de un amigo aunque a cambio te dieran por él un jamón o un pastel de nata?
Y tenía ciento cincuenta monedas. ¿Cuántas llegaría a tener? Supongo que tantas como el prado me dejara. ¿Sería el culpable de todo el propio prado? ¿Sería un prado encantado? Estaba visto que me encantaba darle vueltas a todo. No obstante, no era normal que aparecieran monedas como por arte de magia en medio de un prado.
¿Y sólo aparecerían monedas allí? ¿Aparecerían tal vez en otros lugares también? Desde luego, yo sólo conocía aquel lugar, pero por supuesto el mundo es inmenso. Podría haber miles de rincones donde aparecieran monedas; y el problema, que yo creía mío, que yo creía propio, podría ser de mucha gente. Tal vez, ahora mismo había muchas personas que se encontraban en mi misma situación.
Pensé otra hipótesis. ¿Y si las monedas seguían un camino? Es decir, creo que, más o menos, por la mañana había recogido las monedas a partir de donde el otro día había acabado de recoger las que había. ¿Acaso se seguiría formando el camino, invariablemente si había monedas en él o no?
Al observarlas, pensé otra cosa. Todas las monedas parecían nuevas, recién hechas. Tanto las del primer día como las del segundo. Parecían todas gemelas, iguales. Parecían hermanas, hijas de la misma madre. Pero, ¿qué hacía yo pensando semejantes cosas? ¿Me estaba volviendo loco? ¿O ya lo estaba?
Bueno, supongo que el dinero enloquece a los hombres. Aunque creo que a los hombres los enloquece El Dinero, así escrito, con mayúsculas, y no el dinerillo, que era lo que yo había conseguido. Porque ¿cuánto dinero había ganado en total? ¿Cuántos euros suponían las ciento cincuenta monedas?
No me llevó mucho tiempo la suma. Sesenta y cinco monedas de dos euros y ochenta y cinco de un euro. En total, doscientos quince euros. ¿Por doscientos quince euros me estaba volviendo loco?  ¿Además de pobre era imbécil?
Claro que la suma podría aumentar considerablemente. Sí, considerablemente.
Pensé otra cosa. ¿Tendría que declarar aquel dinero a Hacienda?
Sonreí. Estaba disfrutando como un enano. Sin embargo, una parte de mí tenía miedo, tenía miedo de estar jugando con fuego, pero a la otra parte de mí le encantaba jugar con fuego.
Decidí meterme en la cama. Tenía que descansar. Al día siguiente debía salir a cazar monedas.
Miré las que estaban encima de mi mesa, todas en filas como si fueran un regimiento, les deseé felices sueños y apagué la luz.



