lunes, 23 de marzo de 2020

VEO POR TI


Una pantalla en negro, un cielo nocturno sin estrellas. Eso es lo que veo normalmente. Nada. Absolutamente nada. Soy ciego, como ya se habrán imaginado. Pero... no siempre. A veces, unas pocas veces, veo. Veo todo lo que me rodea. Cuando me rodea... una mujer.



Éste soy yo, vendiendo cupones. Siempre en la misma esquina. A veces me siento como una puta que comercia con su suerte. No obstante, no me quejo. Es un buen trabajo y me gusta.
Soy ciego desde los diez años, a causa de un estúpido accidente. Sin embargo, no se puede decir que no haya visto nada desde entonces. He visto muchas cosas después, muchísimas. Todo empezó hace unos años, con mi primera experiencia sexual con una mujer.
Debo decir que por aquel entonces conocía cada vena y cada centímetro de mi polla a la perfección. Me masturbaba con frecuencia, y me gustaba mucho... pero esto no me hacía ver. Había descubierto mi sexualidad, pero seguía en la oscuridad; seguía siendo ciego, completamente ciego.
Pero un buen día, en una fiesta de unos amigos, conocí a Laura. Laura era una chica muy curiosa; demasiado curiosa a decir verdad. Luego me enteré de que le encantaba estrenar a chicos vírgenes. Y yo supongo que lo llevaba escrito en la frente; encima de mis gafas negras. No tardó en sentarse a mi lado.



—Eres muy guapo, ¿sabes?
—¿Para ser ciego?
—No, en serio. Eres muuuy guapo.
—Gracias.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Claro.
—¿Eres virgen?
—¿Qué...? ¿Por qué lo preguntas?
—Pura curiosidad.
—Bueno..., pues sí.
—¿Sííí?
—¿Te alegras?
—No sabes cuánto. Oye, ¿vamos a mi cuarto?
—Vale.
Me tomó de la mano y me guió por un largo pasillo hasta entrar en una habitación que olía a lavanda. Cerró la puerta y la música de la fiesta dejó de oírse.
—Me gustas —susurró—. ¿Quieres tocarme?
La toqué, por supuesto. Mis manos volaron sobre ella. Tenía el pelo corto, casi como un chico, y era algo más baja que yo. Los dos estábamos de pie; yo recorriéndola con mis manos; ella dejándose explorar. Tenía un cuello largo y tibio, unos hombros anchos, una cintura pronunciada y unas caderas rotundas. Estaba como un tren, y yo cada vez más excitado. Le toqué suavemente sus pechos firmes a través del jersey de lana (no llevaba sujetador) y llevé mis manos a su rostro. Tenía una nariz pequeña, unas pestañas largas y finas y unas mejillas algo angulosas. Su piel era maravillosamente suave; daba gusto recorrerla. Su labios eran pequeños y duros; al palparlos ella sacó su lengua y me chupó dos dedos. Retiré la mano, sorprendido y ruborizado.
—Me estás poniendo como una moto —susurró ella.
—No era mi...
—Calla —me cortó, posando su dedo índice en mis labios.
Cuando retiró su dedo, su lugar lo ocupó su boca. Abrí la mía y nuestras lenguas se buscaron. Su lengua tenía un regusto de nicotina; aunque yo no fumo, me supo sin embargo a gloria bendita. Mis manos se posaron en su cintura y se deslizaron por la falda, palpando las curvas de sus nalgas. Buen culo, sí señor. De pronto, ella separó sus labios de los míos y me empujó levemente por los hombros. Yo perdí el equilibrio y caí hacia atrás.
—¡Eh...! —atiné aterrado, cayendo sobre el colchón de una cama.
—Perdón —se disculpó ella—. Qué burra soy...
—No, no. No importa —sonreí forzadamente. Menudo susto me había dado.
—Intentaré que olvides mi torpeza innata —se excusó ella, y me desabotonó de un golpe la bragueta de mi pantalón vaquero. La cremallera la bajó poco a poco (mi pene erecto ejercía buena presión). Después, como si ella lo hiciera todos los días, me bajó los calzoncillos y tomó mi polla erecta con su mano derecha. Tragué saliva. Ella tragó otra cosa. De pronto mi polla estaba dentro de su boca. Su lengua bailaba sobre mi glande. Suspiré profundamente. Esta chica me convenía, sin duda. Pero entonces mi cabeza estalló. Un resplandor blanco me golpeó de lleno, rompiendo en pedazos el velo de mi oscuridad. Y vi. Por primera vez en muchos años. Al principio, formas difusas. Después, poco a poco, mis ojos recién estrenados se habituaron a los colores y las formas. Distinguí a Laura, chupando mi polla con cara de verdadera concentración. Me pareció realmente preciosa. ¡La veía! ¡La estaba viendo! ¿Cómo era posible? ¿Cómo?
—Veo... —acerté a decir.
Ella creo que ni me escuchó. Siguió a la suyo, chupándome con destreza y dedicación.
—Te veo... —susurré.
Ahora me escuchó. Sin dejar de chuparme, me observó frunciendo el ceño.
—Te veo —repetí.
Dejó de chuparme, envarada. Con gesto de alarma, se separó de mí...
...y dejé de verla.
La oscuridad conocida volvió de nuevo.
—¿Qué dices? —preguntó Laura.
—Eh, ¿por qué te has...?
—¿Qué estás diciendo? —me cortó—. ¿Ves?
—No..., no ahora mismo... Pero...
—¿Qué?
—Te veía.
—¿Cómo?
—No sé...
—Creo que mejor me voy, eh.
—No, no, por favor —rogué rápidamente—. No te vayas. Sigue chupando, por favor.
—Es que...
—Por favor. Al dejar de hacerlo he dejado de ver. Quiero saber si puedo ver de nuevo.
—Pero...
—Ha sido un milagro. Y ha sucedido gracias a ti.
—Lo siento. Creo que debo irme —dijo ella nerviosamente. Y salió de la habitación.
Ahogué una maldición, y me sentí más abandonado que nunca.



