domingo, 26 de julio de 2026

EL CUENTISTA Y EL REY

Había una vez un rey al que le encantaban los cuentos. Y como le gustaban tanto, convocó a todos los cuentistas de todos los reinos para que vinieran a contarle historias, anunciando que al que le contara el mejor cuento le entregaría una bolsa llena de monedas de oro.

En consecuencia, de todos los lugares partieron cuentistas para probar fortuna. El primero en llegar fue un joven narrador de un reino cercano. A pesar de su juventud era un gran contador de historias, conocido por todos. En cuanto llegó al palacio real, los guardianes del rey lo llevaron ante éste. Tras unas reverencias y unos cruces de palabras, el cuentista empezó su cuento sin ayudarse de laúd ni de instrumento alguno, sólo de su voz y de sus gestos.

Tenía una voz profunda, trabajada, y el cuento fluía de su boca con fuerza, como la lava que sale de un volcán. El rey y sus siervos lo escuchaban admirados, callados, paralizados por el cuento. Las manos y el rostro del cuentista gesticulaban perfectamente, saliendo cada uno de sus ademanes como algo natural, no pudiéndose concebir el cuento de otra manera.

Las palabras del cuentista volaban, volaban hasta el mismísimo techo del palacio; después bajaban, como mariposas llenas de poesía e imaginación, sobre los oídos de los cortesanos y del rey.

Pero cuando el cuentista hizo una pausa para dar intensidad a una frase, el rey le dijo de pronto: “Se me ha olvidado deciros algo. Si no me gusta vuestro cuento, haré que os corten la cabeza”.

El cuentista tragó saliva, y se formó un nudo de terror en su garganta. Sorprendido, asustado, miró al rey. ¿Hablaba en serio? ¿Se estaba burlando de él? No, no parecía que estuviera bromeando. ¿Y por qué no le había avisado antes?

Se quedó callado, aterrado, sin saber cómo continuar, sintiendo que no sólo estaba contando un cuento, sino que estaba intentando salvar su vida. ¿Serían capaces de matarlo?, parecía pensar.

Decidió que lo único que podía hacer era seguir contando la historia lo mejor que pudiera, intentando no pensar demasiado en la amenaza del rey. Así pues, siguió con el cuento, aunque su voz ya no sonaba tan profunda, sino que tenía cierto tono de miedo y nerviosismo; su lengua se trababa de vez en cuando, sus manos se movían torpemente y el sudor empezaba a cubrir su rostro poco a poco. No podía dejar de pensar que un hacha se alzaría sobre su cuello si su cuento no conseguía contentar al rey. No obstante, a pesar de su miedo su mente volaba hasta el cielo intentando arrancar de allí las palabras más bellas, las más dulces, las que consiguen ablandar al corazón más duro, las que hacen ver al ciego, oír al sordo, ésas que forman los grandes libros de las bibliotecas de los sueños.

Y así, poco a poco, el contador de historias se dio cuenta de que se estaba acercando al final del cuento, y pensó que quizás también se estaba acercando al final de su vida. Y decidió entonces alargar el relato, hacerlo seguir, coronándolo de detalles, de historias enlazadas, como aferrándose a la vida, como pensando que el tiempo que le restaba de cuento podría ser el tiempo que le restaba de vida. Y así lo fue alargando y alargando, y parecía no tener fin.

Los cortesanos se empezaron a dormir. El rey empezó a bostezar. El cuentista sudaba y sudaba, y su mente seguía como loca en busca de palabras, en busca de ideas, en busca de una manera de continuar su cuento, en busca de una manera de continuar su vida.

Sus palabras salían con lentitud, acariciando el tiempo, sin prisa, y los minutos pasaban y pasaban. El cuentista parecía pensar que así arrancaba valiosos minutos de vida a su muerte.

Casi todos los cortesanos se habían quedado dormidos. El rey parecía algo enojado. Pero el cuentista no les prestaba atención alguna, y seguía y seguía hablando, pensando que lo mejor que le podía pasar era que lo echaran de allí por pesado.

Los minutos se convirtieron en horas, en días, y el cuento parecía ya sin duda el cuento de nunca acabar.

Sin embargo, la sed, el hambre y el sueño empezaron a atacar al cuentista; y éste decidió que, tarde o temprano, tendría que acabar el cuento. Así pues, empezó a enfocar sus palabras hacia un final apoteósico, aunque, al acercarse, se volvía a alejar del final, como quien se intenta alejar de la muerte.

Tras varias tentativas, llegó hasta el final auténtico, acercándose lentamente, con miedo, con sigilo, y lo terminó, y se terminó el cuento a sí mismo, resonando el silencio que se formó al acabar de hablar como una explosión inaudible de color blanco.

El rey, al observar que había terminado, se levantó de su trono y expresó: “No ha estado del todo mal. Pero a mí me gustan los cuentos cortos. ¡Que le corten la cabeza!”.

 

"El cuentista y el rey" es uno de los veinte relatos incluidos en "Sin pies ni cabeza" (El Eco de los Libres, 2025), libro escrito por Roberto Malo e ilustrado primorosamente por Miquel Zueras. 


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