Un par de horas después me desperté bañado en sudor.
Había tenido un sueño muy acalorado. Hacía el amor con tres hermosas mujeres, y además las tres eran exactamente iguales. Desde luego, había sido un disgusto el despertarme.
Apenado, refunfuñando, intenté volver a conciliar el sueño, arrebujándome ligeramente con las sábanas.
Pero de pronto escuché un susurro, unas vocecillas.
¿De dónde provenían?
Creí sentir que de mi izquierda.
¿Y qué había a mi izquierda?
Mi mesa de estudio. Y sobre ella estaban las monedas.
¿Estaban hablando?
En silencio, estiré mi mano y encendí la luz.
Y sobre la mesa vi todas las monedas erguidas, de pie, con unos brazos diminutos y unas piernas minúsculas que salían de sus cuerpos redondos, dialogando.
Casi me desmayo. ¿Qué me estaba pasando?
Me restregué los ojos y volví a mirar.
Las monedas estaban sobre la mesa, tumbadas, como debían estar, y no tenían ni brazos ni piernas a su alrededor.
Resoplé. Mi imaginación me estaba matando.
Salí de la cama y las volví a mirar. Estaban tumbadas, sí, sobre la mesa, y estaban inmóviles, sin vida, pero no estaban formando filas. No estaban como yo las había dejado.
Eso quería decir una cosa: se habían movido. ¡Dios, no había sido una absurda visión! ¡Tenían vida!
Empecé a temblar. ¿Qué hacer?
Titubeando como un flan, cerré la puerta de la habitación. Miré la ventana: estaba cerrada. Abrí un cajón y saqué la pistola que guardo dentro, pues tengo licencia de armas (como todo buen actor paranoico). La cargué y apunté a las monedas.
—Sé que estáis vivas —dije nervioso, la pistola temblando en mis manos—. Mostradme vuestros brazos, mostradme vuestras piernas. ¡Os he visto, maldición!
Las monedas no se movieron. Siguieron estáticas, como si no tuvieran vida.
—No me importa agujerear a balazos mi mesa, y no me importa agujerearos a vosotras —seguí—, y como no os mováis os aseguro que lo voy a hacer.
Las monedas parecían sordas, parecían no entender, puesto que no se movían.
—Voy a contar hasta tres —amenacé—, y después dispararé.
Las ciento cincuenta monedas me miraban como ojos ciegos, sin vida.
—Uno...
Ninguna señal.
—Dos...
Silencio.
—Tres...
Nada.
Apunté a una moneda y disparé.
La bala la atravesó por el centro, agujereándola limpiamente, y penetró como un rayo en la mesa. Acto seguido, me dispuse a disparar sobre otra.
—¡Quieto! ¡Quieto! —gritaron varias monedas, brotando brazos y piernas de sus cantos, levantándose.
Las contemplé alucinado. Ciento cuarenta y nueve monedas se pusieron de pie.
—¡La ha matado! ¡La ha matado! —decían algunas, refiriéndose a la que había agujereado.
Efectivamente, la moneda había muerto. Estaba inmóvil, inerte.
—¡No dispares! —me dijo una de las monedas—. ¡No hagas eso!
—De acuerdo —asentí—. No dispararé.
Todas las monedas me miraban de cara, hablaban las caras grabadas; la cruz era su espalda.
—Eso está mejor —siguió la moneda—. Bueno..., ¡huyamos! —gritó, y todas echaron a correr por la mesa, algunas con sus piernas, otras rodando. Saltaron al llegar al final y se lanzaron volando, girando como diminutos discos, como insectos dorados, y se precipitaron en tropel sobre la ventana. Rompieron el cristal al impactar sobre él y salieron volando a la negra noche.
—¡No! ¡No os vayáis! —grité, abalanzándome sobre ellas. Con mi mano libre, conseguí atrapar una de ellas al vuelo.
Todas las demás salieron volando por la ventana.
—¡No! —exclamé desesperado, al ver que las perdía.
El frío de la noche entró por mi ventana destrozada.
Dejé la pistola sobre la mesa, aparté con cuidado los cristales rotos y bajé la persiana. Sentía un hormigueo en mi puño cerrado. La moneda se intentaba escapar. Pero yo no la iba a dejar salir por nada del mundo.
Con mi otra mano abrí otro cajón y saqué de allí un bote de cola para pegar metales. Eché un poco sobre la mesa, aplasté la moneda contra la cola, cogí la pistola con mi mano diestra y le apunté.
—¡Como te intentes despegar te mato! —le grité.
La moneda se quedó quieta, inmóvil, unida fuertemente a la cola. Escondió sus brazos y sus piernas.
Era una moneda, una simple moneda pegada a la mesa. Pero aunque se escondiera yo sabía que tenía vida. Era como un caracol que recogía sus cuernos, como una tortuga que guardaba sus miembros dentro de su caparazón.
—¡Habla! ¡Di algo! —exigí—. ¡O juro que te mataré!
La moneda permaneció inmóvil.
—¿No has visto lo que le he hecho a tu compañera? —le recordé, señalando la moneda horadada.
La cara de la moneda estaba quieta, impasible.
Acaricié el gatillo.
—¡Hablaré, hablaré! —gimió, sacando sus brazos y sus piernas.
La miré asombrado. No me acostumbraría nunca.
—¿Qué eres? ¿Qué sois? —inquirí—. ¿Cómo es que tenéis vida?
—Somos de otro mundo —contestó.
—¿Qué?
—Queremos conquistar este planeta —explicó.
Me eché a reír. No lo pude evitar.
—No te rías —me recriminó—. Lo conseguiremos. Somos más inteligentes que vosotros. Podemos adoptar cualquier forma, y ahora hemos adoptado la forma de monedas.
—¿Por qué habéis tomado esa forma?
—Bueno, estudiamos el comportamiento humano y llegamos a la conclusión de que lo más importante para todos los hombres es el dinero.
—Os equivocáis —consideré—. También está la salud, el amor...
—Tonterías —atajó—. Lo que más ansía la humanidad es el dinero. Y decidimos intentar adoptar esa forma para estar cerca de vosotros y así espiaros sin que os dierais cuenta.
—Aun así, no veo cómo nos vais a conquistar.
Me miró, pensativa.
—La verdad, yo tampoco —asintió—. Creo que adoptar esta forma ha sido un error. Estamos a vuestro lado, pero así es difícil conquistaros. Quizás debamos probar otra forma. Además, nos has descubierto y podrás avisar a los demás.
—Es verdad —sonreí—. Os he descubierto. Entonces, ¿por qué no me habéis matado? Supongo que lo podríais haber hecho. Erais ciento cincuenta contra uno.
—Bueno, queremos conquistaros, pero no queremos mataros.
—Vaya, eso tiene gracia —estimé—. ¿No nos vais a matar? ¿A ninguno?
—No. A ninguno.
—Entonces nunca nos conquistaréis.
—Eso ya lo veremos.
—No lo verás. ¿Y sabes por qué no podréis conquistarnos si no nos matáis?
—No.
—Porque os mataremos nosotros —sentencié. Y le disparé, calándola por el mismísimo centro de su cuerpo circular.
Debería haber vivido en el Oeste.
En fin, tenía algo que hacer: avisar a la humanidad. Miré el reloj: eran las tres de la mañana. Me vestí rápidamente, cogí la primera moneda que había matado y la metí en mi bolsillo. Tiré también de la otra, arrancando un pequeño trozo de mesa, y la metí en el mismo bolsillo.
Salí a la calle y me dirigí a la comisaría más cercana. Allí estaría mi tío Nicolás, un policía veterano de toda confianza. Él escucharía lo que le dijera por muy increíble que fuera.