—Me duele tener que recordártelo —me dijo la oculista—, pero estás completamente ciego.
—Le digo que vi.
No le había dicho qué había visto ni cómo. Me daba cierto reparo, la verdad. Si fuera un doctor...
—Acabo que examinarte. Tus ojos están como siempre.
—¿Ni siquiera una pequeña mejoría?
—No. Lo siento. Lo siento de veras.
—Bueno. Por cierto, doctora —dejé caer—, ¿cree que es posible que al tener relaciones sexuales pueda ver?
Silencio.
—¿Cómo has dicho?
—Relaciones sexuales. Con una mujer.
—Te vendrán bien, desde luego —sonrió—. De hecho, le viene bien a todo el mundo. Pero de ahí a ver... Bueno... va un abismo.
—Claro. ¿No sabrá de ningún caso, verdad?
—¿Me estás tomando el pelo?
—No, no.
—¿Hay algo que me tengas que decir?
Silencio.
—Escúpelo —insistió.
—Vale —asentí—. Cuando vi..., estaba con una chica.
—¿Y?
—Estaba muy cerca.
—¿Cómo de cerca?
—Me la chupaba —solté.
—Vaya, vaya —sonrió—. ¿Y la viste?
—Perfectamente.
—¿No lo imaginarías? Al estar excitado...
—No. Seguro que no. Si usted fuera ciega, y de pronto pudiera ver, ¿cree que tendría alguna duda de que está viendo?
—Entiendo.
—Pero al decirle que la veía, la chica se asustó... y se fue. Y dejé de ver.
—Lo siento. Hay chicas muy crueles.
—Doctora, ¿podría hacer algo por mí? Como un experimento.
—Claro. ¿El qué?
—¿Querría chupármela?



