Había una
vez un rey al que le encantaban los cuentos. Y como le gustaban tanto, convocó
a todos los cuentistas de todos los reinos para que vinieran a contarle historias,
anunciando que al que le contara el mejor cuento le entregaría una bolsa llena
de monedas de oro.
En
consecuencia, de todos los lugares partieron cuentistas para probar fortuna. El
primero en llegar fue un joven narrador de un reino cercano. A pesar de su
juventud era un gran contador de historias, conocido por todos. En cuanto llegó
al palacio real, los guardianes del rey lo llevaron ante éste. Tras unas
reverencias y unos cruces de palabras, el cuentista empezó su cuento sin
ayudarse de laúd ni de instrumento alguno, sólo de su voz y de sus gestos.
Tenía una
voz profunda, trabajada, y el cuento fluía de su boca con fuerza, como la lava
que sale de un volcán. El rey y sus siervos lo escuchaban admirados, callados,
paralizados por el cuento. Las manos y el rostro del cuentista gesticulaban
perfectamente, saliendo cada uno de sus ademanes como algo natural, no
pudiéndose concebir el cuento de otra manera.
Las
palabras del cuentista volaban, volaban hasta el mismísimo techo del palacio;
después bajaban, como mariposas llenas de poesía e imaginación, sobre los oídos
de los cortesanos y del rey.
Pero cuando
el cuentista hizo una pausa para dar intensidad a una frase, el rey le dijo de
pronto: “Se me ha olvidado deciros algo. Si no me gusta vuestro cuento, haré
que os corten la cabeza”.
El
cuentista tragó saliva, y se formó un nudo de terror en su garganta.
Sorprendido, asustado, miró al rey. ¿Hablaba en serio? ¿Se estaba burlando de
él? No, no parecía que estuviera bromeando. ¿Y por qué no le había avisado antes?
Se quedó
callado, aterrado, sin saber cómo continuar, sintiendo que no sólo estaba
contando un cuento, sino que estaba intentando salvar su vida. ¿Serían capaces
de matarlo?, parecía pensar.
Decidió que
lo único que podía hacer era seguir contando la historia lo mejor que pudiera,
intentando no pensar demasiado en la amenaza del rey. Así pues, siguió con el
cuento, aunque su voz ya no sonaba tan profunda, sino que tenía cierto tono de
miedo y nerviosismo; su lengua se trababa de vez en cuando, sus manos se movían
torpemente y el sudor empezaba a cubrir su rostro poco a poco. No podía dejar
de pensar que un hacha se alzaría sobre su cuello si su cuento no conseguía
contentar al rey. No obstante, a pesar de su miedo su mente volaba hasta el
cielo intentando arrancar de allí las palabras más bellas, las más dulces, las
que consiguen ablandar al corazón más duro, las que hacen ver al ciego, oír al
sordo, ésas que forman los grandes libros de las bibliotecas de los sueños.
Y así, poco
a poco, el contador de historias se dio cuenta de que se estaba acercando al
final del cuento, y pensó que quizás también se estaba acercando al final de su
vida. Y decidió entonces alargar el relato, hacerlo seguir, coronándolo de
detalles, de historias enlazadas, como aferrándose a la vida, como pensando que
el tiempo que le restaba de cuento podría ser el tiempo que le restaba de vida.
Y así lo fue alargando y alargando, y parecía no tener fin.
Los
cortesanos se empezaron a dormir. El rey empezó a bostezar. El cuentista sudaba
y sudaba, y su mente seguía como loca en busca de palabras, en busca de ideas,
en busca de una manera de continuar su cuento, en busca de una manera de
continuar su vida.
Sus
palabras salían con lentitud, acariciando el tiempo, sin prisa, y los minutos
pasaban y pasaban. El cuentista parecía pensar que así arrancaba valiosos
minutos de vida a su muerte.
Casi todos
los cortesanos se habían quedado dormidos. El rey parecía algo enojado. Pero el
cuentista no les prestaba atención alguna, y seguía y seguía hablando, pensando
que lo mejor que le podía pasar era que lo echaran de allí por pesado.
Los minutos
se convirtieron en horas, en días, y el cuento parecía ya sin duda el cuento de
nunca acabar.
Sin
embargo, la sed, el hambre y el sueño empezaron a atacar al cuentista; y éste
decidió que, tarde o temprano, tendría que acabar el cuento. Así pues, empezó a
enfocar sus palabras hacia un final apoteósico, aunque, al acercarse, se volvía
a alejar del final, como quien se intenta alejar de la muerte.
Tras varias
tentativas, llegó hasta el final auténtico, acercándose lentamente, con miedo,
con sigilo, y lo terminó, y se terminó el cuento a sí mismo, resonando el
silencio que se formó al acabar de hablar como una explosión inaudible de color
blanco.
El rey, al
observar que había terminado, se levantó de su trono y expresó: “No ha estado
del todo mal. Pero a mí me gustan los cuentos cortos. ¡Que le corten la
cabeza!”.


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