Era una noche hermosa; las estrellas titilaban intensamente en el cielo. La luna estaba inmensa, pero entonces una afilada nube se acercó impulsada por el viento y la hendió buñuelescamente.
Recorrí a buen paso dos calles y llegué a la comisaría. Nada más entrar, un policía pequeño y rechoncho como una pelota me salió al paso.
—¿Está Nicolás? —le pregunté.
—Allí —señaló.
Seguí su mano y llegué hasta él.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó mi tío boquiabierto, dejando la taza de café que estaba tomando en una mesa mientras se rascaba la poblada barba que le cubría casi todo el rostro.
—Ha ocurrido algo muy serio —declaré.
—¿La familia?
—No, no. Algo a nivel mundial. De lo que yo sé depende toda la humanidad.
—¿Qué estás diciendo?
Tragué saliva.
—¿Crees en los extraterrestres?
Me miró, extrañado, enarcando las cejas ligeramente.
—¿Extraterrestres? ¿Qué ocurre?
—Han estado en mi casa ciento cincuenta extraterrestres.
—¡Ciento cincuenta! ¿Los contaste?
—Los conté.
—Coño. ¿Dónde están ahora?
—Escaparon por mi ventana.
—¿Todos?
—Bueno, maté a dos.
—¿Mataste a dos? ¿Dónde están los cuerpos?
—Los llevo encima. —Saqué las monedas de mis bolsillos y las dejé encima de la mesa—. Ahí tienes los cadáveres de dos de ellos —expliqué.
—¿Has bebido? —masculló, tomando una moneda en sus manos—. Esto es una moneda agujereada.
—Bueno, se me ha olvidado decirte que estos extraterrestres adoptan la forma que se les antoja, y para invadir la Tierra han adoptado la forma de monedas de uno y dos euros.
—¿Estás bromeando? Hoy no es el día de los inocentes, ¿verdad?
—Bueno, ya sé que parece increíble, pero es cierto. Te lo aseguro.
—¿Y esto qué es? ¿Sangre de extraterrestre? —dijo señalando la cola que estaba pegada a la moneda y a la madera de mi mesa.
—No, no. Es cola. Pegué la moneda a mi mesa.
—¿Para qué? —preguntó aturdido.
—Para interrogarla.
—¿Para interrogarla?
—Sí, claro. Para averiguar sus diabólicos planes.
—¿Y los averiguaste?
—Averigüé lo suficiente. Quieren conquistar la Tierra.
—¿Cómo?
—Eso no lo sé.
—Creo que estás loco —dijo mi tío, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué quieres que haga?
—Quiero que un especialista analice las dos monedas. Verá que están constituidas por órganos vivos. Verá que son dos cadáveres de algo desconocido.
—¡Vamos, hombre! ¿Quién se va a creer eso?
—Nadie. Pero encárgate de que alguien las analice. ¿Podrás hacerme ese favor?
—Bueno, igual me toman por loco, pero lo intentaré.
—Gracias —sonreí—. Mereces una medalla por haberme escuchado.
—Merezco un sombrero de Napoleón —rebatió con semblante cansado.