La profesión médica ya no es lo que era. Me echó de la consulta casi a empujones, y encima se pensó que quería ligar con ella. Nada más lejos de mi intención. Sólo quería que me examinara a fondo, en aras de la ciencia médica más avanzada. Pero ¿cómo íbamos a avanzar? El mundo era cada vez más estrecho.
Esa misma semana se lo pedí a varias amigas, como un favor personal, como un experimento muy importante para mí, pero por una u otra razón todas me dijeron que les venía bastante mal, que en otro momento tal vez, y que qué morro tenía. Ya no se podía confiar ni en la amistad.
Estaba visto que necesitaba una profesional.



—¿Seguro que está buena? —le dije a mi amigo Gregorio.
—Buenísima —aseguró.
—Es que por ese precio...
—Pero si es una ganga, hombre. Además, no pienses en el dinero. Piensa en el polvo que te vas a pegar.
—Ya, ya.
Gregorio era invidente, como yo, y bastante putero. Él nunca había visto nada gracias al sexo, pero, según él, el resto de los sentidos disfrutaban de lo lindo. Me había dado el teléfono de, según él, una hembra de campeonato.
—Ya verás lo bien que huele —me aseguró.
—Con lo que cobra ya puede comprar buen perfume, ya.
—Venga, Paco, no seas tacaño. Que la ocasión lo merece. Ésta te hace ver las estrellas, vamos, si hace falta.
—¿Tú crees?
—Si esperas un milagro, esta hembra lo es. Te lo digo yo.



—Son las tres —dijo el reloj de mi habitación.
Y yo sin llamar a la hembra milagrosa. Bueno, había que hacerlo, ¿no? Pero, por otra parte, ¿para qué quería ver? Con lo bien que estaba como estaba. Todo cambio es un problema, desde luego. Y bien gordo. Y creo que, en el fondo, no quería cambiar, de ninguna manera. Lo único que quería era saber si... Si yo... No, lo único que quería era follar. Eso estaba claro. Quería echar un polvo. Y comprobar, al mismo tiempo, si lo del otro día era normal o no.
—Son las cuatro —dijo el reloj.
—Está bien —asentí—. Es la hora.
Era domingo. Cogí el teléfono y llamé a Cindy, la hembra milagrosa. Le advertí que era ciego, amigo de Gregorio, y le pedí que viniera a mi casa. Me dijo que estaría en un par de horas. Por su voz parecía muy dulce y cariñosa; de momento no mataría a Gregorio.
Les dije a mis padres que en un par de horas vendría una amiga y que la pasaran a mi habitación. Ellos se alegraron mucho, como cada vez que venía gente a verme.



—Son las seis —dijo el reloj.
Entonces llamaron a la puerta. Yo di un respingo.
—Ya está —me dije nerviosamente.
Escuché los pasos de mi madre hacia la entrada. Abrió la puerta y escuché que Cindy se presentaba. Mi madre la acompañó hasta mi cuarto.
—Hijo, Sinsi ha venido a verte —anunció mi madre.
—Cindy —le corregí.
—Bueno, eso.
—Hola, Paco —saludó Cindy.
—Hola.
—Os dejo, eh —dijo mi madre, y cerró la puerta.
Silencio.
—Muy maja tu madre —dijo Cindy.
—Sí, lo es —asentí.
—Así que conoces a Gregorio... —dijo ella, y se acercó a mí.
—Sí.
—No te arrepentirás de haberme llamado —susurró.



No me arrepentí, desde luego. Cindy me hizo ver de nuevo, durante todo el tiempo que le estuvimos dando al sexo, que fue bastante. Mientras me chupaba, la chupaba y hacíamos el amor, mis ojos vieron todo lo que tenían delante (sus pechos, sus nalgas, su cara, sus piernas, mi habitación, todo). Al eyacular dentro de ella (con condón, por supuesto), me cegó un fogonazo de luz blanca, orgásmica, y regresé poco a poco a la oscuridad. Al dejar de hacer el amor, dejé de ver. Fue doblemente dolorosa la sensación post-coito. Pero mientras hacía el amor, mientras veía, había sido maravilloso.
—Te volveré a llamar, lo prometo —le dije a Cindy, emocionado y sudoroso.
—Lo sé —asintió ella, como quien oye algo por enésima vez.