Salí de nuevo a la negra noche y entré en una cabina de teléfonos. Marqué el número de un buen amigo que trabajaba en un periódico. Tras varios pitidos, oí que descolgaba.
—¿Sí...? —musitó una voz somnolienta.
—Vaya, creía que los periodistas nunca descansaban —dije sonriendo.
—¿Quién es? —inquirió.
—Soy Carlos. ¿Te he despertado, Chema?
—Vete al diablo. ¿Sabes qué hora es?
—Sí, claro que lo sé.
—¿Sí? ¿Y qué hora es?
—Las tres de la madrugada.
—¡Las tres de la madrugada! Supongo que me llamarás para algo importante.
—Desde luego.
—Bien, ¿de qué se trata?
—Bueno, sería largo de contar por teléfono. ¿Podemos quedar?
—¿Ahora?
—Sí, claro.
—Bueno, ven a mi casa.
—Voy para allá. No te muevas, ¿eh?



Llegué a su apartamento poco más tarde. Me abrió la puerta con una cara que reflejaba sueño, enojo y preocupación a la vez; sus gruesas gafas de culo de vaso no lo podían ocultar. Pasé al interior y me senté en un despanzurrado sofá. Al parecer, el ser periodista no daba mucho dinero. Chema se sentó en otro sofá igualmente deslucido, enfrente de mí, y me indicó con un movimiento de cabeza que empezara a hablar.
—Vengo de estar en comisaría.
—¿Te han detenido?
—No, no. Fui a denunciar algo —aclaré—. Y, como tú eres periodista, pensé que te haría un favor al informarte de lo que les he dicho a los policías.
—Gracias, hombre —sonrió con desgana—. ¿Y qué les has dicho? ¿Tan importante es?
-—Bueno, creo que es importante.
—¿De qué se trata?
—De extraterrestres —dije lo más serio que pude.
Chema me miró, sin pestañear.
—¿He oído bien?
—Sí, has oído bien.
—¿Y qué tipo de extraterrestres?
—Bueno, extraterrestres con forma de monedas de uno y dos euros.
—Ah, claro —se avino sonriendo, haciendo una mueca de loco—, extraterrestres con forma de monedas de uno y dos euros. Bien, bien, me gusta la noticia. Oye, Carlos, otra cosa... ¿Tú te drogas?
Resoplé.
—No bromeo. Unos extraterrestres han adoptado la forma de monedas para estar cerca de nosotros y, en cuanto les apetezca, conquistarnos. Creo que adoptaron esa forma y no otra porque creen que el dinero es lo que la gente más desea, y querían adoptar la forma de lo que la gente más deseara. Sí, sé lo que estás pensando. Crees que estoy loco y que, de existir esos extraterrestres, ellos también estarán locos, pero le he estado dando vueltas y quizás ellos no estén tan locos. A lo mejor llevo varios de ellos en mis bolsillos y lo ignoro. ¿Te das cuenta? Es diabólico. Cualquier moneda puede ser un extraterrestre. ¿Y cómo distinguir una moneda auténtica de un alienígena? Creo que no se puede. Son iguales. Empiezo a pensar que una raza que ha conseguido adoptar la forma de su cuerpo a su antojo, en este caso en monedas, puede conquistarnos, sin duda. Son mucho más inteligentes que nosotros.
—¿Y cómo van a conquistarnos con forma de monedas? —preguntó Chema con sorna.
—Eso es lo más curioso. En realidad no lo sé, pero sé que quieren conquistarnos sin necesidad de matarnos. Es decir, no quieren aniquilarnos, exterminarnos. Quieren conquistarnos, simplemente. Supongo que sometiéndonos. Y ¿no crees que todos los hombres estamos ya sometidos por el dinero? ¿No crees que todos los hombres dependemos del jodido dinero?
—¿Adónde quieres llegar?
—Bueno, no lo sé. No lo sé. Y eso me aterra.
—¿Te aterra? A mí me aterras tú, Carlos. ¿Cómo te pueden aterrar unas monedas?
—Hombre, si tú hubieras visto salir volando por tu ventana ciento cincuenta monedas tal vez no pensarías lo mismo.
—¿Qué dices? ¿Ciento cincuenta monedas salieron volando por tu ventana?
—Bueno, exactamente ciento cuarenta y ocho. Maté a las otras dos.
—¿Mataste a dos? ¿Cómo?
—Disparé sobre ellas. Ya sabes que tengo licencia de armas.
—¿Dónde están?
—En comisaría.
Chema me miró, pensativo.
—Joder, esto es una locura —dijo abrumado—. ¿Me estás diciendo que les llevaste dos monedas cosidas a balazos y que les dijiste que eran dos extraterrestres?
—Sí.
—¿Y no te echaron a patadas?
—No.
—La policía se ha vuelto loca —comentó, abriéndose de brazos.
—Aquí llegamos a lo importante. Podemos matarlos. ¿Te das cuenta? Disparé sobre ellos y los maté. No son invencibles. Podemos acabar con ellos con armas corrientes.
—¿Y qué quieres que hagamos? ¿Que nos pongamos todos a disparar sobre las monedas que tengamos?
—No sería mala idea.
—Carlos, estás loco. Y además tengo sueño —dijo resoplando—. ¿Qué tal si dejamos nuestra conversación para otro día?
—De acuerdo. Sabía que no me tomarías demasiado en serio, pero lo tenía que intentar. Caray, tú puedes ayudar a la humanidad. Sí, tú tienes el poder; el poder de la prensa. Sólo tienes que escribir un artículo denunciando que hay monedas extrañas, que se mueven solas, que parecen extraterrestres y diciendo cosas así, ya sabes. Seguro que la gente te tomaría en serio.
—¿Crees que me tomarían en serio? No, nadie me creería. Y me costaría el trabajo. Además, joder, no tienes pruebas.
—Eso es verdad —asentí, levantándome—. Todavía no tengo pruebas.
Y salí de allí.