La volví a llamar, por supuesto, y cada vez fue mejor. Cada vez disfrutaba más, cada vez lo hacía mejor, cada vez veía mejor. Mis padres estaban al tanto de lo que sucedía en mi cuarto, por supuesto, y cuando les expliqué que gracias a ella podía ver, la acogieron como si fuera de la familia.
La oculista, al mismo tiempo, seguía sin creerme, y lo que es peor, seguía sin querer chupármela.
—Se lo juro —repetí—. Puedo ver.
—Es imposible. ¿Cómo te lo tengo que decir? Tus ojos están ciegos.
—Usted sí que está ciega —le espeté, y me levanté de la silla airadamente.
—Espera —me retuvo—. Quiero creerte, pero... Me encantaría creerte... En fin... Voy a cerrar la puerta.
Bingo.
—No es muy ortodoxo, la verdad, pero...
—Ya verá como tengo razón.
—Espero que seas tú el que vea. Si no...
—Si no me cambiaré de oculista, se lo prometo.
—Bien.
Suspiró.
—Desabróchate tú mejor, ¿vale?
—De acuerdo.
Me bajé los pantalones y los calzoncillos de golpe. Mi polla estaba bien tiesa, sólo de pensar en lo que se le venía encima.
—Joder.
—Gracias.
—De nada, vicioso.
Se inclinó sobre mí y tomó mi polla con ambas manos.
—¿Estás preparado? —quiso saber.
—¿Usted qué cree? —repliqué.
—Pues vamos allá —dijo. Y sus palabras se fundieron con mi polla.
—Hostia... —articulé.
A pesar de esperar su boca con ansia, me cogió por sorpresa. Su boca se tragó mi polla hasta el fondo, de golpe. Y Garganta Profunda resultó ser un ciclón, por Dios. Mientras sus manos me masajeaban los huevos, su lengua recorría toda mi polla con verdadera furia. De arriba abajo, de arriba abajo. No me esperaba algo así de mi oculista, la verdad. El fogonazo blanco me llegó de golpe, como su furia. Todo se volvió borroso a mi alrededor. Paulatinamente, empecé a distinguir formas difusas. Poco a poco, todo se estabilizó. Veía, sí, veía a mi oculista perfectamente.
—¿Ves algo? —dijo ella, su lengua acariciando mi glande.
—Sigue, sigue, no pares.
—Sigo, pero dime lo que ves.
Ella siguió chupando. Yo intenté concentrarme en lo que veía. El despacho médico, los muebles, mi cuerpo y el de la mujer. Me tomé mi tiempo, la verdad. Quería saborear bien la maravillosa sensación. Poco después empecé a hablar.
—Te veo muy bien. Tienes el pelo liso, muy largo, la piel clara, con muchas pecas. Llevas puesta una bata de médico, y llevas tres bolígrafos en el bolsillo derecho de la misma. Llevas zapatos de suela plana.
Ella dejó de chupar.
—Eso es fácil de saber —objetó ella, como si nada—. La habitación. Describe la habitación.
—Tú sigue chupando —sonreí.
—Vicioso —gruñó.
Volvió a lo suyo. Y yo seguí a lo mío.
—Hay cuatro cuadros al lado izquierdo y tres al derecho —continué—. Sobre la mesa hay una carpeta, dos libros, unas tarjetas, un cenicero y una pluma.
—Tú puedes ver —articuló asombrada.
—Gracias a las buenas mujeres —sonreí.



Mi oculista prometió que estudiaría mi caso con dedicación. Que lo comentaría con otros colegas y que haría cuanto estuviese en su mano. Le di las gracias por todo y le recordé que me encantaría ser su conejillo de indias y que experimentase conmigo todo lo que quisiera, ella y demás colegas, mujeres a ser posible.
De hecho así fue, y me convertí por un tiempo en una pequeña celebridad clínica. Paco Mendo, el hombre ciego que podía ver gracias al sexo. ¿Por qué yo al hacer el amor podía ver y los demás ciegos no? Ahí estaba el enigma. Yo pensaba que, de alguna manera, mi cerebro y los nervios ópticos estaban conectados con mi polla, y al ser ésta rodeada por el cuerpo femenino saltaba algo, algo interno, que me hacía ver. Sí, ¿mi cerebro y mi polla eran la misma cosa? Como en todos los hombres, pensarán algunos.
El caso es que se publicó un artículo en el que se comentaba mi insólito caso (yo lo leí en braille), y a raíz de ello una periodista quiso entrevistarme. Yo acepté encantado, por supuesto. Era además para un periódico de gran tirada.
Lo que no sabía es que aquella entrevista cambiaría mi vida para siempre.



La periodista se presentó. Se llamaba Mónica. Tenía una voz suave, aterciopelada, que desde el primer momento me hizo temblar. Caí rendido a su hechizo en cuestión de segundos. Apenas podía prestar atención a sus preguntas, muy interesantes, por otra parte. La razón era muy sencilla, aunque me costó un poco darme cuenta: me había enamorado.
La periodista estaba fascinada por mi caso. Yo estaba fascinado por ella. Ella no paraba de hablar. Yo no paraba de babear.
Creo que la entrevista se alargó más de la cuenta. Por mi parte, como si no acababa nunca. Estaba en la gloria a su lado. Estaba embelesado por su voz, por lo que decía, por su olor, por cómo me la imaginaba. Cómo me gustaría verla, pensé, con lo que ello implicaba.



—Perdona que te haya robado tanto tiempo —se excusó ella.
—Ha sido un placer —le dije, y no mentía en absoluto.
—Me gustaría compensarte invitándote a cenar.
Se me puso tiesa de golpe. Sé que no suena muy romántico, pero fue eso lo que sucedió.
—Oh, gracias. Pero... es sábado.
—¿Tienes planes?
—No, no. Lo decía por ti. No me gustaría aburrirte en un sábado. Si quieres que venga tu novio...
—Estoy soltera —dijo ella rápidamente.
Bingo.
—Será un placer —le dije.



Me invitó a cenar en su casa y me llevó en su coche hasta ella. Supongo que a lo mejor le daba cierto reparo el ir a cenar por ahí con un ciego, o lo hizo para facilitarme las cosas, quién sabe, pero en mi fuero interno agradecí que fuera en su casa. Allí la intimidad era total, y la proximidad del dormitorio era algo real.
Me describió su apartamento de forma metódica y lo recorrí siguiendo sus indicaciones. Entramos en la cocina y preparamos la cena entre los dos. Era maravilloso ayudarla, estar a su lado. Mientras preparábamos una ensalada de frutas, su perfume me envolvía como una manta enamorada.
Durante la cena me estuvo hablando de su carrera como periodista, de su vida, de sus gustos. Yo tampoco paraba de hablar. Me encontraba muy a gusto a su lado. La verdad es que estaba resultando una velada inolvidable. Ella tenía una risa contagiosa; y yo me esforzaba en hacerla reír una y otra vez con mis chistes y comentarios.
Después de la cena nos sentamos en un cómodo sofá de dos plazas. Ella puso de fondo un disco de Stevie Wonder. Buena elección, apunté. Me tomó la mano y me dijo que estaba pasándoselo muy bien. Yo también, asentí. Dejó caer su cabeza en mi hombro y nos quedamos callados, escuchando la música. Primero me besó en la cara, tímidamente. Después en la boca, no tan tímidamente. Después estábamos en el suelo, quitándonos la ropa de cualquier manera.
—¿Quieres verme? —me preguntó con excitación.
—No sabes cuánto lo deseo —le dije.
Pero al acabar de desnudarme me asaltó una duda. ¿Y si ella  estaba haciendo todo esto por el reportaje? ¿Para verificarlo? ¿Para constatar por ella misma que no era una mentira? Bueno, pensé, relájate y disfruta.