Por la mañana llamé por teléfono a mi ex mujer —a quien a pesar de todo seguía queriendo— y le aconsejé que el dinero que llevara encima lo llevara siempre en billetes y que se desprendiera de todas las monedas que pudiera. Se rió de mí y me dijo que estaba como una regadera, pero aun así me sentí bien por haberla prevenido.
Yo hice otro tanto con las monedas que tenía en mi casa. Me deshice de todas.



Al día siguiente llamé a la comisaría. Mi tío me dijo que habían examinado las monedas y no habían encontrado nada extraño. Eran dos monedas normales.
¿Me dijo eso porque no se atrevió a ordenarles que las examinaran? ¿O las habrían examinado de verdad y, al estar muertas, eran ya sólo monedas?



En el periódico local, como ya me imaginaba, no aparecía ningún artículo que hablara de las monedas extraterrestres.
¿Era yo el único hombre que conocía su existencia?



Al día siguiente, a media mañana, monté en mi automóvil con mi pistola y una caja de municiones y decidí intentar salvar al mundo yo solo.
Fui al bosque, dejé el coche entre unos árboles y empecé a caminar hacia el prado en busca de la fila de monedas. Si las encontraba, dispararía sobre todas las que pudiera. Se iban a enterar de quién era yo.
No tardé en llegar al prado. Un fulgurante sol, como espectador de excepción, me observaba pasivamente.
Escruté el campo salpicado de margaritas y no vi ningún destello producido por las monedas. Sin embargo, distinguí en lontananza a varias personas, al parecer tumbadas.
Fui hacia ellas.
Al acercarme, me di cuenta de que eran tres mujeres en bañador. Al verme se levantaron. Las tres eran totalmente iguales. Y las tres eran iguales que una famosa modelo de muy buen ver que salía en un montón de anuncios. Se acercaron a mí y me dijeron sensualmente:
—Somos tres huerfanitas. ¿Quieres adoptarnos?



Sabía perfectamente que eran extraterrestres. Sin embargo, no pude matarlas. No pude impedir llevarlas a mi casa. No pude impedir que se quedaran a vivir conmigo. No pude impedir que durmieran las tres conmigo en la cama. No pude impedir que me amaran.
Eran demasiado fuertes para mí.
Pensé que, si los extraterrestres lanzaban a muchas mujeres como éstas para los terrestres y a varones de buen ver para las terrestres, la humanidad entera no tardaría mucho tiempo en ser conquistada.
A mí, de momento, ya me habían conquistado.
 

"Monedas" aparece en "Malos Sueños" (Comuniter, 2019), libro de relatos de Roberto Malo con ilustraciones de Chema Cebolla.