Fuimos al dormitorio y todo resultó sensacional. Ella era guapísima, estaba como un queso, era inteligente..., ¿qué había hecho yo para que me sucediera tamaño milagro? ¿Cómo no me iba a enamorar de semejante mujer?
Sí, estaba enamorado, por primera vez en mi vida. No era algo puramente sexual, no. La quería, la amaba, lo sentía en el fondo de mi alma. Pero me daba miedo decírselo, claro. Acabábamos de conocernos, como quien dice.
—Me gustaría que pasaras aquí la noche —me dijo ella—. ¿Puedes?
—Claro. Además, no estaría bien hacerte salir de la cama para llevarme a mi casa. Soy un caballero.
—Gracias —sonrió—. No lo había pensado.



Estuvimos hablando toda la noche, acerca de mil cosas.
—Perdona la pregunta —le dije en un momento dado—, pero ¿es la primera vez que haces el amor con un ciego?
—Sí —sonrió ella—, es la primera vez.
—Bueno, es normal. Yo nunca lo he hecho con una ciega. De hecho —reflexioné—, creo que debería hacerlo con una ciega. Sería lo más natural.
—No quiero que lo hagas con otra —terció ella—. No quiero que lo hagas con nadie más que conmigo.
Para mi asombro, no parecía bromear.
—¿Qué...?
—Creo que te quiero.
Esto era demasiado para mí. Un sueño, tenía que estar soñando, no podía ser de otra manera.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Dios mío. Yo creo... que también te quiero.
—¿Sí?
—Sí. Y pensar que había llegado a temer que sólo me llevabas a la cama para comprobar por ti misma si lo que decía era cierto...
Silencio.
—¿No tiene nada que ver, verdad?
Silencio tenso.
—Bueno, en un primer momento —articuló ella— era una posibilidad, sí, no voy a decir que no se pasara la idea por mi cabeza. Luego pensé que sería un dulce sacrificio, todo por el periodismo, ya sabes. Pero después, antes de hacerlo, sólo sentía que necesitaba hacerlo, que quería hacerlo, que eras el hombre más maravilloso del mundo. Y lo sigo pensando.
—Tú sí que eres un sol.



Y se convirtió en mi sol. En el sol que me iluminaba a diario. Me instalé en su casa, y no tardé en instalarme en su corazón.
Al principio nuestra relación fue una locura continua y maravillosa. Mónica quería enseñarme todo lo que a ella le parecía digno de ver. Alquilábamos hoteles con buenas vistas, y en el balcón me devoraba para que pudiera contemplar lo que fuera a mi antojo. Cuando viajábamos en tren y el paisaje era espectacular, su cabeza se enterraba entre mis piernas. Alquilábamos películas de vídeo, y se convertían en maratones de sexo.
Por otro lado era un problema, claro; por ejemplo, de más de un museo nos echaron por escándalo público. De más de un parque o zoológico también. Ella era así, todo generosidad y entrega. Quería compartir el mundo conmigo, quería que viera cuanto ella veía.
Sin embargo, tras varios meses de viajar juntos por un montón de lugares del mundo, llegué a una sencilla conclusión. En el fondo, yo sólo quería verla a ella. El mundo era maravilloso, desde luego, pero ella era mi verdadero mundo.
Ella era todo para mí.



Cuando ahora algunas personas me preguntan “¿Cómo ves? ¿Por qué ves?”, siempre me dirijo a Mónica y le digo:
—Veo por ti.


"Veo por ti" aparece en "Malos Sueños" (Comuniter, 2019), libro de relatos de Roberto Malo con ilustraciones de Chema Cebolla.



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